México, D.F. a 26 de abril del 2002.


LXXX ASAMBLEA NACIONAL ORDINARIA DE LA COPARMEX
II CUMBRE DE ORGANIZACIONES EMPRESARIALES DE LA UNIÓN EUROPEA, AMÉRICA LATINA Y EL CARIBE.


DEMOCRACIA Y GLOBALIZACIÓN
Enrique Krauze


Lic. Jorge Espina Reyes, presidente de la COPARMEX.
Ing. Javier Prieto de la Fuente, presidente de la CONCAMIN.
Presidentes de organismos empresariales de la Unión Europea y América Latina.
Señoras y Señores.


Nos convoca una palabra antigua y noble, la palabra democracia. De todas las ideologías sepultadas bajo los escombros del siglo XX sólo quedó la democracia; modesta utopía que predica tesis tan sencillas como el gobierno de las mayorías, el respeto hacia las minorías, la división de poderes y la protección de las libertades individuales.

La democracia no es un don predestinado a ciertos pueblos y vedado a otros, es una conquista abierta a todos. La democracia no se hereda, se crea, se construye, se trabaja, no es una panacea pero es el mejor sistema discurrido por el hombre para dirimir civilizadamente sus naturales conflictos. Es un acuerdo para administrar los desacuerdos.

Si volteamos la mirada hacia el pasado inmediato, el prestigio casi universal de la democracia puede arrojar un poco de luz y de esperanza sobre este sombrío principio de milenio.

Si bien la democracia ha dado pasos extraordinarios en las últimas décadas está lejos de ser un sistema predominante. Basta recordar que en China, el mundo Islámico y buena parte del continente africano privan en distinto grado sistemas políticos totalitarios, satrapías tribales y tiranías fundamentalistas. Pero es allí donde la historia arroja lecciones y nos da la mano, porque al repasar el avance de la democracia en los países que la han adoptado se advierte con facilidad que, salvo la excepción de los Estados Unidos, país nacido de un pacto explícitamente democrático, todos los demás herraron el camino por un tiempo hasta descubrir y adoptar con variantes diversas pero una misma esencia la vieja fórmula de los griegos.

Tómese por ejemplo, el caso de Inglaterra. No faltará quien diga que el principio de la división de poderes estaba ya implícito en la carta magna de tiempo de las Cruzadas, pero si se da un paso de seis siglos se verá que la orgullosa Inglaterra del siglo XVIII, "Reina de los Mares", era un prodigio de corrupción política. Un partido único llamado el partido UIC, una especie de PRI británico del siglo XVIII, gobernó por seis decenios adueñándose del parlamento, no por vocación política sino para tener acceso a lo que llamaban el "secret service money", lo que en México con más franqueza llamamos "la mordida". Privaba un basto sistema de patronazgo. En las elecciones de los distritos, aptamente denominados "burgos podridos", votaban hasta los muertos.

¿Cómo salió Inglaterra de aquel pantano? Mediante un acto de voluntad desplegado a lo largo de unas cuantas décadas, acaso dos generaciones, poniendo límites claros al patronazgo personal del Rey, instaurando el servicio civil de carrera, independencia plena de los jueces, desarrollo de partidos políticos auténticos y sobre todo, el desarrollo de la prensa libre.

Demos un nuevo paso a través de los siglos. ¿Quién a mediados del siglo XX concedía a España la posibilidad de convertirse en un país democrático? Sólo unos cuantos idealistas. Se decía que el tronco español y sus ramas hispanoamericanas padecían la misma imposibilidad, casi congénita, de adoptar la democracia. La historia los había llevado, en efecto, por un camino distinto. Esa desandanza democrática duró casi un siglo y medio. Con brevísimos periodos o parentesis democráticos ni España ni los países iberoamericanos fueron propiamente democráticos.

En el siglo XX, recordemos, México vivió una cruenta revolución y España la guerra civil. Tras la revolución mexicana sobrevino la era de la presidencia imperial en la que un monarca absoluto, llamado Presidente de la República, reinaba por seis años gracias a la maquinaria electoral de una inmensa agencia de colocaciones de empleos, preventas y dinero y buena voluntad llamada PRI. Por su parte España vivió por más de tres decenios bajo la dictadura de Franco. Parecía imposible que ambos, el caudillo y el PRI fueran mortales y no menos difícil e incierta parecía la transición de ambos países a la democracia.

