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Escuelas
de artes y oficios
+
talleres
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Desarrollo Social
Jorge
Gemayel Elías
El
gobierno debe establecer un entorno económico facilitador,
adecuado a la realidad de la gente del pueblo, de manera que
los talleres puedan proliferar dentro de la economía formal.
I.
Su función histórica
En
el México rural del siglo XIX sólo había una que otra industria.
Sin embargo los talleres abundaban por doquier, sobre todo
los caseros. Sumaban miles y miles los que había en todas
las ciudades y pueblos de México. De ellos surgía el grueso
de la producción nacional de artículos de consumo. Ahí producían
por métodos manuales o poco sofisticados de casi todo lo que
hacía falta: herramientas, muebles, libros, dulces, velas,
juguetes, telas, zapatos, huaraches, ropa, rebozos, sombreros,
sarapes, alfarería, vidrio, juguetes, pan, carretas, santos
de iglesia, artesanías, etc.
Generalmente
los propietarios eran personas que conocían bien un oficio.
A los jóvenes que empleaban les daban, en la práctica diaria,
una excelente capacitación. La mayoría llegaba a ser maestro
en ese oficio. Eventualmente muchos de ellos se separaban
para establecer un taller propio. El ser dueño de un taller
era la ilusión de muchísima gente joven.
Los
gobiernos de aquel entonces preocupados de que los niños también
se capacitaran para el trabajo, empezaron a abrir en algunas
ciudades escuelas llamadas de Artes y Oficios. Estos pequeños
planteles educativos tenían una doble función muy eficaz.
Junto con enseñarles las asignaturas básicas como leer, escribir,
aritmética o geometría, también los capacitaban ya sea en
artes manuales como estofado de imágenes, talla en madera,
etc., o en oficios útiles como panadería, carpintería, herrería,
etc. El adiestramiento que recibían era en las técnicas simples,
manuales o semi manuales de hacer
las cosas. Estos humildes centros de capacitación marcan el
inicio del desarrollo tecnológico de nuestro país.
Sin
embargo desde principios del siglo XX conforme avanzó la tecnología,
estos colegios evolucionaron también para enseñar las nuevas
técnicas más sofisticadas de producción. Por lo tanto se les
hizo lógico dejar de capacitar en los métodos manuales y semi
manuales de trabajar que enseñaban en sus inicios.
Esto,
que en apariencia era un buen avance fue, sin embargo, un
error muy grave, similar al que comete la escuela que por
introducir la enseñanza de secundaria y preparatoria, cancela
los cursos del kinder y de la primaria.
De lo que no se dieron cuenta estos planteles fue que lo manual
y lo semi manual son exactamente eso: el kinder
y la primaria de la producción de casi cualquier cosa. Lo
que esta equivocación logró fue quitar las escaleritas del
desarrollo que llegaban hasta abajo, donde se ubican los niños
de la gente sencilla.
En
1935, durante una gira de trabajo por Jalisco, el recién electo
Presidente de la República, Gral. Lázaro Cárdenas, visitó
la Escuela Politécnica de la Universidad de Guadalajara. Quedó
maravillado al ver a los jóvenes estudiantes manejando las
máquinas y herramientas industriales de aquel tiempo. Seguramente
hoy nos parecerán simples reliquias de museo, pero en el México
de aquel entonces se veían como algo maravilloso que había
que impulsar. Cuentan las crónicas locales que el General
volteó hacia los funcionarios que le acompañaban desde el
Distrito Federal y les dijo; "Esto que estamos viendo
es muy importante para el desarrollo del país, hay que organizar
algo así en México". Todo mundo hizo preguntas y más
preguntas, pidieron información de todo tipo, seguramente
cruzaron muchas llamadas de larga distancia. El hecho es que
en 1936 el general Cárdenas inauguró el Instituto Politécnico
Nacional.
Esta
historia me la contó el director de esa institución Jaliscience
durante una visita que le hice hace años para conocer sus
programas. Ya para abandonar el edificio le pregunté: «¿Y
cuando se inició esta Escuela Politécnica?».
