No.164
Mayo
2002
 

El Consenso de Monterrey
¿Última llamada hacia un mundo mejor?
Alberto Núñez Esteva

Sintesis

El Consenso de Monterrey pone la erradicación de la pobreza y el lograr un sistema global equitativo e incluyente como su meta principal ¿Alguien puede estar en desacuerdo con esto?

Y traza como estrategias, entre otras, el que cada país sea responsable de su propio desarrollo económico y social; el que exista una buena gestión pública de los recursos; el que se aplique el Estado de Derecho; el que se movilicen en forma adecuada los recursos internos; el que se alivie el peso de la deuda externa a favor de los países más pobres; el que exista una cooperación financiera (0.7% del PIB de los países desarrollados) y técnica a favor de los países en desarrollo; y el que el comercio internacional sea un importante motor del desarrollo ¿Alguien puede estar en desacuerdo con ello?

 

Estaba yo en Fortaleza, Brasil, el pasado 11 de Marzo, escuchando las intervenciones de los Gobernadores del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) durante una de las sesiones plenarias de ese organismo.

Era el turno de Inglaterra, quien en boca de Hilary Benn, su representante, con inusitada energía señalaba: "El legado más importante del fatídico 11 de Septiembre debe ser la determinación de atacar la pobreza, la injusticia y la inequidad en cualquier lugar en donde éstos se encuentren. No porque ellos excusen al terrorismo –no lo pueden hacer– sino porque son terreno fértil en el que las ideas y los sentimientos que son los enemigos de nuestras democracias, pueden prosperar. Consecuentemente, si vamos a derrotar al terrorismo, también tenemos que derrotar a la pobreza, la injusticia y la inequidad".

Escuchar esa aseveración en boca de la representante de Inglaterra, me llamó poderosa y positivamente la atención. Sin embargo, y a fuerza de ser sinceros, he venido escuchando estupendos y emotivos discursos en las reuniones del BID –interesantísimas por cierto– durante los 6 años que he asistido en mi carácter de representante de la Fundación Mexicana para el Desarrollo Rural; pero la pobreza no ha logrado disminuirse –según algunos sigue creciendo- y la inequidad sigue aumentando de manera alarmante no sólo en México y en Latinoamérica, sino a nivel mundial.

Lo cierto es que el descontento social es creciente y se manifiesta a través de la violencia verbal o física, en algunos casos instrumentada por los llamados globalifóbicos, o por los terroristas, o por los secuestradores, o por la simple inseguridad creciente que percibimos en nuestras ciudades y que nos tiene cada vez más atemorizados. ¿Son la pobreza y la inequidad los únicos causantes de estos males? No, definitivamente no, pero como bien lo decía Hilary Benn sí son ambos terreno fértil para que en ellos prosperen estos antivalores, que ahora han sido catapultados, además, por el demonio del narcotráfico.

Algunos ven con nostalgia aquellos años en que los gobiernos eran todopoderosos y decían proteger a los más pobres y luchar a brazo partido a favor de la justicia social; pero lo cierto es que fueron discursos huecos, llenos de populismo, que provocaron más pobreza y mayor inequidad. Y si no, veamos lo que sucedió con el discurso nacionalista y revolucionario que manejó el gobierno mexicano durante la mayor parte de las siete décadas en las que tuvimos al PRI en el poder. Al final de su gestión, el 40% de la población está abajo de la línea de la pobreza, incluyendo cerca del 25% que se encuentra en la miseria.

Malos gobiernos, corrupción y populismo, son fenómenos que no sólo en México, sino en todos los países en desarrollo, han sido una de las causas de la pobreza y la inequidad. Agreguémosle en muchos casos la ineptitud, la falta de instituciones sólidas, la impunidad y la falta de respeto al estado de derecho, y concluyamos que estamos frente a una combinación explosiva que perjudica, siempre, a aquellos a los que los poderosos dicen que van a proteger: los más necesitados.

Y agreguemos a nuestro coctel el hecho de que Latinoamérica no logró ese crecimiento económico indispensable para apuntalar el desarrollo, ni en la mayoría de los países que la integran, el flujo de inversión extranjera que estaba recibiendo en años anteriores. Efectivamente, las economías de los países que constituyen la locomotora mundial, Estados Unidos, la Unión Europea y Japón, han tenido un comportamiento más que pobre en los últimos años y han detenido también el desarrollo económico de nuestra región, en vista de que estamos, para bien o para mal, inmersos en una economía cada vez más globalizada.

