No.164
Mayo
2002
 

LA GLOBALIZACIÓN ¿PARA QUÉ?
Víctor M. Arjona Barbosa

SINTESIS

Si partimos de la naturaleza de la persona humana y de la sociedad, la finalidad de la globalización, al igual que la de la economía, el derecho, la política, la educación y todas las demás funciones institucionales, ha de servir al desarrollo humano, a la mayor actualización de las potencias de la persona, al pleno ejercicio de los derechos humanos y a la realización de los valores universales de justicia, libertad responsable, solidaridad y bien común, que permitan y propicien bienestar y bienser, conforme a la dignidad del ser humano y de su vocación de crecimiento y plenitud.

Por consiguiente, sería un absurdo considerar la globalización como un fin en sí misma, cuando no es más que un medio al igual que los demás, ordenado al fin que es la persona humana. No es el hombre para la globalización, sino la globalización para el hombre.

 

I La globalización es un hecho, no una ideología

Tanto los globalifílicos como los globalifóbicos, en una crecida proporción, tratan de defender sus posiciones esgrimiendo motivos ideológicos.

Los primeros, generalmente, aluden de manera abierta o velada a aspectos ideológicos relacionados con lo que se ha dado en llamar neoliberalismo y que, en el fondo, se basa en los mecanismos del mercado con tintes fisiocráticos, lo que convierte al mercado en una especie de absoluto, se privilegian elevadas ganancias y se practica una desvalorización de la solidaridad y de la justicia en aras de una forma de libertad que no tiene mas límites que los del beneficio individual o de grupo.

A raíz del fin de la guerra fría, del colapso de la URSS y de la ideología Marx-Leninista que la sustentaba, muchos consideraron que había triunfado la otra ideología rival, la del liberalismo capitalista en su versión posmoderna de neoliberalismo; de ahí que ésta última se haya querido convertir en el "impulso racional" de la globalización.

En cambio, para las corrientes antiglobalizantes, los motivos de sus protestas, proclamas y plantones, obedecen a un complejo diversificado de causas, que van desde los nostálgicos modos de vivir, producir y comunicarse, hasta la defensa de la Madre Tierra, pasando por las sucesivas banderas que la llamada izquierda ha enarbolado históricamente.

Sin embargo, a pesar de que la globalización ha servido como pretexto para continuar el ya demasiado prolongado y conflictivo combate de ideologías, hemos de percibir un hecho real: la globalización es un proceso objetivo, no una ideología. Es un proceso irreversible, que se entiende dentro del contexto histórico del dinamismo y la proyección lineal del devenir del ser humano en el tiempo y en el espacio.

Desde los primeros ejercicios y ensayos como el esfuerzo de helenización, consecuencia de la obra conquistadora del macedonio Alejandro; la gigantesca empresa del Imperio Romano; la audaz pretensión del sacro Imperio Romano-Germánico fundado por Carlomagno; el formidable y vasto dominio español en el que "nunca se ponía el sol"... hasta el actual concepto y práctica de la globalización, entendida como una efectiva interdependencia de naciones, empresas, corporaciones transnacionales e instituciones financieras, culturales, políticas, informáticas, científicas y tecnológicas, todo ha sido un largo proceso que aún no termina, sino que ha entrado en su etapa de mayor aceleramiento y transformación.

Hay que insistir: no se trata de una ideología, la globalización es un proceso; 0.

II ¿Para qué la globalización?

Como proceso que es, la globalización tiene una finalidad. El concepto de orden ha de servir para estructurarla. En el orden se incluyen varios elementos entre los que destaca como su razón de ser el objetivo que se pretende alcanzar. La pregunta, por tanto, es ¿Cuál es el fin de la globalización?

Para poder contestar dicho interrogante, lo hemos de hacer al margen de cualquier ideología, pues de lo contrario, tendríamos tantas respuestas como corrientes ideológicas existieran, varias de ellas radicalmente diferentes y en algunos casos, de marcadas tendencias opuestas.

Si partimos de la naturaleza de la persona humana y de la sociedad, la finalidad de la globalización, al igual que la de la economía, el derecho, la política, la educación y todas las demás funciones institucionales, ha de servir al desarrollo humano, a la mayor actualización de las potencias de la persona, al pleno ejercicio de los derechos humanos y a la realización de los valores universales de justicia, libertad responsable, solidaridad y bien común, que permitan y propicien bienestar y bienser, conforme a la dignidad del ser humano y de su vocación de crecimiento y plenitud.

