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Inserción
de Latinoamérica
en la globalización
Guzmán Carriquiry Lecour
SINTESIS
El ALCA sería para los países latinoamericanos
el acceso al mercado más importante del mundo. Es una
oferta que encandila. Se constituiría así el
mayor bloque económico regional del mundo entero. Los
significativos beneficios obtenidos por México en cuanto
a consistentes flujos de capital, enorme aumento de las exportaciones
y crecimiento económico e industrial podrían
extenderse para toda América Latina.
Lo que importa es verificar cuál es y será el
compromiso real, la solidaridad efectiva y la inversión
de energías y recursos que Estados Unidos está
dispuesto a arriesgar en un proyecto de tanta envergadura,
sobre todo cuando su economía está en fase de
desaceleración, cuando se concentra en la guerra global
contra el terrorismo y cuando América Latina no entra
actualmente dentro de sus prioridades estratégicas.
Hablar de América Latina presupone reconocernos en
una fraternidad singular, unidos por un común origen,
por entrelazadas vicisitudes históricas y por un destino
solidario, más allá de las fronteras estatales,
de los accidentes geográficos, de los encierros étnicos
y localistas, de las mentalidades "balcanizadas".
Pero América Latina es un conjunto diversificado, y
ponerlo en relación al mundo "global" es
cuestión muy compleja. Evitaré, pues, toda retórica
y muchos desarrollos posibles para concentrarme sintéticamente
sobre lo que considero más importante y decisivo. Quiero
de tal modo presentarles hipótesis de aproximación,
de introducción y de análisis prospectivo de
esa realidad.
América Latina nace con la primera fase de la globalización
o mundialización, al alba de la modernidad, cuando
la ecúmene entera aparece por primera vez a la mirada
del hombre, en un gigantesco y dramático encuentro
de pueblos, etnias y culturas, que es de génesis y
configuración de nuevos pueblos, de mestizaje desgarrado,
con predomino de las formas hispánicas y con la evangelización
católica como cimiento.
La segunda fase de la globalización ve a las nuevas
repúblicas latinoamericanas, independientes e incomunicadas
entre ellas, acceder al mercado mundial del capitalismo de
la revolución industrial en el proceso de una modernización
dual, refleja y dependiente.
La tercera fase de la globalización se da actualmente
en medio de un gigantesco cambio de época, con el desmoronamiento
del imperio soviético, la clausura del mundo bipolar
de Yalta, una sorprendente revolución tecnológica
y la reestructuración profunda de la economía
y de la política a nivel mundial. El "big bang"
de su eclosión depende básicamente de los dos
sistemas nerviosos de las sociedades contemporáneas:
las redes de comunicación e información que
cancelan barreras de tiempo y espacio, y la liberalización
de los flujos económicos y financieros. Es una fase
crucial para América Latina: o logra incorporarse desde
su propia fragilidad y potencialidad, desde sus propios intereses
históricos, en los dinamismos virtuosos de la globalización,
o queda cada vez más marginada, sin rumbos, sumida
en ciclos periódicos de depresión y violencia.
La globalización es un dato real, estructural, que
se impone y con el que hay que contar necesariamente. No es
producto de quien sabe qué "conspiración".
Por eso, son impotentes y perniciosas la ignorancia suicida,
la rabiosa demonización, la antiglobalidad que desemboca
en utopía y violencia. Una especie de neoludismo es
antihistórico. Pero ese mismo proceso de globalización
ha incubado también paradigmas ideológicos que
los grandes poderes proponen e imponen como vectores necesarios
para su desarrollo. La perspectiva del mercado global en la
fase eufórica del liberalismo vencedor relanzó
la utopía de la sociedad de competencia perfecta, de
autorregulación de la entera dinámica social
gracias al libre juego de las fuerzas del mercado, en la ilusión
de que la "mano invisible" suscitaría una
generalizada prosperidad.
Globalización, como dato y tendencia de la realidad,
es una cosa; ideología "globalista", desde
el paradigma de neoliberalismo extremo, es otra. No hay hoy
alternativas serias, viables y deseables a la economía
del mercado, pero la utopía del mercado autorregulador
se demuestra falaz y perniciosa. Así como hay capitalismos
diversos -el japonés, el coreano, el renano, el holandés,
el italiano, no son lo mismo que el norteamericano o el inglés-,
hay también diversos modos de incorporarse al mercado
global. La globalización seguirá desplegándose
en la realidad del mundo de hoy y de mañana, pero esa
ideología única de globalismo neoliberal está
entrando en crisis.
La globalización y la regionalización (o continentalización)
no se revelan opuestas ni contradictorias sino complementarias
y entrelazadas. La continentalización aparece como
modalidad compensatoria y de inserción en los dinamismos
de la globalización. La tendencia a la regionalización
económica en megamercados continentales está
acompañada por una mayor sensibilidad de los grandes
confines geopolíticos y de las áreas de civilización
y cultura. Tiene razón Henry Kissinger cuando afirma
que hemos entrado en la fase histórica de los "Estados
continentales", inaugurada por el gigante Estados Unidos,
proseguida por la Unión Soviética (y será
Rusia, si logra recomponerse en los próximos 20 años),
hoy en marcha en la Unión Europea. Lo son también
la China y la India. Los estados nacionales dispersos pierden,
pues, todo protagonismo histórico y van quedando cada
vez más a los márgenes de la historia.
