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UNA
POLÍTICA
EDUCATIVA
HUMANISTA
José Luis Almazán Ortega
Sintesis
La política educativa humanista promueve la formación
del saber que influye en la configuración de la propia
vida. Busca suscitar una reflexión en el educando sobre
el verdadero bien del ser humano. Genera un ambiente donde
se comparten ideales y se pretende practicar lo que se ha
descubierto. Se ofrece una luz no un troquel.
Esta política hace su centro de gravedad el lograr
que el educando venga a ser cada vez más persona, una
contribución al proceso de su personalización.
La instrucción es entonces un instrumento, pero no
el fin. La sociedad en la que está, será un
contexto a tener en cuenta, no un determinante.
Sin duda que bajo esta concepción las perspectivas
meramente instruccional, reproductora y "anticipadora"
de la educación quedarían desechadas.
Cuando consideramos la necesidad de contar para nuestro país
con un sistema educativo que impulse su desarrollo y permita
adquirir a quienes pasan por él la formación
y preparación necesarias para acceder a niveles de
vida mejores, nos preguntamos de forma natural ¿qué
es lo que hace falta para superar la calidad de nuestra educación?
La respuesta a esta pregunta no es fácil, pues son
múltiples los factores que influyen para que nuestra
realidad educativa sea así. Sin embargo, un factor
esencial es la concepción que le ha dado origen y que
ha determinado su forma de ser, y la cual, mientras no se
cambie de raíz, difícilmente tendremos la educación
que esperamos.
El punto de partida de toda política educativa es su
concepción del hombre.
Las siguientes líneas se derivan de la conjunción
de ideas de tres fuentes: un seminario ofrecido en México
por el Dr. José A. Ibañez-Martín de la
Universidad Complutense de Madrid, el libro de Abilio de Gregorio
García, "Integración y participación
de los padres en los procesos educativos escolares" y
el texto del Dr. Salvador Cerón, "Un modelo educativo
para México".
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En
la concepción de una política educativa liberal
se buscará la aprobación de los distintos
grupos sociales que dan origen a ese sistema educativo,
el rigor científico y técnico será
muy importante, pero la orientación axiológica
del sistema educativo se definirá como neutra, para
según esto expresar el respeto a la pluralidad de
la sociedad. La realidad es que no puede existir una educación
axiológicamente neutra. La consecuencia de un sistema
así apuntará hacia el relativismo, la confusión
y la preponderancia de criterios consensuales que pueden
degenerar en absurdos muy democráticos y liberales,
pero contrarios a la persona humana: individualismo, libertinaje,
ambiente favorable al alcoholismo, las drogas y la promiscuidad;
debilitamiento de los valores morales y familiares; decaimiento
de la disciplina y por consecuencia del rendimiento académico.
En una política educativa ideologizada, lo que se
quiere promover son objetivos políticos o una visión
del ser humano indiscutible, la viabilidad pedagógica
del modelo no es muy importante, lo que se busca es eficacia
en el adoctrinamiento, por lo que se rechaza la neutralidad
axiológica. Este sistema formará ciudadanos
bajo un mismo troquel de pensamiento al servicio de una
ideología dominante, soldados o militantes para representar,
propagar y defender la visión en que se ha imbuido
a los sujetos, en donde la persona no importa tanto como
el triunfo de los ideales impuestos. La calidad académica
es importante en cuanto sirve de propaganda a la ideología
que se propugna. La visión del hombre dependerá
de la ideología que la inspira, pero generalmente
será una visión reduccionista que permite
convertir al hombre de sujeto de su destino en objeto sometido
y sacrificable al servicio de un determinado fin.
En una política educativa maquiavélica, su
objeto es alcanzar el poder o mantenerse en él, admite
las modas pedagógicas, pues el rigor científico
o técnico no es lo importante (no interesa siempre
ni fundamentalmente cumplir con la tarea de educar) y acepta
también una diversidad de prácticas y de cambios,
dependiendo si se tiene el poder o si se quiere conseguir.
Evidentemente la concepción del hombre no importa,
teóricamente puede ser cualquiera, mientras que en
forma real lo que se hace es instrumentarlo en beneficio
del grupo en el poder o de quien quiere obtenerlo.
