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LXXXI
Asamblea Nacional de Coparmex
Tijuana, 11 de octubre de 2002
Presentación de Guzmán Carriquiry Lecour
Subsecretario del Consejo Pontificio para los Laicos
C O N F E R E N C I
A
Me
siento muy honrado, y es un placer estimulante, proponer una contribución
a las reflexiones de esta prestigiosa Asamblea de la COPARMEX sobre el
tema: "Inserción de Latinoamérica en la Globalización".
Hablar de América Latina presupone reconocernos en una fraternidad
singular, unidos por un común origen, por entrelazadas vicisitudes
históricas y por un destino solidario, más allá de
las fronteras estatales, de los accidentes geográficos, de los
encierros étnicos y localistas, de las mentalidades "balcanizadas".
Pero América Latina es un conjunto diversificado, y ponerlo en
relación al mundo "global" es cuestión muy compleja
para el tiempo limitado de una exposición. Evitaré, pues,
toda retórica y muchos desarrollos posibles para concentrarme sintéticamente
sobre lo que considero más importante y decisivo. Quiero de tal
modo presentarles cuadros o hipótesis de aproximación, de
introducción y de análisis prospectivo de esa realidad.
Primer
cuadro:
América
Latina nace con la primera fase de la globalización o mundialización,
al alba de la modernidad, cuando la ecúmene entera aparece por
primera vez a la mirada del hombre, en un gigantesco y dramático
encuentro de pueblos, etnias y culturas, que es de génesis y configuración
de nuevos pueblos, de mestizaje desgarrado, con predomino de las formas
hispánicas y con la evangelización católica como
cimiento.
La segunda fase de la globalización ve a las nuevas repúblicas
latinoamericanas, independientes e incomunicadas entre ellas, acceder
al mercado mundial del capitalismo de la revolución industrial
en el proceso de una modernización dual, refleja y dependiente.
La tercera fase de la globalización se da actualmente en medio
de un gigantesco cambio de época, con el desmoronamiento del Imperio
soviético, la clausura del mundo bipolar de Yalta, una sorprendente
revolución tecnológica y la reestructuración profunda
de la economía y de la política a nivel mundial. El "big
bang" de su eclosión depende básicamente de los dos
sistemas nerviosos de las sociedades contemporáneas: las redes
de comunicación e información que cancelan barreras de tiempo
y espacio, y la liberalización de los flujos económicos
y financieros. Es una fase crucial para América Latina: o logra
incorporarse desde su propia fragilidad y potencialidad, desde sus propios
intereses históricos, en los dinamismos virtuosos de la globalización,
o queda cada vez más marginada, sin rumbos, sumida en ciclos periódicos
de depresión y violencia.
Segundo
cuadro:
La globalización es un dato real, estructural, que se impone y
con el que hay que contar necesariamente. No es producto de quien sabe
qué "conspiración". Por eso, son impotentes y
perniciosas la ignorancia suicida, la rabiosa demonización, la
anti- globalidad que desemboca en utopía y violencia. Una especie
de neoludismo es antihistórico. Pero ese mismo proceso de globalización
ha incubado también paradigmas ideológicos que los grandes
poderes proponen e imponen como vectores necesarios para su desarrollo.
La perspectiva del mercado global en la fase eufórica del liberalismo
vencedor relanzó la utopía de la sociedad de competencia
perfecta, de autorregulación de la entera dinámica social
gracias al libre juego de las fuerzas del mercado, en la ilusión
de que la "mano invisible" suscitaría una generalizada
prosperidad.
Globalización, como dato y tendencia de la realidad, es una cosa;
ideología "globalista", desde el paradigma de neoliberalismo
extremo, es otra. No hay hoy alternativas serias, viables y deseables
a la economía del mercado, pero la utopía del mercado autorregulador
se demuestra falaz y perniciosa. Así como hay capitalismos diversos
-el japonés, el coreano, el renano, el holandés, el italiano,
no son lo mismo que el norteamericano o el inglés-, hay también
diversos modos de incorporarse al mercado global. La globalización
seguirá desplegándose en la realidad del mundo de hoy y
de mañana, pero esa ideología única de globalismo
neoliberal está entrando en crisis.
Tercer
cuadro:
La globalización y la regionalización (o continentalización)
no se revelan opuestas ni contradictorias sino complementarias y entrelazadas.
La continentalización aparece como modalidad compensatoria y de
inserción en los dinamismos de la globalización. La tendencia
a la regionalización económica en megamercados continentales
está acompañada por una mayor sensibilidad de los grandes
confines geopolíticos y de las áreas de civilización
y cultura. Tiene razón Henry Kissinger cuando afirma que hemos
entrado en la fase histórica de los "Estados continentales",
inaugurada por el gigante Estados Unidos, proseguida por la Unión
Soviética (y será Rusia, si logra recomponerse en los próximos
20 años), hoy en marcha en la Unión Europea. Lo son también
la China y la India. Los estados nacionales dispersos pierden, pues, todo
protagonismo histórico y van quedando cada vez más a los
márgenes de la historia.
