ENTREVISTA CON
JONATHAN HEATH

“La contribución del Banco de México ha sido la estabilidad”

En abril de 1994 se cumplen 10 años de autonomía formal del Banco de México. Mucho se ha avanzado en ese tiempo en materia de estabilidad de precios y poder adquisitivo de la moneda nacional, sobre todo si se compara con la situación caótica que prevaleció en estas materias en las décadas anteriores.


Para hacer un recuento de estos primeros 10 años de autonomía, y con miras hacia el futuro, ENTORNO conversó con uno de los analistas más agudos de la política monetaria. Jonathan Heath es un economista mexicano con 20 años de experiencia en el estudio de las perspectivas de la economía mexicana. Después de trabajar en el gobierno mexicano, Wharton Econometrics y MacroAsesoría Económica, se independizó a partir de 1995. Ahora es asesor, conferencista, columnista en el periódico Reforma y comentarista de radio. Es el economista principal de LatinSource México.



Ante la renovación de la junta de gobierno del banco central, ¿podemos hacer un balance de los logros alcanzados en este periodo de autonomía? ¿Qué fue lo que originó el escenario de condiciones para que se promulgara la ley de autonomía del Banco de México? ¿Por qué se tomó esa decisión en su momento?

De alguna forma lo que México hizo con la autonomía del banco central es una práctica realizada por muchos países con el fin de asegurar que las decisiones de política fiscal y de financiamiento del déficit gubernamental sean independientes, porque al final de cuentas, si se trata de financiar un déficit fiscal mediante la política monetaria, lo único que se hace es crear inestabilidad e inflación.

Anteriormente existía la creencia de que un poco de inflación ayudaba al crecimiento. Sin embargo, se ha comprobado la invalidez de esta creencia y, por el contrario, se ha corroborado que la inflación perjudica severamente el crecimiento económico. Lo que se necesita, como condición necesaria (pero muy lejos de ser suficiente), es un ambiente de estabilidad.

Por eso, en México se decidió establecer las bases legales para que el banco central ya no fuera títere de la Secretaría de Hacienda. Fue así como se introdujo la autonomía que inició formalmente el 1 de abril de 1994.

Sin embargo, no es lo mismo la autonomía legal que la autonomía en los hechos, y me parece que se puede apreciar la autonomía del banco central como una evolución de varias etapas diferentes que se han ido consolidando paulatinamente.

Anteriormente, el director general del Banco de México, Miguel Mancera, reportaba directamente al secretario de Hacienda, Pedro Aspe. Imaginemos que llega el primer día de abril del 94 y tanto el subordinado como el jefe siguen siendo los mismos individuos que antes, con el añadido de que, en el caso de México, dichas personas provenían de la época del autoritarismo, cuando la persona resultaba ser más importante que la institución, así que el cambio realmente no fue muy significativo al final de cuentas.

Además, en el contexto histórico ocurre un hecho muy importante que hace que la “autonomía” del banco central dé inicio con el pie izquierdo: me refiero a que 10 días antes, es decir, el 23 de marzo de 1994, asesinan a Luis Donaldo Colosio. Durante el mes siguiente —es decir, cuando se tiene previsto que arranque el proceso de autonomía—, salen del país más de $10,000 millones de dólares, un dato oficialmente documentado que sitúa a abril del 94 como el mes de mayor disminución en las reservas internacionales de toda la historia en México, originado por los acontecimientos en Lomas Taurinas.

Nos podemos imaginar que, en un contexto así, lo urgente era la resolución de la crisis, que debía lograrse independientemente de fechas y cambios en el status del banco central, por lo que prevaleció la situación de inercia y emergencia que se vivía en ese entonces.
Al paso de los meses la situación fue estabilizándose poco a poco, aunque durante el resto del año se vivió una situación sumamente difícil. Recordemos que hubo una inyección de crédito interno neto del Banco de México a la economía, una suma cuantiosísima en el segundo semestre de 1994, lo que en ese momento se hizo para tratar de estabilizar la economía en el muy corto plazo, pero creó una bomba de tiempo. Lo que debieron haber hecho era dejar que la base monetaria se contrajera por sí sola para originar una automática alza en las tasas de interés con la consecuente contracción de las fugas de capital, para evitar lo ocurrido en diciembre, pero se alimentó la muerte del régimen cambiario.

