Cuando
José María Basagoiti fue elegido para ocupar la presidencia de la
Coparmex, corría el fatídico año de 1982, o como dice el
empresario, el año que vivimos en peligro. Basagoiti
nació en Vizcaya, España, de padres mexicanos. Estudió Derecho
y Filosofía y Letras en la Universidad de Madrid y se graduó de
Alta Dirección de Empresas del Instituto Panamericano de Alta Dirección
de Empresas (IPADE). Además de la Coparmex, fue presidente de la Unión
Social de Empresarios Mexicanos (USEM), del capítulo mexicano de la Cámara
Internacional de Comercio y del Comité Empresarial España-México
del CEMAI. Actualmente,
preside el consejo de la Agrícola y Ganadera San Ignacio de Loyola y es
presidente honorario vitalicio del consejo de Cigarros La Tabacalera Mexicana
(Cigatam). ¿Cuánto
tiempo formó parte de Coparmex? Entré como socio en
los años 60 y salí en el 84, justo después de mi presidencia.
En esos años (los 60) estuve presidiendo la USEM en la Ciudad de México
y luego la Confederación USEM, que es toda una escuela de doctrina y filosofía
empresarial en todos los sentidos; particularmente de ética empresarial.
Ahí uno aprende sobre la responsabilidad que tiene todo dirigente de participar
en las asociaciones, sobre todo en las libres. Así que, al salir de USEM,
don Roberto Guajardo me invitó a formar parte de la Coparmex y yo lo hice
para cumplir un poco con esa responsabilidad. Durante esos años presidí
algunos comités, como el de educación y el agropecuario; luego fui
tesorero y vicepresidente, y finalmente me tocó tomar la estafeta durante
dos años, de 1982 a 1984, de manera que me tocó el final de José
López Portillo y el comienzo de Miguel de la Madrid, un año con
cada uno.
Y
curiosamente este año que se cumplen 75 de la Coparmex, hace poco falleció
López Portillo y De la Madrid acaba de publicar un libro de memorias. Fue
una época fascinante y también preocupante. Al día siguiente
del último informe de gobierno de López Portillo, me acuerdo de
su foto, junto con Manuel Clouthier y Carlos Abedrop, los tres boquiabiertos,
en la primera plana del periódico. ¿De veras fue una sorpresa para
ustedes la estatización de la banca, o ya sabían? Manuel
y yo llegamos juntos al informe. En realidad no sabíamos nada. Cuando entrábamos
al Palacio Legislativo, algunos miembros de la prensa nos preguntaron si sabíamos.
La verdad, en la precipitación de la entrada y la confusión que
siempre causan los periodistas con sus micrófonos en las narices, nos quedamos
preocupados, pero no sabíamos a ciencia cierta qué sucedería.
En
el momento de que López Portillo empezó a hacer su comedia o
más bien su tragedia con sus lágrimas y su farsa de histrión
porque eso fue Manuel y yo nos salimos. Los demás se quedaron
pero Manuel y yo no, y obviamente una parte de la prensa nos siguió y en
el vestíbulo nos preguntaron nuestra opinión. En mi caso, me atreví
a decir algo que apareció en la prensa española pero jamás
salió publicado en México: ante la pregunta ¿Y usted
qué opina?, yo respondí muy espontáneamente: Creo
que el presidente se ha vuelto loco. Esa fue mi primera reacción.
Luego el shock.
Yo
había tratado a López Portillo desde que era secretario de Hacienda,
y luego como candidato. Es más, logré verlo exactamente en vísperas
de su toma de posesión, y allí fue todo lo claro que un presidente
podía ser, al decirnos que no nos preocupáramos, que las cosas se
arreglarían, refiriéndose al tormentosísimo periodo aquél
entre la devaluación del último día de agosto de Echeverría
y cuando él iba a tomar posesión, en el que estábamos asustadísimos.
López
Portillo en aquel entonces quiso congraciarse con la iniciativa privada, dándonos
toda clase de esperanzas a los que le fuimos a ver, y como era hombre de verbo
fácil, de simpatía personal, pues nuestra primera impresión
fue que con ese hombre sí podríamos tratar. Nos parecía que
no tenía el fanatismo de su antecesor y por lo tanto no íbamos a
seguir con el populismo, el despilfarro y las deudas que nos endilgó Echeverría.
Cuando
entró, yo tenía grandes esperanzas, pero luego me fueron desilusionando
sus declaraciones. Para mí, lo que decía López Portillo iba
perdiendo valor a medida que iba avanzando su gobierno; sus actos lo traicionaban.
