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sencillo que parezca este pequeño
cambio: el derecho del ciudadano a la
información y por lo tanto, la
obligación de los órganos
del Estado a rendir cuentas, es lo que
hace la diferencia entre una democracia
que se practica una sola vez cada seis
años, a una democracia que se
ejerce todos los días. |
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Alejandro Junco de la Vega
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Un
guerrero indio se acercó con el jefe de
la tribu para hacer una consulta: ‘Gran jefe,
usted que todo lo sabe, díganos como va
a estar el invierno’.
Gran
jefe fumó su pipa y le dijo: el invierno
va estar muy frío, ir a cortar madera.
Una
semana de afanes después regresaron los
guerreros para volverle a preguntar: ‘Pluma Blanca,
¿cómo estar el invierno?, ¿necesitar cortar
más madera?.
Pluma
Blanca fumó su pipa, que no se que hierbas
le pone, pero siempre tenía la respuesta
y le dijo: ‘Invierno ser muy frío, ir a
cortar más madera’.
Después
de otra semana de labores, regresaron los guerreros
a hacerle una tercera consulta, en esta ocasión
Pluma Blanca les dijo: ‘Un momentito, yo ir a
consultar con los espíritus’.
Se
retiró a la parte de atrás de la
tienda, tomó su celular y le habló
a la redacción de un conocido periódico
de la localidad.
‘Oigan
ustedes, periodistas que todo lo saben: ¿cómo
viene el invierno?. El periodista le dijo: lo
tenemos bien comprobado, el invierno viene muy
frío, andan como locos los indios cortando
madera’.
Amigos
empresarios, yo tengo mucha información,
la he obtenido de ustedes, yo les agradezco esta
oportunidad que me dan para empaquetarla y compartirla
con ustedes en la forma de una reflexión
sobre el cambio, sobre nuestra transición.
Por
muy gradual que sea el acontecer del curso de
la historia, siempre hay un día, una hora,
un minuto, en el que alguna acción significativa,
se realiza por primera o por última vez.
A
veces entendemos y medimos sus consecuencias en
el mismo momento de los hechos, como nos pasó
hace unas semanas cuando aviones comerciales,
convertidos en misiles, enlutaron al mundo.
En
otras ocasiones, sin embargo, hechos trascendentes
que también cambiarán nuestras vidas
para siempre, pasan desapercibidos. Acciones que
con el tiempo nos traerán consecuencias
muy profundas, a veces ingresan a nuestro mundo
silenciosamente, sin imágenes espectaculares
y aquello que en primera instancia parecía
tener muy escasas conclusiones, con el tiempo
adquiere su verdadera dimensión.
Si
irrumpen violentamente a nuestras vidas o ingresan
silenciosamente sin bombo y platillo, y si parecen
grandes o pequeñas con frecuencia se nos
dificulta asimilarlas, ¿por qué?, porque
todo esto representa lo mismo: cambio.
El
cambio nos hace titubear, nos exige repensar,
nos obliga a pasar a otro estado de discusión
donde se pone a prueba nuestra capacidad de enfrentar
un futuro que ya se hizo presente. ¿Qué
tanto cambio están ustedes dispuestos a
aceptar?. ¿Qué tanto cambio podemos tolerar?,
y esto se los pregunto con una acción muy
discreta, muy especifica en mente: la de abrir
o dejar cerrada una muy importante puerta, que
de tanto polvo y telaraña parecería
irrelevante.
A
veces me imagino a un extraterrestre aterrizando
en cualquiera de sus empresas y preguntándoles:
¿Por qué dejan tanto dinero sobre la mesa?,
¿Cómo es posible que el país sangre
de recursos tan indispensables para su crecimiento?.
Este
intruso, que por estar lejos es capaz de distinguir
a aquellos países que se desarrollan a
ritmos acelerados, de otros que se mueven tan,
tan lentos que parecían estar estancados,
nos diría: ya lograron un sistema democrático,
qué bueno. Les falta dar el siguiente paso,
falta darle contenido a la transición mexicana.
¿Cómo?,
arreglando su estado de derecho: la mala administración
de justicia les está afectando tanto como
la falta de democracia, suponiendo, sin conceder,
que no importaran razones éticas, morales,
de eficacia en la lucha contra la corrupción,
les doy una económica. Cada año
nos vemos obligados como país a erogar
90 mil millones de dólares por concepto
de servicio a distintos tipos de deuda. Para un
país como el nuestro, se estima que una
cuarta parte de esa erogación tiene que
ver con el denominado "riesgo país".
Ese riesgo que a veces nos suena como un concepto
un tanto etéreo, en realidad se traduce
en pesos y centavos que ustedes erogan.
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Los
mexicanos pagamos entre 20 y 25 mil millones de
dólares cada año por la falta de
un marco jurídico institucional que genere
un nivel de confianza en nuestro estado de derecho,
similar al de los países con los que competimos.