Es bajo esta luz que hay que considerar como fundamental la
segunda ola integracionista hemisférica y latinoamericana
de los años noventa, con el Tratado de Libre Comercio
entre Estados Unidos, Canadá y México, el vigoroso
surgimiento del MERCOSUR, la revitalización de la Comunidad
Andina de Naciones y del Sistema de Integración Centroamericana,
y todo ello, en la perspectiva del Área de Libre Comercio
de las Américas (ALCA).
El destino de América Latina está en necesaria
relación con Estados Unidos, la "nación
indispensable", el único "Imperio global".
Es inconducente toda contraposición ideológica,
de viejo cuño, muro contra muro, de América
Latina con Estados Unidos.
Desde su proyección mundial y durante décadas,
las primeras décadas del siglo XX, Estados Unidos apenas
consideró a Latinoamérica como un patio trasero,
alborotado y confuso, dejando librada su relación a
la acción de sus empresas privadas, con intervenciones
periódicas de sus cañoneras y marines, y luego
bajo ajuste estratégico- militar en tiempos de guerra
fría. No hubo nunca un "Plan Marshall" para
América Latina. La "Alianza para el Progreso"
se desinfló apenas nacida. Por eso, se hizo mucho hincapié
en la vuelta de Estados Unidos al hemisferio, primero con
la "Iniciativa para las Américas", luego
con el Tratado de Libre Comercio y ahora con el ALCA. México
es la gran frontera de Estados Unidos y, por eso, le interesa
mayormente. ¿Y el resto de América Latina?
El ALCA sería para los países latinoamericanos
el acceso al mercado más importante del mundo. Es una
oferta que encandila. Se constituiría así el
mayor bloque económico regional del mundo entero. Los
significativos beneficios obtenidos por México en cuanto
a consistentes flujos de capital, enorme aumento de las exportaciones
y crecimiento económico e industrial podrían
extenderse para toda América Latina.
Lo que importa es verificar cuál es y será el
compromiso real, la solidaridad efectiva y la inversión
de energías y recursos que Estados Unidos está
dispuesto a arriesgar en un proyecto de tanta envergadura,
sobre todo cuando su economía está en fase de
desaceleración, cuando se concentra en la guerra global
contra el terrorismo y cuando América Latina no entra
actualmente dentro de sus prioridades estratégicas.
¿Tiene futuro real el ALCA? ¿Podrá superar
la resistencia en Estados Unidos de los poderosos grupos de
presión, sea proteccionistas sea superglobalizadores,
contrarios a todos los agrupamientos regionales, favorables
sólo al bilateralismo? ¿Estará dispuesto
a actuar con América Latina en forma similar a cómo
lo hizo la Comunidad Europea, sobre todo Alemania, en los
años sesenta, con España, Portugal y Grecia,
por medio de Fondos de Compensación y Desarrollo que
fueron fundamentales para la democratización, modernización
y desarrollo sostenido de estos países? Es realista
y prudente plantearse estos interrogantes. Son ilustrativos
dos "dossier" publicados por "Newsweek"-
vocero de poderes fuertes -, el primero después del
11 de septiembre de 2001, con el título de "¡Adiós
amigos!" ( y lo de "amigos" está referido
sarcásticamente a América Latina), marcando
la distancia y desinterés norteamericanos, y otro más
reciente, que en la misma carátula de la revista se
presenta con este título: "El Pacto de las Américas:
una mala idea".
Embarcarse en un gran proyecto de asociación con la
primera potencia mundial requiere gran lucidez y claridad
respecto de los propios intereses históricos, conjugar
y coordinar convergencias negociables entre los países
latinoamericanos, mucho realismo, prudencia y cautela. Exige,
además, establecer condiciones de negociación
inteligente, para no verse arrollados y para que el diálogo
pueda encaminarse realmente hacia una solidaridad efectiva
en pos del bien común. En efecto, hay que crear las
condiciones para que dicho diálogo no sea ni de pura
confrontación -¡porque se pierde!-, ni de mera
asimilación -¡porque también se pierde!-,
sino auténticamente abierto, franco, paciente y solidario.
No es nada fácil construir una auténtica solidaridad
continental desde itinerarios histórico-culturales
tan disímiles; tampoco lo es desde relaciones tensas
en décadas pasadas. Crea grave dificultad sobre todo
la tremenda asimetría de poderes entre el centro hegemónico
del mundo actual, el único "imperio global",
y más de 35 países, muchos de ellos sumamente
pequeños, micro-estados sin condiciones reales de viabilidad
y con graves desequilibrios de todo orden, que en gran medida
no han vivido desde sí mismos su propia "revolución
industrial".
Es fundamental para los países latinoamericanos participar
en las negociaciones hacia el ALCA, no a través de
separadas relaciones bilaterales con Estados Unidos -sería
un juego de gigante con los "37 enanitos", y según
las reglas del gigante- sino desde una clara definición
y concertación de los intereses de toda América
Latina, actuando como "building block". América
Latina tiene que ir configurándose como espacio de
poder intrínseco para poder negociar dignamente, con
cierto protagonismo, hacia un ALCA bajo hegemonía norteamericana.
