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El
Consenso de Monterrey
¿Última
llamada hacia un mundo mejor?
Alberto
Núñez Esteva
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Sintesis
El
Consenso de Monterrey pone la erradicación
de la pobreza y el lograr un sistema global equitativo
e incluyente como su meta principal ¿Alguien puede
estar en desacuerdo con esto?
Y
traza como estrategias, entre otras, el que cada
país sea responsable de su propio desarrollo
económico y social; el que exista una buena
gestión pública de los recursos;
el que se aplique el Estado de Derecho; el que
se movilicen en forma adecuada los recursos internos;
el que se alivie el peso de la deuda externa a
favor de los países más pobres;
el que exista una cooperación financiera
(0.7% del PIB de los países desarrollados)
y técnica a favor de los países
en desarrollo; y el que el comercio internacional
sea un importante motor del desarrollo ¿Alguien
puede estar en desacuerdo con ello?
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Estaba
yo en Fortaleza, Brasil, el pasado 11 de Marzo, escuchando
las intervenciones de los Gobernadores del Banco Interamericano
de Desarrollo (BID) durante una de las sesiones plenarias
de ese organismo.
Era
el turno de Inglaterra, quien en boca de Hilary Benn,
su representante, con inusitada energía señalaba:
"El legado más importante del fatídico
11 de Septiembre debe ser la determinación de
atacar la pobreza, la injusticia y la inequidad en cualquier
lugar en donde éstos se encuentren. No porque
ellos excusen al terrorismo –no lo pueden hacer– sino
porque son terreno fértil en el que las ideas
y los sentimientos que son los enemigos de nuestras
democracias, pueden prosperar. Consecuentemente, si
vamos a derrotar al terrorismo, también tenemos
que derrotar a la pobreza, la injusticia y la inequidad".
Escuchar
esa aseveración en boca de la representante de
Inglaterra, me llamó poderosa y positivamente
la atención. Sin embargo, y a fuerza de ser sinceros,
he venido escuchando estupendos y emotivos discursos
en las reuniones del BID –interesantísimas por
cierto– durante los 6 años que he asistido en
mi carácter de representante de la Fundación
Mexicana para el Desarrollo Rural; pero la pobreza no
ha logrado disminuirse –según algunos sigue creciendo-
y la inequidad sigue aumentando de manera alarmante
no sólo en México y en Latinoamérica,
sino a nivel mundial.
Lo
cierto es que el descontento social es creciente y se
manifiesta a través de la violencia verbal o
física, en algunos casos instrumentada por los
llamados globalifóbicos, o por los terroristas,
o por los secuestradores, o por la simple inseguridad
creciente que percibimos en nuestras ciudades y que
nos tiene cada vez más atemorizados. ¿Son la
pobreza y la inequidad los únicos causantes de
estos males? No, definitivamente no, pero como bien
lo decía Hilary Benn sí son ambos terreno
fértil para que en ellos prosperen estos antivalores,
que ahora han sido catapultados, además, por
el demonio del narcotráfico.
Algunos
ven con nostalgia aquellos años en que los gobiernos
eran todopoderosos y decían proteger a los más
pobres y luchar a brazo partido a favor de la justicia
social; pero lo cierto es que fueron discursos huecos,
llenos de populismo, que provocaron más pobreza
y mayor inequidad. Y si no, veamos lo que sucedió
con el discurso nacionalista y revolucionario que manejó
el gobierno mexicano durante la mayor parte de las siete
décadas en las que tuvimos al PRI en el poder.
Al final de su gestión, el 40% de la población
está abajo de la línea de la pobreza,
incluyendo cerca del 25% que se encuentra en la miseria.
Malos
gobiernos, corrupción y populismo, son fenómenos
que no sólo en México, sino en todos los
países en desarrollo, han sido una de las causas
de la pobreza y la inequidad. Agreguémosle en
muchos casos la ineptitud, la falta de instituciones
sólidas, la impunidad y la falta de respeto al
estado de derecho, y concluyamos que estamos frente
a una combinación explosiva que perjudica, siempre,
a aquellos a los que los poderosos dicen que van a proteger:
los más necesitados.
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Y
agreguemos a nuestro coctel el hecho de que Latinoamérica
no logró ese crecimiento económico indispensable
para apuntalar el desarrollo, ni en la mayoría
de los países que la integran, el flujo de inversión
extranjera que estaba recibiendo en años anteriores.
