|

Distinguido
Sr. Presidente:
Alberto Núñez Esteva
Su
éxito, Sr. Presidente Fox, es nuestro éxito,
el de los ciudadanos como yo, el de México. Yo soy
uno de tantos mexicanos que cree en usted, pues considero
que está haciendo su mejor esfuerzo, un enorme esfuerzo,
por sacar el país adelante, enfrentándose, con
valor, a múltiples fuerzas que pretenden -por irresponsabilidad
o por mala fe- regresar al pasado, a ese pasado ignominioso
caracterizado por la incompetencia, por la corrupción
y por el autoritarismo, o, simplemente, acceder al poder por
el poder mismo sin importar la suerte de nuestro País.
Por eso deseo que tenga usted mucho éxito y pensando
en la forma en que podía yo ayudarlo, decidí
enviarle esta carta por el amable conducto de Entorno, la
revista de nuestra Institución, y hacerle, aprovechando
la época navideña, varias peticiones con todo
el respeto que me merece su alta investidura.
La
barbarie que sucedió hace apenas una semana, en que
unos bárbaros (por decir lo menos) irrumpieron violentamente
en el Congreso, me ha puesto triste, muy triste, pues además
de la rabia que me invadió al ver cómo esos
malos mexicanos maltrataban nuestro recinto parlamentario,
pensé en las consecuencias que pueden tener estos actos.
Es uno más -quizá por golpear nuestros símbolos
más me duele-, que viene de una ingrata secuencia:
los machetes de Atenco, que impunemente cruzaron por nuestras
calles, y lograron cancelar un proyecto que beneficiaba a
millones de compatriotas; la toma de la carretera de Cuernavaca,
que causó enormes daños materiales y la vida
de algunas personas inocentes y ahora el ataque a la institución
más representativa de nuestra incipiente democracia
¿Y cuál ha sido el resultado de estas agresiones?
El que los agresores se salgan con la suya; el que utilicen
la violencia, con éxito, como instrumento de negociación;
y el que sus actos se transformen en un monumento a la impunidad.
Ya antes otros bárbaros habían tomado la UNAM
y perjudicado, durante un tiempo incalculable, a miles de
estudiantes. Y ya antes... y ya antes...
¿Y
el Estado de Derecho? Bien, gracias. Defendido "ardientemente"
en los discursos y negado en la realidad ¿A dónde
vamos Sr. Presidente? ¿A qué nos conduce todo
esto? ¿Podemos imaginarnos el escenario que resultaría
de generalizarse la práctica de la violencia como medio
de presión para lograr los fines -buenos o malos- que
se persiguen?
Y
algo que no escapa a su sentido político es la pregunta
que flota alrededor de todo esto ¿Quién o quiénes
están atrás de estas manifestaciones violentas?
Se detectan líderes irresponsables de partidos políticos
que buscan el poder sin importarles el país ¿Quién
más? Porque poco favor le hacen estos pseudolíderes
a los campesinos o a los maestros que pretenden apoyar, echándoles
la opinión pública encima, y buscando la ganancia
a corto plazo sin atacar las verdaderas causas de los problemas
que originan su malestar.
La
democracia nos costó muchos años de lucha y
recién la hemos conquistado (cuando menos la electoral,
nos falta la participativa), pero hay voces en México
y en Latinoamérica que señalan su decepción
de este régimen que apenas estamos construyendo. Winston
Churchill decía que la democracia es el peor de los
sistemas, salvo todos los demás. Concuerdo con este
viejo y sabio político y, por eso, debemos estar alertas
a todo aquello que lesione la buena marcha de nuestra aún
incipiente democracia. El ataque al Congreso es uno de ellos,
el alejarnos del Estado de Derecho es otro.
Primer
aspecto que me permitiría poner sobre la mesa: abrir
como nunca los cauces institucionales para atender las demandas
de la sociedad. Dar respuesta con prontitud a aquellas que
así lo justifiquen, divulgando esta práctica
para que la sociedad esté debidamente enterada, y actuando,
por lo demás, dentro del más estricto Estado
de Derecho. Aceptar, en su caso, el costo político
que esto implica -pues a la larga, de continuar la situación
actual, el costo será superior-, pero descubriendo
al mismo tiempo a los pseudolíderes que promueven la
violencia como base de la negociación.