Hoy día ya no es más posible hablar de América
Latina indistintamente, como retórica genérica,
a bulto. Hoy América Latina tiende a separar sus dos
regiones básicas. México, América Central
y las Antillas caminan en o hacia el TLC/NAFTA, mientras que
el conjunto de Sudamérica, a diversos ritmos, con vacilaciones
y fuertes crisis, tiende a autocentrarse en la dinámica
abierta por el MERCOSUR y su comunicación con una revitalizada
Comunidad Andina de Naciones.
El TLCAN/NAFTA es, para Estados Unidos, la realización
de los sueños de sus padres fundadores, por extensión
de su "frontera" natural hacia Canadá, por
el norte, y hacia México por el sur. Jefferson consideraba
que esa frontera llegaba hasta Panamá (luego disociado
de Colombia y creado como país para la construcción
del Canal a comienzos del siglo XX) e incluía por cierto
a Cuba. México, Centroamérica y el Caribe constituyen
el gran espacio de frontera con el mayor poder mundial.
Si el 80% del comercio de México ya se realiza con
los Estados Unidos, lo hace también el 60% de América
Central y el Caribe. Esa vasta área latinoamericana
tenderá cada vez más a remodelarse como frontera
americana, a formar parte de un sistema internacional de economías
integradas, a "dolarizarse". Estados Unidos domina
su comercio internacional, sus inversiones extranjeras, su
moneda y su turismo, y se constituye en el destino principal
de sus emigrantes legales e ilegales. Desde su vigorosa consistencia
nacional -económica, política, cultural y religiosa-,
México podrá contar con bastante mayor margen
de resistencia, negociación, autonomía y protagonismo;
mucho menos será en los pequeños países
centroamericanos y caribeños. Lo que vaya sucediendo
en las relaciones entre Estados Unidos y México, en
el cuadro del TCL, anticipará y tendrá fuertes
influencias sobre el porvenir de las relaciones entre Estados
Unidos y toda América Latina.
Para América Central no hay mejores caminos que la
consolidación y profundización de la integración
subregional y el desarrollo efectivo del Plan Puebla- Panamá,
en condiciones de democratización y de superación
de absurdos recelos fronterizos y localismos impotentes.
El MERCOSUR es el acontecimiento más lleno de novedad
histórica y más importante para la Sudamérica
de nuestro tiempo. Es fundamental reafirmar esta convicción
en momentos por los que pasa por su más grave crisis.
Representa el cuarto mayor bloque económico en el mundo.
Es un mercado de grandes potencialidades. Cubre una zona clave
de Sudamérica: una red urbana que va de Brasil a Chile,
pasando por el triángulo brasileño de Río
de Janeiro, Belo Horizonte y San Pablo, y atravesando una
gran frontera formada por Asunción, Santa Cruz de la
Sierra, el triángulo argentina del gran Buenos Aires,
Rosario y Córdoba, y Santiago en la otra punta. Es
la máxima concentración de capital humano, la
mayor red de mercados, universidades e institutos de investigación
de América Latina. Es su ámbito más "moderno".
Es el único lugar desde donde Sudamérica puede
generar un desarrollo autosostenido.
Brasil es el gigante emergente con mayores posibilidades en
América Latina. Es el centro de América del
Sur. Sin Brasil nada de lo latinoamericano será posible.
Únicamente desde el Brasil se puede articular Sudamérica.
Y Sudamérica no es sólo opción diplomática
del Brasil, sino toda su circunstancia y su devenir. Por eso,
está obligado a asumir con grandeza sus responsabilidades
de liderazgo.
Pero Brasil es sólo uno de los dos rostros de América
Latina; termina siendo impotente por sí solo. Toda
ilusión al respecto concluye en fracaso. El principio
de integración exige la copresencia de los dos rostros,
o sea el luso-americano conjugado con el hispano-americano,
por una parte del Estado hispano-americano más importante
de Sudamérica, en la contigüidad geográfica
de la Cuenca del Plata, que es Argentina, contigua a su vez
con Chile, y unida a la vértebra andina (en lo que
fue originariamente el inmenso Virreinato del Perú),
y por otra parte, del otro gigante emergente que es México.
El MERCOSUR es una condición necesaria, en cuanto plataforma
común, para que los países de América
del Sur procedan a elevar sus parámetros de productividad,
dispongan de posibilidades mínimas para obtener una
inserción ventajosa en el mundo globalizado de competencia
cada vez más encarnizada, ganando escala económica
y política suficiente para tener una interlocución
internacional con un mínimo de audiencia y alguna capacidad
de imponer respeto.
Ahora bien, en su primera década, los países
del MERCOSUR han logrado muy buenos resultados en términos
de caída de inflación, rápido crecimiento
económico y avance de reformas estructurales (privatizaciones,
desregulaciones, apertura) en un marco de consolidación
democrática. El MERCOSUR se ha caracterizado por un
notable aumento del comercio intrazonal entre 1990 y 1997,
en cuanto "regionalismo abierto", y un fuerte flujo
de inversiones (que hoy se concentran sbre todo en Brasil).
Importantes obras de infraestructura para la intercomunicación
física, transportes, telecomunicaciones y energía
están en activo procesamiento.
