|
Los
empresarios y la paz,
Una lógica para el mundo que viene
Edgar Anguiano Balz
El
pensamiento simplista de que quien no está conmigo automáticamente
está contra mí no debe ganar más espacio. Y para lograrlo
se necesita pagar un precio: la valentía del diálogo que descubre
al otro su verdadera condición frente a la verdad y la paz.
El diálogo es el único precio pagable por el bien de la paz.
I.
Ocuparse del futuro
Esto
puede sonar descabellado cuando tenemos delante un presente
lleno de dificultades. Tarea ingrata porque no falta quien
lo interprete como una evasión imperdonable. Sin embargo como
en todo momento crítico de la historia, hoy tenemos que hacerlo
porque lo que se está jugando en el presente de las próximas
semanas por venir es precisamente el futuro del mundo y por
lo mismo, el de nuestras empresas, nuestras familias y el
de nuestra comunidad.
II.
El mundo después de la guerra
Aunque
mantuve mi esperanza firme hasta el último segundo antes de
que se disparó el primer misil, tengo que mantener un optimismo
moderado. Creo que debemos estar preparados para lo que pueda
ocurrir.
El
1º de enero de 1939 la humanidad no estaba completamente consciente
de que ese año el mapa y la configuración del mundo como hasta
entonces se había conocido habrían de cambiar de manera radical.
Yalta no era todavía algo siquiera imaginable: un mundo
dividido en bloques y separado por muros físicos y mentales
así como el comienzo de la guerra fría y la era nuclear.
La
Modernidad -nacida remotamente en el Renacimiento y consolidada
después durante el pensamiento iluminado y la revolución industrial
-quedaría reducida a cenizas para el verano de 1945 apenas
unos 6 años después. Mil novecientos cuarenta y cinco fue
la noche final del Renacimiento y el alba de la Post-Modernidad
Iluminada.
Seis
años le tomó a la humanidad de entonces acabar con un mundo
centenario de concepciones, construcciones e ideas. La Post-Modernidad
hacía su arribo emergiendo de los escombros nucleares y de
imperios que deberían haber durado muchos años.
Medio
siglo después a tan sólo 50 años de experiencias aterradoras,
la humanidad se coloca nuevamente en el «umbral de la desesperanza»
por la amenaza de la guerra cuya modalidad, tiempo intensidad y efectos
nos son por ahora poco conocidos.
Las
nuevas condiciones globales de la humanidad hacen que todo
–causas y efectos de cualquier acción- puedan potenciarse
a escala planetaria. Hasta el momento no tenemos ninguna forma
de control sobre el aire ni las aguas del planeta.
Quien
piense en una victoria militar, económica, cultural y política
segura y completa luego de la toma de Bagdad, puede estar
errando peligrosamente el blanco.
En
grandes sectores del Islam
-los más pobres y los más en número, aunque también
algunos cultos y occidentalizados-
la lectura del acontecimiento muy probablemente no se dará
en clave geopolítica sino geo-religiosa.
Las ideas han demostrado que pueden ser más poderosas que
los misiles.
En
esta lectura todas las posibilidades caben sin excluir alguna.
El mundo está ahora alineándose en relación con un poder unipolar.
En semanas podemos desconstruir lo que nos ha llevado décadas.
De
alguna manera al igual que en 1939, el 11 de septiembre de
2001 el mundo tal y como hasta ese día lo conocimos, inevitablemente
cambió.
Ya
tenemos los primeros cambios y reacomodos de fuerzas en el
mundo surgido de la posguerra. El orden internacional está
fracturado en nuevas alianzas y bloques. China prepara su
momento y espera agazapada.
Por
otros motivos la sociedad global de la información y del conocimiento
está siendo un ingrediente acelerador en este nuevo cambio
internacional pues con la internet
también cambió –entre otras muchas cosas- el concepto de fronteras
En
la red no hay gobierno, autoridad ni control. Las nuevas comunidades
en red no conocen más gobierno que ellas mismas y superan
diferencias de lenguas, lugares, ideas locales y usos horarios.
Además,
los flujos migratorios del mundo no conocen precedentes en
la historia humana. Existen condiciones mundiales para que
el conflicto que está por venir se extienda mucho más allá
de las fronteras físicas de los estados que entren directamente
en el combate.
