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SINTESIS
Alejandro adiestró su cuerpo intensamente y aprendió
las estrategias marciales de un maestro extraordinario: su
padre Filipo II, Rey de Macedonia, y de sus generales, hombres
extraordinarios, ganadores de cientos de batallas; pero cultivó
también su espíritu en la sabiduría y
en la enseñanza de un maestro sin par, Aristóteles.
Este le trasmitió el humanismo y la sabiduría
de los griegos, particularmente de aquellos tres hombres excepcionales
que lo habían precedido: Sócrates, Platón
y Homero, autor este último de la Ilíada, que,
a través del ejemplo de Aquiles, influyó poderosamente
en el Rey Alejandro. La disciplina, pues, llevada a extremos
indescriptibles, y la enseñanza, el cultivo de su alma,
fueron, factores definitivos en su formación.
México
no necesita tanto un líder político,
tampoco un reformador administrativo,
por lo que clama es por un líder moral
que sirva de ejemplo y de inspiración al país.
Daniel
Cosío Villegas
Recientemente
terminé de leer la biografía de un hombre que
siempre he admirado: Alejandro Magno. Desde tiempo atrás
he seguido sus huellas, tanto en libros como en la propia
Grecia, y escuché en su momento las magníficas
conferencias que dictó el Archimandrita Pablo de Ballester
(QEPD) tanto sobre Alejandro como sobre su maestro Aristóteles.
Un hombre excepcional, no cabe duda, que fue capaz de conquistar
un vastísimo territorio que casi alcanzaba todo lo
que en aquel entonces se consideraban los confines de la tierra.
Nada lo detuvo, ni Darío III, Rey de Reyes, amo y señor
de los Persas, que lo combatió en varias ocasiones,
incluyendo una en que, relata la historia, lo superaba en
número a razón de 20 a 1; ni el desierto de
Egipto, que lo atravesó antes de ser elevado a Faraón
de esa maravillosa región; ni el cruce de ríos
tan grandes como el Nilo, el Eufrates, el Tigris y el Indo
que tuvo que atravesar con un ejército de 50 mil hombres
y un sinnúmero de caballos; ni el cruce de la más
alta cordillera del mundo en donde asoma la punta del Everest
y en donde combatió, al llegar a la India, contra ejércitos
que tenían entre sus filas a los grandes elefantes
asiáticos; ni los climas extremosos que pasaban de
un calor espantoso que mataba de sed a decenas de soldados,
a un frío inmisericorde que congelaba a los guardias
que hacían sus rondas nocturnas. La palabra imposible
no estaba en el léxico de Alejandro, simplemente porque
creía que nada era imposible.
Siendo apenas un adolescente, libró sus primeras grandiosas
batallas, y teniendo apenas la edad de 33 años, murió
siendo para aquel entonces no sólo Faraón de
Egipto, sino Rey de innumerables territorios.
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¿Qué le hizo alcanzar esa grandeza? ¿Qué
similitud tiene con otros grandes hombres, muy diferentes
entre sí, que tanto he admirado, como Mahatma Ghandi,
Martin Luther King, Nelson Mandela y Napoleón Bonaparte?
¿Qué enseñanzas debemos sacar del ejemplo
de estos personajes?
Alejandro adiestró su cuerpo intensamente y aprendió
las estrategias marciales de un maestro extraordinario: su
padre Filipo II, Rey de Macedonia, y de sus generales, hombres
extraordinarios, ganadores de cientos de batallas; pero cultivó
también su espíritu en la sabiduría y
en la enseñanza de un maestro sin par, Aristóteles.
Este le trasmitió el humanismo y la sabiduría
de los griegos, particularmente de aquellos tres hombres excepcionales
que lo habían precedido: Sócrates, Platón
y Homero, autor este último de la Ilíada, que,
a través del ejemplo de Aquiles, influyó poderosamente
en el Rey Alejandro. La disciplina, pues, llevada a extremos
indescriptibles, y la enseñanza, el cultivo de su alma,
fueron, factores definitivos en su formación.
La confianza en sí mismo, la decisión de hacer
lo que tenía que hacer para triunfar, el no aceptar
la posibilidad de la derrota, el levantarse de las heridas
y las enfermedades para volver a emprender el camino a su
destino forjaron el carácter de este triunfador.
La definición clara de sus objetivos, el saber lo que
quería en la vida, el no titubear para alcanzarlos,
el rectificar sus estrategias pero no sus propósitos,
el reconocer la trascendencia de los mismos, constituyó
un motor que impulsó con una fuerza gigantesca todo
aquello que emprendía. Quería lo que hacía
como nada en la vida.
Su liderazgo, conquistado no sólo a través del
ardor y convicción de la palabra, sino del ejemplo,
de ser él quien primero atacaba al enemigo y exponía
su vida y el último que tomaba agua cuando ésta
escaseaba; de animar a sus tropas en todo momento pero exigirles
también esfuerzos inauditos para alcanzar la victoria.
El trasmitir a los suyos la trascendencia de su misión
y de su visión, compartiendo con ellos el fruto de
sus triunfos y la miel de las victorias, y llorando la muerte
de sus compañeros. Hombre que, como todos los grandes
hombres, gozó mucho, muchísimo, y sufrió
mucho, muchísimo.
La eficacia y la eficiencia con la que llevaba a cabo las
acciones derivadas de sus estrategias, sin permitirse ni permitir
el más mínimo error. A sus sueños, que
alcanzaban dimensiones sobrehumanas, les colocó un
sólido tren de aterrizaje.
Y si comparamos lo que hizo este joven Rey con lo que hicieron
los otros grandes personajes a los que me he referido y mucho
otros grandes figuras de la historia, veremos que coinciden
en la mayor parte de lo que hemos comentado, lo que nos lleva
a una reflexión: ¿No será ésta,
también para nosotros y los nuestros, -toda proporción
guardada- la fórmula del éxito? Y entiendo por
éxito algo muy sencillo: alcanzar en la vida los propósitos
que nos hemos trazado.
Y se me olvidaba algo que fue importantísimo para entender
la vida de Alejandro Magno: Él estaba convencido, porque
así se lo dijo su madre Olimpia, que era hijo de Dios
y esto le dio una fuerza inaudita. ¿Qué acaso
nosotros no somos también hijos de Dios? Si lo creyéramos,
como lo creyó Alejandro ¿Hasta donde podríamos
llegar?
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