El señor me contestó muy orgulloso: "Don Porfirio
(Díaz) la inauguró en 1907, pero entonces era una Escuela
de Artes y Oficios".
A
través de los años he platicado con otras personas conocedoras
de la educación tecnológica en nuestro país. Entre ellos el
Ingeniero Manuel Garza Caballero quien por muchos años fue
Director General del propio Instituto Politécnico Nacional.
Él me comentó que para la fundación del Politécnico se fusionaron
varios planteles ya existentes. Casi todos tuvieron su origen
en escuelas de Artes y Oficios del siglo XIX. La ESIME (Escuela
Superior de Ingeniería Mecánica y Eléctrica) la inició Don
Benito Juárez en 1867, como escuela de Artes y Oficios para
enseñar lo que se sabía entonces de mecánica. La ESCA (Escuela
Superior de Comercio y Administración) la inauguró el General
Antonio López de Santa Ana en 1845 como una escuela en donde
se enseñaba Teneduría de Libros, o sea llevar las cuentas
con manguillo, pluma y tintero. Lo mismo sucedió con Chapingo
que se inició en 1850 para enseñar los rudimentos de la agricultura.
II.
Reconstruyendo el presente
Es
necesario retomar esta capacitación tan necesaria por varias
razones: en primer lugar para aportar nuevamente alternativas
de desarrollo a la juventud de los barrios pobres de las ciudades,
pero sobre todo de los pueblos atrasados del medio rural.
En segundo término porque estas tecnologías sencillas son
las únicas que están al alcance de la gente humilde. En tercer
sitio porque estas maneras tan artesanales de hacer las cosas
son, sin embargo, las más fáciles de enseñar, y de aprender.
¿Por qué? Porque los niveles básicos de la producción involucran
siempre el empleo de las propias manos de la gente.
Además,
a quien aprende a trabajar manualmente, le va a ser más sencillo
comprender y aprender después otros métodos cada vez más sofisticados
de producir, y así progresar tanto como quiera. Por último,
esta deficiencia educativa seguramente es una de las causas,
o la principal, por la que un altísimo número de niños pobres
del medio rural abandonan la escuela después de tercero de
primaria. Seguramente se preguntan: «¿De qué me sirve aprender
raíz cuadrada o civismo cuando el dinero que gana mi papá
no alzcanza para comer?». En Colombia
la deserción escolar es mínima. En las escuelas primarias,
sobre todo del medio rural, capacitan en oficios.
Ya
desde tiempos de la revolución varios generales que llegaron
a presidentes, Alvaro Obregón y Plutarco Elías Calles entre
ellos, afirmaban que la educación que se impartía en las escuelas
tradicionales de aquel entonces no servía de mucho. Ellos
decían que para el desarrollo del país se necesitaba impulsar
la educación técnica: los oficios.
III.
Una nueva visión: Escuelas de Artes y Oficios a la moderna
Hoy
en día se requieren escuelas que ayuden a impulsar el desarrollo
real de las comunidades donde se ubican. Centros cuyos programas,
aparte de ser muy prácticos, respondan a las necesidades que
viven las familias de estos niños. Planteles en donde por
las tardes los papás puedan acudir a capacitarse en los mismos
oficios que aprenden sus hijos por las mañanas. En suma instituciones
incubadoras de talleres familiares que puedan producir en
microescala un extenso número de
artículos, procesos o servicios con demanda en su zona.
Para
empezar, los cursos deben responder a todos los ¿Cómos?
de toda la gente humilde: ¿Cómo se hace?, ¿Cómo lo vendo?,
¿Cómo lo transporto?, ¿Cómo consigo el dinero?, etc.
Al
mismo tiempo las materias que se impartan deben buscar un
desarrollo más integral y humano de los jóvenes. Por esta
razón conviene darles algunos cursos básicos que sirvan para
su formación: en el arte de emprender, en valores, en habilidades
de comunicación, etc. El objetivo final ha de ser que estos
niños, junto con sus padres, sean los futuros líderes que
impulsen el desarrollo económico de sus comunidades.
