Revista Entorno

Abril 2003

 

Los empresarios y la paz,
Una lógica para el mundo que viene

Edgar Anguiano Balz


El pensamiento simplista de que quien no está conmigo automáticamente está contra mí no debe ganar más espacio. Y para lograrlo se necesita pagar un precio: la valentía del diálogo que descubre al otro su verdadera condición frente a la verdad y la paz. El diálogo es el único precio pagable por el bien de la paz.

 

 

I. Ocuparse del futuro

Esto puede sonar descabellado cuando tenemos delante un presente lleno de dificultades. Tarea ingrata porque no falta quien lo interprete como una evasión imperdonable. Sin embargo como en todo momento crítico de la historia, hoy tenemos que hacerlo porque lo que se está jugando en el presente de las próximas semanas por venir es precisamente el futuro del mundo y por lo mismo, el de nuestras empresas, nuestras familias y el de nuestra comunidad.

 

II. El mundo después de la guerra

Aunque mantuve mi esperanza firme hasta el último segundo antes de que se disparó el primer misil, tengo que mantener un optimismo moderado. Creo que debemos estar preparados para lo que pueda ocurrir.

 

El 1º de enero de 1939 la humanidad no estaba completamente consciente de que ese año el mapa y la configuración del mundo como hasta entonces se había conocido habrían de cambiar de manera radical.

 

Yalta no era todavía algo siquiera imaginable: un mundo dividido en bloques y separado por muros físicos y mentales así como el comienzo de la guerra fría y la era nuclear.

 

La Modernidad -nacida remotamente en el Renacimiento y consolidada después durante el pensamiento iluminado y la revolución industrial -quedaría reducida a cenizas para el verano de 1945 apenas unos 6 años después. Mil novecientos cuarenta y cinco fue la noche final del Renacimiento y el alba de la Post-Modernidad Iluminada.

 

Seis años le tomó a la humanidad de entonces acabar con un mundo centenario de concepciones, construcciones e ideas. La Post-Modernidad hacía su arribo emergiendo de los escombros nucleares y de imperios que deberían haber durado muchos años.

 

Medio siglo después a tan sólo 50 años de experiencias aterradoras, la humanidad se coloca nuevamente en el «umbral de la desesperanza» por la amenaza de la  guerra cuya modalidad, tiempo intensidad y efectos nos son por ahora poco conocidos.

 

Las nuevas condiciones globales de la humanidad hacen que todo –causas y efectos de cualquier acción- puedan potenciarse a escala planetaria. Hasta el momento no tenemos ninguna forma de control sobre el aire ni las aguas del planeta.

 

Quien piense en una victoria militar, económica, cultural y política segura y completa luego de la toma de Bagdad, puede estar errando peligrosamente el blanco.

 

En grandes sectores del Islam   -los más pobres y los más en número, aunque también algunos cultos y occidentalizados- la lectura del acontecimiento muy probablemente no se dará en clave geopolítica sino geo-religiosa. Las ideas han demostrado que pueden ser más poderosas que los misiles.

 

En esta lectura todas las posibilidades caben sin excluir alguna. El mundo está ahora alineándose en relación con un poder unipolar. En semanas podemos desconstruir lo que nos ha llevado décadas.

 

De alguna manera al igual que en 1939, el 11 de septiembre de 2001 el mundo tal y como hasta ese día lo conocimos, inevitablemente cambió.

 

Ya tenemos los primeros cambios y reacomodos de fuerzas en el mundo surgido de la posguerra. El orden internacional está fracturado en nuevas alianzas y bloques. China prepara su momento y espera agazapada.

 

Por otros motivos la sociedad global de la información y del conocimiento está siendo un ingrediente acelerador en este nuevo cambio internacional pues con la internet también cambió –entre otras muchas cosas- el concepto de fronteras

 

En la red no hay gobierno, autoridad ni control. Las nuevas comunidades en red no conocen más gobierno que ellas mismas y superan diferencias de lenguas, lugares, ideas locales y usos horarios.

 

Además, los flujos migratorios del mundo no conocen precedentes en la historia humana. Existen condiciones mundiales para que el conflicto que está por venir se extienda mucho más allá de las fronteras físicas de los estados que entren directamente en el combate.