Es bajo esta luz que hay que considerar como fundamental la segunda ola
integracionista hemisférica y latinoamericana de los años
noventa, con el Tratado de Libre Comercio entre Estados Unidos, Canadá
y México, el vigoroso surgimiento del MERCOSUR, la revitalización
de la Comunidad Andina de Naciones y del Sistema de Integración
Centroamericana, y todo ello, en la perspectiva del Área de Libre
Comercio de las Américas (ALCA).
Cuarto
Cuadro:
El destino de América Latina está en necesaria relación
con Estados Unidos, la "nación indispensable", el único
"Imperio global". Es inconducente toda contraposición
ideológica, de viejo cuño, muro contra muro, de América
Latina con Estados Unidos.
Desde su proyección mundial y durante décadas las primeras
décadas del siglo XX, Estados Unidos apenas consideró a
Latinoamérica como un patio trasero, alborotado y confuso, dejando
librada su relación a la acción de sus empresas privadas,
con intervenciones periódicas de sus cañoneras y marines,
y luego bajo ajuste estratégico- militar en tiempos de guerra fría.
No hubo nunca un "Plan Marshall" para América Latina.
La "Alianza para el Progreso" se desinfló apenas nacida.
Por eso, se hizo mucho hincapié en la vuelta de Estados Unidos
al hemisferio, primero con la "Iniciativa para las Américas",
luego con el Tratado de Libre Comercio y ahora con el ALCA. México
es la gran frontera de Estados Unidos y, por eso, le interesa mayormente.
¿Y el resto de América Latina?
El ALCA sería para los países latinoamericanos el acceso
al mercado más importante del mundo. Es una oferta que encandila.
Se constituiría así el mayor bloque económico regional
del mundo entero. Los significativos beneficios obtenidos por México
en cuanto a consistentes flujos de capital, enorme aumento de las exportaciones
y crecimiento económico e industrial podrían extenderse
para toda América Latina.
Lo
que importa es verificar cuál es y será el compromiso real,
la solidaridad efectiva y la inversión de energías y recursos
que Estados Unidos está dispuesto a arriesgar en un proyecto de
tanta envergadura, sobre todo cuando su economía está en
fase de desaceleración, cuando se concentra en la guerra global
contra el terrorismo y cuando América Latina no entra actualmente
dentro de sus prioridades estratégicas.
¿Tiene futuro real el ALCA? ¿Podrá superar la resistencia
en Estados Unidos de los poderosos grupos de presión, sea proteccionistas
sea superglobalizadores, contrarios a todos los agrupamientos regionales,
favorables sólo al bilateralismo? ¿Estará dispuesto
a actuar con América Latina en forma similar a cómo lo hizo
la Comunidad Europea, sobre todo Alemania, en los años sesenta,
con España, Portugal y Grecia, por medio de Fondos de Compensación
y Desarrollo que fueron fundamentales para la democratización,
modernización y desarrollo sostenido de estos países? Es
realista y prudente plantearse estos interrogantes. Son ilustrativos dos
"dossier" publicados por "Newsweek"- vocero de poderes
fuertes -, el primero después del 11 de septiembre de 2001, con
el título de "¡Adiós amigos!" ( y lo de
"amigos" está referido sarcásticamente a América
Latina), marcando la distancia y desinterés norteamericanos, y
otro más reciente, que en la misma carátula de la revista
se presenta con este título: "El Pacto de las Américas:
una mala idea".
Quinto
cuadro:
Embarcarse en un gran proyecto de asociación con la primera potencia
mundial requiere gran lucidez y claridad respecto de los propios intereses
históricos, conjugar y coordinar convergencias negociables entre
los países latinoamericanos, mucho realismo, prudencia y cautela.
Exige, además, establecer condiciones de negociación inteligente,
para no verse arrollados y para que el diálogo pueda encaminarse
realmente hacia una solidaridad efectiva en pos del bien común.
En efecto, hay que crear las condiciones para que dicho diálogo
no sea ni de pura confrontación -¡porque se pierde!-, ni
de mera asimilación -¡porque también se pierde!-,
sino auténticamente abierto, franco, paciente y solidario. No es
nada fácil construir una auténtica solidaridad continental
desde itinerarios histórico-culturales tan disímiles; tampoco
lo es desde relaciones tensas en décadas pasadas. Crea grave dificultad
sobre todo la tremenda asimetría de poderes entre el centro hegemónico
del mundo actual, el único "imperio global", y más
de 35 países, muchos de ellos sumamente pequeños, micro-estados
sin condiciones reales de viabilidad y con graves desequilibrios de todo
orden, que en gran medida no han vivido desde sí mismos su propia
"revolución industrial".
Es fundamental para los países latinoamericanos participar en las
negociaciones hacia el ALCA, no a través de separadas relaciones
bilaterales con Estados Unidos -sería un juego de gigante con los
"37 enanitos", y según las reglas del gigante- sino desde
una clara definición y concertación de los intereses de
toda América Latina, actuando como "building block".
América Latina tiene que ir configurándose como espacio
de poder intrínseco para poder negociar dignamente, con cierto
protagonismo, hacia un ALCA bajo hegemonía norteamericana.
