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SINTESIS
En los albores del siglo XX México vivió
una cruenta revolución que costó un millón
de vidas. Avanzado el siglo, y por motivos no muy distintos
de encono social, añejos agravios religiosos, y una
competencia feroz entre ideologías rivales, España
sufrió la Guerra Civil. En sus inicios las separó
una diferencia esencial: la mexicana fue un levantamiento
contra una dictadura; la española, una sublevación
militar contra un orden democrático, pero ambas desembocaron
en nuevas dictaduras. Parecía imposible que ambos (el
caudillo y el PRI) fueran mortales. Y no menos difícil
e incierta parecía la transición de ambos países
a la democracia. Con todo, el milagro se dio, primero en España,
en 1975, y un cuarto de siglo después en México.
Pero la palabra "milagro" es inexacta: lo que ocurrió
en España no fue un milagro sino un proceso de maduración,
no muy distinto al del remoto antecedente inglés. También
en México la transición ha seguido algunas de
esas pautas, aunque falta algo esencial: el pacto histórico
de gobernabilidad.
De
todas las ideas, ideologías y utopías sepultadas
bajo los escombros del siglo XX, sólo quedó
la más modesta y asequible, la democracia. No es un
don predestinado a ciertos pueblos y vedado a otros: es una
conquista abierta a todos. La democracia no se hereda: se
construye, se trabaja. Si bien la democracia ha dado pasos
extraordinarios en las últimas décadas, está
lejos de ser el sistema predominante. Baste recordar que en
China, el orbe islámico y buena parte del continente
africano privan, en distinto grado, sistemas políticos
totalitarios o autoritarios, satrapías tribales y tiranías
fundamentalistas. Pero es allí donde la historia arroja
lecciones y nos da la mano. Porque al repasar el avance de
la democracia en los países que la han adoptado se
advierte con claridad que (salvo la excepción de los
Estados Unidos, país nacido de un pacto explícitamente
democrático) todos los demás erraron el rumbo
político hasta redescubrir y adoptar, con variantes
diversas pero una misma esencia, la vieja fórmula de
los griegos.
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Tómese el caso de Inglaterra. Sus panegiristas dirán,
no sin cierta razón, que el principio de división
de poderes estaba implícito ya en la Carta Magna que
los nobles impusieron al Rey Juan para acotar su poder en
tiempos de las Cruzadas. Pero si se da un paso de seis siglos
se verá que la orgullosa Inglaterra de Jorge III, reina
de los mares, era un prodigio de corrupción política.
Un partido único, el partido Whig, gobernó por
seis decenios adueñándose del Parlamento no
por vocación política sino por interés
económico, para tener acceso al "Secret Service
Money" (lo que en México -con más llaneza-
denominamos "la mordida"). Privaba un vasto sistema
de patronazgo y corrupción. En las elecciones de los
distritos (aptamente denominados "burgos podridos")
votaban hasta los muertos. ¿Cómo salió
Inglaterra de aquel pantano? Mediante un acto de voluntad
y participación desplegado a lo largo de unas cuantas
décadas, acaso dos generaciones: límites claros
al patronazgo del rey, instauración del servicio civil
de carrera, independencia plena de los jueces, desarrollo
de partidos políticos auténticos y representativos,
adopción paulatina del voto universal directo y, punto
central, desarrollo del "cuarto poder", la prensa
libre. No es casual que Montesquieu se sorprendiera de ver
en Londres obreros leyendo el Times (nacido en 1785). Esa
lectura era el acto democrático por excelencia.
Demos un nuevo salto a través de los siglos. ¿Quién,
a mediados del siglo XX, concedía a España la
posibilidad de convertirse en un país democrático?
Sólo unos cuantos idealistas. Se decía que el
tronco español y sus ramas iberoamericanas padecían
la misma imposibilidad cultural, casi congénita, de
adoptar la democracia. La historia los había llevado
por un camino muy distinto: el edificio jerárquico,
corporativo y estático de los Austrias -un orden hecho
para durar, no para cambiar- y, después, el férreo
regalismo de los Borbones, en cuyos vastos dominios, a pesar
de sus corrientes ilustradas e impulsos de reforma económica,
no cabían los ciudadanos sino los súbditos.
Ése fue, en efecto, el destino político del
tronco y sus ramas por 300 años. Cuando sobrevinieron
las guerras de independencia, cuando España y América
rompieron sus lazos, sorprende advertir los paralelos de su
historia política, como si ambos compartieran una misma
voluntad de volverse políticamente modernos y una misma,
perpleja dificultad, para lograrlo.