 

Ese «mundo en movimiento y sin control» puede fácilmente incubar la semilla de nuevas formas tanto de resistencia como de violencia: los pueblos no están respaldando ni compartiendo la visión de sus líderes formales. La crisis está poniendo de relieve la enorme distancia que existe entre muchos de ellos y sus pueblos. Un mundo nuevo está emergiendo lejos de los tradicionales centros de decisión y poder de la segunda mitad del siglo pasado. Un nuevo tipo de comunidad mundial está apareciendo en la internet.

 

Los atentados contra el WTC en Nueva York sólo vinieron a añadir más peso a la débil infraestructura del «orden internacional» salido de la Segunda Guerra Mundial y quizá vengan a ser el punto final al mundo surgido de Yalta y del acuerdo que creó en la post-guerra «las Naciones Unidas». Esperemos que algo suceda y esto finalmente no ocurra. Pero...

 

La historia nos enseña que lo que rige finalmente al mundo no es «el alcance de los cañones» sino el «poder de las ideas». Frente a una idea no hay poder bélico que resista. Son las ideas las que lo rigen. Roma que de alguna manera nació como imperio a partir de una idea finalmente se derrumbó por otra.

 

De manera un tanto coloquial podríamos decir  «dame una idea y moveré al mundo».

 

Eso lo saben bien los fundadores de las grandes religiones y en escala menor, los líderes políticos y culturales de cada sociedad o nación.

 

El mundo después de esta posible guerra jamás será igual y de hecho ya no ha sido igual desde el 11 de septiembre del 2001.

 

Sin embargo, de quienes creemos en el poder de las ideas y en el poder de la paz va a depender la diferencia entre el mundo que queremos y el mundo que no queremos.

 

El punto decisivo está en «qué idea» pueda proporcionar más y mejores respuestas a los interrogantes que angustian y ofuscan a la humanidad en este momento y cuya consistencia pueda sobrevivir a la dura prueba del tiempo.

 

Esa o esas ideas serán las que puedan mover al mundo en adelante. Y esa respuesta la encontraremos quizá en algo muy fundamental: en aquélla idea que sea «más universal» porque reflejará más contenido de verdad. Ésa será la idea que mueva el mundo hacia la paz.

 

Quien se encuentra poseído por la verdad está realmente poseído por la paz. Ese ser humano está en condiciones para edificar algo que perdure porque de su mente y de su corazón brotan pensamientos, actitudes y deseos incluyentes y universales de los que devienen acciones para la justicia -que es el otro nombre de la virtud- y naturalmente la paz.

 

Ése ser humano o grupo de seres humanos están en posición para aportar respuestas a las cuestiones más profundas, abarcativas y permanentes de la existencia humana. Ellos y no otros contribuirán sin duda a la sobrevivencia de un mundo asegurado por la paz.

 

III. Tres ejes para un mundo unipolar

Para disponerse a edificar el mundo después de esta guerra podríamos echar mano de tres ideas muy universales que a modo de «ejes» transversales podrán influir de manera decisiva en la construcción de ese mundo que queremos evitando el que no queremos: la verdad, la paz y la virtud.

 

IV. La fuerza de la verdad

Mientras más universal es una idea, más aberturas por las que transita su luz al exterior. Más campos puede tocar.

 

Mientras más universal es una idea mayor número de respuestas puede proporcionar. Mientras más campos toque mayor es su capacidad para iluminar. Una relación tan simple como la que puede haber entre la capacidad de luz en una vela y la del sol.

 

Mientras más respuestas puede proporcionar más densa es su capacidad de verdad, como la relación entre la vela y el sol.

 

Y mientras más abierta y capaz de dar verdad mayor capacidad para entender, dialogar, reflexionar, incluir, unir, esperar, tolerar y edificar.

 

La violencia excluye la verdad. Y la verdad finalmente excluye la violencia y sus sinónimos: la mentira, el control, el dominio y la opresión.

 

Quien sirve a la verdad es capaz de sostener por largo tiempo la tensión entre contrarios hasta que ambos de manera conjunta sometan mutuamente su entendimiento y su voluntad al descubrimiento de las respuestas que les brinda esa verdad para hallar lo que más une y evitar lo que más separa.