Usted
Sr. Presidente, hizo una campaña ejemplar y se transformó
en un candidato carismático al que todos admiramos.
Su triunfo fue intachable y, por tanto, lo ampara la legitimidad,
lo que no pueden decir varios de los gobiernos anteriores.
No podemos pensar que la aplicación de las leyes es
represión, término que espantaba a los gobiernos
que no tenían la legitimidad que a usted lo ampara.
Usted sí puede gobernar dentro de la ley y exigir su
más absoluto respeto, atendiendo, como ya lo señalamos,
las justas demandas de la ciudadanía y haciendo de
la política el arte de gobernar.
Sr.
Presidente, desde hace ya muchos años (particularmente
a partir de mi jubilación de la vida empresarial) he
hecho de la lucha contra la pobreza, mi actividad principal.
Me duele, me avergüenza, el hecho de que más de
la mitad de nuestros compatriotas vivan debajo de la línea
de la pobreza, y que México sea uno de los países
que tiene la peor distribución de la riqueza en el
mundo. Pero estoy convencido de que la mejor forma de ir terminando
paulatinamente con esta tremenda deuda social, es creando
riqueza y distribuyéndola equitativamente entre los
que la generaron. Más aún, la mejor solución
es que los pobres tengan la oportunidad, ellos mismos, de
generar la riqueza que los sacará de la pobreza. Esto
es perfectamente posible y a usted le consta, Sr. Presidente,
que hemos presentado proyectos a usted y a varios de sus secretarios
en este sentido. Es indispensable atacar las causas y no los
efectos. Usted no creó la pobreza, se la dejaron los
gobernantes anteriores que fueron incapaces, por incompetencia
o mala fe, no sólo de disminuirla, sino de, siquera,
revertir su tendencia.
Además
de recursos, se requiere imaginación y creatividad
-quizá éstos sean, inclusive, más importantes-
para atacar estos problemas. En épocas de crisis, decía
Einstein, la creatividad es lo más importante. No tengamos
miedo a un cambio de visión y a la voluntad política
para lograrlo. Todos seremos ganadores y el cambio ofrecido
estará presente.
De
aquí surge, entonces, el segundo aspecto que pongo
también sobre la mesa: su gobierno Sr. Presidente,
debe tener como la más alta prioridad la lucha contra
la pobreza -económica, de salud, de vivienda, de conocimiento,
de calidad de vida- reconociendo que el populismo en una droga
mortal que hace sentir bien a la gente y a los gobernantes
en el corto plazo y que los aniquila en el largo plazo. Y
el populismo muestra ya su rostro en nuestra gran capital.
Lo único cierto, como lo decíamos, es la generación
de la riqueza y su distribución equitativa y para esto
se requiere: crecimiento económico -coincido con usted
en la necesidad de buscar ese anhelado 7%-, que implica a
su vez creación e impulso a las empresas, creación
de empleos y autoempleos, apoyo a la inversión nacional
y extranjera, lo cual implica, a su vez, reglas claras del
juego y una violenta, esta sí violenta, simplificación
administrativa.
Apoyemos
al sector exportador, pero -sobre todo ahora en que las grandes
potencias no están creciendo- impulsemos el mercado
interno con imaginación y energía. Ambos se
complementan, no son contradictorios. La formación
de cadenas productivas (cadenas de valor se les llama ahora)
en donde se entrelacen las micro, pequeñas y medianas
empresas con las grandes nacionales o multinacionales, es
posible, perfectamente posible, pero requiere de una política
bien definida.
