EDITORIAL

 

México necesita cada vez más urgentemente de decisiones eficaces para acelerar y sostener el desarrollo del país. Que no las alcancemos no se puede atribuir a la democracia, sino a la incapacidad de los actores políticos para negociar y alcanzar acuerdos. El argumento que esgrimen constantemente para no comprometerse y decidir es el llamado “costo político”. Se trata del efecto que los políticos temen tendrán sus decisiones sobre su popularidad o, más concretamente, sobre su capacidad para atraer votos en las elecciones siguientes.
Parece que la lógica del político en México es entonces no minimizar, sino evitar a toda costa los costos políticos. Es decir, asegurar que en las siguientes elecciones tengan el máximo número de sufragios a su favor o de su partido. Es como si las decisiones sólo se evaluaran por su popularidad y no por los resultados concretos que puedan producir a favor del desarrollo general del país.
Ésta es la lógica que explica por qué parece mejor dejar $10 o $15 pesos en los bolsillos de los mexicanos más pobres, en lugar de asegurarles el acceso realmente gratuito a servicios de calidad en salud, educación, seguridad pública, etc. El dinero es altamente visible, los servicios y las oportunidades parecen solamente promesas vagas. Al ahorrar unas monedas a las familias, el político parece defender el interés popular, cuando en realidad está abandonando a las capas más débiles de la sociedad a sus propias fuerzas y negándoles el apoyo solidario y subsidiario de un Estado vigoroso.
Al orientarse sólo por el “costo político” los responsables de las decisiones ignoran necesariamente la eficacia de las decisiones para conseguir resultados útiles al país. Dejan de lado además que, aunque con un desfase en el tiempo, las decisiones correctas, aunque impopulares al principio, pueden terminar siendo saludadas por la sociedad, cuando ella constata que conducen a resultados prácticos y positivos a favor de la comunidad.
El político responsable puede tomar dinero de los bolsillos de las familias cuando está comprometido a utilizarlo en su beneficio; cuando puede asegurar que valdrá mucho más una vez convertido en servicios públicos y oportunidades para el ciudadano. El costo político de tomar se convierte así en confianza y a la larga en capital político. Es como el empresario que asume hoy los costos de una inversión y obtiene después las utilidades cuando el proyecto prueba su rentabilidad.
Los responsables de las decisiones no deben temer al costo político de las medidas que tomen, siempre y cuando se comprometan con ellas y aseguren su eficacia y su contribución directa a la prosperidad del país. México está urgido de políticos que sepan invertir su capital político en las decisiones que sabemos acelerarán y mejorarán la sostenibilidad del crecimiento y del desarrollo de nuestro país. Necesitamos políticos dispuestos a sacrificar popularidad y votos en el presente, para poner en práctica las reformas estructurales que requiere la viabilidad futura del país. El costo político es así sólo un factor —por cierto, bastante insignificante— en la toma de decisiones. Los resultados efectivos en desarrollo y prosperidad son los criterios que deben ser privilegiados al valorar y tomar las decisiones.
José Luis Barraza González
Presidente de Coparmex