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Arturo
Damm Arnal
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| La
deuda debe ser una forma extraordinaria de
financiamiento del gasto gubernamental. Sin
embargo, en contra de lo que la prudencia
aconseja, y de lo que la verdadera estabilidad
económica exige, el endeudamiento se
ha convertido en un medio ordinario para financiar
el gasto del gobierno, y ello se muestra en
la constante colocación de bonos gubernamentales
en los mercados, tanto nacionales (por ejemplo:
la subasta primaria de Cetes de los martes),
como extranjeros (por ejemplo: la reciente
emisión de un Bono Global, por mil
500 millones de dólares, a 30 años).
Ante estos hechos hay que insistir: la deuda
gubernamental, ante la incapacidad de los
gobiernos para pagar lo que deben, es una
irresponsabilidad. |
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I
Introducción
La
deuda del gobierno, independientemente de sus
montos o sus destinos, no deja de ser una gran
irresponsabilidad, que en el caso de México
equivale (sumando deuda interna y externa), al
22.7% del PIB. La causa principal de esa irresponsabilidad
es la incapacidad de los gobiernos para pagar
lo que deben, a no ser que para ello echen mano
de parte de los impuestos que pagamos los contribuyentes.
¿El resultado final? Pagan justos por pecadores.
Sin embargo, una y otra vez los gobiernos se endeudan
y no hay quien, ni en el Poder Ejecutivo, ni en
el Legislativo, esté dispuesto a dar la
batalla para impedir esa irresponsabilidad. Esta
batalla, que debería ser uno de los puntos
centrales de la reforma fiscal, brilla por su
ausencia. Lástima, porque se está
perdiendo la oportunidad de enderezar uno de los
renglones torcidos de la economía mexicana.
¿Cómo enderezarlo? Prohibiendo constitucionalmente
el déficit en las finanzas gubernamentales,
causa del endeudamiento del gobierno. ¿Mucho pedir?
Así parece.
II
Opciones
Una
vez que el gobierno se ha endeudado le quedan
cuatro opciones. Primera: no pagar lo que debe,
es decir, declarar la moratoria. Segunda: renegociar
la deuda en búsqueda de mayores plazos,
menores tasas de interés, o la quita de
parte del principal. Tercera: contratar deuda
nueva para pagar deuda vieja, lo que implica destapar
un hoyo para tapar otro. Cuarta: usar parte de
los impuestos de los contribuyentes para pagar
lo que debe. Por lo general se recurre a una combinación
de la segunda y tercera opción: una vez
renegociada la deuda vieja los gobiernos tienen
acceso a deuda nueva, que utilizan para pagar
parte de la deuda vieja. Sin embargo, ésta
combinación de opciones no es la solución
al problema del endeudamiento gubernamental.
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III
¿Problema?
¿Por
qué califico de problema a la deuda del
gobierno? En primer lugar por su origen: el déficit
presupuestal. En segundo término por sus
consecuencias: de manera inmediata presiones alcistas
sobre las tasas de interés y, mediatamente,
presiones inflacionarias, con todo lo que ello
implica. Además hay que considerar el efecto
"desplazamiento" (crowding out), que
la deuda gubernamental genera: los recursos que
los particulares le prestan al gobierno los dejan
de gastar esos mismos particulares quienes, seguramente,
los hubieran gastado mejor que los gobernantes.
Considerando lo anterior, ¿es o no es la deuda
gubernamental un problema?
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IV
Fuentes de financiamiento
Tres
son las fuentes de financiamiento del gasto gubernamental:
los impuestos (que deben ser la forma ordinaria
de financiarlo); la deuda (que debe ser una forma
extraordinaria de financiamiento); la inflación,
es decir, la emisión primaria de dinero
no respaldada por una mayor producción
o comercialización de bienes y servicios
(inflación que debe ser una forma prohibida
de financiamiento del gasto gubernamental). Hoy,
dada la autonomía del Banco de México,
la inflación no es una opción de
financiamiento del gasto gubernamental, restando
solamente los impuestos o la deuda.
V
¿Medio extraordinario?
La
deuda debe ser una forma extraordinaria de financiamiento
del gasto gubernamental. Sin embargo, en contra
de lo que la prudencia aconseja, y de lo que la
verdadera estabilidad económica exige,
el endeudamiento se ha convertido en un medio
ordinario para financiar el gasto del gobierno,
y ello se muestra en la constante colocación
de bonos gubernamentales en los mercados, tanto
nacionales (por ejemplo: la subasta primaria de
Cetes de los martes), como extranjeros (por ejemplo:
la reciente emisión de un Bono Global,
por mil 500 millones de dólares, a 30 años).
