Revista Entorno

Abril 2003

 

Escuelas de artes y oficios
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talleres
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Desarrollo Social

Jorge Gemayel Elías

El gobierno debe establecer un entorno económico facilitador, adecuado a la realidad de la gente del pueblo, de manera que los talleres puedan proliferar dentro de la economía formal.

 

 I. Su función histórica

En el México rural del siglo XIX sólo había una que otra industria. Sin embargo los talleres abundaban por doquier, sobre todo los caseros. Sumaban miles y miles los que había en todas las ciudades y pueblos de México. De ellos surgía el grueso de la producción nacional de artículos de consumo. Ahí producían por métodos manuales o poco sofisticados de casi todo lo que hacía falta: herramientas, muebles, libros, dulces, velas, juguetes, telas, zapatos, huaraches, ropa, rebozos, sombreros, sarapes, alfarería, vidrio, juguetes, pan, carretas, santos de iglesia, artesanías, etc.

 

Generalmente los propietarios eran personas que conocían bien un oficio. A los jóvenes que empleaban les daban, en la práctica diaria, una excelente capacitación. La mayoría llegaba a ser maestro en ese oficio. Eventualmente muchos de ellos se separaban para establecer un taller propio. El ser dueño de un taller era la ilusión de muchísima gente joven.

 

Los gobiernos de aquel entonces preocupados de que los niños también se capacitaran para el trabajo, empezaron a abrir en algunas ciudades escuelas llamadas de Artes y Oficios. Estos pequeños planteles educativos tenían una doble función muy eficaz. Junto con enseñarles las asignaturas básicas como leer, escribir, aritmética o geometría, también los capacitaban ya sea en artes manuales como estofado de imágenes, talla en madera, etc., o en oficios útiles como panadería, carpintería, herrería, etc. El adiestramiento que recibían era en las técnicas simples, manuales o semi manuales de hacer las cosas. Estos humildes centros de capacitación marcan el inicio del desarrollo tecnológico de nuestro país.

 

Sin embargo desde principios del siglo XX conforme avanzó la tecnología, estos colegios evolucionaron también para enseñar las nuevas técnicas más sofisticadas de producción. Por lo tanto se les hizo lógico dejar de capacitar en los métodos manuales y semi manuales de trabajar que enseñaban en sus inicios.

 

Esto, que en apariencia era un buen avance fue, sin embargo, un error muy grave, similar al que comete la escuela que por introducir la enseñanza de secundaria y preparatoria, cancela los cursos del kinder y de la primaria. De lo que no se dieron cuenta estos planteles fue que lo manual y lo semi manual son exactamente eso: el kinder y la primaria de la producción de casi cualquier cosa. Lo que esta equivocación logró fue quitar las escaleritas del desarrollo que llegaban hasta abajo, donde se ubican los niños de la gente sencilla.

 

En 1935, durante una gira de trabajo por Jalisco, el recién electo Presidente de la República, Gral. Lázaro Cárdenas, visitó la Escuela Politécnica de la Universidad de Guadalajara. Quedó maravillado al ver a los jóvenes estudiantes manejando las máquinas y herramientas industriales de aquel tiempo. Seguramente hoy nos parecerán simples reliquias de museo, pero en el México de aquel entonces se veían como algo maravilloso que había que impulsar. Cuentan las crónicas locales que el General volteó hacia los funcionarios que le acompañaban desde el Distrito Federal y les dijo; "Esto que estamos viendo es muy importante para el desarrollo del país, hay que organizar algo así en México". Todo mundo hizo preguntas y más preguntas, pidieron información de todo tipo, seguramente cruzaron muchas llamadas de larga distancia. El hecho es que en 1936 el general Cárdenas inauguró el Instituto Politécnico Nacional.

 

Esta historia me la contó el director de esa institución Jaliscience durante una visita que le hice hace años para conocer sus programas. Ya para abandonar el edificio le pregunté: «¿Y cuando se inició esta Escuela Politécnica?».  El señor me contestó muy orgulloso: "Don Porfirio (Díaz) la inauguró en 1907, pero entonces era una Escuela de Artes y Oficios".

 

A través de los años he platicado con otras personas conocedoras de la educación tecnológica en nuestro país. Entre ellos el Ingeniero Manuel Garza Caballero quien por muchos años fue Director General del propio Instituto Politécnico Nacional. Él me comentó que para la fundación del Politécnico se fusionaron varios planteles ya existentes. Casi todos tuvieron su origen en escuelas de Artes y Oficios del siglo XIX. La ESIME (Escuela Superior de Ingeniería Mecánica y Eléctrica) la inició Don Benito Juárez en 1867, como escuela de Artes y Oficios para enseñar lo que se sabía entonces de mecánica. La ESCA (Escuela Superior de Comercio y Administración) la inauguró el General Antonio López de Santa Ana en 1845 como una escuela en donde se enseñaba Teneduría de Libros, o sea llevar las cuentas con manguillo, pluma y tintero. Lo mismo sucedió con Chapingo que se inició en 1850 para enseñar los rudimentos de la agricultura.