Las repercusiones de la crisis asiática y rusa en la
brasileña de 1997 y sobre todo el actual desmoronamiento
de Argentina -un "milagro económico" al revés...-
retrasan el camino del MERCOSUR por diez años. Pero
aún en la crisis se reafirma como alianza estratégica
de envergadura a reconstruir y relanzar, con mayor solidaridad
interna, coordinación de las políticas macroeconómicas
e interlocución común ante los megamercados.
La presencia del Presidente Fox en la última Cumbre
del MERCOSUR fue altamente oportuna y significativa: México
y el MERCOSUR, sobre todo con Brasil, se necesitan recíprocamente.
Es el eje del único poder intrínseco latinoamericano.
Toca ahora a los dos futuros próximos gobiernos de
Argentina y Brasil relanzar el MERCOSUR, con sus enormes potencialidades
agroalimentarias, biooceánicas, minerales, energéticas,
turísticas, intensificando las relaciones con la Comunidad
Andina y acelerando los tiempos para la decidida configuración
de la Asociación de Libre Comercio Sudamericana, camino
hacia un Mercado Común Sudamericano o Estados Unidos
Confederados de Sudamérica.
Para Estados Unidos un área de libre mercado continental
es cuestión importante. Canadá y México
son su segundo y tercer socios comerciales. América
Latina es el mercado de más rápido crecimiento
para las exportaciones estadounidenses. Se calcula que para
el 2010 las ventas estadounidenses a América Latina
serán superiores a las que realizará a Japón
y a la Unión Europea. En contraste con el déficit
norteamericano en relación al Asia y con el estancamiento
de intercambios con Europa, el comercio americano hemisférico
ha aportado a Estados Unidos un superávit considerable
que modera su enorme déficit comercial global.
La contrapartida tiene que ser una apertura transparente del
mercado estadounidense a las producciones agrícolas
e industriales latinoamericanas, abatiendo barreras tarifarias
y no tarifarias. Se ha de considerar que los países
latinoamericanos han hecho grandes sacrificios y esfuerzos
durante la última década, para abrirse al comercio
internacional, sin que a sus progresos correspondiera análoga
actitud de los grandes países hiperindustrializados.
Estados Unidos mantienen barreras comerciales más elevadas
para la importación de manufacturas que para las materias
primas, con excepción de las agrícolas, que
tienen un trato especial, mucho más proteccionista
aún.
¿ En dónde quedan las "ventajas comparativas"
de las economías de los países latinoamericanos
si el acero como el azúcar, la soja, el maíz
y los zumos de fruta, por ejemplo, se topan con los fuertes
subsidios del "proteccionismo" norteamericano? A
ello se agrega el requerimiento latinoamericano de revisar
las reglamentaciones "anti-dumping", los derechos
compensatorios, las severas investigaciones de la Sección
301 sobre regímenes comerciales y de inversión
de los países latinoamericanos, las exigencias higiénico-
sanitarias, entre otras; éstos son, muchas veces, mecanismos
instrumentales desde una posición "proteccionista"
de quien es tan poderoso que no admite que se le pidan cuentas
y, menos aún, por supuesto, que se tomen medidas compensatorias
o de represlia.
El ALCA, pues, ¿incluirá todos los rubros de
comercio? ¿Se levantarán las restricciones para
la exportación de los productos primarios e industriales
procedentes de los países latinoamericanos? No en vano
el presidente de la Reserva Federal, Greenspan, ha advertido
recientemente contra una tendencia al aumento del proteccionismo
de Estados Unidos, donde vastos sectores de la opinión
pública continúan resistiéndose a la
liberalización de los intercambios comerciales considerándolos
contrarios a la producción y empleo en el propio país.
Mientras el presidente Bush relanza desde la Conferencia de
las Naciones Unidas a Monterrey (con el tema del financiamiento
del desarrollo) la exhortación a sus socios europeos
y de todo el mundo a abatir las barreras proteccionistas para
bien de la economía global, al mismo tiempo impone
tributos punitivos a su socio del NAFTA, Canadá, sobre
las exportaciones de maderas de construcción, y decreta
medidas ultraproteccionistas para el acero, agrediendo entre
muchas otras exportaciones de diversos países latinoamericanos.
¿Qué garantías puede dar cuando se ha
impuesto arbitrarias medidas anti-dumping a las exportaciones
brasileñas de jugo de naranja concentrado, a las chilenas
de salmones y hongos secos y a las argentinas de miel, sin
contar aún las demás medidas proteccionistas
que limitan el acceso al mercado de los Estados Unidos a productos
agrícolas estratégicos de América Latina,
como la carne, el azúcar y los cítricos? ¿Cómo
puede presentarse Bush como paladín del libre comercio
y pedir a los países latinoamericanos que renuncien
al proteccionismo cuando el parlamento de su país aprobó
a principios de mayo de 2002, en vía preliminar, un
aumento de subsidios a favor de la agricultura de casi 80,000
millones de dólares para los próximos diez años?
Además, para obtener el reciente "fast track"
-vía rápida para las negociaciones comerciales-,
la Administración Bush ha tenido que hacer una larga
lista de concesiones a los intereses proteccionistas estadounidenses.