 

La violencia es incapaz de sostener la tensión entre contrarios: opta por uno y elimina al otro. Siempre es excluyente.

 

Por eso el corazón y el entendimiento humano una vez que encuentran la verdad, rinden sus fuerzas a ella donde quiera que se le manifieste. En consecuencia, se deja tomar por su fuerza y descansa en paz: la búsqueda ha terminado.

 

En una coyuntura bélica donde el mundo está dividiéndose cada vez más peligrosamente puede ser un extraordinario momento para hacernos la pregunta por la verdad y construir puentes entre adversarios para que superen las discordias y puedan alcanzar la paz.

 

La verdad se encuentra en la interioridad profunda de los seres humanos, en la búsqueda acumulada de la humanidad en su esfuerzo por conocerla a través de los siglos y que trata de entender y explicar metódicamente esa «interioridad» así como en todos los esfuerzos por convertirla en norma de conducta individual y social para el bien común. Es tiempo de echar un vistazo a todo eso y encontrar su utilidad.

 

Finalmente, la verdad produce la paz. El ser humano está hecho para la verdad y al encontrarla descansa confiadamente en ella: la búsqueda de sus íntimas respuestas ha concluido. Pero la paz no es solamente una posesión es también una capacidad, una fuerza, un poder.

 

V. La fuerza de la paz

Sí, el poder y la fuerza de la paz.

 

La paz está en el alma de la verdad. Como todo pensamiento utópico despierta el encanto del mundo ideal posible y deseable, razonablemente estable y feliz.

 

Eso lo hace ya inicialmente realizable y verdadero, y que a su vez despierta energías insospechadas en quien lo cree y se confía. Esas energías que están en las más profundas reservas de bien y de bondad que hay en todo corazón humano, por más retorcido que pueda encontrarse por el conflicto.

 

El odio empuja al otro del mundo y de mi mundo; excluye el suyo del mío y el mío del suyo. El odio siempre miente. La paz excluye toda forma de mentira, busca la verdad y se alegra con ella.

 

Una mirada de paz no deja indiferente al que la recibe. Rompe el paradigma del conflicto y abre la rendija para suponer que «otra forma» de hacer las cosas es siempre posible porque súbitamente cree y confía en el otro y le dice que «mi mundo» está incompleto sin él y que el suyo lo está sin mí. Sólo a partir de «dos» que se reconocen y se conceden mutuamente el derecho a vivir podemos hablar de «mundo».

 

La paz es efectivamente una fuerza. Porque proporciona la capacidad para avanzar frente al adversario con la certeza de que puede haber un espacio diferente al conflicto y que el mundo no puede estar completo si no se construye con él.

 

Pero la paz implica también tácitamente la posibilidad del perdón. Es así como se infunde y adquiere el respeto y se tienden los puentes hacia la reconciliación que conduce a una decisión fundamental: la vida debe prevalecer.

 

Sin vida, ni acuerdos ni pactos tienen sentido. No puede haber «mundo» sin respeto por la vida. Porque el mundo finalmente es el resultado de todos nuestros acuerdos culturales, sociales, políticos y religiosos a favor de la vida. El «anti-mundo» lo constituyen todos nuestros desacuerdos en torno a la vida, que no son si los «acuerdos a favor de la muerte» y de la eliminación del otro del espacio de la vida en cualquiera de sus formas.

 

El mundo entonces resulta de la paz y de nuestros acuerdos a favor de la vida. Así ratificamos nuestro repudio instintivo por la destrucción, el dolor físico y psicológico, el sufrimiento moral y la muerte. Ello no puede ser sólo para algunos y por un tiempo, debe ser para todos todo el tiempo.

 

Por ello, la paz es un poder muy audaz. En la paz se debe ser audaz. El riesgo brota de la confianza de que ella es juntamente con la vida una condición esencial para construir un mundo libre, próspero y solidario.

 

Esto sin duda requiere de una «alma grande». No es casualidad que ése fuera el sobrenombre de Gandhi: el Mahatma.

 

La guerra no tiene por qué seguir siendo el factor definitorio del mapa del mundo. Tampoco podemos continuar cediendo a la idea simple y primitiva de que el globo terráqueo se divide tajantemente en «amigos y enemigos», en «buenos y malos».