Lo trascendente del caso es que todo esto sucede justamente en el periodo contemplado para la iniciación del proceso de autonomía del banco central. Por ende, el primer cambio importante se genera el 1 de diciembre de 1994, cuando el jefe del director general del Banco de México (bajo las reglas anteriores) sale y entra un nuevo secretario de Hacienda.

A partir de 1995 es cuando el Banco de México cambia a la par que el régimen monetario, lo que da pie a un novísimo plan que gestiona incipientemente la autonomía de hechos del banco central. No obstante, se mantienen algunas estructuras y reglas con algunos cambios en la Presidencia de la República y en la Secretaría de Hacienda, pero el otrora director general del Banco de México se convierte en gobernador.

El siguiente paso le otorga crédito a Miguel Mancera, quien estipuló que, cumplidos los 65 años de edad, un gobernador ya no podría ser considerado para reelección. (Él iba a cumplir esa edad un poco antes de concluir su gestión, por lo tanto se autodescartó).

El siguiente gobernador, por lo tanto, se convierte en el primero que realmente lleva ese cargo, ya que Mancera había fungido como director general durante la mayor parte de su servicio. Ahora ya había un nuevo gobernador en el Banco de México con un nuevo presidente y un nuevo secretario de Hacienda.

Los siguientes tres años transcurren con un Guillermo Ortiz realizando cambios de fondo en cuanto a la política monetaria y la manera de atacar la inflación. Entre otras cosas, empieza lo que se conoce como la transición hacia objetivos de inflación, que es una manera más transparente de manejar la política monetaria. (En la época de Mancera se tenía una cierta paranoia hacia los medios de comunicación, porque a su juicio jamás interpretaban correctamente la información, lo que originó una nula interacción con ellos, pero a partir de la crisis del 95, cuando el Fondo Monetario Internacional y el gobierno de Estados Unidos le hacen el préstamo jumbo a México, le exigen mayor transparencia a la hora de dar a conocer la información. México lleva a cabo esa recomendación, más por obligación que por convicción, pero cuando Guillermo Ortiz entra al Banco de México, la apertura informativa se vuelve mayor.)

El siguiente cambio, que es muy importante, se da a partir del 1 de diciembre del 2000, con un presidente que ya no es priísta y con una serie de cambios que ahora sí eliminan vicios y rezagos de la época anterior. Asimismo, a nivel de las personas se observa un comportamiento mucho más institucional que ayuda a consolidar de fondo la mencionadísima autonomía del banco central.

Hoy por hoy, podemos decir que a casi 10 años de la autonomía del Banco de México, ésta ya se ha consolidado como en ningún instituto. Debo confesar que en 1997, cuando Guillermo Ortiz arribó al Banco de México, yo tenía mis dudas, ya que durante los dos años previos él había sido secretario de Hacienda y, de suyo, bajo las reglas anteriores, se convertía en el jefe del director general del banco central.
Es de todos conocido que Ernesto Zedillo y Guillermo Ortiz compartían maneras de pensar, situación que llevó al presidente a designar a Ortiz para dirigir correctamente el proceso de autonomía del banco central y, por ende, confiar en la manera como llevaría las riendas del banco justo como Zedillo lo habría hecho. (Esa situación a mí me hizo ruido en tanto no se consolidaba la autonomía en los hechos, pero creo que Ortiz se ha encargado de comprobar que yo estaba equivocado gracias a su labor durante estos años.)

La trascendencia de la autonomía del banco central estriba en su credibilidad como garante de una política monetaria que controlará las presiones inflacionarias.

¿Podemos decir entonces que en este momento se ha logrado esa credibilidad, o aún está en vías de obtenerse? Es decir, ¿existe el riesgo de caer en un fenómeno de hiperinflación y descontrol nuevamente?

Me parece que la hiperinflación extrema está casi descartada, y digo “casi” porque en nuestro país nunca se sabe… Por ejemplo, puede llegar un nuevo presidente que cambie la ley, pero en un principio yo diría que el banco central se ha consolidado mucho con base en logros
y por eso tiene credibilidad. Mucha gente critica la política monetaria del Banco de México porque dice que es sumamente restrictiva. Inclusive dicen que la recesión actual se debe a una política cíclica: cuando en el país del norte conducen una política expansionista, en México la apretamos.