Una cosa era lo que decía y otra muy diferente lo que hacía.
López
Portillo era así. Se llevaba bien con algunos, pero yo siempre fui con
él un poco más solemne, con todo y que él buscaba acercarse
y ser nuestro amigo. A mí solía decirme: Señor Basagoiti,
a usted le envidio porque habla con ortografía. Esa era su manera
de decir que yo hablaba como español. Podía ser muy amable, porque
tenía esa habilidad de trato: era muy seductor. A Manuel Clouthier lo trataba
casi de picada de panza. Su ligereza y frivolidad, sin embargo, se extendía
a sus actos como jefe de estado, y tomaba unas decisiones con base en impulsos
muy extraños.
No
recuerdo la fecha porque mi memoria ya no está tan precisa,
pero si no mal recuerdo en una asamblea de la Concanaco, en Cancún, el
señor Presidente pronunció un discurso bárbaro, en el que
la iniciativa privada salió de allí otra vez seducida
¡hasta
el propio Manuel (Clouthier)! Y yo me acuerdo que le dije a Manuel que no le creía
al presidente una sola palabra. ¡Hombre! me respondió
es el presidente y lo ha dicho públicamente, en la televisión!
El sector privado creyó que López Portillo nos había extendido
una especie de cheque en blanco. Al poco tiempo vino la devaluación en
febrero de 1982 y los aumentos salariales del 30, 20 y 10 por ciento.
Manuel
y yo fuimos a verlo inmediatamente para que diera marcha atrás. Creíamos
que, si bien la devaluación había sido una medicina amarga, había
que tomarla. Pero le advertimos que los aumentos destruirían el efecto
positivo de la devaluación. No nos escuchó. Nos dijo que queríamos
prender un cerillo en las calles de México, que estaban rociadas de gasolina
(esas metáforas le apasionaban). Salimos de su oficina muy enojados.
De
todo esto, ¿qué lecciones cree que aprendió el sector empresarial
en su relación con el gobierno, para enriquecer la experiencia de los que
han venido después de ustedes? Bueno, habría que hablar
de qué aprendieron algunos y qué no aprendieron otros, porque como
en todos los grupos humanos, en la Coparmex había quienes se enfrentaban
a las realidades con crudeza, y había quienes siempre querían estar
adaptándose a lo que venía, conformándose con lo que les
daban.
Coparmex
quizá menos que otras organizaciones empresariales, pero también
había grupos que no querían el enfrentamiento, y querían
seguir adaptándose a los engaños del gobierno. Yo debo reconocer
que durante mi presidencia fui partidario de que la Confederación rompiera
con el Consejo Coordinador Empresarial. El solo hecho de que ahí estaba
Manuel con él que más o menos me podía entender,
lo impidió. Aunque yo sabía que, en el momento en que se fuera Manuel,
íbamos a volver a las mismas. Yo creo que el CCE era un órgano manipulado.
Inclusive dentro del Consejo había personajes que yo intuía estaban
en interlocución directa y personal con el gobierno.
Para
mí, la Coparmex era la única asociación libre y genérica
que representaba al verdadero sector privado, mientras que el Consejo Coordinador
Empresarial era un instrumento corporativo del Estado, que permitía a algunos
personajes importantes del empresariado tener interlocución directa con
el Presidente. Recuerdo que las discusiones que teníamos eran muy fuertes.
Éramos muchos los enemigos de la idea de tener una cúpula de cúpulas,
y nos opusimos a tener un equivalente al Congreso del Trabajo en el empreariado.
La
idea de unir a los empresarios es legítima. Yo he pensado siempre que cuando
nos unimos alrededor de un compromiso, la unión es buena. Pero cuando nos
unimos simplemente para quitarle a otras instituciones la libertad de hablar por
separado y a expresar su opinión disidente, esa unión ya no es tan
buena.
Y
voy a decir una cosa con la que mucha gente de la Coparmex va a estar de acuerdo:
que el CCE le quitó voz a Coparmex, le quitó espontaneidad y liderazgo.
La idea de poner a Manuel Clouthier como presidente del Consejo Coordinador fue
para demostrar lo contrario, pero la desilusión con la que Manuel salió
de ahí la conocemos todos sus amigos. Yo fui íntimo de Manuel y
fue una verdadera desgracia verle tan desilusionado, abandonado, porque lo importante
para los de la CCE era estar de acuerdo con el gobierno. Es más, las
cartas que Manuel le escribió a Lety Carrillo, su viuda, explicándole
por qué se iba a meter a la política, están basadas en la
desilusión que a Manuel le produjo la época en la que fue presidente
del Consejo Coordinador Empresarial. Él era un hombre valiente, dispuesto
a arriesgarlo todo. Pero el dinero es cobarde y los intereses económicos
a veces hacen que uno se olvide de los intereses de la nación, y esto es
una verdad como un templo.
