No.165
Junio
2002
 

SINTESIS
En los albores del siglo XX México vivió una cruenta revolución que costó un millón de vidas. Avanzado el siglo, y por motivos no muy distintos de encono social, añejos agravios religiosos, y una competencia feroz entre ideologías rivales, España sufrió la Guerra Civil. En sus inicios las separó una diferencia esencial: la mexicana fue un levantamiento contra una dictadura; la española, una sublevación militar contra un orden democrático, pero ambas desembocaron en nuevas dictaduras. Parecía imposible que ambos (el caudillo y el PRI) fueran mortales. Y no menos difícil e incierta parecía la transición de ambos países a la democracia. Con todo, el milagro se dio, primero en España, en 1975, y un cuarto de siglo después en México. Pero la palabra "milagro" es inexacta: lo que ocurrió en España no fue un milagro sino un proceso de maduración, no muy distinto al del remoto antecedente inglés. También en México la transición ha seguido algunas de esas pautas, aunque falta algo esencial: el pacto histórico de gobernabilidad.

De todas las ideas, ideologías y utopías sepultadas bajo los escombros del siglo XX, sólo quedó la más modesta y asequible, la democracia. No es un don predestinado a ciertos pueblos y vedado a otros: es una conquista abierta a todos. La democracia no se hereda: se construye, se trabaja. Si bien la democracia ha dado pasos extraordinarios en las últimas décadas, está lejos de ser el sistema predominante. Baste recordar que en China, el orbe islámico y buena parte del continente africano privan, en distinto grado, sistemas políticos totalitarios o autoritarios, satrapías tribales y tiranías fundamentalistas. Pero es allí donde la historia arroja lecciones y nos da la mano. Porque al repasar el avance de la democracia en los países que la han adoptado se advierte con claridad que (salvo la excepción de los Estados Unidos, país nacido de un pacto explícitamente democrático) todos los demás erraron el rumbo político hasta redescubrir y adoptar, con variantes diversas pero una misma esencia, la vieja fórmula de los griegos.


Tómese el caso de Inglaterra. Sus panegiristas dirán, no sin cierta razón, que el principio de división de poderes estaba implícito ya en la Carta Magna que los nobles impusieron al Rey Juan para acotar su poder en tiempos de las Cruzadas. Pero si se da un paso de seis siglos se verá que la orgullosa Inglaterra de Jorge III, reina de los mares, era un prodigio de corrupción política. Un partido único, el partido Whig, gobernó por seis decenios adueñándose del Parlamento no por vocación política sino por interés económico, para tener acceso al "Secret Service Money" (lo que en México -con más llaneza- denominamos "la mordida"). Privaba un vasto sistema de patronazgo y corrupción. En las elecciones de los distritos (aptamente denominados "burgos podridos") votaban hasta los muertos. ¿Cómo salió Inglaterra de aquel pantano? Mediante un acto de voluntad y participación desplegado a lo largo de unas cuantas décadas, acaso dos generaciones: límites claros al patronazgo del rey, instauración del servicio civil de carrera, independencia plena de los jueces, desarrollo de partidos políticos auténticos y representativos, adopción paulatina del voto universal directo y, punto central, desarrollo del "cuarto poder", la prensa libre. No es casual que Montesquieu se sorprendiera de ver en Londres obreros leyendo el Times (nacido en 1785). Esa lectura era el acto democrático por excelencia.

Demos un nuevo salto a través de los siglos. ¿Quién, a mediados del siglo XX, concedía a España la posibilidad de convertirse en un país democrático? Sólo unos cuantos idealistas. Se decía que el tronco español y sus ramas iberoamericanas padecían la misma imposibilidad cultural, casi congénita, de adoptar la democracia. La historia los había llevado por un camino muy distinto: el edificio jerárquico, corporativo y estático de los Austrias -un orden hecho para durar, no para cambiar- y, después, el férreo regalismo de los Borbones, en cuyos vastos dominios, a pesar de sus corrientes ilustradas e impulsos de reforma económica, no cabían los ciudadanos sino los súbditos. Ése fue, en efecto, el destino político del tronco y sus ramas por 300 años. Cuando sobrevinieron las guerras de independencia, cuando España y América rompieron sus lazos, sorprende advertir los paralelos de su historia política, como si ambos compartieran una misma voluntad de volverse políticamente modernos y una misma, perpleja dificultad, para lograrlo.