Pero una cosa es la credibilidad y otra lo que dicen las cifras: si se toma una muestra de los resultados y se analiza fríamente la política monetaria —sin escuchar lo que el banco central dice en su boletín de política monetaria en cuanto a si es restrictiva o no—, se llegará a la conclusión de que ésta resulta en el mejor de los casos neutral, y posiblemente hasta expansionista, porque las señales de una política monetaria expansionista o restrictiva son las tasas de interés y el crecimiento de la base monetaria, que está creciendo en este momento al 16 ó 17% anual, por arriba de la inflación. También tenemos el ejemplo de las tasas de interés que han alcanzado sus mínimos históricos: por ejemplo, la tasa de Certificados de la Tesorería (Cetes) ha estado abajo del 6% por un largo tiempo, sin aumentar.


En un artículo tuyo también hablas del mito de la obsesión anti-inflacionaria del banco central…

La obsesión es de la crítica de izquierda que busca un culpable y que no le gusta cómo se maneja la política monetaria. Pero creo que hoy día los mercados tienen una credibilidad total en la política monetaria y eso ha sido clave de su éxito. Inclusive se aprecia a nivel internacional que el Banco de México ha realizado muchos seminarios en los que se invita a banqueros centrales de todo el planeta y que elogian abiertamente lo realizado por el banco central de México.


Estamos entonces en el punto más autónomo del banco central. Sin embargo —e independientemente de la reelección o no de Guillermo Ortiz al frente de la institución (que no se conocía al cierre de esta edición)—, me gustaría entender con tu ayuda las razones políticas de fondo detrás de la abierta oposición de algunos senadores del PAN ante la posible reelección de Ortiz por otro periodo de seis años.

Algo debe quedar clarísimo: nadie está objetando a Ortiz por su labor realizada al frente del Banco de México, sino por su desempeño anterior, que se divide en dos partes: la primera es su papel como subsecretario de Hacienda en el sexenio de Carlos Salinas, cuando él fue el encargado del proceso de la privatización bancaria (que se le acusa de haber realizado con favores y vicios de manipulación); y la segunda es su gestión como secretario de Hacienda de Ernesto Zedillo, de 1995 a 1997, periodo en el que se enfrenta a una crisis bancaria sin precedentes que amenazaba con una quiebra sistemática del sistema bancario en México. Se dice que, frente al carísimo rescate bancario, las decisiones de Ortiz fueron discrecionales y arbitrarias. (Sin duda lo fueron, pero algo a su favor es que él tuvo que operar bajo una estructura legal ya establecida y que él no puso. Yo creo que la culpa de la crisis bancaria proviene de una serie de errores acarreados durante muchos años por parte de las instituciones.)

Estos senadores que se oponen a Ortiz lo ven como el responsable de haber llevado a cabo esas decisiones discrecionales y arbitrarias, y quieren castigarlo para efectuar al mismo tiempo una venganza política.


Otro tema relacionado con la autonomía es que, por un lado, la política monetaria está a cargo del banco central, pero la política cambiaria, por otro, sigue en manos de la Secretaría de Hacienda. ¿No es incongruente?


Prácticamente en todo el mundo el gobierno federal mantiene el control sobre su política cambiaria y le brinda autonomía de la política monetaria a su banco central. El único caso que recuerdo en donde el gobierno federal también le cede la autonomía de su política cambiaria a su banco central es Chile.

Lo cierto es que no se puede hacer la política cambiaria independiente de la política monetaria, ya que van muy de la mano. Al final de cuentas, como está la comisión de cambios en el caso de México, con tres miembros de la Secretaría de Hacienda y tres miembros del Banco de México, el voto de calidad lo tiene Hacienda, por lo que ésta tiene la última palabra. A mí me parece que la política cambiaria en manos de un comité de cambios —en lugar de una de las dos instituciones que menciono— no está mal, siempre y cuando la política cambiaria sea de flotación.