¿Qué faltó, qué falló en
nuestro siglo XIX? A mi juicio, entre otras cosas, lo que
ahora falta -centralmente- en el orbe islámico: una
separación clara entre la política y la religión.
En sí misma, la religión no era un impedimento
para el desarrollo democrático. La prueba -apuntó
Tocqueville- estaba en los Estados Unidos, país en
el que los individuos eran sumamente religiosos pero sin supeditar
su religiosidad a un poder externo. Podían ser creyentes
y a la vez democráticos, porque se abstenían
de acotar (perseguir o suprimir) las creencias (o la falta
de creencias) del prójimo. En nuestros países
ocurrió el fenómeno contrario. Nos faltó
un aprendizaje esencial: el de la tolerancia. Nuestros diccionarios
registran, aún ahora, varias acepciones cargadas de
un sentido, digamos, defensivo:
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"Respeto
y consideración hacia las opiniones o prácticas
de los demás, aunque repugnen a las nuestras" ...
"permitir algo que no se tiene por lícito"
... "resistir, soportar, sufrir, llevar con paciencia".
En otras tradiciones políticas, la palabra tolerancia
tiene un sentido mucho más noble, un sentido positivo.
Es "una actitud permisiva y liberal hacia actos u opiniones
distintas a las nuestras". Casi una celebración
de la diferencia entre las personas, la certeza de que la verdad
(que nadie posee de manera absoluta) se construye por fragmentos,
por aproximaciones. Esa es una asignatura pendiente en Iberoamérica
y un poco también en España.
Otro factor de atraso fue la herencia autoritaria. En esto,
las semejanzas entre México y España son sorprendentes.
A fines del siglo XIX un autor describía la vida política
española como un penoso sainete de simulación
democrática perfectamente aplicable a México,
no sólo en los plácidos tiempos del dictador Porfirio
Díaz (1876-1911) sino décadas más tarde,
durante la hegemonía del PRI (1929-2000): "la presión
de la maquinaria oficial -escribía- era irresistible.
Una madeja de leyes ponía al ciudadano a merced de subalternos
que respondían con su carrera ante el ministerio de Gobernación
del éxito señalado de antemano en el reparto electoral.
Caciques o hechura de caciques eran los alcaldes, regidores,
jueces municipales ... En la capital de cada provincia, la red
era manejada por los respectivos diputados provinciales ...
las verdaderas luchas electorales reñíanse en
la Puerta del Sol". Cámbiese la Plaza Mayor de Madrid
por el Zócalo de la Ciudad de México, y la identidad
es total.
Las desandanzas democráticas no terminaron allí.
En los albores del siglo XX México vivió una cruenta
revolución que costó un millón de vidas.
Avanzado el siglo, y por motivos no muy distintos de encono
social, añejos agravios religiosos, y una competencia
feroz entre ideologías rivales, España sufrió
la Guerra Civil. En sus inicios las separó una diferencia
esencial: la mexicana fue un levantamiento contra una dictadura;
la española, una sublevación militar contra un
orden democrático, pero ambas desembocaron en nuevas
dictaduras. Parecía imposible que ambos (el caudillo
y el PRI) fueran mortales. Y no menos difícil e incierta
parecía la transición de ambos países a
la democracia. Con todo, el milagro se dio, primero en España,
en 1975, y un cuarto de siglo después en México.
Pero la palabra "milagro" es inexacta: lo que ocurrió
en España no fue un milagro sino un proceso de maduración,
no muy distinto al del remoto antecedente inglés. También
en México la transición ha seguido algunas de
esas pautas, aunque falta algo esencial: el pacto histórico
de gobernabilidad. Por desgracia, sectores doctrinarios de la
vieja izquierda y del PRI no lo entienden como es debido. Y
algo similar ocurre -salvo honrosas excepciones- en el resto
de América Latina.
