No.167
Agosto
2002
 

UNA POLÍTICA

EDUCATIVA HUMANISTA

 José Luis Almazán Ortega

Sintesis
La política educativa humanista promueve la formación del saber que influye en la configuración de la propia vida. Busca suscitar una reflexión en el educando sobre el verdadero bien del ser humano. Genera un ambiente donde se comparten ideales y se pretende practicar lo que se ha descubierto. Se ofrece una luz no un troquel.
Esta política hace su centro de gravedad el lograr que el educando venga a ser cada vez más persona, una contribución al proceso de su personalización. La instrucción es entonces un instrumento, pero no el fin. La sociedad en la que está, será un contexto a tener en cuenta, no un determinante.
Sin duda que bajo esta concepción las perspectivas meramente instruccional, reproductora y "anticipadora" de la educación quedarían desechadas.


Cuando consideramos la necesidad de contar para nuestro país con un sistema educativo que impulse su desarrollo y permita adquirir a quienes pasan por él la formación y preparación necesarias para acceder a niveles de vida mejores, nos preguntamos de forma natural ¿qué es lo que hace falta para superar la calidad de nuestra educación? La respuesta a esta pregunta no es fácil, pues son múltiples los factores que influyen para que nuestra realidad educativa sea así. Sin embargo, un factor esencial es la concepción que le ha dado origen y que ha determinado su forma de ser, y la cual, mientras no se cambie de raíz, difícilmente tendremos la educación que esperamos.


El punto de partida de toda política educativa es su concepción del hombre.


Las siguientes líneas se derivan de la conjunción de ideas de tres fuentes: un seminario ofrecido en México por el Dr. José A. Ibañez-Martín de la Universidad Complutense de Madrid, el libro de Abilio de Gregorio García, "Integración y participación de los padres en los procesos educativos escolares" y el texto del Dr. Salvador Cerón, "Un modelo educativo para México".


En la concepción de una política educativa liberal se buscará la aprobación de los distintos grupos sociales que dan origen a ese sistema educativo, el rigor científico y técnico será muy importante, pero la orientación axiológica del sistema educativo se definirá como neutra, para según esto expresar el respeto a la pluralidad de la sociedad. La realidad es que no puede existir una educación axiológicamente neutra. La consecuencia de un sistema así apuntará hacia el relativismo, la confusión y la preponderancia de criterios consensuales que pueden degenerar en absurdos muy democráticos y liberales, pero contrarios a la persona humana: individualismo, libertinaje, ambiente favorable al alcoholismo, las drogas y la promiscuidad; debilitamiento de los valores morales y familiares; decaimiento de la disciplina y por consecuencia del rendimiento académico.
En una política educativa ideologizada, lo que se quiere promover son objetivos políticos o una visión del ser humano indiscutible, la viabilidad pedagógica del modelo no es muy importante, lo que se busca es eficacia en el adoctrinamiento, por lo que se rechaza la neutralidad axiológica. Este sistema formará ciudadanos bajo un mismo troquel de pensamiento al servicio de una ideología dominante, soldados o militantes para representar, propagar y defender la visión en que se ha imbuido a los sujetos, en donde la persona no importa tanto como el triunfo de los ideales impuestos. La calidad académica es importante en cuanto sirve de propaganda a la ideología que se propugna. La visión del hombre dependerá de la ideología que la inspira, pero generalmente será una visión reduccionista que permite convertir al hombre de sujeto de su destino en objeto sometido y sacrificable al servicio de un determinado fin.


En una política educativa maquiavélica, su objeto es alcanzar el poder o mantenerse en él, admite las modas pedagógicas, pues el rigor científico o técnico no es lo importante (no interesa siempre ni fundamentalmente cumplir con la tarea de educar) y acepta también una diversidad de prácticas y de cambios, dependiendo si se tiene el poder o si se quiere conseguir. Evidentemente la concepción del hombre no importa, teóricamente puede ser cualquiera, mientras que en forma real lo que se hace es instrumentarlo en beneficio del grupo en el poder o de quien quiere obtenerlo.