La entropía en una política educativa de este
estilo es mayor, los vaivenes políticos provocan
cambios cíclicos, sin llegar al fondo, mientras sean
vistosos y provoquen un impacto publicitario al político
o grupo político que los promueve. No hay rumbo,
los resultados dependerán del azar que lleve a conjuntar
condiciones y personas en las instituciones o en los subsistemas
para ofrecer diferentes niveles de calidad, pero lo excelente
será la excepción y no la regla. La regla
es la mediocridad. Y si en la política ideologizada
se da la formación bajo un solo molde, en la política
maquiavélica predomina lo amorfo, lo inconsistente,
aunque el azar puede originar diversos resultados y los
grupos políticos y económicos más privilegiados
pueden acceder a una preparación académica
de mayor nivel, pero igualmente sin identidad social y que
de la misma manera puede adolecer de una visión integral
del hombre.
Las políticas educativas liberales, ideologizadas,
o maquiavélicas tenderán más o menos
a tener una perspectiva de la educación como las
siguientes:
1.
Perspectiva meramente instruccional
La escuela es un ámbito para la transmisión
de saberes científicos y culturales y es un espacio
para adquirir el dominio de los lenguajes propios de cada
disciplina.
Los objetivos educativos consisten en adquirir y comprender
conocimientos, hechos, datos, conceptos y principios.
El profesor es un profesional de la disciplina que imparte,
que domina los conocimientos y los sabe transmitir.
El alumno se considera en cuanto su capacidad de comprensión
y de asimilación.
La participación de los padres de familia no se considera
necesaria.
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2.
Perspectiva "reproductora"
La educación es un proceso de socialización
del educando, entendiendo por esto que permite la adaptación
o integración del individuo a la sociedad en la que
vive a través de la escuela como un alumno-ciudadano-productor.
El aprendizaje que deberá adquirir el alumno viene
a ser determinado por las necesidades de la sociedad.
Los objetivos educativos estarán determinados en cada
momento por la sociedad, mediante planificaciones o a través
de la ley de la oferta y la demanda.
El profesor debe estar pendiente constantemente de cuáles
son las demandas sociales.
Los contenidos son definidos por la demanda social, si las
humanidades no son útiles o empleables, se sustituyen
por otros saberes que si lo sean. Si alguna materia amenaza
el "statu quo", se margina. En cuanto a las actitudes,
una vez se demandará la obediencia, la puntualidad,
en otros momentos la independencia la inventiva.
El alumno fundamentalmente se le considera como ciudadano.
Se le valorará en cuanto a las respuestas que sepa
dar a los estímulos sociales. Su recompensa será
la de encontrar un sitio en el sistema.
Los padres participan en la calidad de "clientes"
o demandantes, su presencia en la escuela es la de forzar
el ajuste entre la oferta y la demanda.
3. Perspectiva anticipadora
La misión de la educación y de la escuela es
la de transformar al mundo, para ello será necesario
anticipar en el ámbito escolar aquellos cambios que
se desea se produzcan en la sociedad. El referente en último
término es la sociedad, en este caso la sociedad deseada,
la que puede ser una utopía construida a partir de
una ideología.
Los objetivos educativos vendrán dictados por el arquetipo
social que se persigue con el cambio social, rebasando con
mucho el ámbito académico para neutralizar desigualdades,
modificar estructuras sociales, etc.
El profesor tiene el papel de mediador personal entre el educando
y la sociedad para ponerlo en contacto crítico con
la realidad social para evidenciar sus fallas o contradicciones
y motivar así el deseo de transformarla. Los docentes
tendrán que estar altamente ideologizados.
Los contenidos prioritariamente serán aquellos que
contribuyan eficazmente a ese proceso de transformación,
se excluirá entonces todo lo que haga referencia al
pasado o al presente que se quiere cancelar, a todo lo que
ideológicamente pueda contaminar y se preferirá
lo que instrumentalmente sirva a la acción de cambio.
El alumno es miembro de una sociedad. Su aprendizaje deberá
ser cooperativo, se promueven las interacciones horizontales.
Se privilegiará la capacidad de transformar, la creatividad,
la iniciativa, la búsqueda de nuevas soluciones.
Los padres si participan (todo depende de la ideología
en cuestión), es por razones democráticas, pero
los cauces de su participación son los formales y burocráticos
no una integración a los procesos educativos de sus
hijos, junto a otras instancias sociales, sin ninguna diferenciación.
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Una
política educativa humanista tiene un rigor científico
y técnico, y su orientación axiológica
no puede ser neutra, pues se basa en el desarrollo de la
dignidad de la persona. No está dirigida a la adaptación
del individuo a un estado político y ofrece una visión
del hombre como persona, en una propuesta abierta a revisión
y que no se trata de imponer a sangre y fuego. Por lo anterior
los cambios e innovaciones se realizan en función
de procedimientos establecidos que miran por un lado a la
valoración científica y técnica de
las propuestas, al diagnóstico de la realidad educativa
y a la congruencia de lo que se propone con la filosofía
educativa y la visión antropológica que la
inspira.