Sexto
cuadro:
Hoy día ya no es más posible hablar de América Latina
indistintamente, como retórica genérica, a bulto. Hoy América
Latina tiende a separar sus dos regiones básicas. México,
América Central y las Antillas caminan en o hacia el TLC/NAFTA,
mientras que el conjunto de Sudamérica, a diversos ritmos, con
vacilaciones y fuertes crisis, tiende a autocentrarse en la dinámica
abierta por el MERCOSUR y su comunicación con una revitalizada
Comunidad Andina de Naciones.
El TLCAN/NAFTA es, para Estados Unidos, la realización de los sueños
de sus padres fundadores, por extensión de su "frontera"
natural hacia Canadá, por el norte, y hacia México por el
sur. Jefferson consideraba que esa frontera llegaba hasta Panamá
(luego disociado de Colombia y creado como país para la construcción
del Canal a comienzos del siglo XX) e incluía por cierta a Cuba.
México, Centroamérica y el Caribe constituyen el gran espacio
de frontera con el mayor poder mundial.
Si el 80% del comercio de México ya se realiza con los Estados
Unidos, lo hace también el 60% de América Central y el Caribe.
Esa vasta área latinoamericana tenderá cada vez más
a remodelarse como frontera americana, a formar parte de un sistema internacional
de economías integradas, a "dolarizarse". Estados Unidos
domina su comercio internacional, sus inversiones extranjeras, su moneda
y su turismo, y se constituye en el destino principal de sus emigrantes
legales e ilegales. Desde su vigorosa consistencia nacional -económica,
política, cultural y religiosa-, México podrá contar
con bastante mayor margen de resistencia, negociación, autonomía
y protagonismo; mucho menos será en los pequeños países
centroamericanos y caribeños. Lo que vaya sucediendo en las relaciones
entre Estados Unidos y México, en el cuadro del TCL, anticipará
y tendrá fuertes influencias sobre el porvenir de las relaciones
entre Estados Unidos y toda América Latina.
Para América Central no hay mejores caminos que la consolidación
y profundización de la integración subregional y el desarrollo
efectivo del Plan Puebla- Panamá, en condiciones de democratización
y de superación de absurdos recelos fronterizos y localismos impotentes.
Séptimo
cuadro:
El MERCOSUR es el acontecimiento más lleno de novedad histórica
y más importante para la Sudamérica de nuestro tiempo. Es
fundamental reafirmar esta convicción en momentos por los que pasa
por su más grave crisis. Representa el cuarto mayor bloque económico
en el mundo. Es un mercado de grandes potencialidades. Cubre una zona
clave de Sudamérica: una red urbana que va de Brasil a Chile, pasando
por el triángulo brasileño de Río de Janeiro, Belo
Horizonte y San Pablo, y atravesando una gran frontera formada per Asunción,
Santa Cruz de la Sierra, el triángulo argentina del gran Buenos
Aires, Rosario y Córdoba, y Santiago en la otra punta. Es la máxima
concentración de capital humano, la mayor red de mercados, universidades
e institutos de investigación de América Latina. Es su ámbito
más "moderno". Es el único lugar desde donde Sudamérica
puede generar un desarrollo autosostenido.
Brasil es el gigante emergente con mayores posibilidades en América
Latina. Es el centro de América del Sur. Sin Brasil nada de lo
latinoamericano será posible. Únicamente desde el Brasil
se puede articular Sudamérica. Y Sudamérica no es sólo
opción diplomática del Brasil, sino toda su circunstancia
y su devenir. Por eso, está obligado a asumir con grandeza sus
responsabilidades de liderazgo.
Pero Brasil es sólo uno de los dos rostros de América Latina;
termina siendo impotente por sí solo. Toda ilusión al respecto
concluye en fracaso. El principio de integración exige la copresencia
de los dos rostros, o sea el luso-americano conjugado con el hispano-americano,
por una parte del Estado hispano-americano más importante de Sudamérica,
en la contigüidad geográfica de la Cuenca del Plata, que es
Argentina, contigua a su vez con Chile, y unida a la vértebra andina
(en lo que fue originariamente el inmenso Virreinato del Perú),
y por otra parte, del otro gigante emergente que es México.
El MERCOSUR es una condición necesaria, en cuanto plataforma común,
para que los países de América del Sur procedan a elevar
sus parámetros de productividad, dispongan de posibilidades mínimas
para obtener una inserción ventajosa en el mundo globalizado de
competencia cada vez más encarnizada, ganando escala económica
y política suficiente para tener una interlocución internacional
con un mínimo de audiencia y alguna capacidad de imponer respeto.
Ahora bien, en su primera década, los países del MERCOSUR
han logrado muy buenos resultados en términos de caída de
inflación, rápido crecimiento económico y avance
de reformas estructurales (privatizaciones, desregulaciones, apertura)
en un marco de consolidación democrática. El MERCOSUR se
ha caracterizado por un notable aumento del comercio intrazonal entre
1990 y 1997, en cuanto "regionalismo abierto", y un fuerte flujo
de inversiones (que hoy se concentran sbre todo en Brasil). Importantes
obras de infraestructura para la intercomunicación física,
transportes, telecomunicaciones y energía están en activo
procesamiento.