Pero es muy cierto lo que señaló el Presidente del BID, don Enrique Iglesias: "Si la situación por la que atraviesa actualmente Latinoamérica hubiese sucedido hace 10 años, estaríamos contemplando una grave crisis económica y política en la región, pero a través de un gran esfuerzo se ha adoptado la democracia como régimen político, se ha abatido considerablemente la inflación, y se tiene orden razonable en las finanzas" (naturalmente, Argentina no es representativa de esta situación en lo que a la macroeconomía se refiere).

El socialismo real se derrumba junto con el muro de Berlín, termina la llamada guerra fría, la democracia se introduce con fuerza en Latinoamérica, la privatización, el empequeñecimiento de los gobiernos, la inversión extranjera, los flujos internacionales de recursos, el libre mercado, la empresa como motor de desarrollo, todo esto gana adeptos en la década de los noventa; pero al empezar el siglo XXI hacemos un examen de conciencia y vemos que la situación no ha mejorado y que existe desilusión social. Los poderosos son más poderosos, los debiles más débiles y, al menos en Latinoamérica, se cuestionan las reformas y se piensa que la democracia no es la panacea que nos habían ofrecido. El populismo asoma su cabeza, vuelve a ofrecer lo que no puede cumplir, y se alía con la desesperanza transformándose en una de las grandes amenazas reales del desarrollo sostenible.

¿Hay que reformar las reformas? ¿Qué ha salido bien y qué ha salido mal? Y la gran pregunta que escuché en una de las reuniones internacionales y sobre la cual debemos basar nuestros razonamientos: Is the quality of life improving?

Hay quienes nos revelamos ante la injusticia y hay quienes se revelan contra los que nos revelamos contra la injusticia; pero en este aspecto lo único que importa es estar en paz con uno mismo y buscar aquello que es lo más cercano a la felicidad: la paz interior, o sea el estado de ánimo en donde está uno en paz con Dios, con el prójimo, con la naturaleza, y, sobre todo, con uno mismo.

Pienso que todos tenemos algo de culpa de lo que pasa. Algunos por acción y otros por omisión.

Una sociedad, la mexicana, por ejemplo, con el 40% de la población debajo de la línea de pobreza incluyendo al 25 % en la miseria. Una sociedad en donde el 10% más pobre retiene sólo el 1.4% de la riqueza generada, mientras el 10% más rico retiene arriba del 40% de esa misma riqueza. Una sociedad, finalmente, en donde no sólo no vamos mejorando, sino empeorando esta situación profundamente injusta e inequitativa.

¿Somos la excepción? No, ciertamente no, más bien somos representativos de lo que sucede en la región Latinoamericana y en el mundo en general. Y esto, más que consuelo, nos debería dar vergüenza. No importa si somos cristianos, como yo, o budistas, o confucionistas, o islámicos, o hinduístas, o bien, simplemente no creemos en nada y en nadie. Los valores que recibimos al mamar la leche de nuestra madre son universales y no podemos, jamás, desprendernos de ellos.

Todos tenemos algo de culpa, de eso estoy convencido. Pero alguien puede preguntar: Y yo ¿Por qué soy culpable? No, no preguntemos eso, no me parece la mejor forma de reflexión. Más bien quisiera aseverar varias cosas positivas:

• Mi empresa no sólo pensó en las utilidades, sino en la forma en que podía contribuir, como ente generador de la riqueza, a beneficiar a los accionistas, a los trabajadores, a la comunidad en donde actúa, y a tener una relación de ganar-ganar con sus clientes y sus proveedores y a vivir en armonía con la naturaleza. Siendo un indudable motor del desarrollo, supo interpretar su gran responsabilidad con la comunidad con la que interactuaba.

• Yo, como político, sufrí con los que más sufrían, comprendí a los que necesitaban de mi comprensión, busqué ante todo el bien común y lo antepuse a mi interés personal y cumplí, así, usando el poder que me habían otorgado a favor de quienes me lo habían conferido.

• Yo, como ciudadano, no sólo critiqué lo que me pareció injusto -¿Qué sencillo verdad?- , sino que participé para solucionar aquello que estaba dentro de mis posibilidades. Poco fue lo que pude hacer, pero ese poco nunca lo dejé de hacer, y pensé que si todos juntamos nuestros pocos, entre todos podíamos lograrlo todo.

