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SINTESIS
Nuestra receta tiene cuatro ingredientes: democracia política,
economía de mercado, apertura internacional y consenso
social. Estos factores sumados han permitido que España
haya vivido la más larga y fructífera época
de su tormentosa historia. ¿Qué papel ha jugado
la Confederación Española de Organizaciones
Empresariales (CEOE) en todo este proceso?
Creo que desde nuestra fundación hace ahora un cuarto
de siglo, en Junio de 1977, las dos funciones más importantes
de la CEOE han sido: la de postular reformas económicas
que nos permitieran ser prósperos y competitivos, y
la de negociar incansablemente con las centrales sindicales
para procurar que esas reformas llevaran el necesario consenso
social al que antes he aludido.
El resultado ha sido el logro de grandes Acuerdos Sociales
que comenzaron en 1979 y que, con altibajos se han sucedido
hasta el último, que data de diciembre del año
pasado.
Creo que en mi caso, y como presidente de la organización
patronal que aglutina a la inmensa mayoría de los empresarios
españoles, lo más interesante que hoy puedo
contarles se refiere a la evolución que ha registrado
España en los últimos años, al papel
que en esa evolución hemos jugado los empresarios,
y los retos y desafíos que se abren hoy ante nosotros.
Lo primero que debo señalar es que España es
uno de los países que en los últimos decenios
ha progresado más en el mundo. De hecho, España
ha pasado de ser una nación en vías de desarrollo
a inscribirse plenamente entre los países más
ricos del planeta, homologable con los del conjunto de la
Unión Europea, a la que pertenecemos.
En los últimos veinte años la renta media de
los españoles se ha multiplicado por tres, pasando
de cinco mil a quince mil dólares per cápita.
España se ha convertido en este tiempo en la séptima
potencia industrial del mundo desarrollado y crea su riqueza
en sectores de alto valor añadido.
España es uno de los casos en los que se percibe con
más claridad que el progreso económico, la libertad
política y la cohesión social se pueden dar
de manera simultánea.
Hoy existen en el mundo otras naciones en vías de desarrollo
que se debaten entre el acceso definitivo a la prosperidad
o la caída en un también definitivo subdesarrollo,
y quizás entre ambas alternativas no medie más
que una adecuada elección de las políticas a
emprender.
Puedo describir brevemente cuáles fueron las elegidas
por mi país hace casi un cuarto de siglo:
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En primer lugar, el establecimiento de un régimen político
democrático basado en la tradición parlamentaria
de las grandes monarquías europeas. Este sistema parlamentario
y democrático nos ha dado estabilidad política
y ha permitido la alternancia pacífica y la continuidad
en los esfuerzos por modernizar la economía.
- En segundo lugar señalaría la consolidación
de un sistema de libre mercado como mejor marco para el desarrollo
económico, con todo lo que conlleva de políticas
privatizadoras y liberalizadoras, dejando amplio margen a
la actuación de la iniciativa privada.
- En tercer lugar, nuestra evolución reciente se ha
caracterizado por la apertura internacional. De ser un país
cerrado y proteccionista, hemos pasado sucesivamente por diversas
etapas que han culminado en nuestra definitiva integración
en la Unión Económica y Monetaria de Europa.
Creo que este es un dato muy importante por cuanto se percibía
en amplios sectores como el más peligroso, o incluso
contraproducente. El desarme arancelario de nuestra industria
nos obligaba a salir al exterior y a ser competitivos en los
mercados mundiales.
Hubo mucha gente que pensó que podía ser una
operación suicida, pero ellos no contaron con la capacidad
de respuesta de un empresariado que, ante cada episodio de
integración internacional de España, respondió
con nuevas estrategias que a la larga han resultado adecuadas.
Por último, cabría señalar la constante
búsqueda del consenso social para ejecutar las reformas
económicas y para la modernización de las estructuras
productivas.