No obstante en 1975 ocurrió la transformación, el proceso de una larga maduración difícil pero obra de hombres y mujeres que creyeron en la posibilidad de una democracia sin adjetivos.

La ventaja temporal de España y la relativa novedad de la transición mexicana se manifiestan en algunos aspectos, por ejemplo, en la fortaleza del aparato judicial español pero el hecho esta ahí y es irreversible; España y México, España y buena parte de América Latina, el viejo tronco y la antigua rama, predestinados en apariencia para muchas formas de gobierno como la aristocracia, la oligocracia, todas las cracias que se nos ocurran, menos la democracia, son hoy por hoy una democracia.

Hemos adquirido la costumbre de la democracia, es verdad, pero no la democracia en las costumbres. Voy a mencionar dos costumbres que nos hacen falta en nuestros países. Entre nosotros la palabra tolerar tiene un sentido negativo, la usamos como sinónimo de soportar; ya no te tolero -decimos- pero no tengo más remedio que tolerarte. Lo cual se traduce así: si pudiera te suprimiría pero como no puedo te tolero.

La palabra tolerancia en la historia de las ideas políticas de occidente tiene un sentido mucho más noble, un sentido positivo, que es casi una celebración de la diferencia entre las personas. Que bueno que pensamos distinto -dice una persona tolerante-, que raro sería que pensáramos igual y como pensamos distinto juntos podemos lograr, si nos escuchamos, si nos toleramos, que la verdad se ensanche; podemos juntos conquistar y ampliar el territorio de la verdad.

En México desgraciadamente la diversidad, la divergencia, la diferencia son vistas con recelo. Somos aún ahora un país intolerante, un país de intolerantes. Nuestra intolerancia está ligada estrechamente a nuestra dificultad de dialogar, de escuchar. Tendemos a ser impacientes, entre nosotros conversar implica la sucesión de dos monólogos de sordos y dos monólogos excluyentes. Es una especie de quema de puentes de comunicación, porque no hay una disposición previa a cambiar el punto de vista propio y en general se vuelve un caso de vida o muerte el defender las ideas propias y atacar las contrarias.

Lo normal en una democracia no es matar por las ideas sino vivir con ellas, para lo cual entre otras cosas se necesita darles tiempo; tiempo al adversario para que sostenga sus puntos de vista y tiempo al gobernante para que ponga sus ideas en la práctica.

Hacia 1950 Daniel Cosío Villegas escribió un ensayo denominado "Trasfondo Tiránico"; en el intentó una especie de contabilidad política de América Latina. De los 20 países que integraban el sudcontinente en 1950, siete (Nicaragua, Brasil, Venezuela, Argentina, Perú, Colombia y la República Dominicana) vivían -decía Cosío Villegas- bajo un régimen tiránico indudable; nueve (El Salvador, Honduras, Costa Rica, Panamá, Paraguay, Bolivia, Chile, Ecuador y Haití) vivían precariamente, es decir, vivían en las márgenes de la tiranía mientras que sólo cuatro naciones (México, Uruguay, Cuba y Guatemala) vivían a flote, aunque no inmunes al más antiguo de los males de América Latina, el de la tiranía.

Medio siglo después, en el año de 2002, el panorama aunque frágil por muchos motivos es sin duda alguna muy alentador. Un panorama, diría yo, sin precedente. Salvo una isla detenida o más bien secuestrada en la historia, Cuba, todos los otros países, incluso el pobrísimo Haití han adoptado mal que bien el sistema democrático.

Nada asegura, es verdad, que esas sociedades se mantengan abiertas; los agudos contrastes sociales son caldo de cultivo para esa especie adulterada de la democracia que es la demagogia. Sobre todo en esa penosa variante latinoamericana, la variante del populismo, como el caso venezolano.

La crisis económica y el descrédito que comienza a rodear como una nube ominosa a las clases políticas puede desembocar en la anarquía, como ocurre en Argentina. El poderío internacional del narcotráfico precipita a la descomposición social, la tragedia colombiana. La inseguridad en los campos y las ciudades puede inducir en la población un estado de impotencia y desesperanza, el caso de México. Con todo no se ve cómo puedan resurgir los gastados paradigmas de la historia latinoamericana. Las guerrillas y los gorilas, los uniformes verde olivo y los discursos incendiarios, las utopías milenaristas y las férreas dictaduras, los chivos y los barbudos, todos han pasado a la historia.