Por consiguiente, sería un absurdo considerar la globalización como un fin en sí misma, cuando no es más que un medio al igual que los demás, ordenado al fin que es la persona humana. No es el hombre para la globalización, sino la globalización para el hombre.

Esta afirmación nos lleva a importantes consecuencias:

1. La globalización ha de ser solidaria, es decir, de parte de los actores responsables debe darse la determinación firme y libre de empeñarse por el bien común.

2. Si buscamos verdaderamente el bien común, la globalización ha de ser un proyecto incluyente para que beneficie a todas y cada una de las naciones, sectores y personas, a fin de que todos seamos responsables de todos.

3. Si se trata de solidaridad, la globalización debe ser subsidiaria, a efecto de que los que más tienen, saben y pueden, han de ayudar a los que menos tienen, saben y pueden y estos últimos deben realizar su mayor y mejor esfuerzo para optimizar la ayuda financiera y tecnológica para crecer y después aportar solidariamente.

4. Como resultado de la solidaridad, la subsidiariedad y la búsqueda del bien común, la globalización será justa porque la justicia es la hija de la solidaridad.

5. Y si la globalización se desarrolla dentro del marco de la justicia, será factor que promoverá la paz, porque al procurar elevar el nivel de calidad de vida de los pueblos pobres, irán disminuyendo las graves desigualdades con sus dramáticos y peligrosos contrastes, fuentes generadoras de conflictos sociales, de revoluciones y de violencia.

Por tanto, si el proceso globalizador debe servir para mejorar las relaciones de los seres humanos en todo el planeta, intensificando la interdependencia de todos, en la justicia y en la paz, ¿Cómo puede darse la paradoja de la confrontación violenta cuando se entra al debate de la globalización?

Los caminos de la globalización no deben pasar ya más por las manifestaciones dolorosas y sangrientas de Barcelona y de Génova. No es a través del odio ni de la intolerancia como podemos hacer de la globalización un medio eficaz para acabar con la explotación, la miseria y la desigualdad. Es sólo a través del diálogo, del respeto mutuo de derechos, del reconocimiento recíproco de necesidades y de un sincero y solidario esfuerzo de justicia. Afirmaba hace poco Jacques Delors, ex-presidente de la Comisión Europea: "Rebelarse contra el actual desequilibrio internacional es sacrosanto. Pero rompiendo vitrinas no se construye una alternativa. Es tiempo de propuestas".

III ¿Cómo debe ser el diálogo en la globalización?

Sin justificar las confrontaciones violentas y a veces la represiones brutales por la presencia de los globalifóbicos en los lugares de reunión que tratan el tema de la globalización, y excluyendo a aquellos que se oponen por fundamentalismos fanáticos o por propósitos mercenarios o simplemente desestabilizadores, hemos de reconocer que las inconformidades y las quejas pueden obedecer a que no hay suficiente representación mundial en esas reuniones.

El proceso globalizador está rebasando a los estados nacionales y muchos sectores no se sienten lo suficientemente representados por los jefes de estado. Resultaría conveniente incluir en el debate a sujetos sociales como las ONG’s y los grupos de interés.

Para que haya entendimiento y el diálogo sea fecundo, es necesario compartir valores comunes y querer un mismo fin. Ya se ha dicho, el fin no debe ser la acumulación de más capital ni el desmedido afán de lucro. El fin es que cualquier ser humano, en cualquier parte del planeta, pueda encontrar las condiciones adecuadas para cumplir su vocación de crecimiento y lograr a través de su esfuerzo productivo y solidario la plenitud de su desarrollo, en libertad, justicia y paz. Con ello no se pretende llegar a una utópica igualdad existencial, sino a una muy posible igualdad de oportunidades.

A problemas nuevos, soluciones nuevas. Habrá que ser audaces y creativos en el diálogo y plantear los problemas y desafíos del proceso globalizador tratando de dar respuestas globales. No sólo deberán ser temas del debate los aspectos económicos y financieros, sino también los relativos a la universalización de modelos culturales y otros temas igualmente exigentes como medio ambiente, desarme nuclear, crecimiento poblacional, migraciones, derechos humanos, transformación de la política, relaciones sociales, etc.

Habrá que superar la limitación de dejar sin cambiar el sistema financiero mundial. Conviene reformarlo si se quiere hallar soluciones para el problema de la deuda externa de muchos países. Que se incluya en la agenda del diálogo la actualización de organizaciones como el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y la Organización Mundial del Comercio.