Aquí podríamos afirmar que la pureza de nuestras
ideas liberales se ha visto atemperada por la necesidad de
buscar y alcanzar grandes acuerdos con las centrales sindicales
españolas en materia de salarios, reforma de la legislación
laboral, mejora de los sistemas de protección social,
etcétera.
En el acervo social europeo los sindicatos juegan un papel
importante y se considera que cumplen una función como
estabilizadores sociales. Desde luego en el caso español
lo han hecho, y es justo reconocérselos. Creo que los
interlocutores sociales hemos practicado un continuado ejercicio
de responsabilidad, y de ello se han beneficiado nuestros
respectivos representados, tanto empresarios como asalariados.
En resumen, nuestra receta tiene cuatro ingredientes: democracia
política, economía de mercado, apertura internacional
y consenso social. Estos factores sumados han permitido que
España haya vivido la más larga y fructífera
época de su tormentosa historia. ¿Qué
papel ha jugado la Confederación Española de
Organizaciones Empresariales (CEOE) en todo este proceso?
Creo que desde nuestra fundación hace ahora un cuarto
de siglo, en Junio de 1977, las dos funciones más importantes
de la CEOE han sido: la de postular reformas económicas
que nos permitieran ser prósperos y competitivos, y
la de negociar incansablemente con las centrales sindicales
para procurar que esas reformas llevaran el necesario consenso
social al que antes he aludido.
El resultado ha sido el logro de grandes Acuerdos Sociales
que comenzaron en 1979 y que, con altibajos se han sucedido
hasta el último, que data de diciembre del año
pasado. Estos Acuerdos han permitido moderar los crecimientos
salariales para controlar una inflación que hace veinte
años alcanzaba el 30 por ciento anual y que hoy día
no llega al 3 por ciento. Han permitido asimismo liberalizar
el mercado de trabajo y, además, hacerlo sin gran conflictividad
social. Medido en horas perdidas anualmente a causa de las
huelgas, la conflictividad laboral en España se ha
reducido un 94% en los últimos veinte años.
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En
el área económica, nuestras propuestas básicas
han sido la liberalización, la lucha contra males endémicos
como la inflación y el déficit, la apertura
internacional, la devolución al empresariado privado
del protagonismo en materia económica y un largo etcétera
que en una secuencia larga sucesivos gobiernos han ido haciendo
suyas.
Creo sinceramente que nuestra doble condición de estabilizadores
sociales y promotores de reformas económicas ha rendido
buenos frutos y está en la base de la envidiable situación
que hoy disfrutamos como país.
De ser un país de emigrantes, esto lo saben muy bien
en México, porque en otras épocas recibió
generosamente a la emigración española, nuestro
país ha pasado a ser un país que acoge todos
los años un número creciente de inmigrantes.
De ser un país receptor de inversiones extranjeras,
hemos pasado a ser inversores netos en el exterior. De ser
una nación que basaba su riqueza en el Sector Primario,
hemos pasado a generar más del 90 por ciento de nuestro
Producto Bruto en la industria y los servicios.
Por fin, de ser un sistema económico cerrado y autárquico,
hemos pasado a ser, después de Canadá, la segunda
economía más abierta del planeta.
Llegados a este punto, me gustaría subrayar las similitudes
que se presentan entre el caso mexicano y el español,
que no son pocas para luego establecer lo que de aplicable
puede tener nuestra experiencia reciente:
En primer lugar, tanto México como España constituimos
la zona sur de sendas áreas muy desarrolladas: Norteamérica
en el primer caso y Europa en el segundo. Como tales, ambos
pugnamos por aproximar nuestros modelos económicos
al de nuestros vecinos del Norte, ambos sufrimos la presión
por el Sur de la mano de obra que nos llega de otros países
con menos nivel de desarrollo, y ambos nos hemos visto en
la necesidad de realizar profundas transformaciones económicas
y sociales para poder competir con las respectivas zonas de
librecambio en las que hemos ingresado, NAFTA y Unión
Europea.