A últimas fechas ha habido importantes cuestionamientos atribuibles al incumplimiento de las reformas prometidas, debido a que el gobierno de Vicente Fox no cuenta con mayoría en el Congreso. Estamos viviendo en el estancamiento económico, y muchos se están cuestionando si vale la pena continuar bajo las recomendaciones del Consenso de Washington (ver recuadro), que en los momentos más cruciales de la crisis fue nuestra tabla de rescate. Se cuestiona asimismo el tema de la inflación, sobre si hay que controlarla a costa de la recesión. A tu juicio, ¿qué está retrasando nuestro desarrollo; qué nos está impidiendo crecer?

Primero hay que preguntarnos: ¿cuál es el papel de la política monetaria en una economía?, ¿qué puede y qué no puede hacer la política monetaria? Me parece que una de las cosas que menos se entiende —aunque la gente lo repite con insistencia— es que la política monetaria no induce el crecimiento económico. A la larga, no se puede crecer a través de la política monetaria (aunque en el corto plazo se puede, a lo sumo, inducir un crecimiento efímero, pero al final de cuentas ese crecimiento no será real).

Por lo tanto, la contribución de la política monetaria al crecimiento económico radica en crear un ambiente de estabilidad en el que haya certidumbre. La tasa de interés es la tasa de interés real más lo que se recompensa por la inflación esperada, pero ahí hay un factor de incertidumbre: si la inflación de un año a otro es muy variante, lo que se requiere es meter un componente no solamente por la inflación esperada sino por la volatilidad de la inflación, porque no se sabe si ésta será alta o baja y debe compensar parte de esa volatilidad y parte del mismo riesgo de inestabilidad.

Para inducir el crecimiento, pues, se debe crear un ambiente de estabilidad que elimine el riesgo de una inflación no esperada. En ese sentido, esa parte del Consenso de Washington no puede someterse a crítica. Inclusive me parece que ahora más que antes debe aceptarse porque la evidencia es contundente: la estabilidad económica es una condición necesaria, pero está lejos de ser suficiente. Y lo que falta por hacer no está en la parte macro, sino en lo micro: está en nuestra falta de competitividad, en la falta de respeto al estado de derecho, en la falta de instituciones.


Por lo tanto, estos cuestionamientos al Consenso de Washington, ¿cómo los aprecias?


Hay que entender perfectamente bien lo que en su origen es dicho consenso de Washington, y no lo que ha sido interpretado como tal. George Williams fue quien acuñó el término y lo escribió en un artículo célebre. Él observó que todas las economías latinoamericanas estaban llevando a cabo ciertas políticas para estabilizarse y había un consenso en torno a su aceptación. Pero él jamás trató de crear un decálogo, un recetario mágico, ni mucho menos.

El problema de esa lista original es lo que le faltaba, no lo que enlistaba.


Entonces, ¿qué es lo que le hace falta a México para que retome el crecimiento?


Lo primero es terminar la primera ronda de reformas que tenían que ver con el Consenso original, porque si revisamos los puntos podemos darnos cuenta hemos aplicado algunos a medias, o de plano ni siquiera las aplicamos. Pero también deben hacerse reformas que fortalezcan a las instituciones y ahí es donde hay que trabajar… mucho más allá de la reforma fiscal y energética.
 
¿Qué es el Consenso de Washington?
Son los 10 instrumentos de política económica que han adoptado las naciones latinoamericanas para estabilizar su economía, después de periodos de sobreendeudamiento, hiperinflación y devaluación.

1. Disciplina fiscal: no más déficit fiscal.

2. La inflación como parámetro central de la economía: las políticas de ajuste y reforma estructural tienen su origen en la crisis de la deuda.

3. Prioridades en el gasto público: la disyuntiva entre aumentar los ingresos fiscales o reducir el gasto público.

4. Reforma tributaria: para ampliar base gravable.

5. Tasas de interés: deben ser determinadas por el mercado.

6. Tipo de cambio: debe ser determinado por las fuerzas del mercado.

7. Política comercial: a liberación de las importaciones.

8. Inversión extranjera directa (IED): además de aportar capital necesario para el desarrollo, provee capacitación
y know-how para la producción de bienes y servicios.

9. Privatizaciones: bajo la noción de que la empresa privada se administra más eficazmente que la estatal.

10. Desregulación: en América latina las economías están altamente reguladas, lo que fomenta la