Las repercusiones de la crisis asiática y rusa en la brasileña
de 1997 y sobre todo el actual desmoronamiento de Argentina -un "milagro
económico" al revés...- retrasan el camino del MERCOSUR
por diez años. Pero aún en la crisis se reafirma como alianza
estratégica de envergadura a reconstruir y relanzar, con mayor
solidaridad interna, coordinación de las políticas macroeconómicas
e interlocución común ante los megamercados. La presencia
del Presidente Fox en la última reciente Cumbre del MERCOSUR fue
altamente oportuna y significativa: México y el MERCOSUR, sobre
todo con Brasil, se necesitan recíprocamente. Es el eje del único
poder intrínseco latinoamericano.
Toca ahora a los dos futuros próximos gobiernos de Argentina y
Brasil relanzar el MERCOSUR, con sus enormes potencialidades agroalimentarias,
biooceánicas, minerales, energéticas, turísticas,
intensificando las relaciones con la Comunidad Andina y acelerando los
tiempos para la decidida configuración de la Asociación
de Libre Comercio Sudamericana, camino hacia un Mercado Común Sudamericano
o Estados Unidos Confederados de Sudamérica.
Octavo
cuadro:
Para Estados Unidos un área de libre mercado continental es cuestión
importante. Canadá y México son su segundo y tercer socios
comerciales. América Latina es el mercado de más rápido
crecimiento para las exportaciones estadounidenses. Se calcula que para
el 2010 las ventas estadounidenses a América Latina serán
superiores a las que realizará a Japón y a la Unión
Europea. En contraste con el déficit norteamericano en relación
al Asia y con el estancamiento de intercambios con Europa, el comercio
americano hemisférico ha aportado a Estados Unidos un superávit
considerable que modera su enorme déficit comercial global.
La contrapartida tiene que ser una apertura transparente del mercado estadounidense
a las producciones agrícolas e industriales latinoamericanas, abatiendo
barreras tarifarias y no tarifarias. Se ha de considerar que los países
latinoamericanos han hecho grandes sacrificios y esfuerzos durante la
última década, para abrirse al comercio internacional, sin
que a sus progresos correspondiera análoga actitud de los grandes
países hiperindustrializados. Estados Unidos mantienen barreras
comerciales más elevadas para la importación de manufacturas
que para las materias primas, con excepción de las agrícolas,
que tienen un trato especial, mucho más proteccionista aún.
¿En dónde quedan las "ventajas comparativas" de
las economías de los países latinoamericanos si el acero
como el azúcar, la soja, el maíz y los zumos de fruta, por
ejemplo, se topan con los fuertes subsidios del "proteccionismo"
norteamericano? A ello se agrega el requerimiento latinoamericano de revisar
las reglamentaciones "anti-dumping", los derechos compensatorios,
las severas investigaciones de la Sección 301 sobre regímenes
comerciales y de inversión de los países latinoamericanos,
las exigencias higiénico- sanitarias, entre otras; éstos
son, muchas veces, mecanismos instrumentales desde una posición
"proteccionista" de quien es tan poderoso que no admite que
se le pidan cuentas y, menos aún, por supuesto, que se tomen medidas
compensatorias o de represalia.
El ALCA, pues, ¿incluirá todos los rubros de comercio? ¿Se
levantarán las restricciones para la exportación de los
productos primarios e industriales procedentes de los países latinoamericanos?
No en vano el presidente de la Reserva Federal, Greenspan, ha advertido
recientemente contra una tendencia al aumento del proteccionismo de Estados
Unidos, donde vastos sectores de la opinión pública continúan
resistiéndose a la liberalización de los intercambios comerciales
considerándolos contrarios a la producción y empleo en el
propio país. Mientras el presidente Bush relanza desde la Conferencia
de las Naciones Unidas a Monterrey (con el tema del financiamiento del
desarrollo) la exhortación a sus socios europeos y de todo el mundo
a abatir las barreras proteccionistas para bien de la economía
global, al mismo tiempo impone tributos punitivos a su socio del NAFTA,
Canadá, sobre las exportaciones de maderas de construcción,
y decreta medidas ultraproteccionistas para el acero, agrediendo entre
muchas otras exportaciones de diversos países latinoamericanos.
¿Qué garantías puede dar cuando se ha impuesto arbitrarias
medidas anti-dumping a las exportaciones brasileñas de jugo de
naranja concentrado, a las chilenas de salmones y hongos secos y a las
argentinas de miel, sin contar aún las demás medidas proteccionistas
que limitan el acceso al mercado de los Estados Unidos a productos agrícolas
estratégicos de América Latina, como la carne, el azúcar
y los cítricos? ¿Cómo puede presentarse Bush como
paladín del libre comercio y pedir a los países latinoamericanos
que renuncien al proteccionismo cuando el parlamento de su país
aprobó a principios de mayo de 2002, en vía preliminar,
un aumento de subsidios a favor de la agricultura de casi 80.000 millones
de dólares para los próximos diez años? Además,
para obtener el reciente "fast track" -vía rápida
para las negociaciones comerciales-, la Administración Bush ha
tenido que hacer una larga lista de concesiones a los intereses proteccionistas
estadounidenses.