No hay una correlación entre riqueza y democracia. A quienes sostienen que existe esa correlación habría que preguntarles: ¿En qué sentido concreto, en qué caso concreto un régimen expresamente antidemocrático ha propiciado el crecimiento económico? Desde la derecha se diría que Chile bajo Pinochet fue una dictadura próspera, pero creo que la verdad es algo distinta. Gracias a su tradición democrática Chile resistió los años difíciles de Allende y Pinochet; creció económicamente en esa segunda etapa y ahora prospera sobre las bases firmes de una doble modernización política y económica.

Tal vez hay democracias fallidas en su desempeño económico pero la culpa no es de las democracias sino de los gobernantes y en una democracia por definición los votantes tienen el derecho de revocar el mandato que han dado. Esa virtud correctiva de la democracia era para Carl Poper, que es el mayor teórico de la democracia en el siglo XX, "su virtud cardinal"; lo sabe Rusia, el gigante vencido del siglo XX que aprendió tardíamente la necesidad de complementar el desarrollo económico y el político.

Hoy Rusia avanza con lentitud polar en la recuperación del siglo perdido, en cambio sus antiguos satélites entrelazan ambos fines en unos casos con éxito sorprendente y China el gigante del siglo XXI, si sigue habiendo siglo XXI, volverá a enfrentar tarde o temprano el dilema de Tiana Men. ¿Pueden coexistir la modernidad con la dictadura política? Creo que a largo plazo no.

¿Existe una correlación inversa entre religión y democracia? A más religión menos democracia. Planteada así la respuesta es sin duda negativa. Se puede perfectamente ser creyente y a la vez ser democrático; a condición de que el creyente no persiga o suprima las creencias o la falta de ellas del prójimo. Pero ¿cómo cerrar los ojos a la aterradora reaparición en nuestro tiempo de un extremo del fervor religioso que no se había visto en el mundo desde tiempos de las Cruzadas? Me refiero claro está, al fundamentalismo islámico que desde el acceso al poder del Ayatola Comaini en Irán en 1979, se ha convertido en el fenómeno clave de la geopolítica mundial. En este sentido la pregunta obligada es otra, angustiosa, directa: ¿puede la democracia arraigar en los países árabes?

Quienes lo dudan aportan tres motivos, tres razones para explicar su escepticismo. En primer lugar la falta de separación entre la religión y la política en los países islámicos. En segundo lugar la historia de esos países, que más que países fueros hechura artificial de los poderes coloniales y que por eso mismo tienen estados frágiles con los cuales la población no se identifica, se identifica con una patria Árabe mucho más amplia, se identifica con su tribu o se identifica con la religión islámica musulmana pero no con sus estados. Y en tercer lugar, quienes dicen que es imposible que los países árabes adopten la democracia también, está el argumento de la tradición en el sentido de que las elecciones no se practican en esos países sino más bien un sistema arcaico de consultas.

A estas personas que piensan que la democracia es imposible de exportar a esos países hay que decirles que en alguna medida seguramente tienen razón, es una exportación muy difícil, es un producto de exportación más difícil que la Coca-Cola o los jeans, que son de aceptación universal. No obstante, hay que decir que hay países como Turkia que ensayan ya desde hace mucho tiempo y con éxito la pluralidad democrática.

Hay que decir además que si la historia colonial impidiese a los países volverse democráticos entonces no se explica por qué en Asia, en Africa y también en América Latina, países recientes en alguna medida y creados por las potencias coloniales, muchos países han adoptado la democracia.

No cabe duda que la gente común y corriente, que los pueblos de esos países son cada vez más víctimas de la represión de sus gobernantes autocráticos. De modo que en este caso así como en Asia, así como en América Latina se decía que era imposible o impensable el transito hacia la democracia, del mismo modo pienso que aunque más difícil culturalmente también hay que soñar y trabajar para pensar que en algunas generaciones o si se puede en algunos lustros o décadas poco a poco occidente encuentre el modo y por occidente pienso, Estados Unidos y Europa juntos, de ir insinuando, de ir vendiendo, en el mejor sentido de la palabra, el valor de la democracia, la práctica de la democracia en los países árabes, porque no cabe duda, ahí tenemos en el mundo actual el mayor riesgo de este incierto y difícil comienzo de milenio.