No en vano, el "Wall Street Journal", en su edición
del 30 de abril de 2001, recogió las declaraciones
de Nicholas Stern, entonces economista-jefe del Banco Mundial,
el cual afirmaba que si el conjunto de los países de
mayor industrialización redujeran las barreras comerciales
a los productores de los países en desarrollo, éstos
podrían obtener 100,000 millones de dólares
al año.
La perspectiva se complica cuando se piensa que es verdad
que, en términos generales, el liberalismo económico
favorece y mejora la asignación de recursos a nivel
mundial, pero que ello es sólo cierto a medio y largo
plazo. No se puede tampoco ignorar que las experiencias de
los países en desarrollo demuestran que cierto margen
de proteccionismo durante algún período de desarrollo
es necesario para la creación, expansión y consolidación
de las propias industrias e innovaciones tecnológicas.
El arancel Hamilton de Estados Unidos durante el siglo XIX,
el Zollverein alemán, las prácticas japonesas
antes y después de la segunda guerra mundial, el proteccionismo
e intervencionismo de los países industrializados después
de la segunda guerra mundial, la experiencia de Brasil entre
los años cincuenta y setenta... son todos ejemplos
de proteccionismo logrado.
¿Cómo ignorar que el "milagro económico"
de los países de Asia oriental y su "despegue
en crecimiento sostenido" desde 1960, presentado como
fruto tan positivo de la globalización neoliberal,
ha sido efecto combinado de la libre empresa, la intervención
estratégica y financiera del Estado, una burocracia
tecnocrática con fuerte propensión al comando
y un elevado nivel de alfabetización y de cultura?
Al contrario, es un hecho incontrovertible que la experiencia
"librecambista del siglo XIX fue un total fracaso",
como lo demuestran los estudios del economista Paul Bairoch,
pues aceleró el subdesarrollo de los países
menos avanzados, destruyendo sus artesanías e incipiente
industrialización por ser infracompetitivas respecto
a la arrolladora expansión de la producción
de los países que vivían en plena dinámica
su revolución industrial. Esto no quiere decir que
se favorezcan hoy las tendencias autárquicas y los
apoyos estatales privilegiados a sectores escasamente productivos
y con viejas, costosas y perjudiciales formas de proteccionismo.
Pero los países latinoamericanos están obligados,
eso sí, a solicitar algunas "protecciones"
especiales, selectivas, que deberían ser respetadas
y aseguradas en el cuadro del ALCA, con regímenes transitorios
de corta o media duración, para evitar que una arrolladora
ola de exportaciones norteamericanas avasalle y desmantele
lo que hay de consistente en la industrialización de
América Latina y las posibilidades de emprender en
materia productiva y tecnológica. Se trata de aceptar
algunas formas nuevas de proteccionismo "moderno"
para compensar la asimetría de poderes económicos
que entran en un proceso de "libertad de comercio".
O sea, se trataría de un proteccionismo a plazos y
selectivo, para concentrar el interés nacional en algunos
sectores económicos claves con vistas a crear las condiciones
aptas para su competitividad internacional. Otra cosa sería
un auténtico suicidio. Las pautas de Doha reconocen
que los países menos desarrollados generalmente están
en desventaja para comerciar con las naciones desarrolladas
y necesitan un trato especial.
A los países latinoamericanos no conviene, como se
ufanaba un ex canciller argentino, tener "relaciones
carnales" con Estados Unidos. Hay abrazos que sofocan.
Siendo "partners" más débiles y vulnerables
es prudente que cultiven lo más posible relaciones
poligámicas. México y Chile lo han demostrado
firmando grandes acuerdos de liberalización y asociación
con la Unión Europea e intensificado los flujos comerciales.
A mayor razón lo necesita el MERCOSUR que tiene más
intensa relación comercial con la Unión Europea
que con Estados Unidos. Es de esperar que la Unión
Europea se decida finalmente, por una parte, a abrir brechas
consistentes en su costo, inicuo y abnorme sistema de proteccionismo
agrícola, y, por otra, se decida a jugar "a la
grande" en relación a América Latina y
a su mercado. Sería importante que un acuerdo más
general de liberalización con la Unión Europea
advenga antes del año 2005, fecha de eventual conclusión
y coronación de las negociaciones de ALCA. Además
los países latinoamericanos tienen que explorar mucho
más decididamente los mercados asiáticos, sobre
todo de China y la India, dos gigantes emergentes.
América Latina cerró la década de 1990
con fuerte crecimiento hasta el año 1997 y con tres
años de variable estancamiento; ahora pesan los aires
recesivos norteamericanos, mundiales y latinoamericanos. Si
bien se logró la apertura de los mercados de capitales,
bienes y servicios, y, en no pocos países, la estabilidad
de las grandes variables macroeconómicas y la recuperación
de la credibilidad en el manejo económico, ahora, en
cambio, crece la insatisfacción, a veces explosiva,
ante los límites y restricciones de las políticas
seguidas. Los mismos países que han suscrito prolijamente
los paradigmas dominantes de las estrategias neoliberales
y que llegaron a ser presentados como modelos por el Fondo
Monetario Internacional, obtienen muy escasos resultados y
en algunos casos entran en crisis.
