Entre
enero de 1971 y febrero del 2004 se acumuló, en la economía mexicana,
una inflación de 442,597.81 por ciento. Por su parte, el PIB por habitante,
que es la manera correcta de medir el crecimiento de la economía resultó,
en diciembre del 2003, igual que el de diciembre de 1981. Estas dos cifras muestran
que el comportamiento de nuestra economía, en las últimas décadas,
ha sido mediocre: hubo años buenos, seguidos de malos. Lo ganado en los
primeros se perdió en los segundos, y el resultado final fue la mediocridad,
que ha limitado las posibilidades de progreso económico de millones de
seres humanos, tal y como lo muestran las siguientes cifras: el 51.7% de los mexicanos
sobrevive en la pobreza; el 85.8% de la población ocupada genera ingresos
no mayores a los 207.65 pesos diarios, y el ingreso promedio de los hogares es
de $8,437 pesos mensuales.
La
causa principal Una de las principales causas del desempeño
por demás mediocre de la economía con los efectos negativos
en el ámbito de la economía familiar, y por lo tanto en el bienestar
de millones de personas han sido los excesos y defectos cometidos por el
gobierno, los de antes y el de ahora, debiendo de aclarar que antes el gobierno
era, para todo efecto práctico, el Poder Ejecutivo, y que ahora lo son
tanto el Ejecutivo como el Legislativo. Esos excesos y defectos han sido el resultado
de la combinación de medidas socialistas, mercantilistas y keynesianas,
con las mejores intenciones, pero con los peores resultados. En este punto
hay que ser muy claros: el desempeño mediocre de nuestra economía
no ha sido resultado de la casualidad, sino de la causalidad:
de la violación de los derechos de los agentes económicos a la libertad
para emprender y consumir, y a la propiedad sobre los ingresos, el patrimonio
y los medios de producción;
de la ausencia del Estado de Derecho, que es el gobierno de las leyes justas,
que son aquellas que reconocen plenamente, definen puntualmente y garantizan jurídicamente
los derechos de la persona a la vida, la libertad y la propiedad;
de la inflación, es decir, de la pérdida del poder adquisitivo de
nuestra moneda, por la cual hemos carecido de una de las condiciones indispensables
del progreso económico: una moneda sana y fuerte, que mantenga la estabilidad
de precios y preserve el poder adquisitivo de consumidores y ahorradores;
de un sistema tributario que ha hecho del cobro de impuestos una expoliación
legal;
de un sistema presupuestario
que ha hecho que el gobierno gaste en lo que no debe, razón por la cual
gasta de más, sin olvidar que no pocas veces gasta de mala manera;
de una deuda gubernamental que crece sin cesar;
de un mercado laboral que, dadas las leyes que lo rigen y las prácticas
que acostumbra, limita la productividad y la competitividad de las empresas, en
general, y de los trabajadores en particular;
de una excesiva burocratización de la actividad económica, que eleva
los costos de la misma, genera corrupción, y promueve la ilegalidad;
de una excesiva centralización de la administración pública;
de prácticas proteccionistas que limitan la competencia y, por lo tanto,
la competitividad del aparato productivo.
Todo
ello ha sido por efecto del socialismo, mercantilismo y keynesianismo, que fueron
los tres pilares de las políticas económicas de los gobiernos de
antes, y que siguen estando presentes en el gobierno de hoy. Así lo
muestra, por poner un ejemplo, la prohibición constitucional para que los
particulares inviertan en la generación, conducción, transformación,
distribución y abastecimiento de electricidad (lo cual viola el derecho
a la libertad para emprender, y el derecho de propiedad sobre los medios de producción),
dando como resultado el monopolio gubernamental en la industria eléctrica
(práctica proteccionista que limita la competencia en un sector que, precisamente
por ser estratégico, debería estar sujeto a la disciplina de la
competencia, sin olvidar, en primer lugar, que allí donde no hay competencia,
lo que existe, por definición, es la incompetencia; en segundo término,
que una empresa monopólica, gubernamental o privada, podrá ser muy
competitiva, pero nunca tanto como lo sería si estuviera sujeta a la disciplina
de la competencia y, por último, que la competencia entre empresas da como
resultado la competitividad en las empresas, traduciéndose todo ello en
menores costo, mayor calidad y mejor servicio).