• En el ambiente en el que me desenvolví no toleramos la corrupción. No solamente no la practicamos, sino que nos revelamos ante ella y la denunciamos. Me comporté bajo los principios de la honestidad, de la frugalidad, de la verdad, del trabajo intenso, de la solidaridad y de la subsidiaridad.

Y podíamos así hacer un largo examen de conciencia hasta estar convencidos si hemos o no actuado con plena responsabilidad.

¿Existe esperanza a nivel internacional? Sí y no. El llamado Consenso de Monterrey sustituye ahora al llamado Consenso de Washington, el cual no alcanzó muchos de sus propósito ¿Logrará el primero lo que no logró el segundo?

El Consenso de Monterrey pone la erradicación de la pobreza y el lograr un sistema global equitativo e incluyente como su meta principal ¿Alguien puede estar en desacuerdo con esto? Y traza como estrategias, entre otras, el que cada país sea responsable de su propio desarrollo económico y social; el que exista una buena gestión pública de los recursos; el que se aplique el Estado de Derecho; el que se movilicen en forma adecuada los recursos internos; el que se alivie el peso de la deuda externa a favor de los países más pobres; el que exista una cooperación financiera (0.7% del PIB de los países desarrollados) y técnica a favor de los países en desarrollo; y el que el comercio internacional sea un importante motor del desarrollo ¿Alguien puede estar en desacuerdo con ello? Sí, quizá Fidel Castro, el viejo dictador que tiene bajo su control desde 1959 a la hermana y querida República de Cuba y quien preparó su show para presentarse en Monterrey, usando a nuestro País, como víctima en vez de como victimario, haciendo caer en su trampa, para nuestra desgracia, a un buen número de nuestros "ilustres" legisladores, a parte de la prensa defensora de un pasado que ya quedó atrás, y a algunos conciudadanos que no se han dado cuenta de que el muro de Berlín cayó en 1989.

¿Es el Consenso de Monterrey un conjunto de buenas intenciones o un propósito firme de enmienda? La pregunta está en el aire y la respuesta no la tiene nadie –o por lo menos yo-, pues cualquiera de los dos escenarios puede suceder. Pero posiblemente sea la última llamada a un mundo globalizado en donde la convivencia puede ser pacífica o catastrófica. En donde se refleje un rostro humano, o el tradicional becerro de oro. Lo cierto es que sus manifiestas intenciones son dignas de elogio dentro de la visión de un mundo realista y no utópico, pero también es cierto que no se señalan plazos para cumplir las responsabilidades, ni sanciones para quienes no las cumplan, y esto, a la luz de la historia y los incumplimientos a los múltiples acuerdos internacionales, nos pone a pensar, simplemente nos pone a pensar.

Los países en desarrollo debemos convencernos que nosotros somos los arquitectos de nuestro propio destino y que nadie podrá hacer por nosotros lo que nosotros no estemos dispuestos a hacer por nosotros mismos. Bienvenida la ayuda, pero siempre y cuando sirva como el motor para el desarrollo sustentable y no sólo para un asistencialismo que degrada, finalmente, a quien lo recibe; que estamos obligados a actuar con transparencia y rindiendo cuentas sobre el impacto social, efectivo, que logremos con aquello que recibimos; y que debemos exigir responsabilidades inmediatas a aquellos que, en cualquier sector, utilicen la ayuda externa de manera corrupta cometiendo así un crimen de lesa humanidad. México, según algunos, es un país desarrollado que no requiere de asistencia externa, pero lo cierto es que tenemos una dualidad en donde algunos, la minoría, vive como en el mejor de los países del primer mundo, mientras otros, en número mucho mayor, viven como en algunos de los peores países del tercer mundo.