Desde finales de la década 1990 se levantaron voces
muy críticas, incluso desde el Banco Mundial, respecto
de los límites intrínsecos del "consenso
de Washington". Desde la CEPAL se escribía ilustrativamente:
"La vulnerabilidad de la mayoría de los países
de la región frente a la inestabilidad financiera internacional,
el reducido crecimiento económico, los escasos progresos
en equidad y la insatisfacción que se detecta en la
opinión pública, han modificado las coordenadas
del debate económico y social vigente en la región,
poniendo en tela de juicio algunos de los principios de las
modalidades de desarrollo predominantes".
Hoy día, urge la definición política
e intelectual de nuevos paradigmas para el desarrollo latinoamericano,
que sepan atesorar todo lo bueno de la década pasada,
pero que, con decididas inflexiones y correcciones de rumbo,
sepan también afrontar cuestiones irresueltas y problemáticas.
Ya no basta la estabilización de las economías
- que vuelve a convertirse a veces en cuestión dramática,
como en Argentina-, sino que se necesita incorporarlas más
de lleno al cambio tecnológico mundial, superar el
dualismo estructural, tecnológico y de productividad,
entre las empresas globalizadas y gran parte del mercado interno
y del trabajo nacional sumergido en la informalidad, asegurar
mayor competitividad y agresividad hacia nuevos mercados y
lograr ritmos sostenidos de crecimiento económico que
para América Latina no pueden ser menos del 5% anual.
América Latina se ha mostrado sumamente vulnerable
a las crisis cíclicas y encadenadas en el mercado mundial,
soporta el peso de una insoportable "deuda externa"
("¡eterna!") y corre los riesgos de la volatización
de capitales "golondrina". Tiene que reclamar a
nivel internacional un mayor gobierno de los flujos financieros
y una adecuada reforma del sistema financiero internacional
y, en particular, del tan necesario como cuestionado Fondo
Monetario Internacional, así como un replanteamiento
global, más solidario y menos usurero, sobre la cuestión
de la "deuda". Pero, a la vez, debe sanear y reforzar
sus sistemas financieros nacionales, establecer más
atentas políticas de regulación y moderación
de los ciclos financieros sea en tiempos de euforia sea de
depresión, intensificar ritmos de ahorro interno (de
los que los trabajadores mexicanos en Estados Unidos son ejemplo
sorprendente, como lo demuestra el monto de sus remesas hacia
su país natal), y promover modalidades de flexibilización
y más amplio acceso al crédito, y redes de protección
para los sectores económicos y sociales más
vulnerables.
Durante los años noventa no ha habido una sola situación
nacional en América Latina en que el crecimiento económico
se haya conjugado con mayor equidad. Más aún:
en los años noventa aumentaron el desempleo, el subempleo
y las condiciones de pobreza. Es ante todo cuestión
de justicia pero, a la vez, de valorización del trabajo
nacional y del mercado interno para dar mayor consistencia
y posibilidades al desarrollo. Un gran país como México
no puede permitirse que más del 50% de su población
sea pobre y que casi el 25% (25 millones de personas) no cuenten
con ingresos necesarios para cubrir las necesidades básicas
de alimentación.
Los sectores más desfavorecidos y marginados, y por
eso más necesitados de promoción humana, desarrollo
y justicia, son los campesinos e indígenas. Esta realidad
popular, en relación a los muy altos estándares
de vida de los sectores pudientes, a veces ostentosamente
irresponsables y desmedidos, hace que América Latina
cuente con el mayo nivel de desigualdades sociales en el mundo
entero. No basta, pues, el crecimiento económico -
condición necesaria pero no suficiente - sino que se
necesitan políticas públicas especiales y decididas,
sinergias privadas e iniciativas sociales, encaminadas a combatir
la pobreza, favorecer mayor equidad e ir reconstruyendo el
tejido social,...a menos que se quiera vivir según
el modelo archipiélago: pequeñas islas superprotegidas
de superricos en medio de océanos de pobreza.
La conquista de la democracia en América Latina es
un bien precioso a custodiar, consolidar y desarrollar. Hay
que ir dejando atrás muchos males que arrastramos,
como la exaltación ideológica y el providencialismo
político, el desencanto y los altos niveles de desinterés
y de exclusión respecto de la cosa pública,
la frecuente conmixtión de la gestión estatal
con los intereses privados en forma de corrupción.
Se requiere una reforma del Estado y de la política.
Pesa mucho un estatalismo ineficiente, costoso, engorroso,
de escasa profesionalización, vinculado a inercias
burocráticas, a corporaciones políticas concentradas
en sus respectivas cuotas e intereses de poder y al anacronismo
ideológico que identifica lo privado con meros intereses
particulares de pocos. Se necesita mayor libertad y transparencia
del mercado, toda otra cosa también que un mercado
controlado por la simbiosis entre intereses políticos
y empresariales o que la mera sustitución de perjudiciales
monopolios estatales por los no menos perjudiciales monopolios
u oligopolios privados.