Propuesta Si
la economía mexicana ha de volver a crecer de manera elevada, general y
sostenida (no menos de 7.0 por ciento al año), para lo cual se requiere,
de entrada, la estabilidad de precios (inflación anual no mayor al 4 por
ciento), hay que eliminar (minimizarla no basta) la posibilidad de poner en práctica
medidas socialistas, mercantilistas y keynesianas, que pueden dar buenos resultados,
a corto plazo, para determinados grupos de agentes económicos, pero que,
a la larga, terminan perjudicando a todos.
Para
lograrlo hago eco de la propuesta del Centro de Estudios Económico-Sociales
de la Universidad Francisco Marroquín, de Guatemala, el cual, sintetizando
las ideas de varios colaboradores, redactó los Diez mandamientos para el
nuevo gobierno, nuevo gobierno que, en el caso de México, lo será,
no a partir del 1 de diciembre del 2006, no en la medida en la que un nuevo partido
político llegué a Los Pinos, sino en la medida en la que el gobierno
cumpla este decálogo:
1)
Respetarás, sin excepción, los derechos individuales 2)
Crearás un verdadero Estado de Derecho 3)
Tendrás una moneda sana 4) Eliminarás
el impuesto sobre la renta 5) Reducirás
el gasto del gobierno 6) No te endeudarás 7)
Liberarás el mercado laboral 8)
Simplificarás los trámites administrativos 9)
Descentralizarás la administración pública y 10)
Eliminarás los aranceles
Conclusión Uno
de los problemas que enfrentamos en México es la total discrecionalidad
del gobierno, sobre todo a la hora de decidir el rumbo de la economía:
así, en unos cuantos años, pasamos del nacionalismo revolucionario
de López Portillo al liberalismo social de Salinas de Gortari, y en los
próximos años podremos pasar a lo que al gobernante en turno se
le ocurra, con la posibilidad de que esas ocurrencias se inclinen a favor de medidas
socialistas, mercantilistas y/o keynesianas, por una razón muy sencilla,
ya esbozada: pueden dar buenos resultados, a corto plazo, para determinados grupos
de agentes económicos, siendo que, en el marco de la democracia electoral,
eso: resultados inmediatos para unos cuantos, es lo que promete cualquier candidato
a cualquier puesto de elección popular.
Sin
embargo, en el marco de la realidad económica, caracterizada por la escasez,
cualquiera de esas medidas, a largo plazo, termina perjudicando a la mayoría.
Es por eso que, la vista puesta en los efectos generales y de largo plazo de las
políticas económicas de corte socialista, mercantilista y/o keynesiano,
hay que eliminarlas, para lo cual el gobierno, cualquiera que sea, debe cumplir
con el decálogo expuesto, que debe ser la base para redactar un nuevo capítulo
económico de la Constitución, ya que el actual es, en muy buena
medida, la síntesis del socialismo, el mercantilismo y el keynesianismo,
mucho más inclinado a favor del nacionalismo revolucionario lopezportiliista,
que al liberalismo social salinista, pero ambos muy alejados de lo que es la economía
de mercado.
Imaginemos
lo que puede pasar si, en el 2006, llega a la Presidencia de la República
algún candidato convencido de que el camino para la economía mexicana,
después de cuatro sexenios de neoliberalismo (que de liberalismo ha tenido
muy poco: ha sido más un pragmatismo liberalizante que un liberalismo de
principio) debe ser el que marcaron, en el segundo tercio del siglo XX, el socialismo,
el mercantilismo y el keynesianismo. Si eso sucede la economía mexicana
volverá a transitar por el camino ya recorrido durante la docena trágica,
1970-1982, de Echeverría a López Portillo, con buenos resultados,
para algunos, en el corto plazo, con la crisis económica, para todos, a
la larga.
Esta
es la posibilidad que debe eliminarse, para lo cual hay que hacer del nuestro
un buen gobierno, sobre todo en materia de políticas económicas,
condición necesaria para una mejor economía. ¿De qué
manera? Adoptando, en el ámbito constitucional, el decálogo.EE
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