Ese
«mundo en movimiento y sin control» puede fácilmente incubar
la semilla de nuevas formas tanto de resistencia como de violencia:
los pueblos no están respaldando ni compartiendo la visión
de sus líderes formales. La crisis está poniendo de relieve
la enorme distancia que existe entre muchos de ellos y sus
pueblos. Un mundo nuevo está emergiendo lejos de los tradicionales
centros de decisión y poder de la segunda mitad del siglo
pasado. Un nuevo tipo de comunidad mundial está apareciendo
en la internet.
Los
atentados contra el WTC en Nueva York sólo vinieron a añadir
más peso a la débil infraestructura del «orden internacional»
salido de la Segunda Guerra Mundial y quizá vengan a ser el
punto final al mundo surgido de Yalta y del acuerdo que creó en la post-guerra «las Naciones
Unidas». Esperemos que algo suceda y esto finalmente no ocurra.
Pero...
La
historia nos enseña que lo que rige finalmente al mundo no
es «el alcance de los cañones» sino el «poder de las ideas».
Frente a una idea no hay poder bélico que resista. Son las
ideas las que lo rigen. Roma que de alguna manera nació como
imperio a partir de una idea finalmente se derrumbó por otra.
De
manera un tanto coloquial podríamos decir
«dame una idea y moveré al mundo».
Eso
lo saben bien los fundadores de las grandes religiones y en
escala menor, los líderes políticos y culturales de cada sociedad
o nación.
El
mundo después de esta posible guerra jamás será igual y de
hecho ya no ha sido igual desde el 11 de septiembre del 2001.
Sin
embargo, de quienes creemos en el poder de las ideas y en
el poder de la paz va a depender la diferencia entre el mundo
que queremos y el mundo que no queremos.
El
punto decisivo está en «qué idea» pueda proporcionar más y
mejores respuestas a los interrogantes que angustian y ofuscan
a la humanidad en este momento y cuya consistencia pueda sobrevivir
a la dura prueba del tiempo.
Esa
o esas ideas serán las que puedan mover al mundo en adelante.
Y esa respuesta la encontraremos quizá en algo muy fundamental:
en aquélla idea que sea «más universal» porque reflejará más
contenido de verdad. Ésa será la idea que mueva el mundo hacia
la paz.
Quien
se encuentra poseído por la verdad está realmente poseído
por la paz. Ese ser humano está en condiciones para edificar
algo que perdure porque de su mente y de su corazón brotan
pensamientos, actitudes y deseos incluyentes y universales
de los que devienen acciones para la justicia -que es el otro
nombre de la virtud- y naturalmente la paz.
Ése
ser humano o grupo de seres humanos están en posición para
aportar respuestas a las cuestiones más profundas, abarcativas
y permanentes de la existencia humana. Ellos y no otros contribuirán
sin duda a la sobrevivencia de un
mundo asegurado por la paz.
III.
Tres ejes para un mundo unipolar
Para
disponerse a edificar el mundo después de esta guerra podríamos
echar mano de tres ideas muy universales que a modo de «ejes»
transversales podrán influir de manera decisiva en la construcción
de ese mundo que queremos evitando el que no queremos: la
verdad, la paz y la virtud.
IV.
La fuerza de la verdad
Mientras
más universal es una idea, más aberturas por las que transita
su luz al exterior. Más campos puede tocar.
Mientras
más universal es una idea mayor número de respuestas puede
proporcionar. Mientras más campos toque mayor es su capacidad
para iluminar. Una relación tan simple como la que puede haber
entre la capacidad de luz en una vela y la del sol.
Mientras
más respuestas puede proporcionar más densa es su capacidad
de verdad, como la relación entre la vela y el sol.
Y
mientras más abierta y capaz de dar verdad mayor capacidad
para entender, dialogar, reflexionar, incluir, unir, esperar,
tolerar y edificar.
La
violencia excluye la verdad. Y la verdad finalmente excluye
la violencia y sus sinónimos: la mentira, el control, el dominio
y la opresión.
Quien
sirve a la verdad es capaz de sostener por largo tiempo la
tensión entre contrarios hasta que ambos de manera conjunta
sometan mutuamente su entendimiento y su voluntad al descubrimiento
de las respuestas que les brinda esa verdad para hallar lo
que más une y evitar lo que más separa.