Efectivamente, las economías de los países
que constituyen la locomotora mundial, Estados Unidos,
la Unión Europea y Japón, han tenido un
comportamiento más que pobre en los últimos
años y han detenido también el desarrollo
económico de nuestra región, en vista
de que estamos, para bien o para mal, inmersos en una
economía cada vez más globalizada.
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Pero
es muy cierto lo que señaló el Presidente
del BID, don Enrique Iglesias: "Si la situación
por la que atraviesa actualmente Latinoamérica
hubiese sucedido hace 10 años, estaríamos
contemplando una grave crisis económica y política
en la región, pero a través de un gran
esfuerzo se ha adoptado la democracia como régimen
político, se ha abatido considerablemente la
inflación, y se tiene orden razonable en las
finanzas" (naturalmente, Argentina no es representativa
de esta situación en lo que a la macroeconomía
se refiere).
El
socialismo real se derrumba junto con el muro de Berlín,
termina la llamada guerra fría, la democracia
se introduce con fuerza en Latinoamérica, la
privatización, el empequeñecimiento de
los gobiernos, la inversión extranjera, los flujos
internacionales de recursos, el libre mercado, la empresa
como motor de desarrollo, todo esto gana adeptos en
la década de los noventa; pero al empezar el
siglo XXI hacemos un examen de conciencia y vemos que
la situación no ha mejorado y que existe desilusión
social. Los poderosos son más poderosos, los
debiles más débiles y, al menos en Latinoamérica,
se cuestionan las reformas y se piensa que la democracia
no es la panacea que nos habían ofrecido. El
populismo asoma su cabeza, vuelve a ofrecer lo que no
puede cumplir, y se alía con la desesperanza
transformándose en una de las grandes amenazas
reales del desarrollo sostenible.
¿Hay
que reformar las reformas? ¿Qué ha salido bien
y qué ha salido mal? Y la gran pregunta que escuché
en una de las reuniones internacionales y sobre la cual
debemos basar nuestros razonamientos: Is the quality
of life improving?
Hay
quienes nos revelamos ante la injusticia y hay quienes
se revelan contra los que nos revelamos contra la injusticia;
pero en este aspecto lo único que importa es
estar en paz con uno mismo y buscar aquello que es lo
más cercano a la felicidad: la paz interior,
o sea el estado de ánimo en donde está
uno en paz con Dios, con el prójimo, con la naturaleza,
y, sobre todo, con uno mismo.
Pienso
que todos tenemos algo de culpa de lo que pasa. Algunos
por acción y otros por omisión.
Una
sociedad, la mexicana, por ejemplo, con el 40% de la
población debajo de la línea de pobreza
incluyendo al 25 % en la miseria. Una sociedad en donde
el 10% más pobre retiene sólo el 1.4%
de la riqueza generada, mientras el 10% más rico
retiene arriba del 40% de esa misma riqueza. Una sociedad,
finalmente, en donde no sólo no vamos mejorando,
sino empeorando esta situación profundamente
injusta e inequitativa.
¿Somos
la excepción? No, ciertamente no, más
bien somos representativos de lo que sucede en la región
Latinoamericana y en el mundo en general. Y esto, más
que consuelo, nos debería dar vergüenza.
No importa si somos cristianos, como yo, o budistas,
o confucionistas, o islámicos, o hinduístas,
o bien, simplemente no creemos en nada y en nadie. Los
valores que recibimos al mamar la leche de nuestra madre
son universales y no podemos, jamás, desprendernos
de ellos.
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Todos
tenemos algo de culpa, de eso estoy convencido. Pero
alguien puede preguntar: Y yo ¿Por qué soy culpable?
No, no preguntemos eso, no me parece la mejor forma
de reflexión. Más bien quisiera aseverar
varias cosas positivas:
•
Mi empresa no sólo pensó en las utilidades,
sino en la forma en que podía contribuir, como
ente generador de la riqueza, a beneficiar a los accionistas,
a los trabajadores, a la comunidad en donde actúa,
y a tener una relación de ganar-ganar con sus
clientes y sus proveedores y a vivir en armonía
con la naturaleza. Siendo un indudable motor del desarrollo,
supo interpretar su gran responsabilidad con la comunidad
con la que interactuaba.
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•
Yo, como político, sufrí con los que más
sufrían, comprendí a los que necesitaban
de mi comprensión, busqué ante todo el
bien común y lo antepuse a mi interés
personal y cumplí, así, usando el poder
que me habían otorgado a favor de quienes me
lo habían conferido.
•
Yo, como ciudadano, no sólo critiqué lo
que me pareció injusto -¿Qué sencillo
verdad?- , sino que participé para solucionar
aquello que estaba dentro de mis posibilidades. Poco
fue lo que pude hacer, pero ese poco nunca lo dejé
de hacer, y pensé que si todos juntamos nuestros
pocos, entre todos podíamos lograrlo todo.
