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Por: Roberto Hernández García.
Presidente del Comité en Anticorrupción
ICC México
A principios de este año se conformó el Comité en Anticorrupción de ICC México con el propósito de difundir e implementar medidas para combatir este mal. A pocos meses de que tuve el honor de hacerme cargo de esta necesaria labor, he vivido experiencias muy interesantes y dramáticos en relación con este tema y que quisiera compartir con los lectores para que juntos reflexionemos sobre nuestra actitud frente al mismo:
Una de las primeras ideas que tuvimos en ICC fue difundir la creación del comité por correo electrónico y de “boca en boca” para enfatizar la preocupación de la empresa a nivel mundial sobre la corrupción y el compromiso de atacarla y que la gente participara activamente. La primera experiencia extraña que tuve fue la de una alta ejecutiva de una empresa trasnacional que me escribió algo así como: “Muchas felicidades. Es una extraordinaria labor. Me interesaría mucho ir, pero mi empresa tiene prohibido participar en cuestiones políticas”.
La segunda experiencia que tuve fue la de una persona que me interceptó en un restaurante quien también reconociendo el nacimiento del comité y la labor que ICC México está haciendo sobre el particular, me pidió que le ayudara a resolver el caso de un empleado extranjero suyo, quien siendo una de las estrellas de su negocio, fue interceptado en Reforma por supuestos policías, quienes a decir de mi conocido le sembraron droga y lo mantuvieron detenido por varias horas hasta que lo liberaron previa extorsión consistente en 20 mil pesos. Como es un amigo mío le dije que la ICC no tenía nada que ver con este tipo de asuntos, pero que en la medida de mis posibilidades le apoyaría (ya que no me dedico a aspectos penales) para saber el estado del asunto ya iniciado, sin embargo al tiempo me dijo que había platicado con sus socios y que prefirieron dejar las cosas así porque no quieren meterse en líos, así que me agradecían la gestión que podría haberse realizado.
La tercera es la de un conocido mío que se quejaba de que en una entidad de gobierno federal hacen “licitaciones Express”, en las que sin convocatoria, bases ni ningún tipo de formalidad requerida por la ley, invitan a los interesados a presentar propuestas de un día para otro y así adjudican los contratos. Le pregunté qué estaba haciendo para combatir esto y me dijo: “Bueno dependiendo de cómo salgamos nos quejamos o no”.
En general es patético escuchar estas historias (que son solo algunas que he vivido) y que reflejan el “bla, bla” de las personas físicas y empresas que continuamente en comidas, seminarios, sesiones, diplomados, etcétera, se quejan de la corrupción, de cómo está mal el país, de que no tenemos salida, de que finalmente no hay nada que hacer, o de que hay que hacer algo.
Resulta patético (y enfatizo esta palabra) que empresarios acepten y promuevan la corrupción en la medida en que les va bien o mal en la vida (yo le decía a mi amigo del tercer caso que su simple participación en este tipo de licitaciones, ya demuestra su colusión con la corrupción).
Resulta que la corrupción y la honestidad no son vistos como males y valores respectivamente, sino herramientas veleidosas para nuestros propios intereses y fines. Y eso es lamentable cuando las empresas y empresarios que las usan para evidenciar su martirio o poderío, participan en encuestas realizadas por consultorías que publican periódicamente el cálculo de cuánto cuesta la corrupción en cada país: “Miles de millones de pesos o dólares o euros se gastan en corrupción” dicen los reportes. Y vale la pena preguntarse: ¿por qué lo gastaron? ¿por necesidad real o porque no se tuvo el valor y coraje de perder un negocio y combatir la corrupción? ¿porque los financieros y accionistas se hicieron de la vista gorda para obtener resultados en aras de un problema aparentemente del gobierno o porque se vieron obligados a hacerlo? Eso, estimado lector, es patético (lo sigo recalcando por tercera vez).
Los empresarios regularmente acusan al gobierno de la gran corrupción que tienen en su seno y que afecta el mundo empresarial de una nación, pero no se dan cuenta de que para que exista la corrupción se necesitan por lo menos dos, y el empresariado regularmente es una de dichas partes, así que como dice un dicho bíblico: No se puede ver la paja en el ojo ajeno e ignorar la viga en el propio.
Hace poco estuve en Suiza en el corporativo de una empresa que no obstante su peso a nivel global, ha sido severamente golpeada por casos de corrupción. Ante esta crisis tuvieron que tomar medidas extremas que conocí cuando me hicieron una interesante presentación llena de sinceridad sobre lo que les ha sucedido (evidenciando notas de periódicos, efectos económicos de estos casos y el impacto corporativo y de imagen), concluyeron su exposición diciendo: La decisión del CEO es tolerancia cero. Y ¿qué quiere decir eso, les pregunté? Su respuesta fue: “Perder el negocio si es necesario”.
El concepto es crudo, y sobre todo a los accionistas y financieros les puede parecer “extremo”, pero en realidad para combatir un problema extremo hay que dar el paso. Si no lo hacemos así, no nos podemos quejar, no podemos hablar y mucho menos considerarnos serios, ya que tendremos un doble discurso hipócrita y cínico, ante el cual resulta mas digno ser criminal organizado (ya que por lo menos estos delincuentes tienen un objetivo claro en la vida), que ser una especie de seres grises sin definición en la vida. Hablando en plata, definamos si queremos ser honestos o no, y si permitiremos que la corrupción exista solamente en la medida de los resultados que podamos lograr durante nuestra existencia y la de nuestras propias empresas. *** |