No.165
Junio
2002
 

SINTESIS
Alejandro adiestró su cuerpo intensamente y aprendió las estrategias marciales de un maestro extraordinario: su padre Filipo II, Rey de Macedonia, y de sus generales, hombres extraordinarios, ganadores de cientos de batallas; pero cultivó también su espíritu en la sabiduría y en la enseñanza de un maestro sin par, Aristóteles. Este le trasmitió el humanismo y la sabiduría de los griegos, particularmente de aquellos tres hombres excepcionales que lo habían precedido: Sócrates, Platón y Homero, autor este último de la Ilíada, que, a través del ejemplo de Aquiles, influyó poderosamente en el Rey Alejandro. La disciplina, pues, llevada a extremos indescriptibles, y la enseñanza, el cultivo de su alma, fueron, factores definitivos en su formación.

México no necesita tanto un líder político,
tampoco un reformador administrativo,
por lo que clama es por un líder moral
que sirva de ejemplo y de inspiración al país.

Daniel Cosío Villegas

Recientemente terminé de leer la biografía de un hombre que siempre he admirado: Alejandro Magno. Desde tiempo atrás he seguido sus huellas, tanto en libros como en la propia Grecia, y escuché en su momento las magníficas conferencias que dictó el Archimandrita Pablo de Ballester (QEPD) tanto sobre Alejandro como sobre su maestro Aristóteles.

Un hombre excepcional, no cabe duda, que fue capaz de conquistar un vastísimo territorio que casi alcanzaba todo lo que en aquel entonces se consideraban los confines de la tierra. Nada lo detuvo, ni Darío III, Rey de Reyes, amo y señor de los Persas, que lo combatió en varias ocasiones, incluyendo una en que, relata la historia, lo superaba en número a razón de 20 a 1; ni el desierto de Egipto, que lo atravesó antes de ser elevado a Faraón de esa maravillosa región; ni el cruce de ríos tan grandes como el Nilo, el Eufrates, el Tigris y el Indo que tuvo que atravesar con un ejército de 50 mil hombres y un sinnúmero de caballos; ni el cruce de la más alta cordillera del mundo en donde asoma la punta del Everest y en donde combatió, al llegar a la India, contra ejércitos que tenían entre sus filas a los grandes elefantes asiáticos; ni los climas extremosos que pasaban de un calor espantoso que mataba de sed a decenas de soldados, a un frío inmisericorde que congelaba a los guardias que hacían sus rondas nocturnas. La palabra imposible no estaba en el léxico de Alejandro, simplemente porque creía que nada era imposible.

Siendo apenas un adolescente, libró sus primeras grandiosas batallas, y teniendo apenas la edad de 33 años, murió siendo para aquel entonces no sólo Faraón de Egipto, sino Rey de innumerables territorios.

¿Qué le hizo alcanzar esa grandeza? ¿Qué similitud tiene con otros grandes hombres, muy diferentes entre sí, que tanto he admirado, como Mahatma Ghandi, Martin Luther King, Nelson Mandela y Napoleón Bonaparte? ¿Qué enseñanzas debemos sacar del ejemplo de estos personajes?

Alejandro adiestró su cuerpo intensamente y aprendió las estrategias marciales de un maestro extraordinario: su padre Filipo II, Rey de Macedonia, y de sus generales, hombres extraordinarios, ganadores de cientos de batallas; pero cultivó también su espíritu en la sabiduría y en la enseñanza de un maestro sin par, Aristóteles. Este le trasmitió el humanismo y la sabiduría de los griegos, particularmente de aquellos tres hombres excepcionales que lo habían precedido: Sócrates, Platón y Homero, autor este último de la Ilíada, que, a través del ejemplo de Aquiles, influyó poderosamente en el Rey Alejandro. La disciplina, pues, llevada a extremos indescriptibles, y la enseñanza, el cultivo de su alma, fueron, factores definitivos en su formación.

La confianza en sí mismo, la decisión de hacer lo que tenía que hacer para triunfar, el no aceptar la posibilidad de la derrota, el levantarse de las heridas y las enfermedades para volver a emprender el camino a su destino forjaron el carácter de este triunfador.

La definición clara de sus objetivos, el saber lo que quería en la vida, el no titubear para alcanzarlos, el rectificar sus estrategias pero no sus propósitos, el reconocer la trascendencia de los mismos, constituyó un motor que impulsó con una fuerza gigantesca todo aquello que emprendía. Quería lo que hacía como nada en la vida.

Su liderazgo, conquistado no sólo a través del ardor y convicción de la palabra, sino del ejemplo, de ser él quien primero atacaba al enemigo y exponía su vida y el último que tomaba agua cuando ésta escaseaba; de animar a sus tropas en todo momento pero exigirles también esfuerzos inauditos para alcanzar la victoria.

El trasmitir a los suyos la trascendencia de su misión y de su visión, compartiendo con ellos el fruto de sus triunfos y la miel de las victorias, y llorando la muerte de sus compañeros. Hombre que, como todos los grandes hombres, gozó mucho, muchísimo, y sufrió mucho, muchísimo.

La eficacia y la eficiencia con la que llevaba a cabo las acciones derivadas de sus estrategias, sin permitirse ni permitir el más mínimo error. A sus sueños, que alcanzaban dimensiones sobrehumanas, les colocó un sólido tren de aterrizaje.

Y si comparamos lo que hizo este joven Rey con lo que hicieron los otros grandes personajes a los que me he referido y mucho otros grandes figuras de la historia, veremos que coinciden en la mayor parte de lo que hemos comentado, lo que nos lleva a una reflexión: ¿No será ésta, también para nosotros y los nuestros, -toda proporción guardada- la fórmula del éxito? Y entiendo por éxito algo muy sencillo: alcanzar en la vida los propósitos que nos hemos trazado.

Y se me olvidaba algo que fue importantísimo para entender la vida de Alejandro Magno: Él estaba convencido, porque así se lo dijo su madre Olimpia, que era hijo de Dios y esto le dio una fuerza inaudita. ¿Qué acaso nosotros no somos también hijos de Dios? Si lo creyéramos, como lo creyó Alejandro ¿Hasta donde podríamos llegar?