La reforma del Estado no puede consistir en su mero achicamiento
y repliegue sino que tiene que diseñarse y modernizarse
al servicio de una estrategia nacional, asegurando los bienes
esenciales de orden y seguridad, libertad y legalidad, promoviendo
políticas de inclusión social y erradicación
de la pobreza, fomentando y apoyando los sectores claves para
el desarrollo del país, para su integración
regional y para la creación de condiciones ventajosas
a nivel de la competitividad internacional. Esto no es suficiente
si no hay recambio virtuoso y competente de clases dirigentes
y, en particular, de la clase política, y gobiernos
firmes y clarividentes, de rumblos claros, capaces de suscitar
e implicar un vasto consenso nacional -sobre todo, sobre algunas
cuestiones prioritarias de interés nacional- y de tener
la autoridad política y moral para requerir necesarios
y equitativos sacrificios en pos de mayor desarrollo y justicia
para todos.
Es utópico pensar que las grandes cuestiones de nuestro
desarrollo pueden ser enfrentadas y resueltas sólo
por medio de complejas ortopedias del Estado o por la "mano
invisible" del mercado. Es imprescindible también
suscitar, educar, movilizar todos los "talentos"
y energías, la capacidad de generosidad, sacrificio,
laboriosidad, empresarialidad, creatividad y solidaridad de
los pueblos, con los mayores consensos posibles, en pos de
contenidos ideales y estratégicos.
Cuando la mera confianza en los aparatos burocráticos
del poder estatal o en la "mano invisible" del libre
juego de las leyes del mercado hacen caso omiso de la dignidad
y participación de los sujetos reales -personas, familias,
comunidades, asociaciones, empresas e iniciativas sociales,
pueblo organizado- terminan erosionando la consistencia de
las democracias liberales y bloqueando las posibilidades de
la economía del mercado. Ante todo, importa poner en
movimiento y sostener a las familias, las formas de amistad
operativa, los voluntariados ideales y serviciales, las iniciativas
caritativas y de asistencia, las redes de servicio, las modalidades
de cooperación laboral y productiva, una cada vez más
difundida y capilar empresarialidad y particularmente la multiplicación
de las empresas pequeñas y medianas, "profit"
y "non profit", que afronten necesidades sociales
notorias, aumenten el empleo y actúen en función
del bien común.
Los pueblos latinoamericanos tienen que estar movidos por
un nuevo dinamismo de vocaciones, capacitaciones e iniciativas
empresariales. Hacen falta miles y miles de empresas en el
tejido económico-social. Hay que valorizar y modernizar
las vastas redes de la economía informal así
como las iniciativas y experiencias comunitarias que existen
por doquier, creando y sosteniendo nuevas empresas. Para todo
esto hay que crear condiciones más accesibles de crédito,
promover estimulantes reformas fiscales, mejoramiento de la
infraestructura, capacitación laboral y profesional,
incorporación de nuevas tecnologías, encadenamientos
productivos y asesoramiento a todos los niveles, así
como eliminar todas aquellas regulaciones legales y burocráticas
que no sean absolutamente indispensables para una mayor transparencia
y movilización del mercado. Se trata, pues, de la aplicación
constructiva del principio de subsidiariedad.
Para todo ello es fundamental una gigantesca y capilar tarea
educativa de las personas, las familias y los pueblos, asumidas
por las sociedades nacionales como cuestión capital,
prioritaria, fruto de un gran debate y consenso nacional,
emprendida con la mayor implicación y colaboración
de instituciones educativas, promoviendo la convergencia de
lo oficial y lo privado, lo civil y lo eclesial, lo estatal
y lo empresarial, con la mayor participación de las
familias y la sociedad. Que la educación siga siendo
una cenicienta de las políticas públicas y de
la atención nacional es una irresponsabilidad que se
paga a duro precio. Se necesita dar prioridad a la educación
desde la base hasta los más diversos niveles. Hay que
poner a los pueblos en movimiento, animados por el ethos que
les es propio como tradición, a través de una
alfabetización universal y el crecimiento en cantidad
y calidad en inversiones y rendimientos educativos.
Se necesita asimismo una reforma y actualización de
los sistemas universitarios, sobre todo un sistemático
esfuerzo de desarrollo científico-tecnológico.
Necesitamos constituir, promover, apoyar una serie de grandes
instituciones de alta competencia científico-tecnológica,
dotadas de recursos, que sean focos de cooperación
e irradiación regionales, capaces de incorporar todo
el conocimiento extranjero que sea posible y desarrollar domésticamente,
regionalmente, una capacidad equivalente a la norteamericana
y europea. Ello tiene que repercutir mucho más capilar
y eficazmente en la capacitación laboral, profesional
y técnica a nivel social.
En esta era de la información y del conocimiento, en
el que las innovaciones tecnológicas resultan más
asequibles, la formación e inversión en el capital
humano de las personas y en el capital socio-cultural de los
pueblos, es un recurso capital, sobre todo si sostenido y
potenciado por la conciencia de dignidad y libertad, de responsabilidad
y solidaridad, de laboriosidad y empresarialidad, de sabiduría
ante la vida, de sacrificio y esperanza, que derivan del substrato
cultural cristiano.