 

II. Reconstruyendo el presente

Es necesario retomar esta capacitación tan necesaria por varias razones: en primer lugar para aportar nuevamente alternativas de desarrollo a la juventud de los barrios pobres de las ciudades, pero sobre todo de los pueblos atrasados del medio rural. En segundo término porque estas tecnologías sencillas son las únicas que están al alcance de la gente humilde. En tercer sitio porque estas maneras tan artesanales de hacer las cosas son, sin embargo, las más fáciles de enseñar, y de aprender. ¿Por qué? Porque los niveles básicos de la producción involucran siempre el empleo de las propias manos de la gente.

 

Además, a quien aprende a trabajar manualmente, le va a ser más sencillo comprender y aprender después otros métodos cada vez más sofisticados de producir, y así progresar tanto como quiera. Por último, esta deficiencia educativa seguramente es una de las causas, o la principal, por la que un altísimo número de niños pobres del medio rural abandonan la escuela después de tercero de primaria. Seguramente se preguntan: «¿De qué me sirve aprender raíz cuadrada o civismo cuando el dinero que gana mi papá no alzcanza para comer?». En Colombia la deserción escolar es mínima. En las escuelas primarias, sobre todo del medio rural, capacitan en oficios.

 

Ya desde tiempos de la revolución varios generales que llegaron a presidentes, Alvaro Obregón y Plutarco Elías Calles entre ellos, afirmaban que la educación que se impartía en las escuelas tradicionales de aquel entonces no servía de mucho. Ellos decían que para el desarrollo del país se necesitaba impulsar la educación técnica: los oficios.

 

III. Una nueva visión: Escuelas de Artes y Oficios a la moderna

Hoy en día se requieren escuelas que ayuden a impulsar el desarrollo real de las comunidades donde se ubican. Centros cuyos programas, aparte de ser muy prácticos, respondan a las necesidades que viven las familias de estos niños. Planteles en donde por las tardes los papás puedan acudir a capacitarse en los mismos oficios que aprenden sus hijos por las mañanas. En suma instituciones incubadoras de talleres familiares que puedan producir en microescala un extenso número de artículos, procesos o servicios con demanda en su zona.

 

Para empezar, los cursos deben responder a todos los ¿Cómos? de toda la gente humilde: ¿Cómo se hace?, ¿Cómo lo vendo?, ¿Cómo lo transporto?, ¿Cómo consigo el dinero?, etc.

 

Al mismo tiempo las materias que se impartan deben buscar un desarrollo más integral y humano de los jóvenes. Por esta razón conviene darles algunos cursos básicos que sirvan para su formación: en el arte de emprender, en valores, en habilidades de comunicación, etc. El objetivo final ha de ser que estos niños, junto con sus padres, sean los futuros líderes que impulsen el desarrollo económico de sus comunidades.

 

Hay que enseñarles desde hacer pan, ropa, huaraches, zapatos, dulces, quesos o herramientas sencillas, hasta cultivos orgánicos, huertos de traspatio o siembra de árboles.

 

Además la escuela debe servir para mostrarles cómo aprovechar los materiales de la región (si los hubiere) para hacer cosas útiles desde una casa rústica con agua corriente, drenaje, letrina y fosa séptica hasta sus muebles, pasando por hornos caseros para pan o macetas, etc. El objetivo es que las sociedades en donde estén las escuelas, no tan sólo se vuelvan autosuficientes, sino que también puedan fácilmente vender local, micro o regionalmente los productos que elaboren o los servicios que presten.

 

Al mismo tiempo estos planteles podrían capacitar en la producción casera o comunitaria de miles de productos importados que son fáciles de hacer y ocupan mucha gente. Su importación suma varios cientos de millones de dólares. Algunos artículos son suntuarios como las flores de tela y las figuras o adornos de resina. Otros no, como los desarmadores y otras herramientas sencillas. Sin embargo para hacer realidad esta propuesta, primero habrá que cambiar las reglas del juego a fin de que convenga a sus importadores empezar a fabricar estos artículos aquí.

 

Además las escuelas de Artes y Oficios pueden capacitar a los niños y sus padres para que incursionen en el enorme campo de oportunidad de la maquila a la industria existente, al elaborarles algún proceso o parte sencilla que involucre bastante mano de obra.