Busquemos
satisfacer ese enorme mercado de más de 50 millones
de pobres, a través de llevarles los satisfactores
que ellos necesitan -no los que exigen las clases media y
alta- a los costos más bajos, sin sacrificar funcionalidad,
y, vuelvo a insistir, creemos las oportunidades para que ellos
sean los propios generadores de su riqueza. Esto les dará
dignidad y será un poderosísimo motor de la
economía nacional. Justicia social y progreso económico
forman un círculo virtuoso, se complementan.
¡Qué
beneficios tan formidables tendría nuestro País,
si elevamos la capacidad de compra de 50 millones de mexicanos
que ahora viven en la pobreza! ¡Qué bien nos
sentiríamos si logramos reducir la insultante brecha
entre pobres y ricos que actualmente existe en México,
a través de elevar la condición económica
de los que menos tienen, fortaleciendo, así, a nuestra
cada vez más débil clase media!
La
sociedad mexicana -le decía yo a mediados del sexenio
pasado al Presidente Zedillo (y por cierto no le gustó)-
se parece a uno de esos hermosos huipiles que tejen nuestros
indígenas, cuya belleza está en la diversidad
de sus colores y su fortaleza en el tejido de sus hilos; pero
nuestro huipil se nos está deshilachando. Todos podemos
ser, sin embargo, hilos y tejedores, deseosos de reconstruir
una sociedad bella en su diversidad y fuerte en su tejido
social. Sigo teniendo el mismo pensamiento.
Estemos
conscientes de que para generar riqueza por parte de los que
ahora son pobres, se requiere, también, un marco adecuado
para apoyar la educación -de calidad, por Dios, de
calidad, coincido con usted plenamente en este aspecto, y
no sólo de cantidad; la capacitación para la
vida, durante toda la vida; la vigilancia de la salud, sobre
todo preventiva; la vivienda; y la alimentación en
la edad temprana orientada a atacar el pavoroso y vergonzoso
problema de la desnutrición. Todo esto representa un
gran reto, pero también una gran oportunidad. He soñado
que algún día la educación en las escuelas
públicas será tan buena como la de la mejor
escuela privada, lo que sería un gran paso para lograr
la movilidad social que requiere nuestro País ¿Se
hará realidad mi sueño ...algún día?
Sr.
Presidente, usted nos ha indicado que somos o estamos cerca
de ser la novena economía del mundo; pero poco se habla
de que, como país, ocupamos el lugar 50 al medirse
la calidad de vida. Por favor, luchemos por ocupar una mejor
posición en esta última medida, aunque descendamos
en la posición comparativa del tamaño de nuestra
economía. Ojalá encontremos medidores sencillos
para conocer -y divulgar- nuestro avance en calidad de vida
y no sólo el PIB que tanto entusiasma a los economistas.
Démosle una visión social y humana a nuestro
actuar, el de toda la sociedad, y no sólo una visión
economicista. Una sociedad que se asemeja a un archipiélago
en donde existen islotes de enorme riqueza y un océano
de pobreza, tiende a desgarrarse, las olas cada vez serán
más altas y más fuertes. Por razones económicas,
sociales, políticas, pero sobre todo, éticas,
debemos empezar a pagar la deuda social que tenemos con más
de la mitad de la población que vive en condiciones
de pobreza.
Se
puede decir que se está destinando la mayor parte de
nuestro presupuesto a la cuestión social. Lástima,
pero nuestro presupuesto es totalmente insuficiente para atacar
este gravísimo problema. Hacen falta al Gobierno que
usted comanda, recursos mucho mayores, pues en otra forma
no podrá cumplir con su cometido. Ojalá los
señores diputados que con tanta diligencia redistribuyeron
los exiguos re-cursos a su disposición en la reciente
revisión del presupuesto, hubiesen tenido la misma
diligencia para encontrar la forma de incrementar los recursos,
lo que es siempre más difícil (sólo se
les ocurrió aumentar el precio base del petróleo
y apropiarse, indebidamente, de cierta porción de las
pensiones de los trabajadores). Perdieron la oportunidad en
el 2001, cuando se propuso la reforma fiscal y tenemos derecho
a reclamárselos. Siempre es más sencillo repartir
un gasto, que generar un ingreso.