La
violencia es incapaz de sostener la tensión entre contrarios:
opta por uno y elimina al otro. Siempre es excluyente.
Por
eso el corazón y el entendimiento humano una vez que encuentran
la verdad, rinden sus fuerzas a ella donde quiera que se le
manifieste. En consecuencia, se deja tomar por su fuerza y
descansa en paz: la búsqueda ha terminado.
En
una coyuntura bélica donde el mundo está dividiéndose cada
vez más peligrosamente puede ser un extraordinario momento
para hacernos la pregunta por la verdad y construir puentes
entre adversarios para que superen las discordias y puedan
alcanzar la paz.
La
verdad se encuentra en la interioridad profunda de los seres
humanos, en la búsqueda acumulada de la humanidad en su esfuerzo
por conocerla a través de los siglos y que trata de entender
y explicar metódicamente esa «interioridad» así como en todos
los esfuerzos por convertirla en norma de conducta individual
y social para el bien común. Es tiempo de echar un vistazo
a todo eso y encontrar su utilidad.
Finalmente,
la verdad produce la paz. El ser humano está hecho para la
verdad y al encontrarla descansa confiadamente en ella: la
búsqueda de sus íntimas respuestas ha concluido. Pero la paz
no es solamente una posesión es también una capacidad, una
fuerza, un poder.
V.
La fuerza de la paz
Sí,
el poder y la fuerza de la paz.
La
paz está en el alma de la verdad. Como todo pensamiento utópico
despierta el encanto del mundo ideal posible y deseable, razonablemente
estable y feliz.
Eso
lo hace ya inicialmente realizable y verdadero, y que a su
vez despierta energías insospechadas en quien lo cree y se
confía. Esas energías que están en las más profundas reservas
de bien y de bondad que hay en todo corazón humano, por más
retorcido que pueda encontrarse por el conflicto.
El
odio empuja al otro del mundo y de mi mundo; excluye el suyo
del mío y el mío del suyo. El odio siempre miente. La paz
excluye toda forma de mentira, busca la verdad y se alegra
con ella.
Una
mirada de paz no deja indiferente al que la recibe. Rompe
el paradigma del conflicto y abre la rendija para suponer
que «otra forma» de hacer las cosas es siempre posible porque
súbitamente cree y confía en el otro y le dice que «mi mundo»
está incompleto sin él y que el suyo lo está sin mí. Sólo
a partir de «dos» que se reconocen y se conceden mutuamente
el derecho a vivir podemos hablar de «mundo».
La
paz es efectivamente una fuerza. Porque proporciona la capacidad
para avanzar frente al adversario con la certeza de que puede
haber un espacio diferente al conflicto y que el mundo no
puede estar completo si no se construye con él.
Pero
la paz implica también tácitamente la posibilidad del perdón.
Es así como se infunde y adquiere el respeto y se tienden
los puentes hacia la reconciliación que conduce a una decisión
fundamental: la vida debe prevalecer.
Sin
vida, ni acuerdos ni pactos tienen sentido. No puede haber
«mundo» sin respeto por la vida. Porque el mundo finalmente
es el resultado de todos nuestros acuerdos culturales, sociales,
políticos y religiosos a favor de la vida. El «anti-mundo» lo constituyen todos nuestros desacuerdos en torno
a la vida, que no son si los «acuerdos a favor de la muerte»
y de la eliminación del otro del espacio de la vida en cualquiera
de sus formas.
El
mundo entonces resulta de la paz y de nuestros acuerdos a
favor de la vida. Así ratificamos nuestro repudio instintivo
por la destrucción, el dolor físico y psicológico, el sufrimiento
moral y la muerte. Ello no puede ser sólo para algunos y por
un tiempo, debe ser para todos todo el tiempo.
Por
ello, la paz es un poder muy audaz. En la paz se debe ser
audaz. El riesgo brota de la confianza de que ella es juntamente
con la vida una condición esencial para construir un mundo
libre, próspero y solidario.
Esto
sin duda requiere de una «alma grande». No es casualidad que
ése fuera el sobrenombre de Gandhi:
el Mahatma.
La
guerra no tiene por qué seguir siendo el factor definitorio
del mapa del mundo. Tampoco podemos continuar cediendo a la
idea simple y primitiva de que el globo terráqueo se divide
tajantemente en «amigos y enemigos», en «buenos y malos».