La política educativa humanista promueve la formación
del saber que influye en la configuración de la propia
vida. Busca suscitar una reflexión en el educando
sobre el verdadero bien del ser humano. Genera un ambiente
donde se comparten ideales y se pretende practicar lo que
se ha descubierto. Se ofrece una luz no un troquel.
Esta política hace su centro de gravedad el lograr
que el educando venga a ser cada vez más persona,
una contribución al proceso de su personalización.
La instrucción es entonces un instrumento, pero no
el fin. La sociedad en la que está, será un
contexto a tener en cuenta, no un determinante.
Sin duda que bajo esta concepción las perspectivas
meramente instruccional, reproductora y "anticipadora"
de la educación quedarían desechadas.
Una perspectiva personalizadora sería la que más
concuerda con una política educativa humanista. Los
objetivos educativos serán determinados por las dimensiones
de la persona como unidad bio-psico-social y trascendente
buscando el desarrollo integrado y armónico de sus
capacidades, para que cada vez sea más él
mismo, más autónomo, más libre.
Los contenidos se seleccionarán, organizarán
y presentarán de forma que produzcan la maduración
de la personalidad, no será suficiente la información,
se necesitará formar habilidades y destrezas, actitudes
y valores.
El profesor no sólo enseña, sino que interactúa
con el alumno en los diferentes ámbitos de su personalidad,
monitorea, impulsa, acompaña, etc.
El alumno es sujeto de su propio desarrollo y lo que interesa
es el aprendizaje significativo para él.
Los padres necesariamente deben participar en el proceso
educativo escolar en colaboración con la escuela
como condición indispensable para su realización
plena.
Expuestos estos elementos podríamos analizar y comparar
lo que sucede en nuestro sistema educativo y ver a cuál
o cuáles modelos se aproxima más. Ese será
el principio de la respuesta de por qué nuestra educación
es como es.
En un análisis realizado por Salvador Cerón
acerca de nuestro modelo educativo, él dice que hasta
ahora no hemos tenido un modelo integrador que resuelva
o integre armónicamente las diferentes facetas que
lo deben componer: partir de la persona humana y organizarse
en función y a favor de ella; tener un componente
transmisor (eficacia de pertinencia y método), igualador
(que elimine el rezago educativo), capacitador (vínculo
con el aparato productivo) y forjador del futuro (capacidad
de regresar constantemente sobre el hombre mismo para el
desarrollo de la ciencia y la tecnología, y a favor
de la persona humana con el desarrollo de las humanidades
y la ética).
Señala que con el modelo modernizador iniciado sobre
todo por Ernesto Zedillo, se buscó fortalecer aspectos
como el transmisor y el capacitador. Pero sin una filosofía
definida, a fin de cuentas reducía la educación
a aspectos meramente pragmáticos que la dejaban en
un desequilibrio.
Actualmente cuando el tema más sonado ha sido el
de la necesidad de la evaluación de la educación
por una entidad independiente de la SEP, se ha mencionado
con mucho acierto dentro del foro que se organizó
sobre este tema, por la SEP y por las comisiones de educación
del Congreso, que no puede haber evaluación si primero
no se deciden y definen los fines y la filosofía
de nuestro sistema educativo, pues es a partir de este marco
que será posible establecer los parámetros
para evaluar el sistema educativo. Lo paradójico
será que se admita, como lo propugna la sociedad,
que se dé cabida a ésta en el órgano
autónomo de evaluación y que no se permita,
en cambio, también la aportación de la sociedad
en la definición de lo que quiere que sea la educación,
y especialmente hablando de la educación básica,
se tome en cuenta la participación de los padres
de familia.
Necesitamos discutir y armonizar las exigencias de un modelo
educativo que centrado en el desarrollo de la persona, responda
también a las demandas sociales que necesariamente
deben atenderse para que el educando pueda realizarse en
su dimensión social, pero como actor, y no como instrumento.
Esta debe ser el alma de nuestra educación, porque
eso es lo que requiere la situación de nuestro país
y el cambio trascendente al que está llamado. La
respuesta a los problemas presentes y del futuro próximo,
la creatividad para enfilar hacia un destino mejor y distinto
no será obra de autómatas, será de
personas de carácter, de valores, de responsabilidad,
solidarias y de un gran espíritu emprendedor. Eso
es pensar en otra educación muy distinta, y más
inspiradora para todo aquél que se considere un auténtico
profesional de la educación.
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