La entropía en una política educativa de este estilo es mayor, los vaivenes políticos provocan cambios cíclicos, sin llegar al fondo, mientras sean vistosos y provoquen un impacto publicitario al político o grupo político que los promueve. No hay rumbo, los resultados dependerán del azar que lleve a conjuntar condiciones y personas en las instituciones o en los subsistemas para ofrecer diferentes niveles de calidad, pero lo excelente será la excepción y no la regla. La regla es la mediocridad. Y si en la política ideologizada se da la formación bajo un solo molde, en la política maquiavélica predomina lo amorfo, lo inconsistente, aunque el azar puede originar diversos resultados y los grupos políticos y económicos más privilegiados pueden acceder a una preparación académica de mayor nivel, pero igualmente sin identidad social y que de la misma manera puede adolecer de una visión integral del hombre.


Las políticas educativas liberales, ideologizadas, o maquiavélicas tenderán más o menos a tener una perspectiva de la educación como las siguientes:

1. Perspectiva meramente instruccional


La escuela es un ámbito para la transmisión de saberes científicos y culturales y es un espacio para adquirir el dominio de los lenguajes propios de cada disciplina.


Los objetivos educativos consisten en adquirir y comprender conocimientos, hechos, datos, conceptos y principios.


El profesor es un profesional de la disciplina que imparte, que domina los conocimientos y los sabe transmitir.


El alumno se considera en cuanto su capacidad de comprensión y de asimilación.
La participación de los padres de familia no se considera necesaria.


2. Perspectiva "reproductora"


La educación es un proceso de socialización del educando, entendiendo por esto que permite la adaptación o integración del individuo a la sociedad en la que vive a través de la escuela como un alumno-ciudadano-productor. El aprendizaje que deberá adquirir el alumno viene a ser determinado por las necesidades de la sociedad.


Los objetivos educativos estarán determinados en cada momento por la sociedad, mediante planificaciones o a través de la ley de la oferta y la demanda.


El profesor debe estar pendiente constantemente de cuáles son las demandas sociales.
Los contenidos son definidos por la demanda social, si las humanidades no son útiles o empleables, se sustituyen por otros saberes que si lo sean. Si alguna materia amenaza el "statu quo", se margina. En cuanto a las actitudes, una vez se demandará la obediencia, la puntualidad, en otros momentos la independencia la inventiva.


El alumno fundamentalmente se le considera como ciudadano. Se le valorará en cuanto a las respuestas que sepa dar a los estímulos sociales. Su recompensa será la de encontrar un sitio en el sistema.


Los padres participan en la calidad de "clientes" o demandantes, su presencia en la escuela es la de forzar el ajuste entre la oferta y la demanda.

3. Perspectiva anticipadora
La misión de la educación y de la escuela es la de transformar al mundo, para ello será necesario anticipar en el ámbito escolar aquellos cambios que se desea se produzcan en la sociedad. El referente en último término es la sociedad, en este caso la sociedad deseada, la que puede ser una utopía construida a partir de una ideología.


Los objetivos educativos vendrán dictados por el arquetipo social que se persigue con el cambio social, rebasando con mucho el ámbito académico para neutralizar desigualdades, modificar estructuras sociales, etc.


El profesor tiene el papel de mediador personal entre el educando y la sociedad para ponerlo en contacto crítico con la realidad social para evidenciar sus fallas o contradicciones y motivar así el deseo de transformarla. Los docentes tendrán que estar altamente ideologizados.


Los contenidos prioritariamente serán aquellos que contribuyan eficazmente a ese proceso de transformación, se excluirá entonces todo lo que haga referencia al pasado o al presente que se quiere cancelar, a todo lo que ideológicamente pueda contaminar y se preferirá lo que instrumentalmente sirva a la acción de cambio.


El alumno es miembro de una sociedad. Su aprendizaje deberá ser cooperativo, se promueven las interacciones horizontales. Se privilegiará la capacidad de transformar, la creatividad, la iniciativa, la búsqueda de nuevas soluciones.


Los padres si participan (todo depende de la ideología en cuestión), es por razones democráticas, pero los cauces de su participación son los formales y burocráticos no una integración a los procesos educativos de sus hijos, junto a otras instancias sociales, sin ninguna diferenciación.

Una política educativa humanista tiene un rigor científico y técnico, y su orientación axiológica no puede ser neutra, pues se basa en el desarrollo de la dignidad de la persona. No está dirigida a la adaptación del individuo a un estado político y ofrece una visión del hombre como persona, en una propuesta abierta a revisión y que no se trata de imponer a sangre y fuego. Por lo anterior los cambios e innovaciones se realizan en función de procedimientos establecidos que miran por un lado a la valoración científica y técnica de las propuestas, al diagnóstico de la realidad educativa y a la congruencia de lo que se propone con la filosofía educativa y la visión antropológica que la inspira.