 

El mundo está compuesto por quienes están conmigo y por quienes no lo están o están en mi contra; por quienes comparten mis ideas como por quienes incluso las combaten.

 

El pensamiento simplista de que quien no está conmigo automáticamente está contra mí no debe ganar más espacio. Y para lograrlo se necesita pagar un precio: la valentía del diálogo que descubre al otro su verdadera condición frente a la verdad y la paz. El diálogo es el único precio pagable por el bien de la paz.

 

Esta puede ser la nueva lógica del mundo que está por surgir en medio de estas asonadas de conflicto. Y los empresarios tienen algo importante que hacer en él.

 

VI. La fuerza de la virtud

Pero la paz se realiza a través de la virtud. La virtud es la realización concreta de la paz en la convivencia humana. En el Mundo no habrá paz si no hay actos de virtud.

 

La verdad es la fuente de la virtud y de todas las virtudes. La virtud es la fuerza de la verdad puesta en práctica a través de los actos humanos virtuosos y por lo mismo, justos. Porque concretan  la «medida exacta del bien que corresponde» en una acción, una situación, una persona, un grupo o una sociedad entera.

 

Quien está en la virtud está por consiguiente en la paz porque se encuentra en posesión de la verdad. La verdad nos proporciona la paz: es la posesión de lo que no se tenía y se ha finalmente encontrado. Entonces la virtud construye en el mundo la verdad como justicia. La justicia es también el otro nombre de la virtud y de la paz.

 

Así llegamos a ser realmente libres porque la libertad es el fruto de la verdad, la virtud, la justicia y la paz y, al mismo tiempo paradójicamente, una condición indispensable para alcanzarlas de vuelta.

 

Un mundo verdaderamente libre es uno que puede ser edificado sobre la verdad, la paz y la virtud como ejes fundamentales de un nuevo «acuerdo mundial».

 

Un «mundo justo» no puede ser sino el resultado de un «orden virtuoso» en las sociedades que lo integran. La virtud es la concreción de la justicia. El ser humano virtuoso es el justo y que por consecuencia practica la justicia. Y quien la practica, siembra en sus actos verdad y paz.

 

Optar por la paz implica optar por la verdad y ponerla en práctica por medio de la virtud que conduce a quien la practica a la experiencia de la paz.

 

Esta es la lógica que el mundo necesita en esta coyuntura bélica para poder responder a las amenazas de la guerra o de cualquier otro tipo de violencia que amenace en el horizonte: la verdad es la fuerza de la paz y la única que puede mover a la confianza, crear las condiciones para el encuentro, el diálogo, el entendimiento y lo más importante: la reconciliación.

 

Sí, la virtud es la capacidad de la verdad edificando la paz y produciendo libertad.

 

Este puede ser el sendero que nos conduzca al mundo que queremos evitando el que no queremos para verlo libre de muchas formas de violencia y conflictos no resueltos y una manera más eficaz para edificar una nueva «seguridad mundial». El «mundo seguro» será el "mundo virtuoso".

 

VII. Los empresarios y la paz

¿Tienen los empresarios y la empresa que aportar algo a la causa de la paz en esta hora del mundo y del país?

 

Mi respuesta a esta pregunta es un rotundo «sí»: los empresarios tienen una tarea irrenunciable a favor de la paz en esta hora del país y del mundo. No sólo como individuos sino como miembros de sus comunidades empresariales. Y esa tarea se traduce en «construir empresa» y «construir comunidad».

 

Son las dos caras de la misma responsabilidad. El país y el mundo han llegado a un punto en el que las acciones más insignificantes inscriben sus consecuencias en un marco de planetariedad sea ésta nacional o internacional.

 

VIII. Construir empresa

El país necesita «empresas construidas» ni más ni menos que sobre los ejes centrales de la verdad, la paz y la virtud.

 

La paz supone el autogobierno interior a partir de la verdad y la virtud. Esto es sinónimo de la «vida éticamente justa» que siempre va más allá de lo «meramente posible».

 

Sin verdad ni virtud no hay ética. La ética es la síntesis de las dos y forma juntamente con la paz «el alma» de la empresa. Sin «alma» la empresa «no sirve», es decir, pierde su vocación de servicio que es remontarse «más allá de las cosas y los servicios...», de su estricta finalidad económica y de lucro a la que legítimamente tiene derecho a aspirar por naturaleza.