No
en vano, el "Wall Street Journal", en su edición del
30 de abril de 2001, recogió las declaraciones de Nicholas Stern,
entonces economista-jefe del Banco Mundial, el cual afirmaba que si el
conjunto de los países de mayor industrialización redujeran
las barreras comerciales a los productores de los países en desarrollo,
éstos podrían obtener 100.000 millones de dólares
al año.
La
perspectiva se complica cuando se piensa que es verdad que, en términos
generales, el liberalismo económico favorece y mejora la asignación
de recursos a nivel mundial, pero que ello es sólo cierto a medio
y largo plazo. No se puede tampoco ignorar que las experiencias de los
países en desarrollo demuestran que cierto margen de proteccionismo
durante algún período de desarrollo es necesario para la
creación, expansión y consolidación de las propias
industrias e innovaciones tecnológicas. El arancel Hamilton de
Estados Unidos durante el siglo XIX, el Zollverein alemán, las
prácticas japonesas antes y después de la segunda guerra
mundial, el proteccionismo e intervencionismo de los países industrializados
después de la segunda guerra mundial, la experiencia de Brasil
entre los años cincuenta y setenta... son todos ejemplos de proteccionismo
logrado. ¿Cómo ignorar que el "milagro económico"
de los países de Asia oriental y su "despegue en crecimiento
sostenido" desde 1960, presentado como fruto tan positivo de la globalización
neoliberal, ha sido efecto combinado de la libre empresa, la intervención
estratégica y financiera del Estado, una burocracia tecnocrática
con fuerte propensión al comando y un elevado nivel de alfabetización
y de cultura? Al contrario, es un hecho incontrovertible que la experiencia
"librecambista del siglo XIX fue un total fracaso", como lo
demuestran los estudios del economista Paul Bairoch, pues aceleró
el subdesarrollo de los países menos avanzados, destruyendo sus
artesanías e incipiente industrialización por ser infracompetitivas
respecto a la arrolladora expansión de la producción de
los países que vivían en plena dinámica su revolución
industrial. Esto no quiere decir que se favorezcan hoy las tendencias
autárquicas y los apoyos estatales privilegiados a sectores escasamente
productivos y con viejas, costosas y perjudiciales formas de proteccionismo.
Pero los países latinoamericanos están obligados, eso sí,
a solicitar algunas "protecciones" especiales, selectivas, que
deberían ser respetadas y aseguradas en el cuadro del ALCA, con
regímenes transitorios de corta o media duración, para evitar
que una arrolladora ola de exportaciones norteamericanas avasalle y desmantele
lo que hay de consistente en la industrialización de América
Latina y las posibilidades de emprender en materia productiva y tecnológica.
Se trata de aceptar algunas formas nuevas de proteccionismo "moderno"
para compensar la asimetría de poderes económicos que entran
en un proceso de "libertad de comercio". O sea, se trataría
de un proteccionismo a plazos y selectivo, para concentrar el interés
nacional en algunos sectores económicos claves con vistas a crear
las condiciones aptas para su competitividad internacional. Otra cosa
sería un auténtico suicidio. Las pautas de Doha reconocen
que los países menos desarrollados generalmente están en
desventaja para comerciar con las naciones desarrolladas y necesitan un
trato especial.
Noveno
cuadro:
A los países latinoamericanos no conviene, come se ufanaba un ex
canciller argentino, tener "relaciones carnales" con Estados
Unidos. Hay abrazos que sofocan. Siendo "partners" más
débiles y vulnerables es prudente que cultiven lo más posible
relaciones poligámicas. México y Chile lo han demostrado
firmando grandes acuerdos de liberalización y asociación
con la Unión Europea e intensificado los flujos comerciales. A
mayor razón lo necesita el MERCOSUR que tiene más intensa
relación comercial con la Unión Europea que con Estados
Unidos. Es de esperar que la Unión Europea se decida finalmente,
por una parte, a abrir brechas consistentes en su costo, inicuo y abnorme
sistema de proteccionismo agrícola, y, por otra, se decida a jugar
"a la grande" en relación a América Latina y a
su mercado. Sería importante que un acuerdo más general
de liberalización con la Unión Europea advenga antes del
año 2005, fecha de eventual conclusión y coronación
de las negociaciones de ALCA. Además los países latinoamericanos
tienen que explorar mucho más decididamente los mercados asiáticos,
sobre todo de China y la India, dos gigantes emergentes.
Décimo
cuadro:
América Latina cerró la década de 1990 con fuerte
crecimiento hasta el año 1997 y con tres años de variable
estancamiento; ahora pesan los aires recesivos norteamericanos, mundiales
y latinoamericanos. Si bien se logró la apertura de los mercados
de capitales, bienes y servicios, y, en no pocos países, la estabilidad
de las grandes variables macroeconómicas y la recuperación
de la credibilidad en el manejo económico, ahora, en cambio, crece
la insatisfacción, a veces explosiva, ante los límites y
restricciones de las políticas seguidas. Los mismos países
que han suscrito prolijamente los paradigmas dominantes de las estrategias
neoliberales y que llegaron a ser presentados como modelos por el Fondo
Monetario Internacional, obtienen muy escasos resultados y en algunos
casos entran en crisis.
