No.168
Septiembre
2002
 

Editorial

La razón de ser de la sociedad es el servicio del hombre y el hombre no puede realizarse plenamente si no sirve a la sociedad. El individualismo es lo contrario a la convivencia en solidaridad. Por ello la libertad no existe para hacer mi antojo, sino para conducirme con responsabilidad y elegir con sabiduría y prudencia los lazos a los cuales quiero atarme, es decir los compromisos que quiero asumir en mi vida, los cuales debo elegir bajo el criterio de los valores más altos y acordes con mi dignidad de ser humano. En otras palabras, el hombre nace libre para aprender a hacerse dueño de sí mismo y siéndolo sea capaz de darse a los otros.

Por ello, por encima de la conveniencia de vivir en sociedad, el hombre debe encontrar en ella las condiciones que impulsen el desarrollo de su libertad, pero con responsabilidad, con respeto de la dignidad y derechos de sus semejantes, mas también con una actitud proactiva, de participar y contribuir al bien común. Los principios rectores que deben orientar a las facultades humanas que hacen al hombre libre y capaz de responsabilidad son la verdad y el bien. La verdad es el objeto natural de la inteligencia, y el bien,  es el objeto natural de la voluntad.

Así las instituciones políticas, económicas, jurídicas y sociales deben facilitar en la sociedad la conducta humana tendiente a hacer vida los conceptos mencionados arriba. La pobreza ancestral de nuestro país, entonces, no es fundamentalmente material, sino espiritual y, por tanto, cultural. Somos ricos por una gran herencia de nuestros antepasados, pero no la hemos hecho nuestra, no hemos sido congruentes con ella, no la hemos puesto a trabajar. Nos hemos dejado llevar por las influencias negativas de la misma y por otras ajenas a ella.

Nos corroe y no permite nuestro despegue como nación la cultura, o más bien la contracultura de la simulación; de la apariencia; de la falta de respeto a la ley; del individualismo egoísta; del paternalismo y su contraparte complementaria de dependencia; la contracultura que nos separa en bandos irreconciliables incapaces de diálogo constructivo, de consensos y de acuerdos.

Necesitamos rectificar, dentro del gobierno y de la sociedad, dentro de los partidos políticos y los organismos intermedios; en la empresa y en la academia; en la familia; en los medios de comunicación.

Vivamos la libertad que nos da la nueva democracia que nos hemos dado, para conquistar más libertad y más democracia, pero con madurez,  con responsabilidad social, con compromiso por el bien común. Revisemos nuestra herencia cultural, vivamos con coherencia  sus valores, construyamos y reforcemos nuevos valores e instituciones. Invirtamos nuestros talentos, muchos o pocos en bien de nuestra nación, viendo hacia el futuro. La cultura del nuevo siglo, será mejor o peor, dependiendo de nuestra conducta diaria, dependiendo si la ajustamos a nuestro ideal, si lo cultivamos en el día a día, o lo perdemos en la rutina, en la desilusión o la desesperanza. Sin duda, es mejor vivir en positivo. El debate principal es bajo que creencias queremos proseguir nuestra existencia como nación. Si sólo concebimos nuestro futuro bajo claves de división, de enfrentamiento,  de estancamiento y  desperdicio de lo que hemos recibido o si creeremos que somos capaces de grandes cosas juntos y para el bien de todos.

Lic. Jorge Espina Reyes
Presidente Nacional