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SINTESIS
Parece paradójico que si las reformas estructurales
y la globalización han conducido a cambios importantes
y a un mayor potencial de crecimiento y creación de
empleos, el proceso sea tan impugnado en algunos círculos.
Esto puede deberse a dos causas. Primera, a que dicha evolución
ha incrementando la vulnerabilidad de las economías
y la volatilidad en los mercados financieros internacionales.
La segunda razón es que el desarrollo logrado ha sido
insuficiente y no ha conseguido incorporar a sus beneficios
a la totalidad de los grupos sociales. Así, la marginación,
la pobreza, el desempleo y el subempleo, la baja escolaridad
y la marcada inequitatividad en la distribución del
ingreso y de la riqueza siguen subsistiendo, en distintos
grados, en los países de Latinoamérica.
Fue en el decenio de los ochenta, en respuesta a la llamada
crisis de la deuda, cuando se sentaron las bases para la transformación
política, social y económica de Latinoamérica
que ha tenido lugar en los últimos 20 años.
Los efectos de una intervención gubernamental excesiva,
del proteccionismo y de los desequilibrios macroeconómicos
hicieron indispensable la aplicación de reformas económicas
de gran envergadura. Entre éstas destacan las siguientes:
o Ajuste fiscal. El esfuerzo se enfocó al adelgazamiento
del gobierno y a lograr un mejor deslinde entre los campos
de acción del sector público y del privado.
o Combate a la inflación. En varios países de
la región se otorgó autonomía a sus bancos
centrales y se les asignó como objetivo único
la procuración de la estabilidad de precios.
o Apertura comercial. La liberalización comprendió
tanto reducciones unilaterales de tarifas, aranceles y permisos
como el establecimiento de zonas de comercio libre.
o Fortalecimiento del sector financiero. Las reformas han
implicado nuevos esquemas de supervisión y regulación,
la privatización de instituciones y una mayor participación
de la inversión extranjera en la capitalización
del sector.
Las reformas han redundado en una mayor solidez macroeconómica.
En Latinoamérica, el déficit fiscal promedio
como porcentaje del producto se redujo de 9.6 por ciento anual
durante la década de los ochenta a 3.3 por ciento en
2001. Por su parte, la tasa promedio de crecimiento de los
precios disminuyó de 153 por ciento anual en los ochenta
a 6.8 por ciento en 2001.
En el ámbito de la apertura comercial se han llevado
a cabo acciones muy trascendentes. En el caso de México
se han firmado 5 acuerdos multilaterales de comercio, entre
los que destacan los Tratados de Libre Comercio con América
del Norte y con la Unión Europea, así como 7
acuerdos bilaterales de comercio e inversión. Por su
parte, en 1991, varias economías importantes de Sudamérica
constituyeron el MERCOSUR.
En respuesta a este proceso, hasta el momento de la devaluación
del real en 1999, el crecimiento del comercio entre los países
miembros del MERCOSUR fue importante. Por su parte, en México
el dinamismo exportador ha sido notable. A partir de la firma
del Tratado de Libre Comercio de América del Norte
las exportaciones de México crecieron a una tasa anual
promedio superior a 14 por ciento. Como resultado, actualmente
el país exporta más del 30 por ciento de su
producto, mientras que en 1982 exportaba tan sólo el
10 por ciento. Por otro lado, la composición de las
exportaciones se ha modificado sustancialmente. Mientras que
en 1982 el 69 por ciento de las exportaciones totales eran
de petróleo y sus derivados, actualmente esta proporción
es de sólo 8 por ciento.
El resultado ha sido una mayor capacidad de crecimiento, de
creación de empleos y de recuperación de los
salarios reales gracias a las ganancias en productividad.
En la región el crecimiento real del producto aumentó
de un promedio anual de 1.7 por ciento en la década
de los ochenta a una tasa más elevada, aunque aún
insuficiente, de 2.9 por ciento en los noventa. El bajo crecimiento
en la zona se hace patente al comparar nuestras cifras con
el crecimiento en el Sudeste Asiático, que fue de 5.6
por ciento en promedio durante la década pasada, aún
tomando en cuenta las crisis que aquejaron a esa región
hace pocos años.
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Parece
paradójico que si las reformas estructurales y la globalización
han conducido a cambios importantes y propicios y a un mayor
potencial de crecimiento y creación de empleos, el
proceso sea tan impugnado en algunos círculos. Esto
puede deberse a dos causas. Primera, a que dicha evolución
ha incrementando la vulnerabilidad de las economías
y la volatilidad en los mercados financieros internacionales.
