No.168
Septiembre
2002
 

Los Pendientes de México

Enrique Quintana

 Conferencia impartida al Consejo Directivo de la COPARMEX el 9 de agosto de 2002.

Sintesis

No es imposible que México entre a un periodo de estancamiento de largo plazo si es que no logramos renovar nuestras instituciones. Como también es posible, que la conciencia de ese riesgo nos permita obtener acuerdos y empujar programas que hasta este momento nos parecen inalcanzables. Y, que en lugar de una fase de estancamiento, arranquemos un periodo de crecimiento acelerado con bienestar para la población.

 

Una de las preguntas que nos hacemos de forma permanente es ¿por qué unos países han logrado niveles de riqueza y bienestar económico a los que no han tenido acceso otras naciones? ¿Cuál es el secreto de la riqueza de las naciones?

Podemos reunir bibliotecas enteras con las respuestas que a lo largo del tiempo se han dado a este cuestionamiento. Esa eterna pregunta es la que seguimos haciéndonos en México en este 2002. Las razones para hacernos este cuestionamiento son muchas.
El Reporte Global de Competitividad, que año con año elabora el Foro Económico Mundial junto con la Universidad de Harvard, coloca a México en este año en el lugar número 51 entre 75 países. Otro de los conocidos ranking de competitividad, el del Instituto Internacional para la Gestión del Desarrollo (IMD) coloca a México en la posición número 41 entre 49 países analizados.

Esta ubicación en la parte baja de la tabla contrasta con el hecho de que por su Producto Interno Bruto, la economía mexicana se ubica entre las 15 mayores del mundo o entre las primeras diez si se clasifica por su volumen de exportaciones.

¿Qué es lo que conduce a que estamos tan abajo en los índices de competitividad que construyen las organizaciones internacionales más acreditadas si tenemos el tamaño para ser una economía mejor valorada?

Antes de responder a esta interrogante y revisar los temas pendientes que tenemos para que México pueda ser una de esas naciones que aparecen en las posiciones destacadas de los ranking internacionales, permítanme compartir algunas reflexiones.

William Easterly es un funcionario que trabajó en el Banco Mundial y que se dedicaba a los temas de la asistencia para el desarrollo. Vivió en algunas de las naciones más pobres del mundo tratando de organizar la ayuda para hacerlas crecer.

En un trabajo reciente titulado La elusiva cuestión del crecimiento, Easterly descubre que muchas de las creencias con las que funcionan las instituciones de asistencia al desarrollo, y también con las que se diseñan las políticas económicas, son simplemente falacias.

A través de un trabajo estadístico demuestra que la inversión física no explica las variaciones del ingreso per cápita entre los países; descubre que la asistencia externa, a menudo no sólo no ha ayudado sino que ha tenido efectos adversos sobre la producción y el empleo; encuentra que ni siquiera las diferencias del gasto en educación son suficientes para entender las brechas en los niveles de bienestar en el ámbito internacional.
Si no son la inversión, ni el dinero ni siquiera la educación los factores cruciales para explicar las diferencias entre los países, ¿entonces cuál es la clave?

El secreto está en la calidad de las instituciones
Entre los cinco países más productivos del mundo, de acuerdo al Foro Económico Mundial, se encuentran naciones con características diversas en materia de niveles de intervención del Estado en la economía; con ritmos de crecimiento diversos; con sistemas fiscales diferentes; con tamaños de economía muy distantes. Son Finlandia, Estados Unidos, Canadá, Singapur y Australia.


Sin embargo, una revisión de cualquiera de ellos permitirá encontrar un sistema judicial independiente y honesto, que garantiza el cumplimiento de los contratos y que además lo hace de manera rápida y predecible. Gobiernos que funcionan con niveles bajos de corrupción y que respetan de modo escrupuloso los derechos de propiedad; políticas sociales basadas en la generación de oportunidades que permiten capilaridad social y por lo tanto clases medias robustas y educadas.

En el mismo sentido, la investigación de Hernando de Soto, sobre El misterio del capital documenta de qué manera el establecimiento de los derechos de propiedad se convierte en una condición para que haya crecimiento económico sostenible en una nación, al dar un potencial a los activos que no tendrían de otra manera.

Nuestra cultura coloca en su escala de valores en un lugar muy bajo el respeto a las leyes y en lo que se refiere a la calidad de las instituciones, basta ver a nuestro Congreso o a los partidos políticos.