¿Qué faltó, qué falló en nuestro siglo XIX? A mi juicio, entre otras cosas, lo que ahora falta -centralmente- en el orbe islámico: una separación clara entre la política y la religión. En sí misma, la religión no era un impedimento para el desarrollo democrático. La prueba -apuntó Tocqueville- estaba en los Estados Unidos, país en el que los individuos eran sumamente religiosos pero sin supeditar su religiosidad a un poder externo. Podían ser creyentes y a la vez democráticos, porque se abstenían de acotar (perseguir o suprimir) las creencias (o la falta de creencias) del prójimo. En nuestros países ocurrió el fenómeno contrario. Nos faltó un aprendizaje esencial: el de la tolerancia. Nuestros diccionarios registran, aún ahora, varias acepciones cargadas de un sentido, digamos, defensivo:
"Respeto y consideración hacia las opiniones o prácticas de los demás, aunque repugnen a las nuestras" ... "permitir algo que no se tiene por lícito" ... "resistir, soportar, sufrir, llevar con paciencia". En otras tradiciones políticas, la palabra tolerancia tiene un sentido mucho más noble, un sentido positivo. Es "una actitud permisiva y liberal hacia actos u opiniones distintas a las nuestras". Casi una celebración de la diferencia entre las personas, la certeza de que la verdad (que nadie posee de manera absoluta) se construye por fragmentos, por aproximaciones. Esa es una asignatura pendiente en Iberoamérica y un poco también en España.

Otro factor de atraso fue la herencia autoritaria. En esto, las semejanzas entre México y España son sorprendentes. A fines del siglo XIX un autor describía la vida política española como un penoso sainete de simulación democrática perfectamente aplicable a México, no sólo en los plácidos tiempos del dictador Porfirio Díaz (1876-1911) sino décadas más tarde, durante la hegemonía del PRI (1929-2000): "la presión de la maquinaria oficial -escribía- era irresistible. Una madeja de leyes ponía al ciudadano a merced de subalternos que respondían con su carrera ante el ministerio de Gobernación del éxito señalado de antemano en el reparto electoral. Caciques o hechura de caciques eran los alcaldes, regidores, jueces municipales ... En la capital de cada provincia, la red era manejada por los respectivos diputados provinciales ... las verdaderas luchas electorales reñíanse en la Puerta del Sol". Cámbiese la Plaza Mayor de Madrid por el Zócalo de la Ciudad de México, y la identidad es total.

Las desandanzas democráticas no terminaron allí. En los albores del siglo XX México vivió una cruenta revolución que costó un millón de vidas. Avanzado el siglo, y por motivos no muy distintos de encono social, añejos agravios religiosos, y una competencia feroz entre ideologías rivales, España sufrió la Guerra Civil. En sus inicios las separó una diferencia esencial: la mexicana fue un levantamiento contra una dictadura; la española, una sublevación militar contra un orden democrático, pero ambas desembocaron en nuevas dictaduras. Parecía imposible que ambos (el caudillo y el PRI) fueran mortales. Y no menos difícil e incierta parecía la transición de ambos países a la democracia. Con todo, el milagro se dio, primero en España, en 1975, y un cuarto de siglo después en México. Pero la palabra "milagro" es inexacta: lo que ocurrió en España no fue un milagro sino un proceso de maduración, no muy distinto al del remoto antecedente inglés. También en México la transición ha seguido algunas de esas pautas, aunque falta algo esencial: el pacto histórico de gobernabilidad. Por desgracia, sectores doctrinarios de la vieja izquierda y del PRI no lo entienden como es debido. Y algo similar ocurre -salvo honrosas excepciones- en el resto de América Latina.