La segunda razón es que el desarrollo logrado ha sido
insuficiente y no ha conseguido incorporar a sus beneficios
a la totalidad de los grupos sociales. Así, la marginación,
la pobreza, el desempleo y el subempleo, la baja escolaridad
y la marcada inequitatividad en la distribución del
ingreso y de la riqueza siguen subsistiendo, en distintos
grados, en los países de Latinoamérica.
Respecto al primer punto, a lo largo de los noventa se hizo
patente que la interconexión de los mercados financieros
nacionales ha amplificado la volatilidad interna y se ha convertido
en una causa adicional de esa volatilidad a través
del contagio. Para atenuar estos efectos, en los últimos
años las principales economías de la región
han realizado esfuerzos adicionales en el ámbito financiero
y macroeconómico que han limitado la posibilidad del
contagio financiero. El resultado de estos esfuerzos se ha
hecho patente en los últimos 18 meses, ya que las crisis
en Argentina, Turquía y Venezuela no han contagiado
a los demás mercados emergentes.
La segunda causa de insatisfacción respecto al proceso
de reforma estructural y de globalización proviene
del considerable número de personas que no han sido
partícipes de sus beneficios. De acuerdo con los organismos
internacionales, en Latinoamérica viven actualmente
en pobreza, alrededor de 200 millones de personas, lo que
representa el 39 por ciento de la población de la región.
Asimismo, la distribución del ingreso se encuentra
entre las más inequitativas del mundo. En América
Latina el 20 por ciento de la población más
rica tiene ingresos 12 veces mayores que el 20 por ciento
más pobre. En contraste, en los países del Sudeste
Asiático esta proporción es de sólo 4
veces.
La educación y el nivel de salud en la región
son también bajos. Actualmente, los latinoamericanos
y los mexicanos tienen en promedio, respectivamente, 5 y 7.6
años de formación educativa, mientras que el
promedio en los países del Sudeste Asiático
es de 9 años. Las diferencias entre los niveles de
salud en América Latina y en los países de la
OCDE también son significativas. En Latinoamérica,
México y la OCDE, la tasa de mortalidad infantil es
respectivamente de 31, 30 y 6.2 niños por cada mil,
y la esperanza de vida al nacer de 70, 72 y 77.5 años.
La llamada primera generación de reformas económicas,
iniciada en Latinoamérica en la década de los
ochenta, mejoró sensiblemente el entorno macroeconómico
y la asignación de los recursos productivos. Sin embargo,
el crecimiento en la región sigue siendo bajo y variable.
Por ejemplo, de mantenerse la tasa de crecimiento promedio
observada durante los noventa, el ingreso percápita
se duplicaría hasta dentro de 63 años. En contraste,
en China el ingreso percápita se duplicó en
los últimos 8 años.
Una condición necesaria para un combate exitoso a la
pobreza es el crecimiento económico rápido y
sostenido. Está demostrado que la disciplina fiscal,
la estabilidad de precios y la reforma estructural fomentan
el desarrollo económico. Por tanto, políticas
macroeconómicas acertadas pueden acelerar la reducción
de la pobreza.
Al respecto, cabe enfatizar que el abatimiento de la inflación
no es un fin en sí mismo sino un prerrequisito indispensable
para aumentar el bienestar general de la población.
Por ejemplo, en México durante el periodo 1950-1972,
lapso en el que se observó una inflación de
tan sólo un dígito, el crecimiento promedio
del producto fue 6.5 por ciento, el salario real aumentó
a una tasa promedio anual de 5 por ciento y la distribución
del ingreso mejoró significativamente. En contraste,
desde 1973, año a partir del cual la economía
mexicana experimentó inflaciones elevadas, el producto
sólo ha crecido a una tasa anual promedio de 3.9 por
ciento, los salarios reales se han mantenido prácticamente
sin cambio y la distribución del ingreso se ha deteriorado.
La pobreza también tiene entre sus principales causas
una salud precaria de la población, bajos índices
de escolaridad y una nutrición deficiente.
De ahí que se requiera una intervención decidida,
inteligente y eficaz del Estado para elevar esos indicadores.
Las políticas de protección social requerirán
claramente de recursos adicionales. Por tanto, es indispensable
que los gobiernos incrementen su capacidad recaudatoria y
mejoren la eficiencia de su gasto.
Es importante enfatizar que la consolidación de la
solvencia fiscal es el reto principal que enfrentan las economías
de América Latina. Ello, debido a que el incremento
de la capacidad recaudatoria permitiría simultáneamente
garantizar la estabilidad macroeconómica y aumentar
de manera importante el gasto social.