El
mundo está compuesto por quienes están conmigo y por quienes
no lo están o están en mi contra; por quienes comparten mis
ideas como por quienes incluso las combaten.
El
pensamiento simplista de que quien no está conmigo automáticamente
está contra mí no debe ganar más espacio. Y para lograrlo
se necesita pagar un precio: la valentía del diálogo que descubre
al otro su verdadera condición frente a la verdad y la paz.
El diálogo es el único precio pagable por el bien de la paz.
Esta
puede ser la nueva lógica del mundo que está por surgir en
medio de estas asonadas de conflicto. Y los empresarios tienen
algo importante que hacer en él.
VI.
La fuerza de la virtud
Pero
la paz se realiza a través de la virtud. La virtud es la realización
concreta de la paz en la convivencia humana. En el Mundo no
habrá paz si no hay actos de virtud.
La
verdad es la fuente de la virtud y de todas las virtudes.
La virtud es la fuerza de la verdad puesta en práctica a través
de los actos humanos virtuosos y por lo mismo, justos. Porque
concretan la «medida
exacta del bien que corresponde» en una acción, una situación,
una persona, un grupo o una sociedad entera.
Quien
está en la virtud está por consiguiente en la paz porque se
encuentra en posesión de la verdad. La verdad nos proporciona
la paz: es la posesión de lo que no se tenía y se ha finalmente
encontrado. Entonces la virtud construye en el mundo la verdad
como justicia. La justicia es también el otro nombre de la
virtud y de la paz.
Así
llegamos a ser realmente libres porque la libertad es el fruto
de la verdad, la virtud, la justicia y la paz y, al mismo
tiempo paradójicamente, una condición indispensable para alcanzarlas
de vuelta.
Un
mundo verdaderamente libre es uno que puede ser edificado
sobre la verdad, la paz y la virtud como ejes fundamentales
de un nuevo «acuerdo mundial».
Un
«mundo justo» no puede ser sino el resultado de un «orden
virtuoso» en las sociedades que lo integran. La virtud es
la concreción de la justicia. El ser humano virtuoso es el
justo y que por consecuencia practica la justicia. Y quien
la practica, siembra en sus actos verdad y paz.
Optar
por la paz implica optar por la verdad y ponerla en práctica
por medio de la virtud que conduce a quien la practica a la
experiencia de la paz.
Esta
es la lógica que el mundo necesita en esta coyuntura bélica
para poder responder a las amenazas de la guerra o de cualquier
otro tipo de violencia que amenace en el horizonte: la verdad
es la fuerza de la paz y la única que puede mover a la confianza,
crear las condiciones para el encuentro, el diálogo, el entendimiento
y lo más importante: la reconciliación.
Sí,
la virtud es la capacidad de la verdad edificando la paz y
produciendo libertad.
Este
puede ser el sendero que nos conduzca al mundo que queremos
evitando el que no queremos para verlo libre de muchas formas
de violencia y conflictos no resueltos y una manera más eficaz
para edificar una nueva «seguridad mundial». El «mundo seguro»
será el "mundo virtuoso".
VII.
Los empresarios y la paz
¿Tienen
los empresarios y la empresa que aportar algo a la causa de
la paz en esta hora del mundo y del país?
Mi
respuesta a esta pregunta es un rotundo «sí»: los empresarios
tienen una tarea irrenunciable a favor de la paz en esta hora
del país y del mundo. No sólo como individuos sino como miembros
de sus comunidades empresariales. Y esa tarea se traduce en
«construir empresa» y «construir comunidad».
Son
las dos caras de la misma responsabilidad. El país y el mundo
han llegado a un punto en el que las acciones más insignificantes
inscriben sus consecuencias en un marco de planetariedad
sea ésta nacional o internacional.
VIII.
Construir empresa
El
país necesita «empresas construidas» ni más ni menos que sobre
los ejes centrales de la verdad, la paz y la virtud.
La
paz supone el autogobierno interior a partir de la verdad
y la virtud. Esto es sinónimo de la «vida éticamente justa»
que siempre va más allá de lo «meramente posible».
Sin
verdad ni virtud no hay ética. La ética es la síntesis de
las dos y forma juntamente con la paz «el alma» de la empresa.