La política educativa humanista promueve la formación del saber que influye en la configuración de la propia vida. Busca suscitar una reflexión en el educando sobre el verdadero bien del ser humano. Genera un ambiente donde se comparten ideales y se pretende practicar lo que se ha descubierto. Se ofrece una luz no un troquel.


Esta política hace su centro de gravedad el lograr que el educando venga a ser cada vez más persona, una contribución al proceso de su personalización. La instrucción es entonces un instrumento, pero no el fin. La sociedad en la que está, será un contexto a tener en cuenta, no un determinante.


Sin duda que bajo esta concepción las perspectivas meramente instruccional, reproductora y "anticipadora" de la educación quedarían desechadas.
Una perspectiva personalizadora sería la que más concuerda con una política educativa humanista. Los objetivos educativos serán determinados por las dimensiones de la persona como unidad bio-psico-social y trascendente buscando el desarrollo integrado y armónico de sus capacidades, para que cada vez sea más él mismo, más autónomo, más libre.


Los contenidos se seleccionarán, organizarán y presentarán de forma que produzcan la maduración de la personalidad, no será suficiente la información, se necesitará formar habilidades y destrezas, actitudes y valores.


El profesor no sólo enseña, sino que interactúa con el alumno en los diferentes ámbitos de su personalidad, monitorea, impulsa, acompaña, etc.


El alumno es sujeto de su propio desarrollo y lo que interesa es el aprendizaje significativo para él.


Los padres necesariamente deben participar en el proceso educativo escolar en colaboración con la escuela como condición indispensable para su realización plena.
Expuestos estos elementos podríamos analizar y comparar lo que sucede en nuestro sistema educativo y ver a cuál o cuáles modelos se aproxima más. Ese será el principio de la respuesta de por qué nuestra educación es como es.


En un análisis realizado por Salvador Cerón acerca de nuestro modelo educativo, él dice que hasta ahora no hemos tenido un modelo integrador que resuelva o integre armónicamente las diferentes facetas que lo deben componer: partir de la persona humana y organizarse en función y a favor de ella; tener un componente transmisor (eficacia de pertinencia y método), igualador (que elimine el rezago educativo), capacitador (vínculo con el aparato productivo) y forjador del futuro (capacidad de regresar constantemente sobre el hombre mismo para el desarrollo de la ciencia y la tecnología, y a favor de la persona humana con el desarrollo de las humanidades y la ética).


Señala que con el modelo modernizador iniciado sobre todo por Ernesto Zedillo, se buscó fortalecer aspectos como el transmisor y el capacitador. Pero sin una filosofía definida, a fin de cuentas reducía la educación a aspectos meramente pragmáticos que la dejaban en un desequilibrio.


Actualmente cuando el tema más sonado ha sido el de la necesidad de la evaluación de la educación por una entidad independiente de la SEP, se ha mencionado con mucho acierto dentro del foro que se organizó sobre este tema, por la SEP y por las comisiones de educación del Congreso, que no puede haber evaluación si primero no se deciden y definen los fines y la filosofía de nuestro sistema educativo, pues es a partir de este marco que será posible establecer los parámetros para evaluar el sistema educativo. Lo paradójico será que se admita, como lo propugna la sociedad, que se dé cabida a ésta en el órgano autónomo de evaluación y que no se permita, en cambio, también la aportación de la sociedad en la definición de lo que quiere que sea la educación, y especialmente hablando de la educación básica, se tome en cuenta la participación de los padres de familia.


Necesitamos discutir y armonizar las exigencias de un modelo educativo que centrado en el desarrollo de la persona, responda también a las demandas sociales que necesariamente deben atenderse para que el educando pueda realizarse en su dimensión social, pero como actor, y no como instrumento. Esta debe ser el alma de nuestra educación, porque eso es lo que requiere la situación de nuestro país y el cambio trascendente al que está llamado. La respuesta a los problemas presentes y del futuro próximo, la creatividad para enfilar hacia un destino mejor y distinto no será obra de autómatas, será de personas de carácter, de valores, de responsabilidad, solidarias y de un gran espíritu emprendedor. Eso es pensar en otra educación muy distinta, y más inspiradora para todo aquél que se considere un auténtico profesional de la educación.