No.164
Abril
2002
 

El reto de los fenómenos económicos:
cómo enfrentarlos por los actores laborales

Juan S. Millán Lizárraga

Sintesis

En 1995 los sectores laborales promovimos una Nueva Cultura Laboral, conscientes de la necesidad de impulsar no solo reivindicaciones salariales, sino también los retos de productividad y competitividad de las empresas. Los resultados de ese ejercicio se han traducido en un avance en la capacitación laboral, convenios exitosos de productividad, nuevos consensos para modernizar la legislación laboral.

Mecanismos similares debe atender la transición: reforma fiscal, crecimiento económico, reforma a los sistemas de bienestar, reforma al sistema educativo, entre otros.

En primer término quiero agradecer a los organizadores de este importante Foro, y de manera especial al Gobernador del Estado de Nuevo León, nuestro amigo Fernando Canales Clariond, por darme la oportunidad de estar en esta ocasión con ustedes.

Para todo político, y de manera particular para quienes tenemos la responsabilidad de gobernar, este tipo de foros constituyen una magnífica oportunidad para intercambiar ideas y también conocer diversos puntos de vista de sindicalistas, académicos y analistas que día a día estudian los asuntos de índole laboral. Recordemos que las mejores armas con que contamos en la actualidad, son el diálogo y el conocimiento.

Mi convocatoria es que hagamos uso de ese diálogo y ese conocimiento para establecer acuerdos; para dignificar el ejercicio de la política como vía para dar un impulso decisivo al progreso social y económico de nuestro país. Puede haber una gran cantidad de problemas, puede haber déficits de todas clases, pero nunca debemos permitir que haya déficit de esperanza, déficit de proyecto de futuro.

Por eso, en el momento que hoy vive nuestro país, es necesario abrir un amplio debate nacional y discutir en el terreno de las ideas, de las propuestas y de las acciones, para enfrentar de mejor manera, los graves problemas que vivimos como nación.

Tenemos que hacerlo con frescura intelectual, despojados de prejuicios, superando todo conservadurismo y, sobre todo, evitando caer en desbocamientos ideológicos.

La sociedad que hoy tenemos presenta tres grandes transformaciones que impactan todos los ámbitos de la vida cotidiana, y de manera particular las relaciones de índole laboral. Me refiero a la globalización, a la nueva economía de la información, y a los profundos cambios en los valores políticos y sociales de los individuos. Reconocer esta nueva circunstancia es crucial para quienes actúan en la esfera de lo laboral.

Esta nueva realidad ha provocado que los mercados de trabajo sean más inestables, más flexibles, más segmentados, y que también sean trasnacionales.

Me preocupan los jóvenes, pues ahora entran con mayor dificultad al mercado laboral, y aún con mayor grado de escolaridad, sólo consiguen empleos inestables y poco remunerados. Todo ello ocurre en un contexto donde el proceso económico demanda trabajadores en permanente capacitación a lo largo de su vida productiva. Pero además, donde los sistemas de bienestar social, los servicios de salud y el otorgamiento de prestaciones a los trabajadores, se están haciendo financieramente insostenibles.

En México la situación en el terreno laboral es sumamente complicada. Baste señalar que la encuesta nacional de educación, capacitación y empleo nos muestra que existe un trabajador estudiando por cada tres que ya no lo hacen. Es urgente encontrar nuevas respuestas; es importante garantizar mayor justicia social; es necesario generar mayores oportunidades, sobre todo para los jóvenes y las mujeres.

Frente a la globalización, debemos sostener el principio de que el progreso también tiene que ser global. Tenemos que estar atentos, porque en la globalización, tal y como se nos está presentando, los ciudadanos perciben una falta de sentido político en las decisiones y en el curso de los acontecimientos.

Por eso, tenemos que rehabilitar la política como mecanismo para establecer acuerdos y definir acciones. Y esta rehabilitación necesariamente pasa por el Estado. El Estado debe seguir siendo el centro de los compromisos sociales; el lugar de arbitraje del diálogo social; y el factor que logre y fortalezca la cohesión social que debe existir en torno a un proyecto de nación.

Y tenemos que actuar ya, en el contexto de la globalización, fenómeno que impacta directamente a nuestro país e impone nuevos retos a los trabajadores. La globalización genera una creciente interdependencia económica, la expansión del comercio internacional, un mayor movimiento de los flujos de inversión extranjera.

Todas estas actividades son respaldadas por un sorprendente avance tecnológico y por el uso del conocimiento como principal fuente de desarrollo. Sabemos que esta nueva realidad ofrece oportunidades inéditas, pero también impone costos, sobre todo de tipo social y laboral.

La instrumentación de políticas de ajuste para buscar posibles beneficios con la inserción en el ámbito internacional, genera conflictos y enormes tensiones en cada centro de trabajo. Muchas regiones, un gran número de empresas e importantes grupos sociales aún permanencen excluidos del desarrollo.