 

En los estados donde se quiera iniciar un programa de esta naturaleza, los planteles pueden ubicarse en las capitales para atender a sus barrios pobres o en ciudades medias cercanas a las zonas marginadas. En casi todas ellas existen muchas construcciones en desuso que bien pueden aprovecharse para este propósito. El Instituto Nacional Indigenista y otros organismos similares podrían ceder algunas instalaciones que ya casi no utilizan, con el fin de aprovecharlas para este propósito. Es conveniente que al acondicionarlas se cuente con áreas para dormitorios y comedor, de manera que puedan alojar a los jóvenes que vengan de diferentes poblaciones de la región. También es provechoso que los maestros sean residentes.

 

Dos últimos ingrediente para que esta propuesta sea exitosa: es conveniente crear Consejos Regionales para el Desarrollo de los Talleres, «CORDETRES», en los que participen, con voz y voto, empresarios, sobre todo pequeños y micro. En ellos deben integrarse también las demás fuerzas de la sociedad como las diferentes instancias del gobierno y los líderes naturales de las comunidades. Los empresarios tienen mucha experiencia en los ¿Qués? y ¿Cómos? de lo que se puede vender.

 

Además, y este es un ingrediente básico, el gobierno debe establecer un entorno económico facilitador, adecuado a la realidad de la gente del pueblo, de manera que los talleres puedan proliferar dentro de la economía formal. Es vital separar a los talleres de las Pymes y la gran industria transnacional. Los gobiernos de los últimos 40 años no han hecho más que dar «palos de ciego» al intentar promover como industria, lo que no lo es. La SEDESOL ha hecho este sexenio un excelente papel para construir la infraestructura social que necesitan las comunidades y los barrios más necesitados. Las Escuelas de Artes y Oficios + los Talleres representan el eslabón faltante para que sus políticas lleven ahora dinero a los bolsillos de los seres humanos que los habitan. Llegó el momento en que todos tenemos que actuar y poner manos a la obra.

 

Seguramente estamos de acuerdo que nuestra sociedad necesita ser más productiva y competitiva; que la niñez y la juventud deben recibir una educación basada en valores éticos; que debe incrementarse la preparación técnica para los jóvenes acorde con las verdaderas necesidades del país, que debe estimularse el espíritu emprendedor; que las universidades deben actualizar sus planes de estudio y preparar profesionistas con una formación más acorde con la realidad, con una educación más conectada con la práctica profesional y que también se forme a personas honestas y responsables.

 

Pero, si queremos vivir en un país con un mayor desarrollo; con menores índices de delincuencia y por tanto con mayor seguridad; con más y mejores empresas; con instituciones democráticas y políticas más modernas y en una sociedad donde las leyes sean respetadas por todos; si queremos vivir en un México con estas y otras características deseables que nos podamos plantear, debemos darnos cuenta de una cosa, vivimos en un país con cerca de 33 millones de personas mayores de 15 años, que no cuenta con educación básica; en un país en el cual todavía hay poco más de un millón de niños que no van a la escuela; en el que solamente 17 de cada 100 jóvenes puede ir a la universidad; una sociedad donde la labor formadora de personas de la familia se viene deteriorando por la desintegración, por el divorcio, por los nacimientos fuera del matrimonio, la maternidad adolescente, la violencia intrafamiliar, la drogadicción, el alcoholismo, los problemas económicos, etc.

 

Una sociedad donde además de cambiar la cultura de trabajo dentro de las estructuras gubernamentales, también requiere cambiar culturalmente en sus organismos e instituciones sociales, donde también existen vicios, actitudes y paradigmas que no solamente son inapropiados, sino que son obstáculo para construir el México que queremos. Tenemos que ser autocríticos y sinceros para detectar todo lo negativo que contribuya en nuestra persona, en nuestra familia, en nuestras organizaciones, en nuestras empresas y centros de trabajo al subdesarrollo en que vivimos. Alguien dijo que el subdesarrollo de los pueblos, no es primeramente algo económico y material, sino sobre todo, de esencia espiritual.

 

Por todo ello, no se puede esperar que esta transformación, que va más allá, naturalmente, de un cambio de gobierno y que es en muchos aspectos de una naturaleza educativa, se de, únicamente bajo la iniciativa y acción del gobierno, es tan enorme la tarea, es tan compleja la problemática, que solamente con la participación de todos los sectores de la sociedad y en un cambio paulatino se lograrán las transformaciones necesarias. No todo puede ser ni debe ser obra solamente del gobierno. No podemos esperar que el cambio se dé solamente en las escuelas, en las futuras generaciones, porque ¿quiénes serán los adultos en que verán el modelo de ese nuevo México? No podemos esperar porque tenemos un gran número de pobres en el país que requieren un modo más digno de vida. No podemos esperar porque el cambio en el mundo ya nos rebasó y sería peor para nosotros un rezago más.