Hace poco se ha publicado un libro de Carlos Montaner: "Las
raíces torcidas de América Latina". ¡De
nuevo...la leyenda negra! Habría que renegar de nuestras
raíces ibero-indoamericanas, de nuestra cultura barroca,
de nuestro catolicismo popular, para poder modernizarnos e
incorporarnos en los ritmos autorreguladores del mercado,
en la sociedad liberal madura, multicultural, utilitarista,
hedonista e incluso nihilista. También Samuel Huntington,
en su bien conocido libro sobre "El choque de civilizaciones",
afirma textualmente que México pasará de ser
un país latinoamericano a ser un país norteamericano,
y que de tal modo anticipará una dramática ruptura
de la matriz cultural de toda América Latina. ¿Acaso
es la completa asimilación a la arrolladora expansión
tecnológica, mediática y religiosa de la cultura
norteamericana el único camino de modernización
latinoamericana?
Cierto es que la americanización, en grados diversos,
es ya parte sustancial de la cultura mundial y latinoamericana,
pero aún no ha doblegado sus matrices fundantes y sus
estratos profundos, muchos más hondos y arraigados
que la cultura de un país de trasplantes migratorios
modernos y contemporáneos. "Muchos se admiran
de que México -declaraba Octavio Paz poco antes de
su muerte-, a pesar de tener enfrente al país más
poderoso de la tierra, haya resistido con vigor a la invasión
cultural norteamericana. Hemos resistido por la fuerza que
tiene la organización comunitaria, sobre todo la familia,
la madre como centro de la familia, la religión tradicional,
las imágenes religiosas. Creo que la Virgen de Guadalupe
ha sido mucho más antiimperialista que todos los discursos
de los políticos del país. Es decir, las formas
tradicionales de vida han preservado, en cierto modo, el ser
de América Latina".
No se puede haber sido testigo de lo que significó
la visita del Papa en México sin plantearse muchos
interrogantes y reflexiones al respecto. Ni se puede ignorar
la resistencia, persistencia e influencia de la cultura de
los hispanos -y hay un desafío de solidaridad creativa
con ellos por parte latinoamericana- en el proceso de remodelación
de la cultura norteamericana. Cierto, de nada vale la retórica
patriótica convencional, la cultura reducida a costumbrismo
y folklore, la resistencia crispada ante el "american
way of life". Tal es el dilema que Paz plantea: "acorraladas
entre tradición y modernidad, entre un pasado vivo
pero inerte y un futuro reacio a convertirse en presente,
tienen que escapar del doble peligro que las amenaza: una
es la petrificación, otra es la pérdida de identidad.
Tienen que ser lo que son y ser otra cosa: cambiar y perdurar".
En tiempos de globalización económica y revolución
de las comunicaciones, es sumamente importante reasumir, revitalizar
y reformular la propia tradición, la propia identidad
cultural. El verdadero reto consiste en lograr expresar en
términos modernos y universales las propias matrices
culturales, el propio ser nacional, la más plena y
justa realización del mestizaje étnico y cultural
constitutivo.
Creo firmemente que no hay posibilidad de universalizar las
matrices culturales de los pueblos latinoamericanos, ni de
ponerlos en plena movilización educativa, participativa
y de crecimiento en humanidad, ni de sostener convergencias
sólidas, amplias y duradera en una gran empresa por
la construcción del bien común, ni de animar
y templar fibras humanas de dignidad y libertad, de laboriosidad,
empresarialidad y solidaridad, si no se verifica una intensa
y extensa revitalización de su tradición católica;
o sea, si una "nueva evangelización" no con-mueve
la vida de las personas, no renueva la conciencia de pertenencia
y fraternidad de sus pueblos, si no proporciona fundamento,
alma y destino a un camino latinoamericanos, abierto a una
fraternidad sin fronteras.
Nuestros pueblos latinoamericanos llevan en sus entrañas
un ímpetu de catolicidad, de universalidad. Más
de la mitad de los católicos que ingresan en el tercer
milenio provienen de América Latina. Brasil es el país
con más católicos del mundo, después
viene México, luego Filipinas y Estados Unidos -¡gracias
a lo hispánico!-, después aún Colombia,
Argentina y Guatemala, antes de Francia, Polonia e Italia.
La tradición occidental y cristiano-católica
encuentran en América Latina, en estos tiempos de globalización,
un banco de prueba decisivo. Y México juega un papel
singular. El pueblo de Dios en México ha recibido dones
extraordinarios de la Providencia: ha sido evangelizado por
la gesta de "12 apóstoles" junto con una
legión de misioneros que inculturó la tradición
católica en la matriz y configuración de nuevos
pueblos, ha recibido la visita de Nuestra Señora de
Guadalupe y beneficiado de su alianza de amor con los mexicanos,
ha pasado por la prueba de la persecución y recibido
el don del martirio, ha sido cuna de muchos carismas fundacionales
en el siglo XX eclesial, es impresionante el arraigo del catolicismo
en sus gentes, especialmente entre los pobres y sencillos,
ha recibido con predilección cinco visitas apostólica
del Pastor universal.
Tantos dones implican grandes responsabilidades para su propia
vida y para toda la catolicidad. Ello es un recurso capital
que no puede ignorarse ni ponerse entre paréntesis
en sus enormes implicaciones y consecuencias. El catolicismo
es factor decisivo para la construcción nacional y
la inserción latinoamericana en la globalización
y mundialización.
*
Muchos de los temas tratados en esta conferencia han sido
más extensamente desarrollados por el Dr. Guzmán
Carriquiry en el libro: Globalización e identidad católica
de América Latina, publicado por Plaza y Janés
(México, julio 2002).
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