Es evidente que importantes aspectos sociales y productivos han quedado de lado y necesitan recibir mayor atención por parte de las políticas públicas. Debemos admitir que durante años se privilegió el equilibrio de los indicadores macroeconómicos, pero se desatendieron las prioridades productivas en términos de desarrollo regional, y de mejoramiento en la calidad de vida de la población. Se cuidaron los grandes números, pero se desatendió la economía real.

Los trabajadores no quieren de-sorden macroeconómico, pero tampoco aceptan que sobre el esfuerzo de ellos se edifiquen mansiones para beneficio de unos cuantos.

En aras de conservar la estabilidad de los mercados financieros, se dejaron de atender apremiantes necesidades de muchos sectores productivos, de pequeñas empresas y sobre todo de los trabajadores y sus familias.

Por esta razón, hoy estamos ante el reto económico de impulsar un crecimiento productivo sólido y estable, respaldado con una política que posibilite abatir las grandes desigualdades sociales y regionales.

Necesitamos que el crecimiento económico sea compatible con una política social que distribuya la riqueza y garantice igualdad de oportunidades para todos los mexicanos. De manera particular, quiero mencionar cinco grandes retos económicos, que desde mi punto de vista tienen que ser objeto de especial atención para verdaderamente generar mejores condiciones de vida para los trabajadores mexicanos.

1. Educación

Tengo la firme convicción de que cuando un pueblo piensa en la educación, está pensando también en un mejor futuro. Como país tenemos que priorizar la inversión en capital humano. Necesitamos inducir cambios orientados a mejorar la calidad educativa y a elevar el nivel promedio de escolaridad, que actualmente es de sólo 7.5 años. Tenemos que garantizar que cada vez más trabajadores tengan la oportunidad de estudiar una carrera universitaria.

2. Instrumentación de una política social incluyente

Existe la necesidad de combatir la pobreza y mejorar sustancialmente la distribución del ingreso. Las marcadas desigualdades sociales de nuestro país, requieren de una estrategia que garantice igualdad de oportunidades para todos. Más y mejores empleos, y estímulos a la pequeña empresa, deberán ser mecanismos para una mejor distribución de la riqueza nacional.

3. Impulso al desarrollo regional

Estoy convencido de que debemos encontrar mejores equilibrios geográficos y productivos. En los próximos años tendremos que realizar necesarios ajustes a nuestro modelo económico para dar mayor vitalidad al desarrollo en los estados y para fortalecer el mercado interno a través del mejoramiento en los salarios.

4. Promoción del desarrollo sustentable

Que preserve los recursos naturales y el cuidado del medio ambiente. Este asunto es de primordial importancia para garantizar crecimiento económico con mayor calidad de vida para los mexicanos.

5. Necesidad de instrumentar una nueva forma de gobierno

Los mexicanos queremos un gobierno eficiente en sus acciones, con verdaderos programas de fomento productivo, que traslade recursos y decisiones a los estados y municipios, que impulse una reforma fiscal orientada a promover la inversión, a mejorar la infraestructura básica, y que posibilite la instrumentación de una política social redistributiva.

La atención a estos cinco puntos es algo impostergable, ya que en la hora presente no es posible dar por supuesto el bienestar social para los trabajadores. Este bienestar tiene que ser producto de una política pública, puesto que para su consecución deben concurrir múltiples factores que sólo en este ámbito es posible articular.

Considero que México, por razones de historia y de cultura, por razones de justicia y de estabilidad social, no alcanzará su pleno desarrollo si nos limitamos a la estrecha lógica de las fuerzas del mercado. Las políticas públicas que articulen lo global y lo regional deben precisarse con un sentido de eficiencia económica, pero también con un claro sentido de responsabilidad social.

Por ello, es inaplazable alcanzar un desarrollo económico que conjugue eficiencia y justicia, crecimiento y distribución, y que haga compatible la participación del mercado y el estado. La transformación económica tiene que traducirse también en una reforma social, para responder a las demandas de los grupos que están en desventaja ante el proceso de modernización que vive el país.

Se requiere una reforma que acentúe el criterio de equidad. Equidad que significa igualdad de circunstancias para que los individuos puedan incorporarse a los procesos sociales y productivos, con libertad para desarrollar su potencialidad y creatividad.

Nuestra visión del desarrollo requiere que el gobierno no sea actor privilegiado en las decisiones políticas, económicas y sociales, pero que tampoco sea irresponsable frente a las necesidades y rezagos colectivos. El gobierno mexicano debe preservar sus funciones redistributivas de ingreso y justicia, esa es la parte de solidaridad que le corresponde.

Es un hecho que la globalización de los mercados y las finanzas, que la revolución de la tecnología y la integración del comercio, han consolidado un mundo cada vez más interdependiente. Pero debemos reconocer que la globalización no supone un proceso por el cual el mercado sustituye a la acción política. Yo nunca aceptaré esto ni siquiera como posibilidad.

Al contrario, la globalización exige de la política realismo e imaginación. Realismo para asumir los retos e imaginación para establecer acuerdos y para garantizar la cohesión ciudadana en torno a un proyecto de desarrollo de largo plazo.