Hacia 1950, Daniel Cosío Villegas (escritor liberal que
había ideado y gestionado el éxodo de intelectuales
españoles a México durante la Guerra Civil, fundador
del Fondo de Cultura Económica y de El Colegio de México)
escribió un ensayo denominado "Trasfondo tiránico"
en el que intentó una especie de contabilidad política
de América Latina. De los veinte países que integraban
el subcontinente, siete (Nicaragua, Brasil, Venezuela, Argentina,
Perú, Colombia y la República Dominicana) vivían
"bajo un régimen tiránico indudable";
nueve (El Salvador, Honduras, Costa Rica, Panamá, Paraguay,
Bolivia, Chile, Ecuador, Haití) habitaban en los precarios
márgenes de la tiranía, mientras que sólo
cuatro naciones (México, Uruguay, Cuba y Guatemala) se
mantenían libres, aunque no inmunes, al más antiguo
de los males políticos de América Latina. Medio
siglo después, el panorama, aunque frágil por
muchos motivos, es alentador: salvo una isla detenida -o más
bien secuestrada- en la historia (Cuba), todos los otros países,
incluso el pobrísimo Haití, han adoptado el sistema
democrático.
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Nada
asegura, es verdad, que esas sociedades se mantengan abiertas.
Los agudos contrastes sociales son caldo de cultivo para esa
especie adulterada de la democracia que es la demagogia, sobre
todo en su penosa variante latinoamericana, el populismo (el
caso de Venezuela). La crisis económica y el descrédito
que comienza a rodear, como una nube ominosa, a las clases políticas,
pueden desembocar en la anarquía (el drama argentino).
El poderío internacional del narcotráfico precipita
la descomposición social (la tragedia colombiana). La
inseguridad en los campos y ciudades pueden inducir en la población
un estado de desánimo (México). Con todo, no se
ve cómo puedan resurgir los gastados paradigmas de la
historia latinoamericana. El Estado propietario y las economías
cerradas, los uniformes verde olivo y los discursos incendiarios,
las utopías milenaristas y las fiestas de los "Chivos",
han pasado a la historia.
Y sin embargo, en América Latina los fantasmas se mueven.
Para enterrarlos definitivamente no hay recetas fáciles,
pero no hay duda de que un contexto económico favorable
puede ser decisivo. Aunque la responsabilidad mayor en este
aspecto corresponde a los propios gobiernos latinoamericanos,
los Estados Unidos, la Unión Europea y, en ella, la propia
España, tienen un papel central que jugar. A sólo
seis años del establecimiento del Tratado de Libre Comercio
con el vecino del norte, México transitó definitivamente
a la democracia. ¿No es obvio que el proceso encierra
una lección para el resto de América Latina? Se
necesita con urgencia un Tratado interamericano de libre comercio
(que incluya, por supuesto, el levantamiento del embargo a Cuba).
Similarmente, la Unión Europea debería reconocer
su afinidad con América Latina (polo excéntrico
de Occidente, pero Occidente al fin) y abrir sus mercados. En
cuanto España, las vías de convergencia con Iberoamérica
deben ampliarse, no sólo en los ámbitos económicos
y políticos sino intelectuales y culturales. En un mundo
amenazado por las diferencias de civilización, la comunidad
profunda del idioma y la cultura debe revalorarse como una auténtica
bendición.
La consolidación de la democracia en Iberoamérica,
su ejercicio eficaz en varios países del antiguo orbe
soviético, y su adopción paulatina en algunos
países de África nos dejan con dos incógnitas
abismales. Una de ellas es China. Ni el I Ching tiene una respuesta
a su futuro, pero tal vez el capítulo de Tianammen no
esté cerrado y China pueda o deba abrirse paulatinamente
en su régimen político. Mucho dependerá,
creo yo, de lo que suceda con la aterradora reaparición,
en nuestro tiempo, de un extremo del fervor religioso que no
se había visto en el mundo desde tiempos de las Cruzadas.
En ese sentido, la pregunta obligada es otra, angustiosa, directa:
¿puede la democracia arraigar en los países árabes?
Aunque condicionada por la falta de separación entre
religión y política, la respuesta puede ser cautelosamente
afirmativa. Viniendo de condiciones coloniales agudas, varios
países africanos y latinoamericanos pudieron sacudirse
sus regímenes autoritarios y transitar a un régimen
plural. Turquía es un ejemplo de lo posible. Irán
tiene activistas democráticos. Arafat lo ha mencionado
en su reciente discurso y el establecimiento necesario y urgente
del Estado Palestino puede confirmarlo. Las ideas universales
de tolerancia y libertad individual pueden -si Occidente se
lo propone- arraigar en las culturas más inhóspitas
"El siglo XXI será religioso o no será",
dijo Malraux. Ahora sabemos, con certeza, que el adjetivo era
incorrecto: "El siglo XXI será democrático,
o no será". |
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