No.173
Enero
2003
 

Distinguido Sr. Presidente:

Alberto Núñez Esteva

Su éxito, Sr. Presidente Fox, es nuestro éxito, el de los ciudadanos como yo, el de México. Yo soy uno de tantos mexicanos que cree en usted, pues considero que está haciendo su mejor esfuerzo, un enorme esfuerzo, por sacar el país adelante, enfrentándose, con valor, a múltiples fuerzas que pretenden -por irresponsabilidad o por mala fe- regresar al pasado, a ese pasado ignominioso caracterizado por la incompetencia, por la corrupción y por el autoritarismo, o, simplemente, acceder al poder por el poder mismo sin importar la suerte de nuestro País. Por eso deseo que tenga usted mucho éxito y pensando en la forma en que podía yo ayudarlo, decidí enviarle esta carta por el amable conducto de Entorno, la revista de nuestra Institución, y hacerle, aprovechando la época navideña, varias peticiones con todo el respeto que me merece su alta investidura.

La barbarie que sucedió hace apenas una semana, en que unos bárbaros (por decir lo menos) irrumpieron violentamente en el Congreso, me ha puesto triste, muy triste, pues además de la rabia que me invadió al ver cómo esos malos mexicanos maltrataban nuestro recinto parlamentario, pensé en las consecuencias que pueden tener estos actos. Es uno más -quizá por golpear nuestros símbolos más me duele-, que viene de una ingrata secuencia: los machetes de Atenco, que impunemente cruzaron por nuestras calles, y lograron cancelar un proyecto que beneficiaba a millones de compatriotas; la toma de la carretera de Cuernavaca, que causó enormes daños materiales y la vida de algunas personas inocentes y ahora el ataque a la institución más representativa de nuestra incipiente democracia ¿Y cuál ha sido el resultado de estas agresiones? El que los agresores se salgan con la suya; el que utilicen la violencia, con éxito, como instrumento de negociación; y el que sus actos se transformen en un monumento a la impunidad. Ya antes otros bárbaros habían tomado la UNAM y perjudicado, durante un tiempo incalculable, a miles de estudiantes. Y ya antes... y ya antes...

¿Y el Estado de Derecho? Bien, gracias. Defendido "ardientemente" en los discursos y negado en la realidad ¿A dónde vamos Sr. Presidente? ¿A qué nos conduce todo esto? ¿Podemos imaginarnos el escenario que resultaría de generalizarse la práctica de la violencia como medio de presión para lograr los fines -buenos o malos- que se persiguen?

Y algo que no escapa a su sentido político es la pregunta que flota alrededor de todo esto ¿Quién o quiénes están atrás de estas manifestaciones violentas? Se detectan líderes irresponsables de partidos políticos que buscan el poder sin importarles el país ¿Quién más? Porque poco favor le hacen estos pseudolíderes a los campesinos o a los maestros que pretenden apoyar, echándoles la opinión pública encima, y buscando la ganancia a corto plazo sin atacar las verdaderas causas de los problemas que originan su malestar.

La democracia nos costó muchos años de lucha y recién la hemos conquistado (cuando menos la electoral, nos falta la participativa), pero hay voces en México y en Latinoamérica que señalan su decepción de este régimen que apenas estamos construyendo. Winston Churchill decía que la democracia es el peor de los sistemas, salvo todos los demás. Concuerdo con este viejo y sabio político y, por eso, debemos estar alertas a todo aquello que lesione la buena marcha de nuestra aún incipiente democracia. El ataque al Congreso es uno de ellos, el alejarnos del Estado de Derecho es otro.

Primer aspecto que me permitiría poner sobre la mesa: abrir como nunca los cauces institucionales para atender las demandas de la sociedad. Dar respuesta con prontitud a aquellas que así lo justifiquen, divulgando esta práctica para que la sociedad esté debidamente enterada, y actuando, por lo demás, dentro del más estricto Estado de Derecho. Aceptar, en su caso, el costo político que esto implica -pues a la larga, de continuar la situación actual, el costo será superior-, pero descubriendo al mismo tiempo a los pseudolíderes que promueven la violencia como base de la negociación.

Usted Sr. Presidente, hizo una campaña ejemplar y se transformó en un candidato carismático al que todos admiramos. Su triunfo fue intachable y, por tanto, lo ampara la legitimidad, lo que no pueden decir varios de los gobiernos anteriores. No podemos pensar que la aplicación de las leyes es represión, término que espantaba a los gobiernos que no tenían la legitimidad que a usted lo ampara. Usted sí puede gobernar dentro de la ley y exigir su más absoluto respeto, atendiendo, como ya lo señalamos, las justas demandas de la ciudadanía y haciendo de la política el arte de gobernar.

