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LA
GLOBALIZACIÓN ¿PARA QUÉ?
Víctor
M. Arjona Barbosa
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SINTESIS
Si
partimos de la naturaleza de la persona humana
y de la sociedad, la finalidad de la globalización,
al igual que la de la economía, el derecho,
la política, la educación y todas
las demás funciones institucionales, ha
de servir al desarrollo humano, a la mayor actualización
de las potencias de la persona, al pleno ejercicio
de los derechos humanos y a la realización
de los valores universales de justicia, libertad
responsable, solidaridad y bien común,
que permitan y propicien bienestar y bienser,
conforme a la dignidad del ser humano y de su
vocación de crecimiento y plenitud.
Por
consiguiente, sería un absurdo considerar
la globalización como un fin en sí
misma, cuando no es más que un medio al
igual que los demás, ordenado al fin que
es la persona humana. No es el hombre para la
globalización, sino la globalización
para el hombre.
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I
La globalización es un hecho, no una ideología
Tanto
los globalifílicos como los globalifóbicos,
en una crecida proporción, tratan de defender
sus posiciones esgrimiendo motivos ideológicos.
Los
primeros, generalmente, aluden de manera abierta o velada
a aspectos ideológicos relacionados con lo que
se ha dado en llamar neoliberalismo y que, en el fondo,
se basa en los mecanismos del mercado con tintes fisiocráticos,
lo que convierte al mercado en una especie de absoluto,
se privilegian elevadas ganancias y se practica una
desvalorización de la solidaridad y de la justicia
en aras de una forma de libertad que no tiene mas límites
que los del beneficio individual o de grupo.
A
raíz del fin de la guerra fría, del colapso
de la URSS y de la ideología Marx-Leninista que
la sustentaba, muchos consideraron que había
triunfado la otra ideología rival, la del liberalismo
capitalista en su versión posmoderna de neoliberalismo;
de ahí que ésta última se haya
querido convertir en el "impulso racional"
de la globalización.
En
cambio, para las corrientes antiglobalizantes, los motivos
de sus protestas, proclamas y plantones, obedecen a
un complejo diversificado de causas, que van desde los
nostálgicos modos de vivir, producir y comunicarse,
hasta la defensa de la Madre Tierra, pasando por las
sucesivas banderas que la llamada izquierda ha enarbolado
históricamente.
Sin
embargo, a pesar de que la globalización ha servido
como pretexto para continuar el ya demasiado prolongado
y conflictivo combate de ideologías, hemos de
percibir un hecho real: la globalización es un
proceso objetivo, no una ideología. Es un proceso
irreversible, que se entiende dentro del contexto histórico
del dinamismo y la proyección lineal del devenir
del ser humano en el tiempo y en el espacio.
Desde
los primeros ejercicios y ensayos como el esfuerzo de
helenización, consecuencia de la obra conquistadora
del macedonio Alejandro; la gigantesca empresa del Imperio
Romano; la audaz pretensión del sacro Imperio
Romano-Germánico fundado por Carlomagno; el formidable
y vasto dominio español en el que "nunca
se ponía el sol"... hasta el actual concepto
y práctica de la globalización, entendida
como una efectiva interdependencia de naciones, empresas,
corporaciones transnacionales e instituciones financieras,
culturales, políticas, informáticas, científicas
y tecnológicas, todo ha sido un largo proceso
que aún no termina, sino que ha entrado en su
etapa de mayor aceleramiento y transformación.
Hay
que insistir: no se trata de una ideología, la
globalización es un proceso; 0.
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II
¿Para qué la globalización?
Como
proceso que es, la globalización tiene una finalidad.
El concepto de orden ha de servir para estructurarla.
En el orden se incluyen varios elementos entre los que
destaca como su razón de ser el objetivo que
se pretende alcanzar. La pregunta, por tanto, es ¿Cuál
es el fin de la globalización?
Para
poder contestar dicho interrogante, lo hemos de hacer
al margen de cualquier ideología, pues de lo
contrario, tendríamos tantas respuestas como
corrientes ideológicas existieran, varias de
ellas radicalmente diferentes y en algunos casos, de
marcadas tendencias opuestas.
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Si
partimos de la naturaleza de la persona humana y de
la sociedad, la finalidad de la globalización,
al igual que la de la economía, el derecho, la
política, la educación y todas las demás
funciones institucionales, ha de servir al desarrollo
humano, a la mayor actualización de las potencias
de la persona, al pleno ejercicio de los derechos humanos
y a la realización de los valores universales
de justicia, libertad responsable, solidaridad y bien
común, que permitan y propicien bienestar y bienser,
conforme a la dignidad del ser humano y de su vocación
de crecimiento y plenitud.