Hay
que enseñarles desde hacer pan, ropa, huaraches, zapatos,
dulces, quesos o herramientas sencillas, hasta cultivos orgánicos,
huertos de traspatio o siembra de árboles.
Además
la escuela debe servir para mostrarles cómo aprovechar los
materiales de la región (si los hubiere) para hacer cosas
útiles desde una casa rústica con agua corriente, drenaje,
letrina y fosa séptica hasta sus muebles, pasando por hornos
caseros para pan o macetas, etc. El objetivo es que las sociedades
en donde estén las escuelas, no tan sólo se vuelvan autosuficientes,
sino que también puedan fácilmente vender local, micro o regionalmente
los productos que elaboren o los servicios que presten.
Al
mismo tiempo estos planteles podrían capacitar en la producción
casera o comunitaria de miles de productos importados que
son fáciles de hacer y ocupan mucha gente. Su importación
suma varios cientos de millones de dólares. Algunos artículos
son suntuarios como las flores de tela y las figuras o adornos
de resina. Otros no, como los desarmadores y otras herramientas
sencillas. Sin embargo para hacer realidad esta propuesta,
primero habrá que cambiar las reglas del juego a fin de que
convenga a sus importadores empezar a fabricar estos artículos
aquí.
Además
las escuelas de Artes y Oficios pueden capacitar a los niños
y sus padres para que incursionen en el enorme campo de oportunidad
de la maquila a la industria existente, al elaborarles algún
proceso o parte sencilla que involucre bastante mano de obra.
En
los estados donde se quiera iniciar un programa de esta naturaleza,
los planteles pueden ubicarse en las capitales para atender
a sus barrios pobres o en ciudades medias cercanas a las zonas
marginadas. En casi todas ellas existen muchas construcciones
en desuso que bien pueden aprovecharse para este propósito.
El Instituto Nacional Indigenista y otros organismos similares
podrían ceder algunas instalaciones que ya casi no utilizan,
con el fin de aprovecharlas para este propósito. Es conveniente
que al acondicionarlas se cuente con áreas para dormitorios
y comedor, de manera que puedan alojar a los jóvenes que vengan
de diferentes poblaciones de la región. También es provechoso
que los maestros sean residentes.
Dos
últimos ingrediente para que esta propuesta sea exitosa: es
conveniente crear Consejos Regionales para el Desarrollo de
los Talleres, «CORDETRES», en los que participen, con voz
y voto, empresarios, sobre todo pequeños y micro. En ellos
deben integrarse también las demás fuerzas de la sociedad
como las diferentes instancias del gobierno y los líderes
naturales de las comunidades. Los empresarios tienen mucha
experiencia en los ¿Qués? y ¿Cómos?
de lo que se puede vender.
Además,
y este es un ingrediente básico, el gobierno debe establecer
un entorno económico facilitador,
adecuado a la realidad de la gente del pueblo, de manera que
los talleres puedan proliferar dentro de la economía formal.
Es vital separar a los talleres de las Pymes
y la gran industria transnacional. Los gobiernos de los últimos
40 años no han hecho más que dar «palos de ciego» al intentar
promover como industria, lo que no lo es. La SEDESOL ha hecho
este sexenio un excelente papel para construir la infraestructura
social que necesitan las comunidades y los barrios más necesitados.
Las Escuelas de Artes y Oficios + los Talleres representan
el eslabón faltante para que sus políticas lleven ahora dinero
a los bolsillos de los seres humanos que los habitan. Llegó
el momento en que todos tenemos que actuar y poner manos a
la obra.
Seguramente
estamos de acuerdo que nuestra sociedad necesita ser más productiva
y competitiva; que la niñez y la juventud deben recibir una
educación basada en valores éticos; que debe incrementarse
la preparación técnica para los jóvenes acorde con las verdaderas
necesidades del país, que debe estimularse el espíritu emprendedor;
que las universidades deben actualizar sus planes de estudio
y preparar profesionistas con una formación más acorde con
la realidad, con una educación más conectada con la práctica
profesional y que también se forme a personas honestas y responsables.