Sr. Presidente, desde hace ya muchos años (particularmente a partir de mi jubilación de la vida empresarial) he hecho de la lucha contra la pobreza, mi actividad principal. Me duele, me avergüenza, el hecho de que más de la mitad de nuestros compatriotas vivan debajo de la línea de la pobreza, y que México sea uno de los países que tiene la peor distribución de la riqueza en el mundo. Pero estoy convencido de que la mejor forma de ir terminando paulatinamente con esta tremenda deuda social, es creando riqueza y distribuyéndola equitativamente entre los que la generaron. Más aún, la mejor solución es que los pobres tengan la oportunidad, ellos mismos, de generar la riqueza que los sacará de la pobreza. Esto es perfectamente posible y a usted le consta, Sr. Presidente, que hemos presentado proyectos a usted y a varios de sus secretarios en este sentido. Es indispensable atacar las causas y no los efectos. Usted no creó la pobreza, se la dejaron los gobernantes anteriores que fueron incapaces, por incompetencia o mala fe, no sólo de disminuirla, sino de, siquera, revertir su tendencia.

Además de recursos, se requiere imaginación y creatividad -quizá éstos sean, inclusive, más importantes- para atacar estos problemas. En épocas de crisis, decía Einstein, la creatividad es lo más importante. No tengamos miedo a un cambio de visión y a la voluntad política para lograrlo. Todos seremos ganadores y el cambio ofrecido estará presente.

De aquí surge, entonces, el segundo aspecto que pongo también sobre la mesa: su gobierno Sr. Presidente, debe tener como la más alta prioridad la lucha contra la pobreza -económica, de salud, de vivienda, de conocimiento, de calidad de vida- reconociendo que el populismo en una droga mortal que hace sentir bien a la gente y a los gobernantes en el corto plazo y que los aniquila en el largo plazo. Y el populismo muestra ya su rostro en nuestra gran capital. Lo único cierto, como lo decíamos, es la generación de la riqueza y su distribución equitativa y para esto se requiere: crecimiento económico -coincido con usted en la necesidad de buscar ese anhelado 7%-, que implica a su vez creación e impulso a las empresas, creación de empleos y autoempleos, apoyo a la inversión nacional y extranjera, lo cual implica, a su vez, reglas claras del juego y una violenta, esta sí violenta, simplificación administrativa.

Apoyemos al sector exportador, pero -sobre todo ahora en que las grandes potencias no están creciendo- impulsemos el mercado interno con imaginación y energía. Ambos se complementan, no son contradictorios. La formación de cadenas productivas (cadenas de valor se les llama ahora) en donde se entrelacen las micro, pequeñas y medianas empresas con las grandes nacionales o multinacionales, es posible, perfectamente posible, pero requiere de una política bien definida.

Busquemos satisfacer ese enorme mercado de más de 50 millones de pobres, a través de llevarles los satisfactores que ellos necesitan -no los que exigen las clases media y alta- a los costos más bajos, sin sacrificar funcionalidad, y, vuelvo a insistir, creemos las oportunidades para que ellos sean los propios generadores de su riqueza. Esto les dará dignidad y será un poderosísimo motor de la economía nacional. Justicia social y progreso económico forman un círculo virtuoso, se complementan.

¡Qué beneficios tan formidables tendría nuestro País, si elevamos la capacidad de compra de 50 millones de mexicanos que ahora viven en la pobreza! ¡Qué bien nos sentiríamos si logramos reducir la insultante brecha entre pobres y ricos que actualmente existe en México, a través de elevar la condición económica de los que menos tienen, fortaleciendo, así, a nuestra cada vez más débil clase media!

La sociedad mexicana -le decía yo a mediados del sexenio pasado al Presidente Zedillo (y por cierto no le gustó)- se parece a uno de esos hermosos huipiles que tejen nuestros indígenas, cuya belleza está en la diversidad de sus colores y su fortaleza en el tejido de sus hilos; pero nuestro huipil se nos está deshilachando. Todos podemos ser, sin embargo, hilos y tejedores, deseosos de reconstruir una sociedad bella en su diversidad y fuerte en su tejido social. Sigo teniendo el mismo pensamiento.

