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Editorial
La
razón de ser de la sociedad es el servicio del hombre y el
hombre no puede realizarse plenamente si no sirve a la sociedad.
El individualismo es lo contrario a la convivencia en solidaridad.
Por ello la libertad no existe para hacer mi antojo, sino
para conducirme con responsabilidad y elegir con sabiduría
y prudencia los lazos a los cuales quiero atarme, es decir
los compromisos que quiero asumir en mi vida, los cuales debo
elegir bajo el criterio de los valores más altos y acordes
con mi dignidad de ser humano. En otras palabras, el hombre
nace libre para aprender a hacerse dueño de sí mismo y siéndolo
sea capaz de darse a los otros.
Por
ello, por encima de la conveniencia de vivir en sociedad,
el hombre debe encontrar en ella las condiciones que impulsen
el desarrollo de su libertad, pero con responsabilidad, con
respeto de la dignidad y derechos de sus semejantes, mas también
con una actitud proactiva, de participar y contribuir al bien
común. Los principios rectores que deben orientar a las facultades
humanas que hacen al hombre libre y capaz de responsabilidad
son la verdad y el bien. La verdad es el objeto natural de
la inteligencia, y el bien, es el objeto natural de la voluntad.
Así
las instituciones políticas, económicas, jurídicas y sociales
deben facilitar en la sociedad la conducta humana tendiente
a hacer vida los conceptos mencionados arriba. La pobreza
ancestral de nuestro país, entonces, no es fundamentalmente
material, sino espiritual y, por tanto, cultural. Somos ricos
por una gran herencia de nuestros antepasados, pero no la
hemos hecho nuestra, no hemos sido congruentes con ella, no
la hemos puesto a trabajar. Nos hemos dejado llevar por las
influencias negativas de la misma y por otras ajenas a ella.
Nos
corroe y no permite nuestro despegue como nación la cultura,
o más bien la contracultura de la simulación; de la apariencia;
de la falta de respeto a la ley; del individualismo egoísta;
del paternalismo y su contraparte complementaria de dependencia;
la contracultura que nos separa en bandos irreconciliables
incapaces de diálogo constructivo, de consensos y de acuerdos.
Necesitamos
rectificar, dentro del gobierno y de la sociedad, dentro de
los partidos políticos y los organismos intermedios; en la
empresa y en la academia; en la familia; en los medios de
comunicación.
Vivamos
la libertad que nos da la nueva democracia que nos hemos dado,
para conquistar más libertad y más democracia, pero con madurez, con responsabilidad social, con compromiso por
el bien común. Revisemos nuestra herencia cultural, vivamos
con coherencia sus
valores, construyamos y reforcemos nuevos valores e instituciones.
Invirtamos nuestros talentos, muchos o pocos en bien de nuestra
nación, viendo hacia el futuro. La cultura del nuevo siglo,
será mejor o peor, dependiendo de nuestra conducta diaria,
dependiendo si la ajustamos a nuestro ideal, si lo cultivamos
en el día a día, o lo perdemos en la rutina, en la desilusión
o la desesperanza. Sin duda, es mejor vivir en positivo. El
debate principal es bajo que creencias queremos proseguir
nuestra existencia como nación. Si sólo concebimos nuestro
futuro bajo claves de división, de enfrentamiento,
de estancamiento y
desperdicio de lo que hemos recibido o si creeremos
que somos capaces de grandes cosas juntos y para el bien de
todos.
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