IV La Cumbre de Monterrey

Dentro del contexto del proceso de globalización acaba de realizarse la Conferencia Internacional sobre Financiación para el Desarrollo en la ciudad de Monterrey. Aunque los críticos la califiquen, como suelen hacerlo, de una más de la serie, igual a las demás, sin resultados y meramente formalista, consideramos que, aún cuando falte mucho camino por andar, la reciente cumbre presenta una diferencia significativa y abre un horizonte de esperanza al mismo tiempo que nos alienta en el esfuerzo globalizador de la solidaridad.

Baste citar algunas declaraciones expresadas en un lenguaje nuevo y con mensajes inéditos:

• El Fondo Monetario Internacional efectuó una autocrítica en la voz de su Director General Horst Kohler: "Es posible que el fondo haya demandado demasiado en el pasado, podría revisarse el concepto de condicionalidad en el otorgamiento de recursos". Habló también de la necesidad de crear un mecanismo "completo y transparente"de supervisión sobre los programas de ayuda que se apliquen en países en desarrollo, mediante el cual el propio organismo financiero tendrá que someterse al escrutinio.

• James Wolfensohn, Presidente del Banco Mundial, instó a que se reconozca la necesidad de reducir la deuda de los países pobres para que estos recursos se destinen al combate de la pobreza. Propuso, además, establecer una asociación entre los países y los receptores a fin de que la ayuda sea más eficaz y no se desperdicie. "En la lucha contra la pobreza ya no hay excusas para que los países líderes no cumplan su responsabilidad y que entiendan que no dan caridad sino oportunidad", dijo.

• El presidente de la Organización Mundial del Comercio, Mike Moore, urgió a los países ricos eliminen sus políticas comerciales proteccionistas. El comercio, según él, es uno de los instrumentos más importantes para combatir la pobreza. Consideró que ésta es la mayor amenaza para la seguridad, la democracia, los derechos humanos y el medio ambiente.

Cabe destacar que en esta Conferencia Internacional, el FMI y el Banco Mundial dieron un giro a la que durante décadas ha sido una postura "ortodoxa" y llamaron a resolver de manera urgente el problema de la deuda externa en las naciones en las que la situación es ya insostenible. Asimismo, se logró un consenso intergubernamental en temas que durante mucho tiempo dividieron al norte y al sur.

La cumbre de Monterrey logró reunir por primera vez a más de 50 jefes de estado y de gobierno, organismos financieros internacionales, empresarios y organizaciones no gubernamentales. Por cierto, la COPARMEX también participó.

Con la aprobación del "Consenso de Monterrey", la ONU asumió el desafío de convertirse en la principal organización para renovar el sistema financiero internacional, cuya operación ha sido hasta hoy de la incumbencia del Fondo Monetario, la Organización Mundial del Comercio y el Banco Mundial.

Consciente de este reto, Kofi Annan sostuvo que nadie en este mundo puede estar seguro cuando hay tantos pobres y que la petición de los pueblos en desarrollo es que se escuche su voz e insistió en que el aumento de la ayuda debe ser complementado con una mayor reducción de la deuda y el incremento de la inversión en las naciones pobres, porque "no se puede seguir dando con una mano lo que quitamos con la otra". Calificó la reunión de fructífera, porque los líderes de los países ricos se han dado cuenta de que "vivimos en un mundo, no en dos" y de que nadie puede sentirse cómodo mientras muchos otros padecen sufrimientos y privaciones.

Sin embargo, a pesar de todos estos aspectos positivos, hay que comentar que no se concretó ningún compromiso, pero se espera que el consenso suscrito en Monterrey tenga un adecuado seguimiento práctico y vaya más allá de las palabras escritas en el documento.

Si todos los seres humanos queremos un mundo sin miseria, ignorancia e insalubridad, resulta imprescindible estar conscientes de que sólo a través de la práctica de la solidaridad podemos lograrlo; solidaridad, primero, con los más cercanos, los familiares, y desde ahí, continuar extendiéndola y fortaleciéndola hasta globalizarla; con la solidaridad se dará la justicia, el verdadero desarrollo y la paz.

En este momento del proceso de globalización, es necesario tender puentes para que fluyan el diálogo, la cooperación y la inconclusión de todas las voces y respetar la ética global, que no es otra que la única ética basada en valores universales a los que le da pleno sentido el ejercicio de nuestras facultades espirituales, la inteligencia y la voluntad libre.

Este es el reto y la gran tarea para los hombres y mujeres del siglo XXI; construir el humanismo global.