Estemos conscientes de que para generar riqueza por parte de los que ahora son pobres, se requiere, también, un marco adecuado para apoyar la educación -de calidad, por Dios, de calidad, coincido con usted plenamente en este aspecto, y no sólo de cantidad; la capacitación para la vida, durante toda la vida; la vigilancia de la salud, sobre todo preventiva; la vivienda; y la alimentación en la edad temprana orientada a atacar el pavoroso y vergonzoso problema de la desnutrición. Todo esto representa un gran reto, pero también una gran oportunidad. He soñado que algún día la educación en las escuelas públicas será tan buena como la de la mejor escuela privada, lo que sería un gran paso para lograr la movilidad social que requiere nuestro País ¿Se hará realidad mi sueño ...algún día?

Sr. Presidente, usted nos ha indicado que somos o estamos cerca de ser la novena economía del mundo; pero poco se habla de que, como país, ocupamos el lugar 50 al medirse la calidad de vida. Por favor, luchemos por ocupar una mejor posición en esta última medida, aunque descendamos en la posición comparativa del tamaño de nuestra economía. Ojalá encontremos medidores sencillos para conocer -y divulgar- nuestro avance en calidad de vida y no sólo el PIB que tanto entusiasma a los economistas. Démosle una visión social y humana a nuestro actuar, el de toda la sociedad, y no sólo una visión economicista. Una sociedad que se asemeja a un archipiélago en donde existen islotes de enorme riqueza y un océano de pobreza, tiende a desgarrarse, las olas cada vez serán más altas y más fuertes. Por razones económicas, sociales, políticas, pero sobre todo, éticas, debemos empezar a pagar la deuda social que tenemos con más de la mitad de la población que vive en condiciones de pobreza.

Se puede decir que se está destinando la mayor parte de nuestro presupuesto a la cuestión social. Lástima, pero nuestro presupuesto es totalmente insuficiente para atacar este gravísimo problema. Hacen falta al Gobierno que usted comanda, recursos mucho mayores, pues en otra forma no podrá cumplir con su cometido. Ojalá los señores diputados que con tanta diligencia redistribuyeron los exiguos re-cursos a su disposición en la reciente revisión del presupuesto, hubiesen tenido la misma diligencia para encontrar la forma de incrementar los recursos, lo que es siempre más difícil (sólo se les ocurrió aumentar el precio base del petróleo y apropiarse, indebidamente, de cierta porción de las pensiones de los trabajadores). Perdieron la oportunidad en el 2001, cuando se propuso la reforma fiscal y tenemos derecho a reclamárselos. Siempre es más sencillo repartir un gasto, que generar un ingreso.

Tercer aspecto que pongo a su consideración: durante muchos, muchos años, -digamos 70- hemos padecido, a veces más y a veces un poco menos, un sistema autoritario que todo lo basó en la "sabiduría" del Sr. Presidente en turno y en donde las decisiones se construían a través de un sistema corporativista impregnado de corrupción que ordenaba a la sociedad lo que tenía que hacer -y por quien tenía que votar. Este sistema castró a nuestra sociedad civil. Pero yo creo que México será tan grande como grandes seamos los mexicanos y la grandeza de los mexicanos se medirá por su capacidad de responder responsablemente a sus retos. Una sociedad civil organizada y responsable, exigente de sus derechos, pero consciente de sus obligaciones, es la mejor receta para que el tan anunciado cambio tenga raíces y sustancia. La pirámide tradicional en donde la autoridad está en la punta y la sociedad está abajo suplicando sus favores, debe modificarse para poner a la sociedad en la punta y la autoridad abajo, sirviendo ésta a los intereses legítimos de sus gobernados y facilitando su quehacer El primer cambio que tenemos que impulsar, si de veras queremos cambio, es en nuestro interior, el de cada uno de los mexicanos, para pasar de ser ciudadanos peticionarios a ciudadanos comprometidos y responsables. Usted, Sr. Presidente, debe ser quien provoque este cambio radical, a través de creer y apoyar, con verdadera voluntad política, las instituciones serias representativas de la sociedad civil; pero eso sí, exigiéndoles transparencia y rendición de cuentas, y no sólo en lo económico, sino yendo mucho más allá, en sus órganos de gobierno, en sus códigos de ética y de valores, y, muy importante, en la medición de los logros obtenidos en la utilización de los recursos destinados a cumplir su misión.

¡Cuántas instituciones filantrópicas podrían multiplicar su actuar si contaran con los recursos suficientes! Y usted lo ha dicho, Sr. Presidente: el Gobierno no tiene la mística de estas instituciones y su pesada burocracia no podría hacer lo mucho que hacen las primeras con los escasos recursos con los que cuentan. ¡Cómo podrían ayudar las asociaciones de padres de familia a controlar la calidad de la educación que se imparte en las escuelas tanto públicas como privadas! Las experiencias a este respecto en otros países latinoamericanos son notables ¡Cómo se puede optimizar el uso de recursos en el sector rural cuando los propios interesados definen los proyectos que deben efectuarse y sus prioridades y vigilan el uso de los recursos! Usted, Sr. Presidente, como Gobernador del Estado de Guanajuato, puso en práctica esta política con enorme éxito, me consta.