Hacia 1950, Daniel Cosío Villegas (escritor liberal que había ideado y gestionado el éxodo de intelectuales españoles a México durante la Guerra Civil, fundador del Fondo de Cultura Económica y de El Colegio de México) escribió un ensayo denominado "Trasfondo tiránico" en el que intentó una especie de contabilidad política de América Latina. De los veinte países que integraban el subcontinente, siete (Nicaragua, Brasil, Venezuela, Argentina, Perú, Colombia y la República Dominicana) vivían "bajo un régimen tiránico indudable"; nueve (El Salvador, Honduras, Costa Rica, Panamá, Paraguay, Bolivia, Chile, Ecuador, Haití) habitaban en los precarios márgenes de la tiranía, mientras que sólo cuatro naciones (México, Uruguay, Cuba y Guatemala) se mantenían libres, aunque no inmunes, al más antiguo de los males políticos de América Latina. Medio siglo después, el panorama, aunque frágil por muchos motivos, es alentador: salvo una isla detenida -o más bien secuestrada- en la historia (Cuba), todos los otros países, incluso el pobrísimo Haití, han adoptado el sistema democrático.

Nada asegura, es verdad, que esas sociedades se mantengan abiertas. Los agudos contrastes sociales son caldo de cultivo para esa especie adulterada de la democracia que es la demagogia, sobre todo en su penosa variante latinoamericana, el populismo (el caso de Venezuela). La crisis económica y el descrédito que comienza a rodear, como una nube ominosa, a las clases políticas, pueden desembocar en la anarquía (el drama argentino). El poderío internacional del narcotráfico precipita la descomposición social (la tragedia colombiana). La inseguridad en los campos y ciudades pueden inducir en la población un estado de desánimo (México). Con todo, no se ve cómo puedan resurgir los gastados paradigmas de la historia latinoamericana. El Estado propietario y las economías cerradas, los uniformes verde olivo y los discursos incendiarios, las utopías milenaristas y las fiestas de los "Chivos", han pasado a la historia.

Y sin embargo, en América Latina los fantasmas se mueven. Para enterrarlos definitivamente no hay recetas fáciles, pero no hay duda de que un contexto económico favorable puede ser decisivo. Aunque la responsabilidad mayor en este aspecto corresponde a los propios gobiernos latinoamericanos, los Estados Unidos, la Unión Europea y, en ella, la propia España, tienen un papel central que jugar. A sólo seis años del establecimiento del Tratado de Libre Comercio con el vecino del norte, México transitó definitivamente a la democracia. ¿No es obvio que el proceso encierra una lección para el resto de América Latina? Se necesita con urgencia un Tratado interamericano de libre comercio (que incluya, por supuesto, el levantamiento del embargo a Cuba). Similarmente, la Unión Europea debería reconocer su afinidad con América Latina (polo excéntrico de Occidente, pero Occidente al fin) y abrir sus mercados. En cuanto España, las vías de convergencia con Iberoamérica deben ampliarse, no sólo en los ámbitos económicos y políticos sino intelectuales y culturales. En un mundo amenazado por las diferencias de civilización, la comunidad profunda del idioma y la cultura debe revalorarse como una auténtica bendición.

La consolidación de la democracia en Iberoamérica, su ejercicio eficaz en varios países del antiguo orbe soviético, y su adopción paulatina en algunos países de África nos dejan con dos incógnitas abismales. Una de ellas es China. Ni el I Ching tiene una respuesta a su futuro, pero tal vez el capítulo de Tianammen no esté cerrado y China pueda o deba abrirse paulatinamente en su régimen político. Mucho dependerá, creo yo, de lo que suceda con la aterradora reaparición, en nuestro tiempo, de un extremo del fervor religioso que no se había visto en el mundo desde tiempos de las Cruzadas. En ese sentido, la pregunta obligada es otra, angustiosa, directa: ¿puede la democracia arraigar en los países árabes? Aunque condicionada por la falta de separación entre religión y política, la respuesta puede ser cautelosamente afirmativa. Viniendo de condiciones coloniales agudas, varios países africanos y latinoamericanos pudieron sacudirse sus regímenes autoritarios y transitar a un régimen plural. Turquía es un ejemplo de lo posible. Irán tiene activistas democráticos. Arafat lo ha mencionado en su reciente discurso y el establecimiento necesario y urgente del Estado Palestino puede confirmarlo. Las ideas universales de tolerancia y libertad individual pueden -si Occidente se lo propone- arraigar en las culturas más inhóspitas

"El siglo XXI será religioso o no será", dijo Malraux. Ahora sabemos, con certeza, que el adjetivo era incorrecto: "El siglo XXI será democrático, o no será".