Pero los países desarrollados deben estar conscientes de que nos están quitando, con la mano izquierda, mucho más de lo que nos dan con la mano derecha; que su ayuda ofrecida, desde tiempo atrás, del 0.7% del PIB, está muy lejos de ser realidad; que a través de reglas injustas y poco claras en materia de comercio internacional, muy particularmente en lo que toca a los productos agrícolas, nos perjudican profundamente y colaboran en la profundización de la pobreza y la inequidad. Antes que dádivas necesitamos justicia. Y tenemos derecho a reclamar congruencia entre el decir y el hacer a aquellos que impulsan las leyes de mercado y, al mismo tiempo, subsidian con mil millones de dólares diarios su producción agrícola afectando los precios de los productos que sirven de subsistencia a las clases más necesitadas de los países en desarrollo; y, además, impiden el acceso de nuestros productos a sus mercados internos mediante prácticas poco éticas y ortodoxas que pretenden estar apegadas a las reglas del juego establecidas por ellos mismos en forma unilateral.

Los flujos especulativos de capital, los capitales "golondrina", aquellos que sólo persiguen la ganancia en el corto plazo sin importar el daño que causan al retirarse abruptamente ante la primera amenaza, han lesionado y seguirán lesionando nuestras economías. Los organismos multilaterales, en donde se apoya en algunos casos o se pone en orden en otros a los países en desarrollo, escuchan en sus órganos de gobierno las voces de los poderosos, pero difícilmente le dan cabida a aquellas que más necesitan de su apoyo. ¿Soluciones viejas para problemas nuevos?

Sí, la cancha en la que jugamos el juego del comercio internacional no se apega al "fair play" que la FIFA exige en los juegos de futbol y que todos pretendemos seguir. La cancha está inclinada a favor del norte y en perjuicio del sur y, así, los primeros pueden meter mas goles en la portería de los segundos, pero, además, cuando éstos se acercan al terreno de los contrarios, con frecuencia aparece un árbitro que saca una tarjeta amarilla y los amonesta. ¿Es esto "fair play"?

Repito lo que Hilary Benn, representante de Inglaterra, señaló en la junta del BID en Fortaleza, Brasil: "...si vamos a derrotar al terrorismo, derrotemos también a la pobreza y a la inequidad en donde quiera que éstos se encuentren".

Pidamos, pues, a los países desarrollados, a la luz del espíritu del Consenso de Monterrey, la congruencia necesaria entre el decir y el hacer, esto, como una exigencia de carácter social, político y económico, pero principalmente, como una exigencia de carácter ético.

Convivencia, convivencia pacífica es el grito que muchos lanzamos al ver un mundo cada vez más globalizado en donde se descubre lo infinito, pero se pierde el yo. En donde algo viejo está muriendo y algo nuevo no termina de nacer. En donde la persona se siente absorbida y en muchos casos amenazada por la globalización y se refugia en lo que siente suyo, su religión, su lenguaje, sus usos y costumbres, su civilización. Hasta hace poco, choque ideológico, ahora, Dios no lo permita, choque de civilizaciones. Alguien dijo, "tenemos suficiente religión para odiarnos, pero insuficiente para amarnos", y en nombre de un Dios que es amor, independientemente de la forma en que se le llame, la humanidad ha peleado y sigue peleando en forma irracional.

Confucio, 500 años antes de Cristo, divulgaba un pensamiento que aún tiene vigencia y que en una interpretación muy libre dice mas o menos lo siguiente:

¿Quieres revolucionar tu país? Bien, pero antes intenta revolucionar tu empresa; antes, intenta revolucionar tu familia; antes, intenta hacer tu propia revolución interna; y para lograr ésta, busca entender tu universo, nútrete de los valores fundamentales, y, ahora, busca la congruencia entre lo que piensas, lo que dices y lo que haces; piensa antes de actuar, pero finalmente decídete a actuar. Si logras esta revolución interior, podrás transformar a tu familia; si logras transformar a tu familia, lograrás transformar a tu empresa; si logras transformar a tu empresa, podrás transformar a tu Estado; y si logras transformar a tu Estado podrás intentar lograr la paz en el mundo.

En otras palabras, la búsqueda de un mundo mejor debe empezar por la búsqueda del yo interior basado en los valores universales y eternos, valores que, independientemente de la civilización a la que pertenezcamos, serán el pilar para lograr la convivencia pacífica que sólo puede darse en un mundo equitativo e incluyente.

Y yo, con los pies en la tierra ¿Qué puede hacer para lograrlo? Algunos podrán hacer mucho, otros, como es mi caso, poco; pero lo poco que puedo hacer nunca dejaré de hacerlo, y estoy convencido que si todos juntamos nuestros pocos, podemos lograrlo todo.

Consenso de Monterrey ¿Estaremos escuchando la última llamada?