•
En el ambiente en el que me desenvolví no toleramos
la corrupción. No solamente no la practicamos,
sino que nos revelamos ante ella y la denunciamos. Me
comporté bajo los principios de la honestidad,
de la frugalidad, de la verdad, del trabajo intenso,
de la solidaridad y de la subsidiaridad.
Y
podíamos así hacer un largo examen de
conciencia hasta estar convencidos si hemos o no actuado
con plena responsabilidad.
¿Existe
esperanza a nivel internacional? Sí y no. El
llamado Consenso de Monterrey sustituye ahora al llamado
Consenso de Washington, el cual no alcanzó muchos
de sus propósito ¿Logrará el primero lo
que no logró el segundo?
El
Consenso de Monterrey pone la erradicación de
la pobreza y el lograr un sistema global equitativo
e incluyente como su meta principal ¿Alguien puede estar
en desacuerdo con esto? Y traza como estrategias, entre
otras, el que cada país sea responsable de su
propio desarrollo económico y social; el que
exista una buena gestión pública de los
recursos; el que se aplique el Estado de Derecho; el
que se movilicen en forma adecuada los recursos internos;
el que se alivie el peso de la deuda externa a favor
de los países más pobres; el que exista
una cooperación financiera (0.7% del PIB de los
países desarrollados) y técnica a favor
de los países en desarrollo; y el que el comercio
internacional sea un importante motor del desarrollo
¿Alguien puede estar en desacuerdo con ello? Sí,
quizá Fidel Castro, el viejo dictador que tiene
bajo su control desde 1959 a la hermana y querida República
de Cuba y quien preparó su show para presentarse
en Monterrey, usando a nuestro País, como víctima
en vez de como victimario, haciendo caer en su trampa,
para nuestra desgracia, a un buen número de nuestros
"ilustres" legisladores, a parte de la prensa
defensora de un pasado que ya quedó atrás,
y a algunos conciudadanos que no se han dado cuenta
de que el muro de Berlín cayó en 1989.
¿Es
el Consenso de Monterrey un conjunto de buenas intenciones
o un propósito firme de enmienda? La pregunta
está en el aire y la respuesta no la tiene nadie
–o por lo menos yo-, pues cualquiera de los dos escenarios
puede suceder. Pero posiblemente sea la última
llamada a un mundo globalizado en donde la convivencia
puede ser pacífica o catastrófica. En
donde se refleje un rostro humano, o el tradicional
becerro de oro. Lo cierto es que sus manifiestas intenciones
son dignas de elogio dentro de la visión de un
mundo realista y no utópico, pero también
es cierto que no se señalan plazos para cumplir
las responsabilidades, ni sanciones para quienes no
las cumplan, y esto, a la luz de la historia y los incumplimientos
a los múltiples acuerdos internacionales, nos
pone a pensar, simplemente nos pone a pensar.
Los
países en desarrollo debemos convencernos que
nosotros somos los arquitectos de nuestro propio destino
y que nadie podrá hacer por nosotros lo que nosotros
no estemos dispuestos a hacer por nosotros mismos. Bienvenida
la ayuda, pero siempre y cuando sirva como el motor
para el desarrollo sustentable y no sólo para
un asistencialismo que degrada, finalmente, a quien
lo recibe; que estamos obligados a actuar con transparencia
y rindiendo cuentas sobre el impacto social, efectivo,
que logremos con aquello que recibimos; y que debemos
exigir responsabilidades inmediatas a aquellos que,
en cualquier sector, utilicen la ayuda externa de manera
corrupta cometiendo así un crimen de lesa humanidad.
México, según algunos, es un país
desarrollado que no requiere de asistencia externa,
pero lo cierto es que tenemos una dualidad en donde
algunos, la minoría, vive como en el mejor de
los países del primer mundo, mientras otros,
en número mucho mayor, viven como en algunos
de los peores países del tercer mundo.