Una muy conocida anécdota sugiere cómo abordamos el tema. Resulta que un inversionista mexicano le contaba a su socio europeo que un día iba acompañando a su mejor amigo por la noche en su automóvil y la imprudencia de éste hizo que chocara con un auto que estaba estacionado. Como nadie se dio cuenta -narraba- pues su amigo no lo pensó dos veces y aceleró para irse del lugar.

En este punto, interrumpió el socio europeo y cuestionó, "¿y no fuiste a avisar a la autoridad de lo que había hecho tu amigo?". El mexicano respondió entonces. "No, como crees. Imagínate, ¿qué clase de amigo sería yo si no fuera capaz de poner la amistad por delante de las leyes?"

Y, así ha pasado con muchas instituciones en el país. Otros valores han sido puestos por delante del bien común que supuestamente da sentido a las instituciones públicas.
Si recordamos el listado de países altamente exitosos en materia de competitividad, encontramos que en casi todos los casos, hay un propósito nacional bien identificado, independientemente del tamaño del país, de su ubicación geográfica o de su modelo político.

En México hemos vivido una erosión de esa identidad nacional. La forma en que se construyeron las instituciones políticas en el siglo XX dio lugar a un aparato de gobierno que tenía, entre otras, dos características. La primera era una estructura corporativa a la que se sumaba toda la sociedad, desde los empresarios, afiliados forzosamente a cámaras industriales o comerciales; sindicatos, organizaciones profesionales, campesinos, colonos, etc. El Estado era omnipresente.

La segunda característica era la presencia de un poder presidencial omnipotente en la cúpula de ese sistema. Un Estado omnipresente y un Presidente omnipotente. Por décadas, así funcionó la sociedad mexicana.

Pero, para nuestra fortuna, ese sistema se quebró. Fue incapaz de responder a las necesidades de una sociedad que se había hecho más diversa, más heterogénea y más activa. Pero, tras la quiebra de las instituciones que conformaban ese régimen, no hemos logrado construir instituciones con la calidad necesaria para crear un nuevo proyecto nacional.

Ese es el prerrequisito más importante para lograr que México sea un país de alta competitividad. Más que la reforma eléctrica o las inversiones en infraestructura.

De acuerdo a las mediciones más recientes de las intenciones de voto de la población, no vamos a tener ningún cambio fundamental en la composición de la Cámara de Diputados en el 2003. Si hoy fueran las elecciones federales del 2003, el PAN obtendría el 43 por ciento de los votos; el PRI, el 36 por ciento; y el PRD el 16 por ciento. Seguiríamos casi seguramente con una Cámara de Diputados en la que la oposición hace mayoría, como ha sido desde 1997.

Pero aún si el PAN obtuviera más del 50 por ciento de las curules, como pretende el proyecto electoral de este partido, seguiría en minoría en la Cámara de Senadores.
De modo que un escenario, al menos posible, si se mantuvieran las relaciones políticas como hoy se encuentran es que ninguna reforma legal importante pueda pasar por el Congreso hasta el 2006.

Veamos ahora algunos aspectos vinculados específicamente con la economía. Entre octubre del año pasado y marzo de este año, la confianza del consumidor en Estados Unidos creció desde 85 hasta 111 puntos, luego del desplome que tuvo tras los actos terroristas del 11 de septiembre. Sin embargo, los datos más recientes, que corresponden al mes de julio, muestran que ya estamos en 97 puntos.

Me refiero a este indicador porque es una importante muestra de la recaída que están padeciendo las expectativas económicas en los Estados Unidos.


Quizás el factor más importante de este nuevo descenso sea la crisis de confianza que se generó tras los numerosos escándalos corporativos que condujeron a los accionistas a cuestionar a los administradores de los grandes corporativos. El impacto de la pérdida de confianza echó por tierra la frágil y todavía incipiente recuperación.

Y, la expectativa hacia delante es que la situación siga mal en los siguientes trimestres. Ya son pocos los que apuestan a una recuperación para el final de este año y ahora los optimistas hablan de que tendremos una cambio visible de tendencia para el primer semestre del próximo año. Lo cierto es que apostar a que la economía de los Estados Unidos será el principal factor de la recuperación de la economía de México es muy arriesgado.

Tal vez hace unos cuantos meses no se veía como indispensable hacer todo el esfuerzo para generar aliento interno favorable al crecimiento. Si ahora no lo hacemos, no sería nada difícil que la administración de Fox terminara la primera mitad de su sexenio con un virtual estancamiento en la economía.