En segundo lugar, tanto en México como en España
hemos acometido en los últimos años una transición
política que siendo muy distinta en su punto de partida,
ha confluido sin embargo en parecidos objetivos y resultados:
establecer un sistema democrático basado en la alternancia,
y acabar así con modelos que perpetuaban en el poder
al mismo partido político; liberar la energía
de la Sociedad Civil para evitar la burocracia y la rutina;
despolitizar la economía devolviendo al sector privado
su protagonismo; dialogar con los interlocutores sociales
para fijar un marco de estabilidad social que permitiera el
progreso económico, etcétera.
En tercer lugar, tanto México como España han
podido contar con una ventaja económica que ha servido
de palanca para el desarrollo: en el primer caso ha sido el
petróleo y, en el nuestro, ese "petróleo"
ha sido el turismo, sector en el que somos una primera potencia
mundial y que, junto con el desarrollo industria, nos dotó
de capacidad para emprender ambiciosas políticas expansivas.
Por fin, tanto México como España han sido dos
naciones que han aprovechado el tiempo, según nos revelan
las estadísticas de los últimos veinte años.
Es curioso comprobar cómo en las dos últimas
décadas ambos hemos multiplicado por tres nuestra renta
por habitante, lo que nos convierte en dos de los países
que presentan, a nivel mundial, un mayor avance económico
en este periodo.
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Subrayadas las similitudes, es forzoso referirse también
a las principales diferencias: una es, sin duda, la posición
relativa que ambas presentan frente a sus ricos vecinos del
norte. España ya tiene un 86 por ciento de la renta
media europea, mientras que la mexicana sólo es hoy
por hoy el 15 por ciento de la renta media estadounidense,
aunque también es necesario decir que esta última
es más elevada que la media de la Unión Europea.
Si se analizan las cifras, vemos que esta diferencia es en
gran parte atribuible al muy distinto comportamiento demográfico
de España y México en los últimos veinte
años.
España es uno de los países con menor natalidad
del mundo. Desde 1980, su población solamente ha crecido
un 5 por ciento, pasando de 37 a 39 millones de habitantes.
En ese mismo periodo, la población mexicana ha pasado
de 67 a 100 millones de personas, un crecimiento porcentual
superior al 50 por ciento.
Aquí la diferencia es tanta que padecemos problemas
diametralmente opuestos: en España es preciso fomentar
la natalidad, pues en las cifras actuales nuestro país
perdería una cuarta parte de su población en
25 años. En México quizás haga falta
situar la natalidad en un nivel que permita estabilizar la
población a medio y largo plazo.
Derivado de lo anterior, la edad media de los mexicanos es
muy joven, mientras que la de los españoles está
envejeciendo a pasos agigantados, lo que nos producirá
de seguir así las cosas un agudo problema de sostenimiento
de nuestro sistema público de pensiones en el futuro.
En tercer lugar, España se encuentra en una fase un
poco más avanzada de su apertura hacia el exterior.
De hecho, y como ustedes saben, desde el primero de enero
de este año es efectiva la plena Unión Económica
y Monetaria en Europa, con la adopción del euro como
moneda común.
Además, las empresas y bancos españoles acometieron
en los últimos años un programa de inversión
exterior que las ha convertido en multinacionales con fuerte
presencia en Latinoamérica y en otras áreas
del mundo.
En cuarto lugar, en España está vigente, como
en casi toda Europa, el llamado "Estado del Bienestar"
una concepción política de los años 60
y 70 que consiste en la provisión por parte del Estado
de una serie de servicios públicos con carácter
universal y gratuito, como forma de hacer efectiva la solidaridad
social. Cuatro son, en esencia, las prestaciones que en España
se han universalizado, es decir, que se otorgan a todos los
ciudadanos hayan contribuido o no a su financiación.