Tercer
aspecto que pongo a su consideración: durante muchos,
muchos años, -digamos 70- hemos padecido, a veces más
y a veces un poco menos, un sistema autoritario que todo lo
basó en la "sabiduría" del Sr. Presidente
en turno y en donde las decisiones se construían a
través de un sistema corporativista impregnado de corrupción
que ordenaba a la sociedad lo que tenía que hacer -y
por quien tenía que votar. Este sistema castró
a nuestra sociedad civil. Pero yo creo que México será
tan grande como grandes seamos los mexicanos y la grandeza
de los mexicanos se medirá por su capacidad de responder
responsablemente a sus retos. Una sociedad civil organizada
y responsable, exigente de sus derechos, pero consciente de
sus obligaciones, es la mejor receta para que el tan anunciado
cambio tenga raíces y sustancia. La pirámide
tradicional en donde la autoridad está en la punta
y la sociedad está abajo suplicando sus favores, debe
modificarse para poner a la sociedad en la punta y la autoridad
abajo, sirviendo ésta a los intereses legítimos
de sus gobernados y facilitando su quehacer El primer cambio
que tenemos que impulsar, si de veras queremos cambio, es
en nuestro interior, el de cada uno de los mexicanos, para
pasar de ser ciudadanos peticionarios a ciudadanos comprometidos
y responsables. Usted, Sr. Presidente, debe ser quien provoque
este cambio radical, a través de creer y apoyar, con
verdadera voluntad política, las instituciones serias
representativas de la sociedad civil; pero eso sí,
exigiéndoles transparencia y rendición de cuentas,
y no sólo en lo económico, sino yendo mucho
más allá, en sus órganos de gobierno,
en sus códigos de ética y de valores, y, muy
importante, en la medición de los logros obtenidos
en la utilización de los recursos destinados a cumplir
su misión.
¡Cuántas
instituciones filantrópicas podrían multiplicar
su actuar si contaran con los recursos suficientes! Y usted
lo ha dicho, Sr. Presidente: el Gobierno no tiene la mística
de estas instituciones y su pesada burocracia no podría
hacer lo mucho que hacen las primeras con los escasos recursos
con los que cuentan. ¡Cómo podrían ayudar
las asociaciones de padres de familia a controlar la calidad
de la educación que se imparte en las escuelas tanto
públicas como privadas! Las experiencias a este respecto
en otros países latinoamericanos son notables ¡Cómo
se puede optimizar el uso de recursos en el sector rural cuando
los propios interesados definen los proyectos que deben efectuarse
y sus prioridades y vigilan el uso de los recursos! Usted,
Sr. Presidente, como Gobernador del Estado de Guanajuato,
puso en práctica esta política con enorme éxito,
me consta.
Que
algo se ha hecho, no tengo duda, pero nuevamente, éste
debe ser un cambio radical. Empoderdamiento (que término
tan horrible) de una sociedad civil responsable que debe rendir
cuentas con oportunidad y con absoluta transparencia, es algo
de lo que realmente estamos necesitados.
Cuarto
aspecto: La necesidad de manejarnos por valores y no sólo
por resultados económicos. Me referiré a dos
asuntos, primero, a la corrupción, ese cáncer
que invade a toda nuestra sociedad y que no es exclusivo del
gobierno. "El que no tranza no avanza", decían
los muchachos de una prestigiada universidad privada mexicana
al preguntarles sobre sus valores. Sí, o atacamos frontalmente
la corrupción, o ésta, como ha sucedido hasta
la fecha, nos consume. La mordida (que no se ha acabado, sino
que está en su apogeo), la defraudación fiscal,
la economía informal que compite contra aquellos que
se apegan a Derecho, el espantoso contrabando que sufrimos
y que está a la venta en las calles de nuestra gran
ciudad, en fin, todos estamos conscientes de esta lacra social,
pero poco se ha hecho (hemos hecho debiera decir) realmente
para erradicarla. "Mucho ruido y pocas nueces" dice
la gente; peces grandes que pasean por las calles, mientras
indígenas que fueron juzgados por delitos menores permanecen
en la cárcel; delitos de cuello blanco que son ejemplo
de impunidad; miembros del Congreso amparados por su fuero
a pesar de las atrocidades cometidas; discursos que delatan
generalidades pero lejos de las realidades. Necesitamos ejemplos
claros y no sólo casos espectaculares -que ojalá
lleguen a buen fin- para creer que el ataque a la corrupción
va en serio.