Ante
estos hechos hay que insistir: la deuda gubernamental,
ante la incapacidad de los gobiernos para pagar
lo que deben, es una irresponsabilidad. Pese a
ello, los gobiernos han hecho del endeudamiento
una forma ordinaria de financiamiento de su gasto,
sin que alguien, ya sea desde el Poder Ejecutivo,
o desde el Legislativo, esté dispuesto
a dar la batalla para impedir esa irresponsabilidad.
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VI Dos pasos
Ni
la moratoria, ni la renegociación de lo
debido, ni la contracción de deuda nueva
para pagar deuda vieja son la solución
al problema de la deuda gubernamental. Son remedios
que atacan los efectos del mal, pero que no eliminan
su causa. La solución al problema de la
deuda gubernamental implica dos pasos. Primero:
que el gobierno pague lo que debe, para lo cual
no le queda otra salida más que echar mano
de parte de los impuestos de los contribuyentes,
siendo estos quienes terminan pagando lo que no
deben, para lo cual se requiere que, durante los
años que sean necesarios, las finanzas
públicas resulten superavitarias, y que
ese superávit se utilice para liquidar
los pasivos del gobierno. Segundo: que se establezca
un candado constitucional que prohiba el déficit
en las finanzas públicas y, por lo tanto,
el endeudamiento gubernamental.
VII
Impuestos, ¿para pagar deuda?
Si
el gobierno ha de pagar lo que debe, y solamente
pagando lo que debe se comenzará a resolver
el problema del endeudamiento gubernamental, tiene
que utilizar parte de los impuestos de los contribuyentes,
impuestos que deberían utilizarse para
que el gobierno garantice la seguridad e imparta
justicia. Dado que el gobierno no produce y no
comercializa bienes y servicios, no cuenta con
recursos propios para enfrentar sus obligaciones,
razón por la cual debe recurrir a los impuestos
(que surgen de los ingresos y el patrimonio de
los contribuyentes), para hacerlo. Por ello, cada
vez que nos enteremos que el gobierno ha contraído
un nuevo endeudamiento, preguntémonos lo
siguiente: al final de cuentas, ¿quién
pagará esa deuda?
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VIII
Botón de muestra
Una
vez que el gobierno se ha endeudado le restan
cuatro posibilidades: declarar la moratoria, renegociar
la deuda, contraer deuda nueva para pagar deuda
vieja, o usar parte de los impuestos para pagar
lo que debe. Por lo general lo que resulta es
una combinación de la renegociación
con la contracción de deuda nueva, tal
y como lo acabamos de ver. El 6 de agosto la Secretaría
de Hacienda nos informó (por última
vez hasta el momento), que "el Gobierno Federal
emitió un Bono Global por un monto de 1,500
millones de dólares americanos", y
que "tiene un plazo de 30 años y paga
una tasa de interés anual en dólares
de 8.3%".
También
nos enteramos que "el monto en efectivo recabado
será utilizado para el retiro de deuda
externa contratada en condiciones menos favorables
en años anteriores, o en su defecto, será
destinado a financiar de manera anticipada las
amortizaciones de deuda externa del próximo
año". ¿Qué tenemos? Una buena
muestra de lo dicho: el gobierno echando mano
de la combinación renegociación
de deuda contracción de deuda nueva para
pagar deuda vieja.
IX
¿Quién pagará?
La
deuda nueva le permitirá al gobierno pagar
deuda vieja y mejorará el perfil de la
deuda que se tendrá que pagar en el futuro,
momento en el cual una de dos: o el gobierno en
turno recurrirá de nueva cuenta a la combinación
renegociación de deuda contracción
de deuda nueva para pagar deuda vieja, o echará
mano de parte de los impuestos de los contribuyentes
para pagar la deuda que contrajo un gobierno anterior.
Al final de cuentas, ¿quién pagará
lo que el gobierno debe?
X
Conclusión
No
hay quien, ni en el Poder Ejecutivo, ni en el
Legislativo, esté dispuesto a dar la batalla
a favor del candado constitucional que prohiba
el déficit en las finanzas públicas
y, por lo tanto, su consecuencia: la deuda gubernamental.
Ello muestra el poco interés (¿por ignorancia?,
¿por negligencia?, ¿por qué?), que existe
para dotar a la economía mexicana de una
de las condiciones necesarias de la estabilidad:
finanzas públicas verdaderamente sanas,
resultado de una verdadera disciplina fiscal,
incompatible con el déficit presupuestal
y la deuda gubernamental. Por lo pronto no hay
quien esté dispuesto a luchar por ello,
y es una lástima porque se está
perdiendo la oportunidad de enderezar uno de los
renglones más torcidos de la economía
mexicana.
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