En los tiempos de globalización, México demanda de verdaderos políticos, de líderes sociales que diseñen y propongan acciones para fortalecer nuestras instituciones, para crear nuevas formas de organización y para instrumentar programas más eficaces en materia de desarrollo social.

Esto es muy importante, porque algunas dificultades para avanzar en la transición en México, tienen que ver con desfase entre los escenarios y los instrumentos para hacer política. En México estamos pasando de un mundo político conducido por políticos formados en períodos de gobiernos centralizados y poderosos, y que confiaban en sus reglas, a otro dirigido por individuos más escépticos al gobierno, a partidos y a sindicatos.

Los ciudadanos pierden confianza en el gobierno. Muestran desencanto e incredulidad ante las soluciones políticas. Diferentes encuestas muestran que uno de cada dos mexicanos no confía en el gobierno ni en los gobernantes; tenemos una proporción más alta que en países desarrollados.

Es por ello, que los mexicanos necesitamos ahora gobiernos más horizontales, cercanos a la ciudadanía, amparados en la legalidad, transparentes, promotores de políticas públicas incluyentes. Así, la lucha por la igualdad, la justicia social y la diversidad cultural reclama nuevas formas de hacer política. Estos valores arraigan más entre los jóvenes y los más educados, que constituyen la nueva fuerza laboral de la economía.

En respuesta, las fuerzas políticas se disputan el centro y proclaman la nueva agenda: crecimiento sostenible, empleo, educación, salud, seguridad social, cuidado del ambiente, control de la criminalidad, respeto a la pluralidad política y a la diversidad cultural.

Debemos reconocer, sobre todo quienes detentamos responsabilidades de gobierno, que muchas fórmulas del pasado perdieron eficacia. Si no lo asumimos, perderíamos la oportunidad de aprovechar la revaloración que traen los nuevos tiempos, y los gobernados tendrían que pagar las consecuencias.

En nuestro país ya aprendimos que no debemos insistir más en el viejo dilema de propugnar o por más mercado o más Estado. Estamos construyendo un conjunto de organismos, acuerdos institucionales, nuevas relaciones que equilibran, sin limitar sus potencialidades.

Con las reformas económicas emprendidas desde mediados de la década de los ochenta, aprendimos a trabajar en una economía de mercado, abierta, y lograr avances de competitividad y productividad en el mercado mundial. Pero también supimos de sus efectos nocivos: desempleo, concentración de la riqueza, desatención a la formación del capital humano, daño ecológico, crisis financieras.

La dependencia tan directa con el mercado estadounidense explica que en este año más de 200 mil empleos perdidos sean de los estados fronterizos. La falta de una verdadera política para las actividades agropecuarias explican el drama que todavía viven los productores del campo y de los litorales mexicanos.

La marginalidad y pobreza siguen en aumento por no haber encontrado formas eficaces para armonizar la política económica con la política social. El descontento ciudadano que condujo al relevo partidario en la conducción del gobierno de la república, aún sigue activo.

A casi un año de funciones de la nueva administración federal, es evidente que se arribó al poder con un mandato claro de las reformas que era necesario realizar. Pero han sido insuficientes los instrumentos para hacerlas efectivas, en los diferentes niveles de gobierno.

Todavía no han funcionado las formas de hacer política, de crear consensos, alianzas y compromisos estables.

En 1995 los sectores laborales promovimos una Nueva Cultura Laboral, conscientes de la necesidad de impulsar no solo reivindicaciones salariales, sino también los retos de productividad y competitividad de las empresas. Los resultados de ese ejercicio se han traducido en un avance en la capacitación laboral, convenios exitosos de productividad, nuevos consensos para modernizar la legislación laboral.

Mecanismos similares debe atender la transición: reforma fiscal, crecimiento económico, reforma a los sistemas de bienestar, reforma al sistema educativo, entre otros.

Para que los sectores laborales no sigan siendo los perdedores de los cambios económicos de la globalización, deben involucrarse activamente con una estrategia propia en estos procesos.

Quiero ser muy enfático al señalar el error, de que sería lamentable, que cualquier modificación a la legislación laboral en México, corresponda a las urgencias de un solo sector. En el México de hoy, ya no caben las decisiones unilaterales.

Tenemos que aprender de las experiencias, pero sobre todo aprender otra forma de hacer política, más horizontal, mediante el diálogo, sin improvisaciones, que no sacrifique resultados sociales en aras de fortalecer imágenes públicas.

Todo esto que ahora he mencionado son, a mi juicio, los retos económicos que enfrenta nuestro país. Corresponde a los protagonistas de la política gubernamental y laboral emprender las acciones necesarias.

Los mexicanos, los jóvenes y las mujeres, exigen no sólo atención a los problemas, sino también la generación de mayores oportunidades.

Basta ya de posponer decisiones. Soy un convencido de que debemos atender los aspectos laborales, para promover el progreso económico, para promover la justicia social y la igualdad de oportunidades, pero sobre todo para garantizar la cohesión social, que es el único elemento de legitimación real de la política.