Desde finales de la década 1990 se levantaron voces muy críticas,
incluso desde el Banco Mundial, respecto de los límites intrínsecos
del "consenso de Washington". Desde la CEPAL se escribía
ilustrativamente: "La vulnerabilidad de la mayoría de los
países de la región frente a la inestabilidad financiera
internacional, el reducido crecimiento económico, los escasos progresos
en equidad y la insatisfacción que se detecta en la opinión
pública, han modificado las coordenadas del debate económico
y social vigente en la región, poniendo en tela de juicio algunos
de los principios de las modalidades de desarrollo predominantes"
.
Hoy día, urge la definición política e intelectual
de nuevos paradigmas para el desarrollo latinoamericano, que sepan atesorar
todo lo bueno de la década pasada, pero que, con decididas inflexiones
y correcciones de rumbo, sepan también afrontar cuestiones irresueltas
y problemáticas. Ya no basta la estabilización de las economías
- que vuelve a convertirse a veces en cuestión dramática,
como en Argentina-, sino que se necesita incorporarlas más de lleno
al cambio tecnológico mundial, superar el dualismo estructural,
tecnológico y de productividad, entre las empresas globalizadas
y gran parte del mercado interno y del trabajo nacional sumergido en la
informalidad, asegurar mayor competitividad y agresividad hacia nuevos
mercados y lograr ritmos sostenidos de crecimiento económico que
para América Latina no pueden ser menos del 5% anual.
Undécimo
cuadro:
1
América Latina se ha mostrado sumamente vulnerable a las crisis
cíclicas y encadenadas en el mercado mundial, soporta el peso de
una insoportable "deuda externa" ("¡eterna!")
y corre los riesgos de la volatización de capitales "golondrina".
Tiene que reclamar a nivel internacional un mayor gobierno de los flujos
financieros y una adecuada reforma del sistema financiero internacional
y, en particular, del tan necesario como cuestionado Fondo Monetario Internacional,
así como un replanteamiento global, más solidario y menos
usurero, sobre la cuestión de la "deuda". Pero, a la
vez, debe sanear y reforzar sus sistemas financieros nacionales, establecer
más atentas políticas de regulación y moderación
de los ciclos financieros sea en tiempos de euforia sea de depresión,
intensificar ritmos de ahorro interno (de los que los trabajadores mexicanos
en Estados Unidos son ejemplo sorprendente, como lo demuestra el monto
de sus remesas hacia su país natal), y promover modalidades de
flexibilización y más amplio acceso al crédito, y
redes de protección para los sectores económicos y sociales
más vulnerables.
Duodécimo
cuadro:
Durante
los años noventa no ha habido una sola situación nacional
en América Latina en que el crecimiento económico se haya
conjugado con mayor equidad. Más aún: en los años
noventa aumentaron el desempleo, el subempleo y las condiciones de pobreza.
Es ante todo cuestión de justicia pero, a la vez, de valorización
del trabajo nacional y del mercado interno para dar mayor consistencia
y posibilidades al desarrollo. Un gran país como México
no puede permitirse que más del 50% de su población sea
pobre y que casi el 25% (25 millones de personas) no cuenten con ingresos
necesarios para cubrir las necesidades básicas de alimentación.
Los sectores más desfavorecidos y marginados, y por eso más
necesitados de promoción humana, desarrollo y justicia, son los
campesinos e indígenas. Esta realidad popular, en relación
a los muy altos estándares de vida de los sectores pudientes, a
veces ostentosamente irresponsables y desmedidos, hace que América
Latina cuente con el mayo nivel de desigualdades sociales en el mundo
entero. No basta, pues, el crecimiento económico - condición
necesaria pero no suficiente - sino que se necesitan políticas
públicas especiales y decididas, sinergias privadas e iniciativas
sociales, encaminadas a combatir la pobreza, favorecer mayor equidad e
ir reconstruyendo el tejido social,...a menos que se quiera vivir según
el modelo archipiélago: pequeñas islas superprotegidas de
superricos en medio de océanos de pobreza.
Décimotercer
cuadro:
La
conquista de la democracia en América Latina es un bien precioso
a custodiar, consolidar y desarrollar. Hay que ir dejando atrás
muchos males que arrastramos, como la exaltación ideológica
y el providencialismo político, el desencanto y los altos niveles
de desinterés y de exclusión respecto de la cosa pública,
la frecuente conmixtión de la gestión estatal con los intereses
privados en forma de corrupción. Se requiere una reforma del Estado
y de la política. Pesa mucho un estatalismo ineficiente, costoso,
engorroso, de escasa profesionalización, vinculado a inercias burocráticas,
a corporaciones políticas concentradas en sus respectivas cuotas
e intereses de poder y al anacronismo ideológico que identifica
lo privado con meros intereses particulares de pocos. Se necesita mayor
libertad y transparencia del mercado, toda otra cosa también que
un mercado controlado por la simbiosis entre intereses políticos
y empresariales o que la mera sustitución de perjudiciales monopolios
estatales por los no menos perjudiciales monopolios u oligopolios privados.
