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Del
ciudadano peticionario y
del estado otorgante
Arturo Damm Arnal
Sintesis
Cada privilegio (apoyo, protección, subsidio, concesión monopólica)
que otorga a favor de alguien es una coerción que impone en
contra de alguien más, por lo general consumidores o contribuyentes.
Un buen principio de gobierno es que las acciones del Estado
deben ser neutras, siendo que en México sucede exactamente
lo contrario: en el frente económico el Estado se ha dedicado
a discriminar a favor de algunos y, necesariamente, en contra
de otros.
I.
Introducción
En México hemos recorrido ya un buen trecho en materia
de cambio estructural: apertura comercial y tratados de libre
comercio; privatización de empresas gubernamentales
y desburocratización de la actividad económica;
saneamiento de las finanzas públicas y autonomía
del Banco de México, por mencionar lo más importante.
En cada uno de estos renglones falta mucho por hacer, existiendo
otros frentes de la economía (fiscal, energético,
laboral, por citar los más urgentes) en los cuales
falta todo por hacer, pendientes cuya solución fortalecería
y multiplicaría los cimientos de nuestra economía.
Uno de los pendientes es la reforma del Estado, esa que, hasta
el momento, se ha limitado, al nivel de propuesta, a modificar
algunos artículos de la Constitución para adecuarlos
a los nuevos tiempos (¿llegarán también
a ser mejores?) sin plantear la pregunta de fondo: Estado,
¿para qué? Y mientras no la planteemos, y no
la respondamos correctamente, seguiremos padeciendo un Estado
excesivo y defectuoso, solicitado por unos (los beneficiarios
de los privilegios obtenidos) y acusado por otros (los perjudicados
de las coerciones impuestas).
II.
Cambios
Mucho ha cambiado en los últimos años. Comparemos
lo que es hoy la economía con lo que era hace diez
años, antes de los cambios estructurales del salinismo.
Recordemos lo que era la vida política de este país
al final de la década de los ochenta del siglo pasado,
antes del inicio de la alternancia en el poder público,
con lo que es hoy, después del 2 de julio del 2000.
Mucho es lo que falta, y ello puede llevarnos a la conclusión
(a la que ya muchos llegaron) de que el cambio ha sido algo
entre el engaño y el fracaso. ¿Será?
¿Dónde estaría hoy la economía
si, por ejemplo, los mercados nacionales siguieran cerrados
a la competencia de las importaciones? ¿Si Teléfonos
de México fuera todavía una empresa gubernamental?
¿Si la banca comercial siguiera en las manos monopólicas
del gobierno? ¿O si el Banco de México no fuera
autónomo? En materia de economía la mayoría
de los cambios se han dado en el sentido correcto. Entonces,
¿qué ha faltado? En primer lugar, ampliarlos
y profundizarlos (falta mucho por hacer). En segundo término,
complementarlos con los cambios pendientes (fiscal, energético,
laboral) todo lo cual fortalecería y multiplicaría
los cimientos económicos del país.
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III.
Todo igual
Los cambios no se pueden negar, tampoco las permanencias,
entre las cuales destaca, ¡como una de las más
arraigadas!, el ciudadano peticionario y el Estado otorgante.
El ciudadano peticionario de privilegios estatales; el Estado
otorgante de apoyos, protecciones, subsidios y concesiones
monopólicas. En esto de las peticiones ciudadanas,
y de los otorgamientos estatales, todo sigue igual, y botón
de muestra son, en primer lugar, el Programa Nacional de Competitividad
y, en segundo término, el Blindaje Agroalimentario,
políticas públicas por medio de las cuales el
Estado otorgará una serie de privilegios a favor de
algunos sectores industriales, considerados estratégicos
(automotriz; agroindustria; electrónica; software;
textil y confección; químicos; construcción;
turismo; comercio; cuero y calzado), y de algunos agroproductores
incapaces de enfrentar la competencia del exterior (en los
sectores de granos; oleaginosas; pecuario; avícola;
porcícola; bovino y lácteos). En esta relación,
entre el ciudadano peticionario y el Estado otorgante, todo
sigue igual, muestra de lo mucho que falta por cambiar.
IV. Medios abusivos
¿Qué pretenden industriales y agroproductores,
los peticionarios de este caso? Que el Estado los subsidie.
La meta, conseguir el crecimiento y desarrollo de la industria
y el campo, resulta inobjetable, no así el medio, que
no es otro más el subsidio. Suponga que cualquier día
de estos llaman a su puerta, abre, y se encuentra con un representante
de (solamente por mencionar alguna) la industria automotriz
nacional, quien le explica que ha ido a pedirle un donativo
(que es sinónimo de subvención, que a su vez
lo es de subsidio), en apoyo de esa industria que, por las
razones que fueran, atraviesa por un mal momento. ¿Qué
haría? ¿No le negaría el donativo y le
diría que, más que buscar su apoyo como donante,
se gane su favor como consumidor, ofreciéndole coches
a buen precio, buena calidad y buen servicio?