Estamos
conscientes de que actuar dentro del Estado de Derecho es
mucho más difícil, para estos propósitos,
que con los sistemas autoritarios que no rendían cuentas
a nadie, sistemas de los que afortunadamente ya salimos. Pero
la paciencia se agota y la distancia entre el discurso y la
realidad se vuelve una trampa de la cual después ya
no se puede salir, pues lesiona la confianza, que es el tesoro
que con mayor celo debe cuidar un gobernante.
El
segundo es la seguridad física de los ciudadanos. No
abundo en este asunto por resultar obvio. Lo único
que subrayo es que la razón principal del Estado es
la de dar seguridad a sus súbditos La sociedad sacrifica
y cede su derecho a defenderse mediante la violencia, para
que el Estado haga uso exclusivo de la violencia para que
no exista violencia. Si el Estado falla a esta obligación
fundamental, la sociedad tomará nuevamente la violencia
en sus manos, como desafortunadamente ya ha acontecido, provocando
así, un país caótico que nadie desea.
Reconozco
que mucho de esto compete a los gobernadores, pero usted es
nuestro líder y usted sabrá como lidear con
estos altos funcionarios.
Ojalá
poda-mos conculcar en nuestra sociedad, nuevamente, el respeto
al derecho ajeno, el valor de la familia, el amor al trabajo,
a la verdad, a la frugalidad, a la solidaridad; y hagamos
nuestro, con la mayor convicción y en lo más
profundo de nuestro ser, aquella frase que viene de milenios
atrás: "No hagas a otros lo que no quieras que
otros te hagan a ti". La convivencia armónica
es una de las grandes necesidades de nuestras familias, de
nuestras comunidades, de nuestro País y del mundo entero.
Hago votos porque desde los primeros años de educación
se inculquen estos valores en nuestros niños y se ratifiquen
en su juventud.
Sr.
Presidente, estoy consciente de que ha logrado usted significativos
avances en varios aspectos, a pesar de que las circunstancias
por las que ha atravesado su Gobierno no han sido favorables:
un Congreso que ha decepcionado a la ciudadanía y obstaculizado,
en aspectos vitales, el progreso del País (y respondo
de esta aseveración); unos partidos políticos
que no han estado a la altura de la transición y que
están anteponiendo su deseo de ejercer el poder, a
los intereses superiores del país; una sociedad -todos
nosotros- con una cultura peticionaria más que de responsabilidad
compartida; un gabinete con relativa poca experiencia; un
mundo globalizado en donde las grandes potencias han frenado
su desarrollo económico y en donde, además,
las reglas de juego del comercio internacional, las imponen
en su beneficio (subsidios agrícolas, por ejemplo);
un infame ataque -el del 11 de septiembre- que cambia las
prioridades de los Estados Unidos y le hace renacer su espíritu
guerrero, lidereado por alguien que desea la guerra, guerra
que tiene un fuerte olor a petróleo. Señor,
a usted le ha tocado lidiar un Miura que derrota por ambos
lados, cuando pensaba, quizá, que el toro sería
indultado por su nobleza después de las puyas que le
asestó cuando era usted candidato a la presidencia
¡Bonito paquete! Por eso, comprendiendo la dificultad
de su Presidencia, le reitero que estoy con usted, desde mi
trinchera de la sociedad civil, pues usted es nuestro líder
y su éxito será nuestro éxito, el de
todos los mexicanos.