La
reforma del Estado no puede consistir en su mero achicamiento y repliegue
sino que tiene que diseñarse y modernizarse al servicio de una
estrategia nacional, asegurando los bienes esenciales de orden y seguridad,
libertad y legalidad, promoviendo políticas de inclusión
social y erradicación de la pobreza, fomentando y apoyando los
sectores claves para el desarrollo del país, para su integración
regional y para la creación de condiciones ventajosas a nivel de
la competitividad internacional. Esto no es suficiente si no hay recambio
virtuoso y competente de clases dirigentes y, en particular, de la clase
política, y gobiernos firmes y clarividentes, de rumblos claros,
capaces de suscitar e implicar un vasto consenso nacional -sobre todo,
sobre algunas cuestiones prioritarias de interés nacional- y de
tener la autoridad política y moral para requerir necesarios y
equitativos sacrificios en pos de mayor desarrollo y justicia para todos.
Decimocuarto
cuadro:
Es utópico pensar que las grandes cuestiones de nuestro desarrollo
pueden ser enfrentadas y resueltas sólo por medio de complejas
ortopedias del Estado o por la "mano invisible" del mercado.
Es imprescindible también suscitar, educar, movilizar todos los
"talentos" y energías, la capacidad de generosidad, sacrificio,
laboriosidad, empresarialidad, creatividad y solidaridad de los pueblos,
con los mayores consensos posibles, en pos de contenidos ideales y estratégicos.
Cuando la mera confianza en los aparatos burocráticos del poder
estatal o en la "mano invisible" del libre juego de las leyes
del mercado hacen caso omiso de la dignidad y participación de
los sujetos reales -personas, familias, comunidades, asociaciones, empresas
e iniciativas sociales, pueblo organizado- terminan erosionando la consistencia
de las democracias liberales y bloqueando las posibilidades de la economía
del mercado. Ante todo, importa poner en movimiento y sostener a las familias,
las formas de amistad operativa, los voluntariados ideales y serviciales,
las iniciativas caritativas y de asistencia, las redes de servicio, las
modalidades de cooperación laboral y productiva, una cada vez más
difundida y capilar empresarialidad y particularmente la multiplicación
de las empresas pequeñas y medianas, "profit" y "non
profit", que afronten necesidades sociales notorias, aumenten el
empleo y actúen en función del bien común. Los pueblos
latinoamericanos tienen que estar movidos por un nuevo dinamismo de vocaciones,
capacitaciones e iniciativas empresariales. Hacen falta miles y miles
de empresas en el tejido económico-social. Hay que valorizar y
modernizar las vastas redes de la economía informal así
como las iniciativas y experiencias comunitarias que existen por doquier,
creando y sosteniendo nuevas empresas. Para todo esto hay que crear condiciones
más accesibles de crédito, promover estimulantes reformas
fiscales, mejoramiento de la infraestructura, capacitación laboral
y profesional, incorporación de nuevas tecnologías, encadenamientos
productivos y asesoramiento a todos los niveles, así como eliminar
todas aquellas regulaciones legales y burocráticas que no sean
absolutamente indispensables para una mayor transparencia y movilización
del mercado. Se trata, pues, de la aplicación constructiva del
principio de subsidiariedad.
Decimoquinto
cuadro:
Para todo ello es fundamental una gigantesca y capilar tarea educativa
de las personas, las familias y los pueblos, asumidas por las sociedades
nacionales como cuestión capital, prioritaria, fruto de un gran
debate y consenso nacional, emprendida con la mayor implicación
y colaboración de instituciones educativas, promoviendo la convergencia
de lo oficial y lo privado, lo civil y lo eclesial, lo estatal y lo empresarial,
con la mayor participación de las familias y la sociedad. Que la
educación siga siendo una cenicienta de las políticas públicas
y de la atención nacional es una irresponsabilidad que se paga
a duro precio. Se necesita dar prioridad a la educación desde la
base hasta los más diversos niveles. Hay que poner a los pueblos
en movimiento, animados por el ethos que les es propio como tradición,
a través de una alfabetización universal y el crecimiento
en cantidad y calidad en inversiones y rendimientos educativos.
Se necesita asimismo una reforma y actualización de los sistemas
universitarios, sobre todo un sistemático esfuerzo de desarrollo
científico-tecnológico. Necesitamos constituir, promover,
apoyar una serie de grandes instituciones de alta competencia científico-tecnológica,
dotadas de recursos, que sean focos de cooperación e irradiación
regionales, capaces de incorporar todo el conocimiento extranjero que
sea posible y desarrollar domésticamente, regionalmente, una capacidad
equivalente a la norteamericana y europea. Ello tiene que repercutir mucho
más capilar y eficazmente en la capacitación laboral, profesional
y técnica a nivel social.
En esta era de la información y del conocimiento, en el que las
innovaciones tecnológicas resultan más asequibles, la formación
e inversión en el capital humano de las personas y en el capital
socio-cultural de los pueblos, es un recurso capital, sobre todo si sostenido
y potenciado por la conciencia de dignidad y libertad, de responsabilidad
y solidaridad, de laboriosidad y empresarialidad, de sabiduría
ante la vida, de sacrificio y esperanza, que derivan del substrato cultural
cristiano.