Por
consiguiente, sería un absurdo considerar la
globalización como un fin en sí misma,
cuando no es más que un medio al igual que los
demás, ordenado al fin que es la persona humana.
No es el hombre para la globalización, sino la
globalización para el hombre.
Esta
afirmación nos lleva a importantes consecuencias:
1.
La globalización ha de ser solidaria, es decir,
de parte de los actores responsables debe darse la determinación
firme y libre de empeñarse por el bien común.
2.
Si buscamos verdaderamente el bien común, la
globalización ha de ser un proyecto incluyente
para que beneficie a todas y cada una de las naciones,
sectores y personas, a fin de que todos seamos responsables
de todos.
3.
Si se trata de solidaridad, la globalización
debe ser subsidiaria, a efecto de que los que más
tienen, saben y pueden, han de ayudar a los que menos
tienen, saben y pueden y estos últimos deben
realizar su mayor y mejor esfuerzo para optimizar la
ayuda financiera y tecnológica para crecer y
después aportar solidariamente.
4.
Como resultado de la solidaridad, la subsidiariedad
y la búsqueda del bien común, la globalización
será justa porque la justicia es la hija de la
solidaridad.
5.
Y si la globalización se desarrolla dentro del
marco de la justicia, será factor que promoverá
la paz, porque al procurar elevar el nivel de calidad
de vida de los pueblos pobres, irán disminuyendo
las graves desigualdades con sus dramáticos y
peligrosos contrastes, fuentes generadoras de conflictos
sociales, de revoluciones y de violencia.
Por
tanto, si el proceso globalizador debe servir para mejorar
las relaciones de los seres humanos en todo el planeta,
intensificando la interdependencia de todos, en la justicia
y en la paz, ¿Cómo puede darse la paradoja de
la confrontación violenta cuando se entra al
debate de la globalización?
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Los
caminos de la globalización no deben pasar ya
más por las manifestaciones dolorosas y sangrientas
de Barcelona y de Génova. No es a través
del odio ni de la intolerancia como podemos hacer de
la globalización un medio eficaz para acabar
con la explotación, la miseria y la desigualdad.
Es sólo a través del diálogo, del
respeto mutuo de derechos, del reconocimiento recíproco
de necesidades y de un sincero y solidario esfuerzo
de justicia. Afirmaba hace poco Jacques Delors, ex-presidente
de la Comisión Europea: "Rebelarse contra
el actual desequilibrio internacional es sacrosanto.
Pero rompiendo vitrinas no se construye una alternativa.
Es tiempo de propuestas".
III
¿Cómo debe ser el diálogo en la globalización?
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Sin
justificar las confrontaciones violentas y a veces la
represiones brutales por la presencia de los globalifóbicos
en los lugares de reunión que tratan el tema
de la globalización, y excluyendo a aquellos
que se oponen por fundamentalismos fanáticos
o por propósitos mercenarios o simplemente desestabilizadores,
hemos de reconocer que las inconformidades y las quejas
pueden obedecer a que no hay suficiente representación
mundial en esas reuniones.
El
proceso globalizador está rebasando a los estados
nacionales y muchos sectores no se sienten lo suficientemente
representados por los jefes de estado. Resultaría
conveniente incluir en el debate a sujetos sociales
como las ONG’s y los grupos de interés.
Para
que haya entendimiento y el diálogo sea fecundo,
es necesario compartir valores comunes y querer un mismo
fin. Ya se ha dicho, el fin no debe ser la acumulación
de más capital ni el desmedido afán de
lucro. El fin es que cualquier ser humano, en cualquier
parte del planeta, pueda encontrar las condiciones adecuadas
para cumplir su vocación de crecimiento y lograr
a través de su esfuerzo productivo y solidario
la plenitud de su desarrollo, en libertad, justicia
y paz. Con ello no se pretende llegar a una utópica
igualdad existencial, sino a una muy posible igualdad
de oportunidades.
A
problemas nuevos, soluciones nuevas. Habrá que
ser audaces y creativos en el diálogo y plantear
los problemas y desafíos del proceso globalizador
tratando de dar respuestas globales. No sólo
deberán ser temas del debate los aspectos económicos
y financieros, sino también los relativos a la
universalización de modelos culturales y otros
temas igualmente exigentes como medio ambiente, desarme
nuclear, crecimiento poblacional, migraciones, derechos
humanos, transformación de la política,
relaciones sociales, etc.
Habrá
que superar la limitación de dejar sin cambiar
el sistema financiero mundial. Conviene reformarlo si
se quiere hallar soluciones para el problema de la deuda
externa de muchos países. Que se incluya en la
agenda del diálogo la actualización de
organizaciones como el Banco Mundial, el Fondo Monetario
Internacional y la Organización Mundial del Comercio.