Sin «alma» la empresa «no sirve», es decir, pierde su vocación
de servicio que es remontarse «más allá de las cosas y los
servicios...», de su estricta finalidad económica y de lucro
a la que legítimamente tiene derecho a aspirar por naturaleza.
Por
eso la empresa debe tener este «autogobierno interior» para
construir sobre la base del servicio su relación exterior
con la comunidad. Este es una importante responsabilidad del
empresario y de su empresa en esta hora del país y del mundo.
Sin
verdad y virtud -como hemos dicho- no puede haber servicio
en el sentido profundo del alma. Sin sentido de servicio,
sin ética en el alma, la empresa se corrompe y se pervierte:
se reduce a la estricta finalidad mercantil y económica de
la ganancia sin importar el precio. Sólo cuentan las cosas.
Si
olvida su «alma» las personas que están dentro de ella también
la olvidarán. Si no sólo la olvida sino también la pierde,
perderá también a todas las personas que tiene dentro y el
lucro se volverá finalmente su propia condena: el oro será
su ser.
Por
tanto, sin valores más allá de lo económico, una empresa irremediablemente
se perderá. Y si las empresas se pierden, las comunidades
y las sociedades en las que ellas están se pierden también.
Esto
fue lo que entre otras cosas generó la gran crisis de las
corporaciones que han caído recientemente en Estados Unidos
y es la crisis de algunas grandes empresas en México.
Necesitamos
pues «construir empresas» sobre un orden de verdad y de virtud
aptas para el aporte de la paz. Sirviendo y promoviendo con
sus productos y servicios a la construcción de un orden social
verdaderamente justo.
IX.
Construir comunidad
En
este sentido las comunidades dependen también de la «capacidad
de alma» de sus empresas.
La
empresa es aún sin proponérselo expresamente «formadora de
personas». Si las personas moldean las empresas también es
cierto que las empresas «moldean a las personas». Y esas personas
viven, descansan, se divierten, aprenden, aman y construyen
sus futuros con otros en una comunidad nunca fuera de ella.
La
empresa es una escuela para ser persona en el trabajo pero
también para serlo en la vida: ella enseña cómo vivir al enseñar
cómo trabajar. Y los valores del trabajo pasarán finalmente
a la vida fuera de los muros físicos de la empresa. Los modos
de ser, pensar y actuar irán a parar finalmente a la familia
y también a la comunidad. Si las empresas son lo que en buena
medida es su comunidad, también es cierto que una comunidad
es también el resultado de sus empresas.
Por
eso, al construir empresa se construye también comunidad.
Y cuando se crea «alma y virtud» en la empresa también se
comunican a la comunidad.
Por
eso los empresarios como líderes responsables del grupo humano
que conducen en su empresa, tienen una responsabilidad directa
sobre el «alma» de una comunidad. Un empresario debe rendir
cuentas, al menos a su conciencia, sobre el ejercicio de esta
capacidad.
Y
en la coyuntura que viven el país y el mundo desde el punto
de vista del empresario y de la empresa sólo siendo más virtuosamente
productivos y responsables podremos contribuir substancialmente
a la edificación de un mundo más estable, próspero, con menos
pobreza y por ello con una mayor dosis de paz.
X.
Conclusión
Inspiremos
la vida laboral de nuestras empresas con la verdad, la virtud
y la paz. Construyamos con ellas empresa y comunidad. Este
es un camino concreto para alcanzar un mundo más seguro. Sólo
en la dignidad irrevocable de todo ser humano, en la justicia,
el derecho, la libertad y la solidaridad se puede fincar el
verdadero principio de seguridad. «El mundo seguro» y «éticamente
próspero» es el «mundo virtuoso». Fuera de sus fronteras están
solamente la barbarie y el caos; es decir, el mundo que no
queremos.
No
es tiempo para la frustración, la desesperanza y el desaliento.
Es tiempo de jugarse todo por el futuro de nuestras empresas,
nuestras familias y el de nuestra comunidad. Revitalicemos
la confianza en el alma de la comunidad.
Los
empresarios y las empresas tienen algo que aportar en un mundo
que está olvidando y perdiendo su alma.
La
comunidad del futuro tanto como el futuro de toda comunidad
están intrínsecamente ligados a nuestra capacidad de sortear
y salir airosos de esta coyuntura nacional y mundial sostenidos
por estos ejes para el desarrollo nacional.
|