 

En consecuencia la labor educativa de nuestro país debe comenzar por los adultos y no necesita ser forzosamente una labor que se realice dentro de las aulas y de una manera formal en todos los casos.

 

Empecemos por la familia, institución fundamental para la constitución sana de la sociedad. Una tarea que le compete al gobierno es la creación de políticas públicas que protejan el desarrollo de las familias bajo las condiciones más favorables posibles. A la sociedad, quizás con el apoyo gubernamental le toca generar los medios para que los esposos y los padres se preparen a ser mejores como tales, en su relación entre sí, en su labor educadora. Las escuelas para padres de manera presencial, los libros, las revistas, los programas radiofónicos y televisivos pueden ayudar en ello. En las empresas se podría promover la formación de escuelas para padres, o bien contar con una biblioteca, videoteca y audioteca circulantes con temas al respecto para que los empleados y trabajadores puedan ilustrarse por su propia cuenta. Las organizaciones de padres, las instituciones educativas, las iglesias y el gobierno podrían emprender igualmente programas de formación en este sentido y aprovechar todos los medios para ello. En especial sería muy importante que se preparara a los jóvenes y a las parejas próximas a casarse de una manera más amplia y profunda para la vida familiar y el cumplimiento de su misión.

 

Hablando de los trabajadores y sus familiares, las organizaciones sociales, las iglesias y las empresas pueden apoyar el esfuerzo que realiza el Consejo Nacional de Educación para la Vida y el Trabajo (Conevyt), y el Instituto Nacional para la Educación de Adultos (INEA), como de hecho lo vienen haciendo, pero se requiere un esfuerzo más amplio para alcanzar a un mayor número de personas. Por estos medios se pude buscar que se alfabetice, que completen su educación básica quienes no la terminaron y que emprendan estudios posteriores quienes lo deseen.

 

Igualmente los trabajadores pueden encontrar en sus empresas un lugar privilegiado para poder lograr un desarrollo humano integral si en ellas se favorece además de un clima de trabajo humano y justo, se les ofrece también la oportunidad mediante cursos, de examinar y reflexionar sobre su proyecto de vida, sobre la razón de ser del trabajo, sobre sus valores personales, sobre la familia, sobre el significado de la empresa, de la economía de mercado con responsabilidad social, sobre la situación del país tanto en lo económico, como en lo político, en lo cultural y en lo social. Existen empresas mexicanas que ya lo hacen y tienen la práctica de que proporcionan a todo su personal este tipo de cursos al ingresar en ellas y además realizan reuniones periódicas para actualizar su información respecto a la empresa y al país.

 

Debemos estar conscientes de que si en México queremos impulsar la culminación de la transición en un sentido positivo y hasta sus últimos y mejores frutos para el bien de todos los mexicanos, se requiere la participación de la mayor parte de los mexicanos, sino es que de todos, y para eso no solamente se requieren mayores conocimientos y habilidades, sino una nueva mentalidad y actitud en todos nosotros. El cambio debe empezar desde arriba, pero nadie va a querer y entender la productividad y la competitividad, la necesidad de las reformas estructurales, si no comprende los fundamentos de ello, si no se siente parte de ello, y desgraciadamente esta información y este conocimiento hoy por hoy no se obtiene en los medios más populares.

 

En la educación formal, en las escuelas de educación básica, media, técnica y superior un factor fundamental son los maestros, los que se encuentran ya en funciones, es obvio que necesitan de preparación, de actualización, pero sobre todo de ayudarlos a asumir valores y actitudes que posiblemente les hagan falta. Hasta ahora todavía no existe un sistema gubernamental, ni de otro tipo que pueda alcanzar a tan gran cantidad de profesores, como los que integran el sistema educativo nacional, y no solamente llegar a ellos, sino también hacerlo con eficacia.

 

Por muchos años los maestros se han mantenido ajenos a la realidad económica y han sido formados bajo esquemas distintos sino es que contrarios a la economía de mercado con responsabilidad social, al reconocimiento de los cauces del cambio institucional y democrático, les ha sido extraña también la cultura de un espíritu emprendedor, de la creatividad, de la iniciativa, de la motivación por el logro, de una mentalidad favorable a la evaluación de su trabajo, y de exigencia de resultados; e incluso su desempeño profesional había sido constreñido al de ser meros ejecutores técnicos de los planes y programas de estudio y a unos libros únicos.