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En
un enfoque como el descrito, necesariamente debe haber armonía
entre las políticas macroeconómicas y las estrategias
orientadas al combate de la pobreza. Así, la solidez
de las políticas macroeconómicas reforzará
la lucha contra la pobreza. Es decir, no se trata de una relación
lineal sino circular. Para mantener la disciplina de una política
económica y financiera firme durante un periodo prolongado
a fin de erradicar la inflación y fomentar un crecimiento
sostenido, es necesaria una estrategia global en la que se
conjuguen la lucha contra la pobreza, la creación de
redes de protección social y un esfuerzo decidido para
mejorar la distribución del ingreso. Al dar legitimidad
a las reformas y fomentar un amplio respaldo para su aplicación,
las políticas sociales también contribuirán
a crear el entorno propicio para que las medidas de ajuste
económico sean exitosas y permanentes.
La crisis por la que actualmente atraviesa la economía
argentina ha sido citada por algunos observadores como un
ejemplo de los problemas que originan los procesos de reforma
estructural y de globalización. Sin embargo, otros
analistas han derivado lecciones totalmente opuestas de dicha
crisis. Según este segundo grupo, los problemas de
ese país se asocian más con el hecho de que
la reforma estructural y la apertura comercial fueron insuficientes
y que con base en la credibilidad ganada en los primeros años
de la convertibilidad y con la respuesta oportuna de política
durante el llamado efecto Tequila, en los últimos 5
años se descuidaron considerablemente las finanzas
públicas.
En este contexto, era muy factible que la rigidez cambiaria,
las perturbaciones externas negativas de los últimos
años y el abultado endeudamiento llevarían a
la crisis financiera que sufre hoy en día dicho país.
Si bien en mi opinión esta segunda visión es
la que mejor explica los acontecimientos observados en aquella
nación de Sudamérica, las tres principales lecciones
que los países con mercados emergentes debemos derivar
de esa experiencia son las siguientes:
a)En su origen la crisis de Argentina se derivó de
que no se concretaron los acuerdos fundamentales con los principales
actores políticos para asegurar una situación
fiscal de solvencia. En particular, vale la pena destacar
la falta de consensos entre la federación y las provincias
respecto a las transferencias de recursos y a los ajustes
del gasto a nivel provincial. De ahí la acumulación
de una deuda externa voluminosa que en un momento ya no se
pudo financiar. Ello revela otra faceta relevante de la problemática:
que dada la debilidad de sus instituciones, las economías
emergentes tienen un margen de maniobra escaso por lo cual
deben reducir sus vulnerabilidades al mínimo.
b)La crisis argentina demuestra claramente que un elemento
fundamental para limitar los efectos de las múltiples
perturbaciones a que están expuestas nuestras economías,
es contar con un grado de flexibilidad elevado en los ámbitos
fiscal, monetario y cambiario, laboral y financiero.
c)En tercer lugar, la crisis argentina ilustra la importancia
de contar con instituciones políticas, económicas
y sociales sólidas. Sorprende, cómo a raíz
de dicha crisis se violaron los derechos de propiedad, se
alteraron las reglas del juego y se abusó de la discrecionalidad.
Asimismo, la falta de consensos políticos suficientes
para manejar la crisis en sus inicios, derivó en la
profundización de los problemas y en el desprestigio
de la clase política ocasionando la falta de gobernabilidad
que se ha hecho evidente en los últimos 6 meses.
En México el cambio estructural y la globalización
han transformado a la economía haciéndola más
sólida y competitiva. Destaca a este respecto, el fortalecimiento
institucional en tres ámbitos:
a)La apertura comercial;
b)La consolidación de la estabilidad macroeconómica;
y
c)El fortalecimiento del régimen democrático;
Del proceso de apertura comercial que comenzó de manera
unilateral en la década de los ochenta, surgió
un nuevo esquema de incentivos para la industria de nuestro
país. Este esquema se consolidó con la entrada
de México al GATT y con la firma de varios tratados
de libre comercio, entre los que destaca el TLCAN. De esta
manera, la apertura comercial se institucionalizó,
generando un entorno de certidumbre que promueve la inversión
de largo plazo.
Respecto a la estabilidad macroeconómica, si bien hay
que reconocer que ésta no se ha alcanzado plenamente,
en los últimos años, aún con un poder
legislativo plural, se ha mantenido la disciplina fiscal.
Asimismo, en 1994 se otorgó autonomía al Banco
de México y se le asignó como objetivo prioritario
procurar la estabilidad del poder adquisitivo de la moneda.