Estas prestaciones son:
o Las pensiones de jubilación que en España
reciben más de 7 millones de beneficiarios y que cuestan
al erario público y a las empresas unos, 60.000 millones
de dólares anuales.
o La Educación obligatoria y gratuita hasta los 16
años, epígrafe en el que se gastan en España
unos 30.000 millones de dólares anualmente, puesto
que la educación universitaria también está
subvencionada en un 80 por ciento.
o La asistencia sanitaria es igualmente un servicio universalizado.
Prestarlo a todo español, e incluso a todo extranjero
que se encuentre en nuestro país cuesta otros 30.000
millones de dólares.
o Por último, también se puede considerar un
servicio del Estado del Bienestar la prestación en
caso de desempleo, de la que se benefician cada año
un millón y medio de españoles y que tiene un
coste para el Estado y para las empresas de 20.000 millones
de dólares aproximadamente.
Como puede verse el coste aproximado de nuestro Estado del
Bienestar se aproxima a los 140 mil millones de dólares
anuales, que es más del 70 por ciento del total del
presupuesto nacional español.
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Por
último, cabría preguntarse si la forma de articulación
de ambos estados es una diferencia o más bien una similitud.
Sobre el papel, México es una Federación de
Estados, mientras que España es un Estado unitario.
Sin embargo, las 17 comunidades autónomas en las que
se divide el Estado español tienen competencias tan
importantes que se aproximan más a un modelo federal
que a otro unitario.
Este es el punto en que nos encontramos, pero hoy se abren
ante nosotros nuevos horizontes, nuevos retos y también
nuevos peligros a los que es preciso prestar especial atención:
El primero, el más importante y el de carácter
más general es eso que ha dado en llamarse la "Globalización",
y que afecta al conjunto de todos los países de la
Tierra. La Globalización es la progresiva caída
de las barreras nacionales al tránsito de información,
capitales, mercancías y mano de obra. Es un proceso
que se está llevando a cabo según las reglas
de la economía de mercado y, en contra de lo que opinan
sus detractores, es para mí quizás la última
esperanza de que los países hoy pobres encuentren la
senda del desarrollo.
En los últimos años la Globalización
ha avanzado extraordinariamente en lo que concierne al tránsito
de información y de capitales. Ahí está
el ejemplo de INTERNET para corroborar esta idea, así
como el carácter cada vez más mundial de los
mercados financieros.
Sin embargo la otra globalización la que afecta a la
liberalización del comercio mundial y al libre flujo
de trabajadores, está mucho más atrasada. Es
más, los problemas que hoy se presentan en las relaciones
entre países desarrollados y países aún
pobres no se derivan, a mi juicio, de la globalización
en sí, sino de que ésta no ha avanzado todavía
lo suficiente.
Por ejemplo, es absolutamente cierto que en los últimos
años se ha ensanchado la brecha que separa a las naciones
ricas de las demás. Pero este fenómeno no se
ha debido a la globalización, sino a la revolución
científica y tecnológica que se ha producido
y al muy distinto aprovechamiento que ambos tipos de países
han podido hacer de la misma.
En el primer caso, los países ricos, ese aprovechamiento
ha sido intensivo y les ha permitido incrementar extraordinariamente
sus niveles de productividad. Los avances en informática
y telecomunicaciones, en robótica e ingeniería
genética, en sistemas de organización empresarial,
educación, etcétera, han llegado a amplias capas
de la población y se han convertido en objetos de la
vida cotidiana. Nada más hay que evaluar el número
de ordenadores en los hogares, las conexiones a Internet,
la disposición de líneas de alta velocidad,
la penetración del mercado de telefonía móvil,
etcétera.
Por el contrario, en los países más atrasados
los rendimientos de esta gran revolución científico-técnica
no se han extendido en la misma proporción. Por ello
en los últimos años el ritmo de crecimiento
económico del área desarrollada ha sido superior
al ritmo operado en los países en desarrollo, con lo
que se ha ensanchado, como decía, la brecha de riqueza
y nivel de renta ya antes separaba unos de otros.