Pero,
si queremos vivir en un país con un mayor desarrollo; con
menores índices de delincuencia y por tanto con mayor seguridad;
con más y mejores empresas; con instituciones democráticas
y políticas más modernas y en una sociedad donde las leyes
sean respetadas por todos; si queremos vivir en un México
con estas y otras características deseables que nos podamos
plantear, debemos darnos cuenta de una cosa, vivimos en un
país con cerca de 33 millones de personas mayores de 15 años,
que no cuenta con educación básica; en un país en el cual
todavía hay poco más de un millón de niños que no van a la
escuela; en el que solamente 17 de cada 100 jóvenes puede
ir a la universidad; una sociedad donde la labor formadora
de personas de la familia se viene deteriorando por la desintegración,
por el divorcio, por los nacimientos fuera del matrimonio,
la maternidad adolescente, la violencia intrafamiliar, la
drogadicción, el alcoholismo, los problemas económicos, etc.
Una
sociedad donde además de cambiar la cultura de trabajo dentro
de las estructuras gubernamentales, también requiere cambiar
culturalmente en sus organismos e instituciones sociales,
donde también existen vicios, actitudes y paradigmas que no
solamente son inapropiados, sino que son obstáculo para construir
el México que queremos. Tenemos que ser autocríticos
y sinceros para detectar todo lo negativo que contribuya en
nuestra persona, en nuestra familia, en nuestras organizaciones,
en nuestras empresas y centros de trabajo al subdesarrollo
en que vivimos. Alguien dijo que el subdesarrollo de los pueblos,
no es primeramente algo económico y material, sino sobre todo,
de esencia espiritual.
Por
todo ello, no se puede esperar que esta transformación, que
va más allá, naturalmente, de un cambio de gobierno y que
es en muchos aspectos de una naturaleza educativa, se de,
únicamente bajo la iniciativa y acción del gobierno, es tan
enorme la tarea, es tan compleja la problemática, que solamente
con la participación de todos los sectores de la sociedad
y en un cambio paulatino se lograrán las transformaciones
necesarias. No todo puede ser ni debe ser obra solamente del
gobierno. No podemos esperar que el cambio se dé solamente
en las escuelas, en las futuras generaciones, porque ¿quiénes
serán los adultos en que verán el modelo de ese nuevo México?
No podemos esperar porque tenemos un gran número de pobres
en el país que requieren un modo más digno de vida. No podemos
esperar porque el cambio en el mundo ya nos rebasó y sería
peor para nosotros un rezago más.
En
consecuencia la labor educativa de nuestro país debe comenzar
por los adultos y no necesita ser forzosamente una labor que
se realice dentro de las aulas y de una manera formal en todos
los casos.
Empecemos
por la familia, institución fundamental para la constitución
sana de la sociedad. Una tarea que le compete al gobierno
es la creación de políticas públicas que protejan el desarrollo
de las familias bajo las condiciones más favorables posibles.
A la sociedad, quizás con el apoyo gubernamental le toca generar
los medios para que los esposos y los padres se preparen a
ser mejores como tales, en su relación entre sí, en su labor
educadora. Las escuelas para padres de manera presencial,
los libros, las revistas, los programas radiofónicos y televisivos
pueden ayudar en ello. En las empresas se podría promover
la formación de escuelas para padres, o bien contar con una
biblioteca, videoteca y audioteca
circulantes con temas al respecto para que los empleados y
trabajadores puedan ilustrarse por su propia cuenta. Las organizaciones
de padres, las instituciones educativas, las iglesias y el
gobierno podrían emprender igualmente programas de formación
en este sentido y aprovechar todos los medios para ello. En
especial sería muy importante que se preparara a los jóvenes
y a las parejas próximas a casarse de una manera más amplia
y profunda para la vida familiar y el cumplimiento de su misión.