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Sin
embargo, en el ámbito macroeconómico México
enfrenta todavía retos importantes. Uno de ellos es
continuar el saneamiento de las finanzas públicas para
elevar la capacidad recaudatoria del gobierno. Sólo
así será posible aplicar una política
social más agresiva a la vez de mantener la solidez
de las finanzas públicas.
También en el frente de la estabilidad de precios se
ha avanzado de forma considerable. Actualmente, la tasa anual
de inflación ya es menor a 5 por ciento. Sin embargo,
ésta es todavía elevada. Por ello, la meta de
mediano plazo de la política monetaria es que al cierre
del 2003 la inflación en México se ubique en
alrededor de 3 por ciento.
Finalmente, es importante destacar que en México las
reformas económicas se han adoptado en paralelo con
el proceso de democratización. La democracia se ha
arraigado en nuestro país y ha permitido que las medidas
económicas se sustenten en un mayor consenso y soporte
social. Muestra de ello es que por 5 años consecutivos
se ha conservado la disciplina fiscal aún con Congresos
plurales y que la alternancia en la presidencia no vino acompañada
de una crisis financiera como en el pasado. En suma, el proceso
de democratización ha sido congruente con la apertura
y con la reestructuración económica.
La transformación le permitió al país
una recuperación rápida y sostenida a partir
de la crisis que estalló a finales de 1994. También
sortear los efectos negativos de las crisis que aquejaron
a los mercados emergentes en 1998 y la desaceleración
de la economía mundial en 2001. Así, en los
últimos seis años la economía de México
creció a una tasa promedio de 4.5 por ciento.
Durante 2001, por primera vez en 30 años la economía
de México se insertó de forma ordenada en un
ciclo de desaceleración económica, con estabilidad
en las principales variables financieras. En consecuencia,
la economía mexicana se encuentra hoy en una posición
más sólida para retomar el crecimiento económico
en sincronía con la recuperación que ya se vislumbra
de la economía mundial.
A este respecto, en las últimas semanas se ha recabado
información que apunta a una recuperación más
vigorosa de la actividad económica en los Estados Unidos.
Esto se ha reflejado en una revisión al alza de los
pronósticos relativos al crecimiento de la economía
de dicho país.
En cuanto a México, los indicadores de la actividad
económica ya muestran señales de recuperación
aunque menos claras que en los Estados Unidos. Como comenté
recientemente en la Convención Nacional Bancaria, las
señales que sugieren el fin de la recesión y
apuntan hacia un mayor dinamismo de la planta productiva son
cada vez más evidentes.
Con base en esta información, el Banco de México
anticipa que el crecimiento del producto entre el primer trimestre
de 2002 y el mismo trimestre de 2001 todavía será
negativo. Sin embargo, se espera que el crecimiento entre
el primer trimestre de 2002 y el último de 2001 en
sus series desestacionalizadas ya sea positivo.
Asimismo, en los meses transcurridos de 2002 la evolución
de la inflación ha sido congruente con la meta de alcanzar
al cierre del año una tasa menor a 4.5 por ciento.
Ello puede constatarse en el hecho de que la inflación
subyacente, aquélla que no está contaminada
por fenómenos volátiles y transitorios, se situó
el pasado marzo en 4.54 por ciento.
A manera de conclusión, cabe recalcar que si bien el
crecimiento económico mundial parece estar recuperándose,
la expectativa es que las economías de los principales
socios comerciales de México crezcan en el futuro cercano
a tasas menores que las registradas en el periodo 1995-2000.
Por ello, para alcanzar en México el ritmo de crecimiento
económico necesario para generar los empleos que el
aumento poblacional requiere y simultáneamente elevar
el nivel de vida de la población, es imprescindible
avanzar en la agenda de reformas estructurales. Sólo
la conclusión de las reformas permitirá alcanzar
un mayor incremento de la productividad, una creación
de empleos vigorosa, incrementos sostenibles en el salario
real y mayor crecimiento económico.
Hay que cobrar conciencia de que demorar esas reformas implicará
perder tiempo irrecuperable. Dichas reformas son indispensables
para darle a la economía nacional la flexibilidad que
necesita para que la planta productiva sea más competitiva
y eficiente.
En la lista de reformas pendientes ocupan lugar principal
la del sector eléctrico, la del marco normativo laboral,
profundizar las reformas fiscal y financiera, y consolidar
el Estado de derecho.
En un sistema político plural, el diálogo, e
incluso el contrapunto, entre los poderes es una experiencia
cotidiana. Lo relevante es el fondo, y a ese respecto es mucho
lo que tenemos por avanzar en México. Del debate deben
surgir los consensos necesarios para avanzar en la agenda
pendiente.
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