Los
recursos dilapidados actualmente y requeridos
con urgencia para el desarrollo de México,
son una gratificación extra a quienes tienen
el valor de apostarle a un país que conlleva
un gran albur: su estado de derecho.
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Ustedes
lo saben muy bien, si hay algo que inhibe la competitividad
de sus empresas, es precisamente el alto pago
de intereses, producto del pánico de inversionistas
nacionales y extranjeros por nuestro precario
estado de derecho.
Los
ejemplos están a la orden del día,
carreteras que parecen senderos del viejo oeste,
donde los asaltantes hacen de las suyas, bancos
que no pueden cobrar, estafadores que operan en
la oscuridad, piratería rampante, narcotráfico,
fraude, extorsión, secuestros, manejo de
asuntos penales en forma amañada, etcétera,
etcétera, etcétera.
Nuestro
sistema judicial no es un sistema viral, esto
lo entiende cualquier extranjero que invierte
en nuestro país, y sabe que hay que evitar
a toda costa un litigio en un juzgado mexicano,
pues también sabe que allí hay funcionarios
que violan la ley, que se coluden y que tienen
componendas que a la postre terminan siendo asuntos
pri-vados.
La
oscuridad que cobija la autoridad en México
es el ambiente perfecto para el crecimiento de
dos hiedras que envenenan nuestra vida pública:
corrupción e impunidad. Ciertamente la
opacidad de nuestro sistema político va
más allá del sistema judicial, la
falta de rendición de cuentas invade todas
las esferas de la vida pública, por ello
constituye la gran barrera que impide que nuestra
transición empiece a dar resultados tangibles
y nuestra democracia se empiece a sentir en la
vida diaria.
Los
ejemplos de falta de transparencia y por lo tanto
de rendición de cuentas, sobran: el policía
que al registrarse un accidente automovilístico
levanta un croquis y tiene la opción de
falsearlo y venderlo al mejor postor, pues a final
de cuentas sabe que es un documento que a pesar
de ser público es de acceso restringido.
El
director de escuela oficial que está excusado
de dar cuentas sobre el desempeño de los
alumnos, pues sabe que cualquier indicador de
desempeño que aplica la Secretaría
de Educación Pública es "información
confidencial".
Igualmente
el juez o magistrado que goza de plena libertad
para manejar los expedientes de aquellos juicios
bajo su responsabilidad, en un ambiente de absoluta
privacidad, al final de cuentas aquella documentación
que fundamenta las sentencias dictadas por el
poder judicial, será información
resguardada por toda la eternidad.
Es
por ello que ustedes saben santo y seña
hasta de la vida sexual del presidente Clinton,
pero desconocen los detalles más básicos
de lo que declaró su Presidente en relación
al asesinato de Colosio.
El
Secretario de Hacienda sigue siendo el dueño
de toda aquella información relacionada
con los impuestos que pagamos los mexicanos, tan
es así que los presupuestos que elaboran
cada año y que presentan al congreso, están
de tal forma cifrados que por ningún motivo
algún ciudadano podría cometer el
crimen de entrometerse en su contenido.
El
propio director de PEMEX, una empresa que es de
ustedes, ¿cómo les respondería si
ustedes le exigen que les entregue una copia de
los contratos que tiene celebrado PEMEX con el
asunto de las coberturas en el precio del gas?.
La
cultura de la transparencia en la función
pública es tan ajena a ustedes mismos que,
por ejemplo, aún como lideres no se atreverían
a exigir estar presentes en las deliberaciones
económicas del Banco de México.
Sin embargo, bajo las mismas leyes de reuniones
a luz de día, en el Finantial Bank norteamericano,
ustedes sí pueden estar presentes en las
deliberaciones de la FED americana, junto a Alan
Greenspan.
Conceptos
directamente asociados con la transparencia, como
lo son la rendición de cuentas, y la noción
de que en una democracia el ciudadano debe ser
el soberano original, ni siquiera han sido sintetizadas
en palabras de uso común. No tendrían
aplicación.
En
aquellos países políticamente más
desarrollados, los términos "accountably",
"empowerment" son parte central del
lenguaje de la democracia. Estos dos conceptos
fundamentales: rendición de cuentas y el
ejercicio del poder por parte del ciudadano, no
surgieron por generación espontánea.
Son el resultado de esos cambios silenciosos,
pero profundos, de los que hablaba al inicio.
Cuando pienso en este tipo de evoluciones se me
va la memoria a un capítulo de la historia
universal, que parecía que no pasaba nada
y sin embargo hoy sabemos que se gestaron grandes
transformaciones.
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n
ejemplo emblemático de estos cambios a
primera vista insignificantes, es lo que sucedió
con la navegación marítima. Un arte
que se ha perfeccionado a través de miles
de años, desde la antigüedad los marineros
aprendieron a viajar juzgando la profundidad del
mar y observando. Hasta el año 1200 había
límites verdaderamente infranqueables para
quienes querían explorar los mares. Una
pequeña innovación surgió
y de pronto, todo cambio, el invierno y la mala
visibilidad dejaron de representar barreras para
la navegación. La brújula, un instrumento
a primera vista inofensivo, se convirtió
en catalizador del crecimiento y de la expansión
del comercio mundial.