Claro que hay que reconocer que en materia de estabilidad las cosas están saliendo bien, lo que es muy importante, sobre todo en el entorno internacional que estamos presenciando. Pero, no nos podemos conformar con eso.

Corramos la película más adelante. Imaginemos que con todo y todo, persisten el entorno desfavorable y además, que el gobierno de Vicente Fox se ve impedido de instrumentar sus propuestas de gobierno ante la falta de acuerdos políticos y ello da lugar a un desempeño mediocre que es castigado por los votantes en el 2006.

Aún en ese caso, las diferencias de nuestra sociedad hacen impensable que el PRI o algún otro partido puedan regresar a controlar el poder como era antes de 1997. El escenario más probable es que sigamos con un Congreso en el que no hay mayoría absoluta de ninguna fuerza política, esté o no en la Presidencia.

Así que en el escenario más terrorífico pero posible podemos visualizar un periodo de muchos años de alternancia en el poder, pero en el que no se operan cambios que permitan reorganizar nuestra economía y nuestra sociedad, cambios como los tantas veces citados en materia fiscal; de energía eléctrica y gas; telecomunicaciones; relaciones laborales, etc.

No es imposible que México entre a un periodo de estancamiento de largo plazo si es que no logramos renovar nuestras instituciones. Como también es posible, que la conciencia de ese riesgo nos permita obtener acuerdos y empujar programas que hasta este momento nos parecen inalcanzables. Y, que en lugar de una fase de estancamiento, arranquemos un periodo de crecimiento acelerado con bienestar para la población.

Los seres humanos funcionamos usualmente sobre la base de incentivos, sobre todo cuando se trata de cambiar un modo de ser o de hacer, que está arraigado en nuestros hábitos y costumbres.

Para crear instituciones públicas de calidad, como las que necesitaríamos para evitar caer en un estancamiento prolongado, se requieren esos incentivos.

Déjenme citar al menos dos elementos que podrían contribuir a crearlos. El primero es una sociedad activa que diseña sistemas efectivos de rendición de cuentas para el gobierno, para los partidos, los legisladores, los jueces. Es decir, para todos aquellos que conforman el aparato de Estado, tanto a escala nacional como local.

Si los electores pueden exigir cuentas a los partidos y los sancionan, echándolos del poder, entonces por simple sobrevivencia, la clase política deberá tratar de generar gobiernos que den resultados a la sociedad.

Lo segundo son sistemas de información que permitan a los ciudadanos y sus organizaciones, exigir esas cuentas. ¿Cómo se puede pedir cuentas a los diversos poderes y niveles de gobierno si la información necesaria para verificar el desempeño de las personas e instituciones públicas no existe o no está disponible? Requerimos sistemas que permitan a los ciudadanos tener la información adecuada para evaluar a funcionarios, políticos, legisladores y jueces.

Si la sociedad empuja a la clase política mexicana a mejorar, lo más probable es que de ella puedan surgir estadistas que logren hacer que aún en medio de nuestra heterogeneidad construyamos un proyecto nacional acorde con el mundo que estamos enfrentado en este siglo.

Pensemos que tenemos esa clase política. Entonces, los temas concretos como la reforma fiscal o eléctrica, o la localización del aeropuerto, ya no van a ser un asunto de rentabilidades políticas de corto plazo. Tendremos procesos de deliberación pública en los que habrán de expresarse las indispensables diferencias de una sociedad viva, pero estadistas que sabrán construir soluciones que sinteticen creativamente las visiones heterogéneas de nuestra sociedad.

Tendríamos así una identidad nacional robusta, que permitirá que independientemente de la fuerza política dominante o del ritmo de la alternancia, se logre dar continuidad a un proyecto nacional y por tanto podamos visualizar estrategias de largo plazo.

Tendremos una seguridad tal en nosotros que nos permitirá encarar procesos de integración comercial o de otro tipo, con la certeza de que a la larga saldremos fortalecidos como nación.

Pero, mientras no construyamos esas instituciones de calidad, las soluciones que encontremos a los rezagos de la competitividad, van a ser efímeras, se agotarán en meses o en pocos años y de nuevo estaremos confrontados por retos que nos rebasan.

Para terminar, permítanme decirles que hay que ser optimistas y en lugar de preocuparnos por un futuro cada vez más incierto, debemos ocuparnos en construir las instituciones que nos permitan dentro de algunos años encontrar a nuestro país como uno de los que encabezan en el mundo las listas de competitividad, bienestar y justicia.