 

En ese contexto y para fines de la transformación de nuestra sociedad, para muchos de los docentes no tiene un significado preciso lo que es la empresa y su función dentro de la sociedad; no tienen una explicación constructiva de la relación entre la pobreza de sus alumnos y de la tarea económica que tiene nuestro país y el papel que juega en ello su labor en el aula; la innovación, la creatividad, el trabajo responsable y dedicado representa muchas veces para ellos más razones de castigo que de reconocimiento y estímulo por parte de su entorno. Cuando uno habla con profesores se revela esta situación, algunos la han podido superar, pero los más ven con desesperanza los obstáculos que encuentran en su medio para llevar a cabo cualquier mejora de su trabajo.

 

En este sentido es importante impulsar por parte del gobierno y de la sociedad organizada el desarrollo de alternativas de formación y actualización de los docentes que respondan a sus necesidades, pero más que nada, se requiere encender en ellos su espíritu de superación, su capacidad de liderazgo, para que sin esperar incluso lo que haga la autoridad gubernamental, por ellos mismos con la fuerza de la asociación, integrándose en grupos profesionales busquen su mejoramiento y el mejoramiento de sus colegas, como algunos ya lo hacen, generando u organizando diplomados, talleres, publicaciones, investigación.

 

La transformación de la educación pasa mucho por una nueva actitud y mentalidad en el profesorado, pero también en los directores, en una labor de equipo, en la participación de los padres de familia y de los alumnos. Gobierno, sociedad e iniciativa privada organizada debieran emplearse más en la potenciación del liderazgo positivo que se puede encontrar entre los maestros, mediante becas de estudio y programas apropiados encaminados a eso.

 

Pero es preciso que en el campo de la nueva cultura económica que necesita nuestro país para su desarrollo, que el sector empresarial, que los organismos como COPARMEX, consideren lo que pueden hacer a favor del magisterio, para poderles transmitir la convicción y la comprensión de este cambio de mentalidad que promueva valores, actitudes, conocimientos y habilidades en los alumnos destinadas a completar su formación integral con elementos que los ayuden a contribuir al desarrollo económico auténtico de nuestro México.

 

Por último, no solamente es necesario buscar el acercamiento del docente a la nueva economía y a la empresa, también es necesario que la escuela y la empresa, que el empresario y la escuela entren más en contacto, para crear una cultura de emprendedores, de donde surjan no solamente los nuevos empresarios que necesita México, sino también los nuevos colaboradores y los nuevos emprendedores que en todos los campos se requieren para llevar adelante proyectos de toda índole, políticos, sociales, culturales, que hagan de México un país de mayores oportunidades para el desarrollo pleno y feliz de las personas en sociedad.

 

La transformación de México por medio de la educación, como ya se mencionó, demanda la transformación de las personas, pero es de mucha ayuda para ellas lo que pueda ayudarles la pertenencia y participación en familias, en organizaciones, en instituciones que se estén apostando por este cambio cultural, por este alcanzar un mayor desarrollo espiritual de los mexicanos, para acceder a niveles de mayor capacidad para construir nuestro futuro de una manera mejor en todos los órdenes. Por ello en cada familia, en cada grupo social debiera existir quien esté encargado de vigilar, de observar, de evaluar si se está caminando en la dirección correcta, si se hacen progresos. Esta labor supone, que en cada familia, en cada agrupación humana de nuestro país primero se asuma el compromiso de mejoramiento y luego se haga una planeación de lo que se quiere mejorar y cómo se va a hacer esto de una manera concreta, observable y hasta medible.

 

COPARMEX precisamente como organismo empresarial entró en un proceso de revisión de lo que es y de lo que quiere ser para este siglo XXI, lo que le ha llevado a plantearse la renovación de su Plan Estratégico y de sus estatutos, todo con el afán de ser un organismo empresarial que esté a la altura de los retos actuales y del futuro, que responda mejor al servicio de su agremiados y de nuestro México. Así algo semejante se ha de hacer por parte de cada uno de nosotros como personas, y de parte de cada estructura social.

 

Necesitamos crear una generación de líderes nuevos, que formando parte de toda la estructura social, desde las posiciones más modestas, hasta las más encumbradas, impulsen todos la transición del país al México que soñamos. Se terminó el tiempo de los caudillos, las soluciones mágicas y las revoluciones violentas que en nada cambian el fondo de las cosas y de los hombres. Es el tiempo de dar el gran salto, de asumir que los tiempos mejores vendrán si trabajamos hoy de una forma distinta, para que seamos distintos, y mejores.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El iceberg de la cultura organizacional