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Quien
fue capaz de capitalizar el potencial de aquella
pequeña innovación pudo alcanzar
mayor riqueza y prosperidad, las Ciudades Estado
italianas son un ejemplo claro de esto. Los barcos
de Venecia empezaron a usar el compás magnético
y para el siglo XIII se habían transformado
de una pequeña villa de pescadores al principal
imperio del Mediterráneo. Se pudiera decir
que allí tiene su origen, nada más
y nada menos, que la era del Renacimiento, la
era de la razón.
Por
ello no creo exagerar cuando digo que una pequeña
innovación puede cambiar el curso de la
historia y las vidas de las personas que lo adoptan.
Este es un tema recurrente de la historia, y en
la esfera de nuestra vida pública, la obligación
de quien está en el poder de rendir cuentas
al gobernado pudiera parecer un cambio menor.
Y sin embargo es la brújula que a pesar
de su aparición discreta ha transformado
la vida de muchas naciones.
Por
sencillo que parezca este pequeño cambio:
el derecho del ciudadano a la información
y por lo tanto, la obligación de los órganos
del Estado a rendir cuentas, es lo que hace la
diferencia entre una democracia que se practica
una sola vez cada seis años, a una democracia
que se ejerce todos los días.
Pero,
¿qué urgencia tenemos para dar este paso?,
¿qué diferencia hay entre cinco, diez o
quince años?, ¿cuál es la prisa
de salir de esta edad media mexicana que tenemos
desde hace 70 y que todavía no terminamos
de abandonar?.
Me
parece que en el título que eligieron para
este encuentro está buena parte de la respuesta,
la transición que vivimos hace un año
tiene valor no porque el cambio sea bueno en sí
mismo. Su valor está en que nos impone
retos y la ocasión propicia para enfrentarlos.
La alternancia nos colocó frente al reto
de darle contenido a nuestra vida democrática,
haciendo al ciudadano el centro de la acción
de gobierno.
Estamos
todavía ante la oportunidad de romper con
esa inercia en la que los individuos somos ajenos
a los asuntos públicos y garantizar a cada
mexicano la posibilidad de ser un participante
activo y por lo tanto informado en las decisiones
que nos afectan a todos. El momento para hacer
práctica cotidiana nuestra incipiente democracia,
se nos presenta ahora. Difícilmente la
volveremos a tener en cinco, diez o quince años.
Pero
la urgencia está no sólo en la oportunidad
que se nos va, está en el peligro que nos
queda. Porque existe un tercer tipo de cambio
del que no he hablado, que es muy dañino
para cualquier nación, estoy hablando del
cambio que se anuncia con bombo y platillo y que
en primera instancia pareciera abrir la puerta
a transformaciones profundas, pero que al final
termina siendo un acontecimiento tan espectacular
como hueco. Estoy hablando de la transición
de membrete.
El
dos de julio pasado vivimos un momento inédito,
hicimos realidad un evento largamente esperado:
la alternancia, sacar de los Pinos a un partido
que se las había arreglado para permanecer
allí por siete décadas. La celebración
tuvo su justificación, simboliza la oportunidad
de transformar la forma en la que se ha venido
sucediendo el poder en nuestra patria.
Sin
embargo, hacer realidad está aspiración
ciudadana requiere mucho más que un dos
de julio, se necesitan reformas mucho más
de fondo que aumentar impuestos. Entre estas hay
tres que son medulares: archivos abiertos, reuniones
a puertas abiertas y un sistema judicial abierto.
Así
sea la información generada por el Legislativo,
Ejecutivo o Judicial, en el nivel municipal, estatal
o federal, es patrimonio del ciudadano. Hay que
tumbar polvo y telarañas, ingresar al mundo
de la transparencia y así, se los aseguro,
le daremos contenido a nuestra transición.
A
un año de distancia, el peligro es que
la oportunidad histórica del dos de julio
se quede en pirotecnia trivial, en una simple
evolución de nombres y colores de partido.
La verdadera transición debe ir más
allá, implica una redefinición,
no más servidores públicos que al
no tener que informar y rendir cuentas se convierten
en amos. No más ciudadanos que al verse
imposibilitados de conocer y exigir se convierten
en siervos. No deseamos cambiar de amo, anhelamos
no ser siervos.
Una
democracia próspera sólo se podrá
edificar en la medida que se cimienten los pilares
que la sustentan. Si nuestro estado de derecho
es débil, si al ciudadano se le esconden
y manipulan los estados de la vida pública,
la justicia, la democracia y la prosperidad serán
endebles.
Amigos
industriales, siempre hay un día, una hora,
un minuto, en el que algún cambio silencioso
puede cambiar nuestro mundo. Ya adquirimos jubilosamente
el derecho a votar, necesitamos adquirir ahora
silenciosamente el derecho a conocer. Muchas gracias.
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