Que algo se ha hecho, no tengo duda, pero nuevamente, éste debe ser un cambio radical. Empoderdamiento (que término tan horrible) de una sociedad civil responsable que debe rendir cuentas con oportunidad y con absoluta transparencia, es algo de lo que realmente estamos necesitados.

Cuarto aspecto: La necesidad de manejarnos por valores y no sólo por resultados económicos. Me referiré a dos asuntos, primero, a la corrupción, ese cáncer que invade a toda nuestra sociedad y que no es exclusivo del gobierno. "El que no tranza no avanza", decían los muchachos de una prestigiada universidad privada mexicana al preguntarles sobre sus valores. Sí, o atacamos frontalmente la corrupción, o ésta, como ha sucedido hasta la fecha, nos consume. La mordida (que no se ha acabado, sino que está en su apogeo), la defraudación fiscal, la economía informal que compite contra aquellos que se apegan a Derecho, el espantoso contrabando que sufrimos y que está a la venta en las calles de nuestra gran ciudad, en fin, todos estamos conscientes de esta lacra social, pero poco se ha hecho (hemos hecho debiera decir) realmente para erradicarla. "Mucho ruido y pocas nueces" dice la gente; peces grandes que pasean por las calles, mientras indígenas que fueron juzgados por delitos menores permanecen en la cárcel; delitos de cuello blanco que son ejemplo de impunidad; miembros del Congreso amparados por su fuero a pesar de las atrocidades cometidas; discursos que delatan generalidades pero lejos de las realidades. Necesitamos ejemplos claros y no sólo casos espectaculares -que ojalá lleguen a buen fin- para creer que el ataque a la corrupción va en serio.

Estamos conscientes de que actuar dentro del Estado de Derecho es mucho más difícil, para estos propósitos, que con los sistemas autoritarios que no rendían cuentas a nadie, sistemas de los que afortunadamente ya salimos. Pero la paciencia se agota y la distancia entre el discurso y la realidad se vuelve una trampa de la cual después ya no se puede salir, pues lesiona la confianza, que es el tesoro que con mayor celo debe cuidar un gobernante.

El segundo es la seguridad física de los ciudadanos. No abundo en este asunto por resultar obvio. Lo único que subrayo es que la razón principal del Estado es la de dar seguridad a sus súbditos La sociedad sacrifica y cede su derecho a defenderse mediante la violencia, para que el Estado haga uso exclusivo de la violencia para que no exista violencia. Si el Estado falla a esta obligación fundamental, la sociedad tomará nuevamente la violencia en sus manos, como desafortunadamente ya ha acontecido, provocando así, un país caótico que nadie desea.

Reconozco que mucho de esto compete a los gobernadores, pero usted es nuestro líder y usted sabrá como lidear con estos altos funcionarios.

Ojalá poda-mos conculcar en nuestra sociedad, nuevamente, el respeto al derecho ajeno, el valor de la familia, el amor al trabajo, a la verdad, a la frugalidad, a la solidaridad; y hagamos nuestro, con la mayor convicción y en lo más profundo de nuestro ser, aquella frase que viene de milenios atrás: "No hagas a otros lo que no quieras que otros te hagan a ti". La convivencia armónica es una de las grandes necesidades de nuestras familias, de nuestras comunidades, de nuestro País y del mundo entero. Hago votos porque desde los primeros años de educación se inculquen estos valores en nuestros niños y se ratifiquen en su juventud.

Sr. Presidente, estoy consciente de que ha logrado usted significativos avances en varios aspectos, a pesar de que las circunstancias por las que ha atravesado su Gobierno no han sido favorables: un Congreso que ha decepcionado a la ciudadanía y obstaculizado, en aspectos vitales, el progreso del País (y respondo de esta aseveración); unos partidos políticos que no han estado a la altura de la transición y que están anteponiendo su deseo de ejercer el poder, a los intereses superiores del país; una sociedad -todos nosotros- con una cultura peticionaria más que de responsabilidad compartida; un gabinete con relativa poca experiencia; un mundo globalizado en donde las grandes potencias han frenado su desarrollo económico y en donde, además, las reglas de juego del comercio internacional, las imponen en su beneficio (subsidios agrícolas, por ejemplo); un infame ataque -el del 11 de septiembre- que cambia las prioridades de los Estados Unidos y le hace renacer su espíritu guerrero, lidereado por alguien que desea la guerra, guerra que tiene un fuerte olor a petróleo. Señor, a usted le ha tocado lidiar un Miura que derrota por ambos lados, cuando pensaba, quizá, que el toro sería indultado por su nobleza después de las puyas que le asestó cuando era usted candidato a la presidencia ¡Bonito paquete! Por eso, comprendiendo la dificultad de su Presidencia, le reitero que estoy con usted, desde mi trinchera de la sociedad civil, pues usted es nuestro líder y su éxito será nuestro éxito, el de todos los mexicanos.