Y ya que hablamos de democracia, y ya que hablamos de globalización, hay un tema de correlación que importa mucho tocar en este momento en México. Me refiero a la correlación entre derechos humanos y democracia.

Para poner un ejemplo caso caricaturesco, imaginemos una población en la que el 51 por ciento elige a un líder, que por lo tanto llega de manera democrática al poder y que este líder decide, por mandato del 51 por ciento masacrar al otro 49 por ciento. Ese líder fue elegido democráticamente pero no puede ejercer semejante barbaridad porque por encima de la democracia o más bien, íntimamente ligado a la democracia está el imperio de los derechos humano.

La democracia no es solamente el gobierno de las mayorías por encima de las minorías sino el derecho de las minorías a expresarse libremente frente a las mayorías y desde luego la obligación de las mayorías de respetar los derechos humanos de las minorías aunque éstas sean muy menores.

Y digo esto porque en este momento nuestro país enfrenta un desafío pospuesto por muchos decenios, el de revisar su postura ante los derechos humanos en el mundo. Si México ha cambiado y ha conquistado venturosamente un lugar entre las democracias del mundo, es perfectamente natural que busque promover el respeto de los derechos humanos en el mundo.

¿Cuál ha sido el delito, llamémosle así, o el pecado de la cancillería mexicana en el caso de Cuba? El pecado ha sido, para mí no ha sido pecado sino un inmenso acierto, tomar en serio las implicaciones diplomáticas del cambio político en México. En el México que puertas adentro simulaba la democracia era coherente disimular la antidemocracia en México y en las dictaduras de afuera, pero en el México de hoy, en el México que vive en un mundo en el que los derechos humanos violados sistemáticamente en Cuba han adquirido una universalidad sin precedente, Castañeda, nuestro canciller, asumió la premisa humanitaria y por eso habló y actuó con libertad en relación con Cuba.

Pero la libertad es una sombra satánica para Fidel Castro y sus acólitos incluidos los diputados mexicanos que van en caravana como si fuera La Meca a besar la mano del sumo pontífice de la izquierda extinta mundial, falsos representantes del pueblo mexicano que en vez de procurar atender las urgentísimas necesidades de sus supuestos representados, se representan a sí mismos y a sus betustas ideologías para hacerse acto de servilismo.

Estos hombres que tiene trabajo gracias a la democracia mexicana deberían de saber que en Cuba no hay libertad económica, claro, para los cubanos, porque a los pequeños negocios se les impide prosperar y aun existir. No hay más negocio cubano que el Estado, propiedad privada de Fidel Castro. Lo que si pueden existir y prosperar son los grandes negocios en manos de extranjeros que gracias a la supresión absoluta de la libertad sindical cuentan con la mano cautiva de los cubanos. En Cuba tampoco hay libertad de movimiento, más de un millón de cubanos desea salir de la isla y cerca de tres viven en el exilio. En Cuba no hay libertad de manifestación, no hay libertad de reunión, no hay libertad de organización, no hay libertad de creencia, no hay libertad de elección sexual, no hay libertad, por supuesto, de elección política.

¿Cuándo ha habido elecciones libres en Cuba? Nunca en el tiempo del reinado de Fidel Castro. La disidencia en Cuba se castiga con el ostracismo, la persecución, la cárcel y no pocas veces con la muerte. A través de los comités de defensa de la revolución, el verdadero Big Brother, es decir Fidel Castro, vigila las conversaciones y las ideas de los ciudadanos, por eso no me sorprendió en absoluto que haya aplicado su buena tecnología de espionaje al caso de nuestro presidente, Vicente Fox.

Para concluir quisiera decir que en el mundo, como apunté al principio, vivimos horas oscuras e inciertas pero no es la primera vez que esto ocurre. En el siglo XX, todos sabemos y en todos los siglos si los miramos bien, la humanidad ha presenciado horrores inimaginables. Por fortuna hay valores universales que nos siguen sustentando.

Hoy contamos con una democracia que implica todas las libertades a las que me referí, libertades que por fortuna se gozan en prácticamente todos los países de América Latina y buena parte del mundo. Democracia que implica respeto a las garantías individuales y democracia que seguirá siendo una palabra noble y una práctica que se profundiza cada día. Por eso cabe decir en una sola fórmula que el futuro de la humanidad será democrático o no será.

Muchas gracias.