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IV
La Cumbre de Monterrey
Dentro
del contexto del proceso de globalización acaba
de realizarse la Conferencia Internacional sobre Financiación
para el Desarrollo en la ciudad de Monterrey. Aunque
los críticos la califiquen, como suelen hacerlo,
de una más de la serie, igual a las demás,
sin resultados y meramente formalista, consideramos
que, aún cuando falte mucho camino por andar,
la reciente cumbre presenta una diferencia significativa
y abre un horizonte de esperanza al mismo tiempo que
nos alienta en el esfuerzo globalizador de la solidaridad.
Baste
citar algunas declaraciones expresadas en un lenguaje
nuevo y con mensajes inéditos:
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•
El Fondo Monetario Internacional efectuó una
autocrítica en la voz de su Director General
Horst Kohler: "Es posible que el fondo haya demandado
demasiado en el pasado, podría revisarse el concepto
de condicionalidad en el otorgamiento de recursos".
Habló también de la necesidad de crear
un mecanismo "completo y transparente"de supervisión
sobre los programas de ayuda que se apliquen en países
en desarrollo, mediante el cual el propio organismo
financiero tendrá que someterse al escrutinio.
•
James Wolfensohn, Presidente del Banco Mundial, instó
a que se reconozca la necesidad de reducir la deuda
de los países pobres para que estos recursos
se destinen al combate de la pobreza. Propuso, además,
establecer una asociación entre los países
y los receptores a fin de que la ayuda sea más
eficaz y no se desperdicie. "En la lucha contra
la pobreza ya no hay excusas para que los países
líderes no cumplan su responsabilidad y que entiendan
que no dan caridad sino oportunidad", dijo.
•
El presidente de la Organización Mundial del
Comercio, Mike Moore, urgió a los países
ricos eliminen sus políticas comerciales proteccionistas.
El comercio, según él, es uno de los instrumentos
más importantes para combatir la pobreza. Consideró
que ésta es la mayor amenaza para la seguridad,
la democracia, los derechos humanos y el medio ambiente.
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Cabe
destacar que en esta Conferencia Internacional, el FMI
y el Banco Mundial dieron un giro a la que durante décadas
ha sido una postura "ortodoxa" y llamaron
a resolver de manera urgente el problema de la deuda
externa en las naciones en las que la situación
es ya insostenible. Asimismo, se logró un consenso
intergubernamental en temas que durante mucho tiempo
dividieron al norte y al sur.
La
cumbre de Monterrey logró reunir por primera
vez a más de 50 jefes de estado y de gobierno,
organismos financieros internacionales, empresarios
y organizaciones no gubernamentales. Por cierto, la
COPARMEX también participó.
Con
la aprobación del "Consenso de Monterrey",
la ONU asumió el desafío de convertirse
en la principal organización para renovar el
sistema financiero internacional, cuya operación
ha sido hasta hoy de la incumbencia del Fondo Monetario,
la Organización Mundial del Comercio y el Banco
Mundial.
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Consciente
de este reto, Kofi Annan sostuvo que nadie en este mundo
puede estar seguro cuando hay tantos pobres y que la
petición de los pueblos en desarrollo es que
se escuche su voz e insistió en que el aumento
de la ayuda debe ser complementado con una mayor reducción
de la deuda y el incremento de la inversión en
las naciones pobres, porque "no se puede seguir
dando con una mano lo que quitamos con la otra".
Calificó la reunión de fructífera,
porque los líderes de los países ricos
se han dado cuenta de que "vivimos en un mundo,
no en dos" y de que nadie puede sentirse cómodo
mientras muchos otros padecen sufrimientos y privaciones.
Sin
embargo, a pesar de todos estos aspectos positivos,
hay que comentar que no se concretó ningún
compromiso, pero se espera que el consenso suscrito
en Monterrey tenga un adecuado seguimiento práctico
y vaya más allá de las palabras escritas
en el documento.
Si
todos los seres humanos queremos un mundo sin miseria,
ignorancia e insalubridad, resulta imprescindible estar
conscientes de que sólo a través de la
práctica de la solidaridad podemos lograrlo;
solidaridad, primero, con los más cercanos, los
familiares, y desde ahí, continuar extendiéndola
y fortaleciéndola hasta globalizarla; con la
solidaridad se dará la justicia, el verdadero
desarrollo y la paz.
En
este momento del proceso de globalización, es
necesario tender puentes para que fluyan el diálogo,
la cooperación y la inconclusión de todas
las voces y respetar la ética global, que no
es otra que la única ética basada en valores
universales a los que le da pleno sentido el ejercicio
de nuestras facultades espirituales, la inteligencia
y la voluntad libre.
Este
es el reto y la gran tarea para los hombres y mujeres
del siglo XXI; construir el humanismo global.
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