Hablando
de los trabajadores y sus familiares, las organizaciones sociales,
las iglesias y las empresas pueden apoyar el esfuerzo que
realiza el Consejo Nacional de Educación para la Vida y el
Trabajo (Conevyt), y el Instituto
Nacional para la Educación de Adultos (INEA), como de hecho
lo vienen haciendo, pero se requiere un esfuerzo más amplio
para alcanzar a un mayor número de personas. Por estos medios
se pude buscar que se alfabetice, que completen su educación
básica quienes no la terminaron y que emprendan estudios posteriores
quienes lo deseen.
Igualmente
los trabajadores pueden encontrar en sus empresas un lugar
privilegiado para poder lograr un desarrollo humano integral
si en ellas se favorece además de un clima de trabajo humano
y justo, se les ofrece también la oportunidad mediante cursos,
de examinar y reflexionar sobre su proyecto de vida, sobre
la razón de ser del trabajo, sobre sus valores personales,
sobre la familia, sobre el significado de la empresa, de la
economía de mercado con responsabilidad social, sobre la situación
del país tanto en lo económico, como en lo político, en lo
cultural y en lo social. Existen empresas mexicanas que ya
lo hacen y tienen la práctica de que proporcionan a todo su
personal este tipo de cursos al ingresar en ellas y además
realizan reuniones periódicas para actualizar su información
respecto a la empresa y al país.
Debemos
estar conscientes de que si en México queremos impulsar la
culminación de la transición en un sentido positivo y hasta
sus últimos y mejores frutos para el bien de todos los mexicanos,
se requiere la participación de la mayor parte de los mexicanos,
sino es que de todos, y para eso no solamente se requieren
mayores conocimientos y habilidades, sino una nueva mentalidad
y actitud en todos nosotros. El cambio debe empezar desde
arriba, pero nadie va a querer y entender la productividad
y la competitividad, la necesidad de las reformas estructurales,
si no comprende los fundamentos de ello, si no se siente parte
de ello, y desgraciadamente esta información y este conocimiento
hoy por hoy no se obtiene en los medios más populares.
En
la educación formal, en las escuelas de educación básica,
media, técnica y superior un factor fundamental son los maestros,
los que se encuentran ya en funciones, es obvio que necesitan
de preparación, de actualización, pero sobre todo de ayudarlos
a asumir valores y actitudes que posiblemente les hagan falta.
Hasta ahora todavía no existe un sistema gubernamental, ni
de otro tipo que pueda alcanzar a tan gran cantidad de profesores,
como los que integran el sistema educativo nacional, y no
solamente llegar a ellos, sino también hacerlo con eficacia.
Por
muchos años los maestros se han mantenido ajenos a la realidad
económica y han sido formados bajo esquemas distintos sino
es que contrarios a la economía de mercado con responsabilidad
social, al reconocimiento de los cauces del cambio institucional
y democrático, les ha sido extraña también la cultura de un
espíritu emprendedor, de la creatividad, de la iniciativa,
de la motivación por el logro, de una mentalidad favorable
a la evaluación de su trabajo, y de exigencia de resultados;
e incluso su desempeño profesional había sido constreñido
al de ser meros ejecutores técnicos de los planes y programas
de estudio y a unos libros únicos.
En
ese contexto y para fines de la transformación de nuestra
sociedad, para muchos de los docentes no tiene un significado
preciso lo que es la empresa y su función dentro de la sociedad;
no tienen una explicación constructiva de la relación entre
la pobreza de sus alumnos y de la tarea económica que tiene
nuestro país y el papel que juega en ello su labor en el aula;
la innovación, la creatividad, el trabajo responsable y dedicado
representa muchas veces para ellos más razones de castigo
que de reconocimiento y estímulo por parte de su entorno.
Cuando uno habla con profesores se revela esta situación,
algunos la han podido superar, pero los más ven con desesperanza
los obstáculos que encuentran en su medio para llevar a cabo
cualquier mejora de su trabajo.