¿Por qué los representantes de los industriales
y agroproductores no hacen lo que hace el pedigüeño
del ejemplo? Porque saben que la respuesta de la gran mayoría
sería un rotundo no. Entonces, abusivos, recurren al
Estado para que éste, usando su fuerza, les eche una
mano. ¿Cómo? Cobrando impuestos (a cuyo pago
el contribuyente no se puede negar) y utilizando parte de
los mismos, no para que garantice la seguridad, imparta justicia,
y ofrezca los bienes y servicios públicos, sino para
subsidiarlos. ¿Qué tenemos? En primer lugar,
un Estado que nos obliga a hacer algo que, voluntariamente,
no haríamos, y a hacerlo NO a favor de la seguridad,
la justicia, y los bienes y servicios públicos (a cuyo
financiamiento sí estamos obligados), sino a favor
de determinados industriales y agroproductores. En segundo
término, la violación del derecho de propiedad
sobre nuestros ingresos y patrimonio, parte de los cuales,
por la vía del cobro de impuestos, se destinan, no
al financiamiento de las legítimas funciones del Estado,
sino al apoyo de determinados grupos, los ciudadanos peticionarios,
a quienes el Estado otorgante responde generosamente, haciendo
caravana con sombrero ajeno, es decir, con los impuestos del
contribuyente.
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V.
¿Y la legitimidad?
Lo anterior plantea, en primer lugar, la pregunta por la legitimidad
de un Estado cuyas acciones no son neutrales: cada privilegio
(apoyo, protección, subsidio, concesión monopólica)
que otorga a favor de alguien es una coerción que impone
en contra de alguien más, por lo general consumidores
o contribuyentes. Un buen principio de gobierno es que las
acciones del Estado deben ser neutras, siendo que en México
sucede exactamente lo contrario: en el frente económico
el Estado se ha dedicado a discriminar a favor de algunos
y, necesariamente, en contra de otros.
Por ejemplo: si el Estado impone un arancel a la importación
de mercancías su precio aumenta, se les resta competitividad
frente a la producción nacional, se beneficia a los
productores nacionales, pero se perjudica a los consumidores,
quienes pagan un precio mayor del que pagarían si no
se hubiera impuesto el arancel. Al beneficiar a los productores
se perjudica a los consumidores, lo cual nos remite a la pregunta
de marras: ¿dónde queda la legitimidad de un
Estado que, por ayudar a algunos, perjudica a otros?
Otro ejemplo: si el Estado otorga un subsidio a determinado
sector de la actividad económica, éste se beneficiará
de ese trato fiscal especial, beneficio que pagan los contribuyentes
no sujetos de algún tratamiento fiscal particular,
lo cual nos lleva, de nueva cuenta, a la misma pregunta: ¿qué
pasa con la legitimidad de un Estado que, al ayudar a unos,
perjudica a otros?
Los tratos especiales otorgados por el Estado plantean, además
de la multicitada pregunta por la legitimidad, la pregunta
por la otra cara de la moneda: el mercantilismo (los apoyos,
protecciones, subsidios y concesiones monopólicas otorgados
por el Estado) consiste en un conjunto de medidas que se aplican,
por lo general, a favor de los productores. Cito, uno entre
muchos ejemplos posibles, las palabras del secretario de Agricultura,
Javier Usabiaga, en la presentación del Blindaje Agroalimentario:
El propósito es "cumplir con su compromiso (de
Fox) de defender y proteger (ojo con los términos:
defender, proteger; ¿estamos en guerra?) a los productores
(...) Así, con toda la fuerza del Estado (ojo nuevamente
con el término: toda la fuerza del Estado), determinó
que las secretarías de Agricultura, Economía,
Hacienda y de la Reforma Agraria (...) estableciéramos
las medidas máximas posibles para apoyar, fomentar
e impulsar a los agroproductores", y hacerlo por medio
de tratos especiales. ¿Y los agroconsumidores, que
al final de cuentas somos todos, agroproductores incluidos?
VI. Conclusión
El de Fox es un gobierno mercantilista, dispuesto a otorgar
privilegios a favor de determinados sectores de la actividad
económica, por lo general productores considerados,
o estratégicos, o incapaces, privilegios que terminan
pagando, en el corto y mediano plazo, o los consumidores,
o los contribuyentes y, a la larga, los mismos productores,
quienes al amparo de esos apoyos, protecciones, subsidios
y concesiones monopólicas nunca alcanzan la verdadera
competitividad (menores costos, mayor calidad y mejor servicio),
que se logra compitiendo libremente en el mercado por el favor
de los consumidores, no negociando (ciudadanos peticionarios)
con el gobierno (Estado otorgante) esos privilegios, que siempre
implican la imposición de una coerción en contra
de alguien más. ¿El resultado final, del cual
este escrito es una buena muestra? Lo dicho: un Estado excesivo
y defectuoso, solicitado por unos (los beneficiarios de los
privilegios obtenidos) y acusado por otros (los perjudicados
de las coerciones impuestas). Cuánta razón tuvo
Bastiat cuando, ya en el siglo XIX, definió al Estado
como "esa gran ficción a través de la cual
todo el mundo se esfuerza en vivir a expensas de todo el mundo".
Al final de cuentas, en todo gobernado mexicano se esconde
un ciudadano peticionario y en cualquier gobernante un representante
del Estado otorgante.
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