 

Por eso la empresa debe tener este «autogobierno interior» para construir sobre la base del servicio su relación exterior con la comunidad. Este es una importante responsabilidad del empresario y de su empresa en esta hora del país y del mundo.

 

Sin verdad y virtud -como hemos dicho- no puede haber servicio en el sentido profundo del alma. Sin sentido de servicio, sin ética en el alma, la empresa se corrompe y se pervierte: se reduce a la estricta finalidad mercantil y económica de la ganancia sin importar el precio. Sólo cuentan las cosas.

 

Si olvida su «alma» las personas que están dentro de ella también la olvidarán. Si no sólo la olvida sino también la pierde, perderá también a todas las personas que tiene dentro y el lucro se volverá finalmente su propia condena: el oro será su ser.

 

Por tanto, sin valores más allá de lo económico, una empresa irremediablemente se perderá. Y si las empresas se pierden, las comunidades y las sociedades en las que ellas están se pierden también.

 

Esto fue lo que entre otras cosas generó la gran crisis de las corporaciones que han caído recientemente en Estados Unidos y es la crisis de algunas grandes empresas en México.

 

Necesitamos pues «construir empresas» sobre un orden de verdad y de virtud aptas para el aporte de la paz. Sirviendo y promoviendo con sus productos y servicios a la construcción de un orden social verdaderamente justo.

 

 

IX. Construir comunidad

En este sentido las comunidades dependen también de la «capacidad de alma» de sus empresas.

 

La empresa es aún sin proponérselo expresamente «formadora de personas». Si las personas moldean las empresas también es cierto que las empresas «moldean a las personas». Y esas personas viven, descansan, se divierten, aprenden, aman y construyen sus futuros con otros en una comunidad nunca fuera de ella.

 

La empresa es una escuela para ser persona en el trabajo pero también para serlo en la vida: ella enseña cómo vivir al enseñar cómo trabajar. Y los valores del trabajo pasarán finalmente a la vida fuera de los muros físicos de la empresa. Los modos de ser, pensar y actuar irán a parar finalmente a la familia y también a la comunidad. Si las empresas son lo que en buena medida es su comunidad, también es cierto que una comunidad es también el resultado de sus empresas.

 

Por eso, al construir empresa se construye también comunidad. Y cuando se crea «alma y virtud» en la empresa también se comunican a la comunidad.

 

Por eso los empresarios como líderes responsables del grupo humano que conducen en su empresa, tienen una responsabilidad directa sobre el «alma» de una comunidad. Un empresario debe rendir cuentas, al menos a su conciencia, sobre el ejercicio de esta capacidad.

 

Y en la coyuntura que viven el país y el mundo desde el punto de vista del empresario y de la empresa sólo siendo más virtuosamente productivos y responsables podremos contribuir substancialmente a la edificación de un mundo más estable, próspero, con menos pobreza y por ello con una mayor dosis de paz.

 

X. Conclusión

Inspiremos la vida laboral de nuestras empresas con la verdad, la virtud y la paz. Construyamos con ellas empresa y comunidad. Este es un camino concreto para alcanzar un mundo más seguro. Sólo en la dignidad irrevocable de todo ser humano, en la justicia, el derecho, la libertad y la solidaridad se puede fincar el verdadero principio de seguridad. «El mundo seguro» y «éticamente próspero» es el «mundo virtuoso». Fuera de sus fronteras están solamente la barbarie y el caos; es decir, el mundo que no queremos.

 

No es tiempo para la frustración, la desesperanza y el desaliento. Es tiempo de jugarse todo por el futuro de nuestras empresas, nuestras familias y el de nuestra comunidad. Revitalicemos la confianza en el alma de la comunidad.

 

Los empresarios y las empresas tienen algo que aportar en un mundo que está olvidando y perdiendo su alma.

 

La comunidad del futuro tanto como el futuro de toda comunidad están intrínsecamente ligados a nuestra capacidad de sortear y salir airosos de esta coyuntura nacional y mundial sostenidos por estos ejes para el desarrollo nacional.