Y precisamente creo que la única forma de cerrarla
y de igualar por arriba a ambos mundos es la Globalización
llevada a los últimos extremos, es decir, incluyendo
una efectiva liberalización del comercio mundial, promoviendo
las inversiones internacionales en los países en desarrollo
y permitiendo que los flujos de mano de obra legal y regularizada
compensen los hoy evidentes desfases entre las necesidades
de personal del mundo más industrializad con el exceso
de mano de obra que caracteriza a las naciones que, pugnan
por incorporarse al ciclo de prosperidad.
Para los que creemos firmemente en el poder creador y generador
de riqueza de la economía de libre empresa, y en consecuencia
rechazamos la filosofía de las economías de
"suma cero", avanzar por la senda de una efectiva
liberalización significa asegurar el futuro no solamente
para nuestros propios países, sino también para
el conjunto de la población mundial.
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Para
terminar mi intervención, y al hilo de todo lo que
he expuesto, me gustaría proceder a extraer unas breves
conclusiones, que juzgo válidas para avanzar en la
senda de la prosperidad que COPARMEX y CEOE pretenden tanto
para México como para España.
En primer lugar, creo que nuestras empresas no deben contemplar
con temor el proceso de Globalización, sino como una
consecuencia natural de la progresiva apertura internacional
de nuestras economías.
En segundo lugar, los empresarios debemos contribuir a consolidar
los sistemas democráticos en nuestra propia responsabilidad,
ejerciendo de estabilizadores sociales y propugnando reformas
económicas que nos permiten ser más productivos
y competitivos. A la inversa, los empresarios debemos reclamar
de la esfera política un respeto escrupuloso a la iniciativa
y al sistema de libre empresa.
En tercer lugar, nuestras organizaciones deben estimular la
modernización del sistema económico y la transición
del mismo hacia los sectores de mayor valor añadido,
que hoy por hoy se sitúan en el sector terciario.
En cuarto lugar, los empresarios debemos mantener una vigilancia
constante para evitar que se vuelva a incurrir en prácticas
viciadas que a la larga ponen en peligro la estabilidad macroeconómica.
Tenemos el ejemplo de otros países que por no haber
vigilado este punto se encuentran en una situación
crítica. Debemos insistir ante los Poderes Públicos
en que los males que pueden aquejar a una economía
son siempre negativos, se llamen déficit, paro o inflación,
y que bajo ningún supuesto político se pueden
convertir en virtudes.
En quinto lugar, debemos ser los adelantados en el ingreso
de nuestros respectivos países en eso que se llama
la "sociedad del conocimiento", en la que forma
parte sustancial la Sociedad de la Información y la
Nueva Economía.
Y por último, aunque sin ningún ánimo
de ser exhaustivo, creo que los empresarios debemos constituirnos
en todo momento en un referente moral para nuestras respectivas
sociedades, con un código de comportamiento basado
en el esfuerzo, el riesgo, la creatividad y el trabajo a largo
plazo, sólidamente implicados con el bienestar del
país al que servimos.
En el día de ayer las Organizaciones Empresariales
de América Latina, del Caribe y de la Unión
Europea, nos hemos reunido aquí bajo los auspicios
y la hospitalidad de la COPARMEX, para preparar nuestros mensajes
empresariales, dirigidos a los Jefes de Estado y de Gobierno
de nuestras regiones que se reunirán en Madrid el próximo
mes de Mayo. Son mensajes que aparte de insistir en la necesidad
de reforzar nuestras relaciones políticas, económicas
y comerciales, apuntan a la necesidad de construir un partenariado
que implique compartir estas experiencias y, muy singularmente,
reafirmar el modelo de libre empresa, de estabilidad de las
políticas públicas y de creación de riqueza,
por parte de quien sabe hacerlo que es el empresario, como
única forma de luchar de manera efectiva contra la
pobreza y la exclusión social.
Creo que tanto la COPARMEX como la CEOE, con la ayuda de Dios,
podrán culminar estos ambiciosos objetivos, por el
bien de México y de España.
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