En
este sentido es importante impulsar por parte del gobierno
y de la sociedad organizada el desarrollo de alternativas
de formación y actualización de los docentes que respondan
a sus necesidades, pero más que nada, se requiere encender
en ellos su espíritu de superación, su capacidad de liderazgo,
para que sin esperar incluso lo que haga la autoridad gubernamental,
por ellos mismos con la fuerza de la asociación, integrándose
en grupos profesionales busquen su mejoramiento y el mejoramiento
de sus colegas, como algunos ya lo hacen, generando u organizando
diplomados, talleres, publicaciones, investigación.
La
transformación de la educación pasa mucho por una nueva actitud
y mentalidad en el profesorado, pero también en los directores,
en una labor de equipo, en la participación de los padres
de familia y de los alumnos. Gobierno, sociedad e iniciativa
privada organizada debieran emplearse más en la potenciación
del liderazgo positivo que se puede encontrar entre los maestros,
mediante becas de estudio y programas apropiados encaminados
a eso.
Pero
es preciso que en el campo de la nueva cultura económica que
necesita nuestro país para su desarrollo, que el sector empresarial,
que los organismos como COPARMEX, consideren lo que pueden
hacer a favor del magisterio, para poderles transmitir la
convicción y la comprensión de este cambio de mentalidad que
promueva valores, actitudes, conocimientos y habilidades en
los alumnos destinadas a completar su formación integral con
elementos que los ayuden a contribuir al desarrollo económico
auténtico de nuestro México.
Por
último, no solamente es necesario buscar el acercamiento del
docente a la nueva economía y a la empresa, también es necesario
que la escuela y la empresa, que el empresario y la escuela
entren más en contacto, para crear una cultura de emprendedores,
de donde surjan no solamente los nuevos empresarios que necesita
México, sino también los nuevos colaboradores y los nuevos
emprendedores que en todos los campos se requieren para llevar
adelante proyectos de toda índole, políticos, sociales, culturales,
que hagan de México un país de mayores oportunidades para
el desarrollo pleno y feliz de las personas en sociedad.
La
transformación de México por medio de la educación, como ya
se mencionó, demanda la transformación de las personas, pero
es de mucha ayuda para ellas lo que pueda ayudarles la pertenencia
y participación en familias, en organizaciones, en instituciones
que se estén apostando por este cambio cultural, por este
alcanzar un mayor desarrollo espiritual de los mexicanos,
para acceder a niveles de mayor capacidad para construir nuestro
futuro de una manera mejor en todos los órdenes. Por ello
en cada familia, en cada grupo social debiera existir quien
esté encargado de vigilar, de observar, de evaluar si se está
caminando en la dirección correcta, si se hacen progresos.
Esta labor supone, que en cada familia, en cada agrupación
humana de nuestro país primero se asuma el compromiso de mejoramiento
y luego se haga una planeación de lo que se quiere mejorar
y cómo se va a hacer esto de una manera concreta, observable
y hasta medible.
COPARMEX
precisamente como organismo empresarial entró en un proceso
de revisión de lo que es y de lo que quiere ser para este
siglo XXI, lo que le ha llevado a plantearse la renovación
de su Plan Estratégico y de sus estatutos, todo con el afán
de ser un organismo empresarial que esté a la altura de los
retos actuales y del futuro, que responda mejor al servicio
de su agremiados y de nuestro México. Así algo semejante se
ha de hacer por parte de cada uno de nosotros como personas,
y de parte de cada estructura social.
Necesitamos
crear una generación de líderes nuevos, que formando parte
de toda la estructura social, desde las posiciones más modestas,
hasta las más encumbradas, impulsen todos la transición del
país al México que soñamos. Se terminó el tiempo de los caudillos,
las soluciones mágicas y las revoluciones violentas que en
nada cambian el fondo de las cosas y de los hombres. Es el
tiempo de dar el gran salto, de asumir que los tiempos mejores
vendrán si trabajamos hoy de una forma distinta, para que
seamos distintos, y mejores.
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El
iceberg de la cultura organizacional

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