Ojalá, Sr. Presidente, las elecciones del 2003 le den a la Cámara de Diputados una conformación tal que pueda usted, entonces, impulsar las necesarísimas reformas fiscal, laboral y energética. Difícilmente lograremos el ansiado crecimiento y una acción más decidida del Estado en el ataque a la pobreza, si estas reformas no se llevan a cabo. Pensé que los pesos y contrapesos de un Congreso en donde nadie tiene la mayoría, como el actual, podrían ser benéficos. Me equivoqué. Creo, entonces, que lo mejor para el País es que usted tenga el apoyo -al menos así lo esperamos- de su propio partido, y pueda impulsar las reformas que exige este delicado período de transición por el que estamos atravesando. Si bien es riesgoso este escenario, creo que los otros lo son más. Estoy consciente de que el Senado no cambia y puede objetar las propuestas aprobadas por los diputados, pero el costo político que esto tendría, sería enorme y no creo que se arriesgasen a correrlo. Menos diputados, con capacidad para reelegirse si han hecho bien su trabajo, sería un paso adelante para profesionalizar al Congreso y fortalecer su institucionalidad. Que los diputados le respondan a sus electores, más que deberles su curul a sus partidos. Que se vuelvan verdaderos profesionales de la política parlamentaria, más que retirarse, de manera obligada, al tercer año de sus labores, cuando apenas están aprendiendo a ejercerlas.

Sr. Presidente, la confianza de su pueblo es lo más preciado que puede tener un gobernante. Con ella se puede todo, sin ella, difícilmente se avanza. No sólo le pido que la conserve, sino que la incremente. Ofrezca menos de lo que puede realizar, pues ya no está usted en campaña y diga las cosas hasta que sean un hecho o cuando esté seguro de que se van a dar. Defina usted con claridad el País que queremos y trasmítanos esta visión con la misma fuerza, con la misma mística y con la misma pasión que utilizó cuando era usted candidato. Busque usted el consenso en lo fundamental con las otras fuerzas políticas y con la sociedad, pues esto nos permitirá asegurar el rumbo y ratificarle nuestra confianza. Empieza apenas el tercer año de su gestión, queda, pues, mucho camino por recorrer para impulsar lo que este País necesita. Usted es nuestro líder y como tal, lo vuelvo a señalar, muchos lo apoyamos y lo apoyaremos hasta el final de su gestión. Yo he apuntado aquí algunas ideas que considero de la mayor importancia. Ojalá puedan serle de alguna utilidad.

Termino como usted termina muchos de sus discursos ¡Que Dios lo bendiga! Y, agregaría, que, el 2003 sea el año de mayor prosperidad para usted y para el país. Se lo merece y nos lo merecemos.

Alberto Núñez Esteva


PD Por favor, Sr. Presidente, ejerza usted toda su influencia en la ONU para que no vayamos a una guerra en la que todos seríamos perdedores. Recuerdo en estos momentos uno de los discursos pronunciados por Martin Luther King -aquel presbítero norteamericano, hombre extraordinario al que tanto admiré y continúo admirando-, un año antes de su asesinato. En la parte sustancial, decía: Estoy convencido que debemos estar del lado correcto de la revolución del mundo. Sí, nosotros, como nación, debemos ir a una revolución radical de valores. Debemos cambiar rápidamente de una sociedad orientada a las cosas materiales, a otra orientada a las personas. No hay nada, excepto una muerte trágica, que nos prevenga para reordenar nuestros prioridades en torno a la persecución de la guerra...una llamada para abrazar un amor incondicional para toda la humanidad. No podemos permitirnos adorar al Dios del odio o hacer sacrificios en el altar de la venganza. Aún podemos escoger entre una coexistencia pacífica o una aniquilación violenta. Este pensamiento expresado por Martin Luther King hace cerca de 35 años, tiene, ahora, plena vigencia. Ojalá lo escuchemos todos, particularmente el Sr. Presidente de los Estados Unidos de Norteamérica.