Décimo
sexto cuadro:
Hace pocos se ha publicado un libro de Carlos Montaner: "Las raíces
torcidas de América Latina". ¡De nuevo...la leyenda
negra! Habría que renegar de nuestras raíces ibero-indo-americanas,
de nuestra cultura barroca, de nuestro catolicismo popular, para poder
modernizarnos e incorporarnos en los ritmos autorreguladores del mercado,
en la sociedad liberal madura, multicultural, utilitarista, hedonista
e incluso nihilista. También Samuel Huntington, en su bien conocido
libro sobre "el choque de civilizaciones", afirma textualmente
que México pasará de ser un país latinoamericano
a ser un país norteamericano, y que de tal modo anticipará
una dramática ruptura de la matriz cultural de toda América
Latina. ¿Acaso es la completa asimilación a la arrolladora
expansión tecnológica, mediática y religiosa de la
cultura norteamericana el único camino de modernización
latinoamericana?
Cierto
es que la americanización, en grados diversos, es ya parte sustancial
de la cultura mundial y latinoamericana, pero aún no ha doblegado
sus matrices fundantes y sus estratos profundos, muchos más hondos
y arraigados que la cultura de un país de trasplantes migratorios
modernos y contemporáneos. "Muchos se admiran de que México
-declaraba Octavio Paz poco antes de su muerte-, a pesar de tener enfrente
al país más poderoso de la tierra, haya resistido con vigor
a la invasión cultural norteamericana. Hemos resistido por la fuerza
que tiene la organización comunitaria, sobre todo la familia, la
madre como centro de la familia, la religión tradicional, las imágenes
religiosas. Creo que la Virgen de Guadalupe ha sido mucho más antiimperialista
que todos los discursos de los políticos del país. Es decir,
las formas tradicionales de vida han preservado, en cierto modo, el ser
de América Latina". No se puede haber sido testigo de lo que
significó la reciente visita del Papa en México sin plantearse
muchos interrogantes y reflexiones al respecto. Ni se puede ignorar la
resistencia, persistencia e influencia de la cultura de los hispanos -y
hay un desafío de solidaridad creativa con ellos por parte latinoamericana-
en el proceso de remodelación de la cultura norteamericana. Cierto,
de nada vale la retórica patriótica convencional, la cultura
reducida a costumbrismo y folklore, la resistencia crispada ante el "american
way of life". Tal es el dilema que Paz plantea: "acorraladas
entre tradición y modernidad, entre un pasado vivo pero inerte
y un futuro reacio a convertirse en presente, tienen que escapar del doble
peligro que las amenaza: una es la petrificación, otra es la pérdida
de identidad. Tienen que ser lo que son y ser otra cosa: cambiar y perdurar".
En tiempos de globalización económico y revolución
de las comunicaciones, es sumamente importante reasumir, revitalizar y
reformular la propia tradición, la propia identidad cultural. El
verdadero reto consiste en lograr expresar en términos modernos
y universales las propias matrices culturales, el propio ser nacional,
la más plena y justa realización del mestizaje étnico
y cultural constitutivo.
Decimoséptimo
cuadro:
Creo
firmemente que no hay posibilidad de universalizar las matrices culturales
de los pueblos latinoamericanos, ni de ponerlos en plena movilización
educativa, participativa y de crecimiento en humanidad, ni de sostener
convergencias sólidas, amplias y duradera en una gran empresa por
la construcción del bien común, ni de animar y templar fibras
humanas de dignidad y libertad, de laboriosidad, empresarialidad y solidaridad,
si no se verifica una intensa y extensa revitalización de su tradición
católica; o sea, si una "nueva evangelización"
no con-mueve la vida de las personas, no renueva la conciencia de pertenencia
y fraternidad de sus pueblos, si no proporciona fundamento, alma y destino
a un camino latinoamericanos, abierto a una fraternidad sin fronteras.
Nuestros pueblos latinoamericanos llevan en sus entrañas un ímpetu
de catolicidad, de universalidad. Más de la mitad de los católicos
que ingresan en el tercer milenio provienen de América Latina.
Brasil es el país con más católicos del mundo, después
viene México, luego Filipinas y Estados Unidos -¡gracias
a lo hispánico!-, después aún Colombia, Argentina
y Guatemala, antes de Francia, Polonia e Italia. La tradición occidental
y cristiano-católica encuentran en América Latina, en estos
tiempos de globalización, un banco de prueba decisivo. Y México
juega un papel singular. El pueblo de Dios en México ha recibido
dones extraordinarios de la Providencia de Dios: ha sido evangelizado
por la gesta de "12 apóstoles" junto con una legión
de misioneros que inculturó la tradición católica
en la matriz y configuración de nuevos pueblos, ha recibido la
visita de Nuestra Señora de Guadalupe y beneficiado de su alianza
de amor con los mexicanos, ha pasado por la prueba de la persecución
y recibido el don del martirio, ha sido cuna de muchos carismas fundacionales
en el siglo XX eclesial, es impresionante el arraigo del catolicismo en
sus gentes, especialmente entre los pobres y sencillos, ha recibido con
predilección cinco visitas apostólica del Pastor universal.
Tantos dones implican grandes responsabilidades para su propia vida y
para toda la catolicidad. Ello es un recurso capital que no puede ignorarse
ni ponerse entre paréntesis en sus enormes implicaciones y consecuencias.
El catolicismo es factor decisivo para la construcción nacional
y la inserción latinoamericana en la globalización y mundialización.
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