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| Pero
los países desarrollados deben estar conscientes
de que nos están quitando, con la mano izquierda,
mucho más de lo que nos dan con la mano derecha;
que su ayuda ofrecida, desde tiempo atrás, del
0.7% del PIB, está muy lejos de ser realidad; que
a través de reglas injustas y poco claras en materia
de comercio internacional, muy particularmente en lo que
toca a los productos agrícolas, nos perjudican
profundamente y colaboran en la profundización
de la pobreza y la inequidad. Antes que dádivas
necesitamos justicia. Y tenemos derecho a reclamar congruencia
entre el decir y el hacer a aquellos que impulsan las
leyes de mercado y, al mismo tiempo, subsidian con mil
millones de dólares diarios su producción
agrícola afectando los precios de los productos
que sirven de subsistencia a las clases más necesitadas
de los países en desarrollo; y, además,
impiden el acceso de nuestros productos a sus mercados
internos mediante prácticas poco éticas
y ortodoxas que pretenden estar apegadas a las reglas
del juego establecidas por ellos mismos en forma unilateral.
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Los
flujos especulativos de capital, los capitales "golondrina",
aquellos que sólo persiguen la ganancia en el
corto plazo sin importar el daño que causan al
retirarse abruptamente ante la primera amenaza, han
lesionado y seguirán lesionando nuestras economías.
Los organismos multilaterales, en donde se apoya en
algunos casos o se pone en orden en otros a los países
en desarrollo, escuchan en sus órganos de gobierno
las voces de los poderosos, pero difícilmente
le dan cabida a aquellas que más necesitan de
su apoyo. ¿Soluciones viejas para problemas nuevos?
Sí,
la cancha en la que jugamos el juego del comercio internacional
no se apega al "fair play" que la FIFA exige
en los juegos de futbol y que todos pretendemos seguir.
La cancha está inclinada a favor del norte y
en perjuicio del sur y, así, los primeros pueden
meter mas goles en la portería de los segundos,
pero, además, cuando éstos se acercan
al terreno de los contrarios, con frecuencia aparece
un árbitro que saca una tarjeta amarilla y los
amonesta. ¿Es esto "fair play"?
Repito
lo que Hilary Benn, representante de Inglaterra, señaló
en la junta del BID en Fortaleza, Brasil: "...si
vamos a derrotar al terrorismo, derrotemos también
a la pobreza y a la inequidad en donde quiera que éstos
se encuentren".
Pidamos,
pues, a los países desarrollados, a la luz del
espíritu del Consenso de Monterrey, la congruencia
necesaria entre el decir y el hacer, esto, como una
exigencia de carácter social, político
y económico, pero principalmente, como una exigencia
de carácter ético.
Convivencia,
convivencia pacífica es el grito que muchos lanzamos
al ver un mundo cada vez más globalizado en donde
se descubre lo infinito, pero se pierde el yo. En donde
algo viejo está muriendo y algo nuevo no termina
de nacer. En donde la persona se siente absorbida y
en muchos casos amenazada por la globalización
y se refugia en lo que siente suyo, su religión,
su lenguaje, sus usos y costumbres, su civilización.
Hasta hace poco, choque ideológico, ahora, Dios
no lo permita, choque de civilizaciones. Alguien dijo,
"tenemos suficiente religión para odiarnos,
pero insuficiente para amarnos", y en nombre de
un Dios que es amor, independientemente de la forma
en que se le llame, la humanidad ha peleado y sigue
peleando en forma irracional.
Confucio,
500 años antes de Cristo, divulgaba un pensamiento
que aún tiene vigencia y que en una interpretación
muy libre dice mas o menos lo siguiente:
¿Quieres
revolucionar tu país? Bien, pero antes intenta
revolucionar tu empresa; antes, intenta revolucionar
tu familia; antes, intenta hacer tu propia revolución
interna; y para lograr ésta, busca entender tu
universo, nútrete de los valores fundamentales,
y, ahora, busca la congruencia entre lo que piensas,
lo que dices y lo que haces; piensa antes de actuar,
pero finalmente decídete a actuar. Si logras
esta revolución interior, podrás transformar
a tu familia; si logras transformar a tu familia, lograrás
transformar a tu empresa; si logras transformar a tu
empresa, podrás transformar a tu Estado; y si
logras transformar a tu Estado podrás intentar
lograr la paz en el mundo.
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En
otras palabras, la búsqueda de un mundo mejor
debe empezar por la búsqueda del yo interior
basado en los valores universales y eternos, valores
que, independientemente de la civilización a
la que pertenezcamos, serán el pilar para lograr
la convivencia pacífica que sólo puede
darse en un mundo equitativo e incluyente.
Y
yo, con los pies en la tierra ¿Qué puede hacer
para lograrlo? Algunos podrán hacer mucho, otros,
como es mi caso, poco; pero lo poco que puedo hacer
nunca dejaré de hacerlo, y estoy convencido que
si todos juntamos nuestros pocos, podemos lograrlo todo.
Consenso
de Monterrey ¿Estaremos escuchando la última
llamada?
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