¿Y
el Consejo Mexicano de Hombres de Negocios? Es otro círculo
que nació para estar cerca del poder: hombres de intereses que se doblegan
a la conveniencia del momento para lograr acuerdos con el poder político.
Los dos tratan de convencer e imponer a los demás los criterios de arriba.
Pero
usted también participó en el CCE... Hasta que empezaron
con el cuento de los pactos económicos, en el primer año de Miguel
de la Madrid. Yo le dije al Presidente que no quería hacer ningún
pacto, porque eso era una manera de presentar ante el público una unidad
de pensamiento y de criterio que no existía en la realidad, y que los pactos
políticamente podían convenirle al gobierno, pero que en última
instancia implicaba obedecer al gobierno. Eso no les gustó nada.
Cuando
llegó el momento de aprobar los pactos en el CCE, yo interpuse mi postura,
pero me tuve que ir a España porque mi mamá estaba muy enferma.
Estando yo allá, me llamaron por teléfono para decirme que me habían
destituido. No me importaba que me traicionaran como persona, sino que habían
traicionado un pensamiento.
Aquellos
pactos fueron, en efecto, una farsa. Yo nunca comulgué con esa política
de simulaciones, y siempre defendí nuestra libertad de expresión
como empresarios.
Con
De la Madrid también le tocó una época difícil
Con
López Portillo por unas razones, y con De la Madrid por otras. Al menos
De la Madrid no nos engañó: desde que fue candidato nos reunía
en su casa de campaña en Coyoacán. Un día nos dijo que quería
tener diálogo permanente con el sector privado, pero quiso hacer un trato:
que le dijéramos lo que quisiéramos en privado, bajo techo, pero
que en público nos calláramos la boca. Yo me atreví a decirle
al Presidente que nos estaba negando la posibilidad de cumplir con nuestra misión
de voceros de un sector, y que no podíamos justificar ante nuestros socios
la defensa del sector en lo oscurito.
Ése
fue mi primer problema con De la Madrid, desde que era candidato.
En
sus memorias que acaba de publicar, se queja de que el sector empresarial nunca
reconoció lo que él llama el principio fundamental de la rectoría
económica del Estado... De la Madrid tenía una
devoción a Thomas Hobbes, el tratadista de derecho del Estado. Él
le llamaba rectoría a lo que es actoría
del Estado, y eso se lo dijimos en todos los tonos: la rectoría del Estado
la debe aceptar todo el mundo y, es más, nos atrevimos a reconocer al Estado
administrado por el gobierno, porque el Estado como ente no se puede administrar
solo.
...Y
también menciona la oposición del sector privado a la conveniencia
de lo que él veía como las bondades de la economía mixta;
es decir, empresas privadas y públicas. Porque
nos pareció y así se lo dijimos que sus reformas constitucionales
a los artículos 25, 26, 27 y 28 eran de inspiración marxista.
El
hecho es que el gobierno de De la Madrid prosiguió de una manera muy gris.
Yo creo que, en el fondo, él no tenía más que una serie de
ideas académicas acerca del Estado; Hobbes era su ídolo y, sin embargo,
durante todo su mandato, no supo crear la apertura que con todo y lo que
desapruebo de Carlos Salinas hizo este último.
Pero
De la Madrid sentó las bases de la apertura económica, ¿no? A
mí me parece que De la Madrid no veía claro qué es lo que
tenía que hacer y, en ese sentido, por lo que hizo después, se ve
que Salinas sí lo tenía claro desde que era secretario de Programación
y Presupuesto. Si Salinas no le recomendó a De la Madrid lo que debía
hacer, tal vez fue porque se estaba reservando para hacer los cambios él
mismo. Esa es mi opinión. Otros podrán pensar distinto, pero me
parece que el sexenio de Miguel de la Madrid fueron seis años en que no
caminamos: no se pudieron rectificar las rutas.
Si
pudiera resumir en poquísimas palabras su aprendizaje al frente de la Coparmex
en aquellos años de 1982 y 1983, ¿cuáles serían? Que
el papel de la Coparmex no es entenderse con el poder, sino defenderse del poder.E
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