Ojalá,
Sr. Presidente, las elecciones del 2003 le den a la Cámara
de Diputados una conformación tal que pueda usted,
entonces, impulsar las necesarísimas reformas fiscal,
laboral y energética. Difícilmente lograremos
el ansiado crecimiento y una acción más decidida
del Estado en el ataque a la pobreza, si estas reformas no
se llevan a cabo. Pensé que los pesos y contrapesos
de un Congreso en donde nadie tiene la mayoría, como
el actual, podrían ser benéficos. Me equivoqué.
Creo, entonces, que lo mejor para el País es que usted
tenga el apoyo -al menos así lo esperamos- de su propio
partido, y pueda impulsar las reformas que exige este delicado
período de transición por el que estamos atravesando.
Si bien es riesgoso este escenario, creo que los otros lo
son más. Estoy consciente de que el Senado no cambia
y puede objetar las propuestas aprobadas por los diputados,
pero el costo político que esto tendría, sería
enorme y no creo que se arriesgasen a correrlo. Menos diputados,
con capacidad para reelegirse si han hecho bien su trabajo,
sería un paso adelante para profesionalizar al Congreso
y fortalecer su institucionalidad. Que los diputados le respondan
a sus electores, más que deberles su curul a sus partidos.
Que se vuelvan verdaderos profesionales de la política
parlamentaria, más que retirarse, de manera obligada,
al tercer año de sus labores, cuando apenas están
aprendiendo a ejercerlas.
Sr.
Presidente, la confianza de su pueblo es lo más preciado
que puede tener un gobernante. Con ella se puede todo, sin
ella, difícilmente se avanza. No sólo le pido
que la conserve, sino que la incremente. Ofrezca menos de
lo que puede realizar, pues ya no está usted en campaña
y diga las cosas hasta que sean un hecho o cuando esté
seguro de que se van a dar. Defina usted con claridad el País
que queremos y trasmítanos esta visión con la
misma fuerza, con la misma mística y con la misma pasión
que utilizó cuando era usted candidato. Busque usted
el consenso en lo fundamental con las otras fuerzas políticas
y con la sociedad, pues esto nos permitirá asegurar
el rumbo y ratificarle nuestra confianza. Empieza apenas el
tercer año de su gestión, queda, pues, mucho
camino por recorrer para impulsar lo que este País
necesita. Usted es nuestro líder y como tal, lo vuelvo
a señalar, muchos lo apoyamos y lo apoyaremos hasta
el final de su gestión. Yo he apuntado aquí
algunas ideas que considero de la mayor importancia. Ojalá
puedan serle de alguna utilidad.
Termino
como usted termina muchos de sus discursos ¡Que Dios
lo bendiga! Y, agregaría, que, el 2003 sea el año
de mayor prosperidad para usted y para el país. Se
lo merece y nos lo merecemos.
Alberto
Núñez Esteva
PD Por favor, Sr. Presidente, ejerza usted toda su influencia
en la ONU para que no vayamos a una guerra en la que todos
seríamos perdedores. Recuerdo en estos momentos uno
de los discursos pronunciados por Martin Luther King -aquel
presbítero norteamericano, hombre extraordinario al
que tanto admiré y continúo admirando-, un año
antes de su asesinato. En la parte sustancial, decía:
Estoy convencido que debemos estar del lado correcto de la
revolución del mundo. Sí, nosotros, como nación,
debemos ir a una revolución radical de valores. Debemos
cambiar rápidamente de una sociedad orientada a las
cosas materiales, a otra orientada a las personas. No hay
nada, excepto una muerte trágica, que nos prevenga
para reordenar nuestros prioridades en torno a la persecución
de la guerra...una llamada para abrazar un amor incondicional
para toda la humanidad. No podemos permitirnos adorar al Dios
del odio o hacer sacrificios en el altar de la venganza. Aún
podemos escoger entre una coexistencia pacífica o una
aniquilación violenta. Este pensamiento expresado por
Martin Luther King hace cerca de 35 años, tiene, ahora,
plena vigencia. Ojalá lo escuchemos todos, particularmente
el Sr. Presidente de los Estados Unidos de Norteamérica.
|