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La
seguridad pública; el Problema Número
Uno en México
Raúl
Carrancá y Rivas
Sintesis
La
inseguridad creciente y alarmante, o sea, la
delincuencia en sus distintas expresiones y
manifestaciones, solo podrá ser combatida
y reprimida con efectividad, si primero se le
detecta y determina para después, con
criterio científico, clasificarla y sistematizarla
de acuerdo con sus causas.
Hay
inseguridad que se vuelve criminalidad. La pregunta
elemental es ¿Por qué la hay?, ¿A qué
se debe que la haya?. Sin responder esto es
un absurdo todo combate contra ella o toda pretendida
solución para desterrarla; son palos
de ciego. ¿Cómo es posible querer eliminar
una enfermedad sin saber exactamente a que se
enfrenta uno, cuál es la etiología
de la misma? Hasta hoy sólo se administra
la enfermedad social de la inseguridad y del
delito, por más buena fe que se tenga
en hacerlo.
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No es
concebible el Estado de Derecho sin una base firme de
seguridad pública y social, pues sobre ésta
se construye aquel y en ésta culmina. Lo grave,
lo peligroso, es cuando se comienza a hablar de inseguridad
en vez de seguridad. Acoto al margen que la lamentable
situación que se vive en el Distrito Federal,
y una de cuyas manifestaciones más recientes
estuvo en las circunstancias en que salió un
Secretario de Seguridad Pública y fue designado
otro, es en gran parte el resultado de una confrontación
política.
Desde
la gran capital que es asiento de los poderes públicos
de la República, se hace política para
encumbrarse en la política, se soslaya la ley,
se le ignora, no se le aplica. No digo que en todos
los casos pero si con una frecuencia que preocupa, excepción
hecha de la Procuraduría de Justicia y del Tribunal
Superior de Justicia. Y es que el político suele
caer bajo el hechizo de la demagogia y prefiere apresurar
el paso para obtener votos, confianza del electorado,
en vez de ajustar sus hechos y acciones a la legalidad.
O algo todavía peor, incurre en el vicio de burocratizar
la ley.
Max Weber
tiene un libro precioso intitulado, "Qué
es la burocracia", en cuyo capítulo 7 trata
el tema de burocracia y derecho. Aquí leo y cito
lo siguiente (con la aclaración de que tecnócratas
y demagogos incurren en el mismo defecto): "Una
igualdad formal ante la ley, y una distribución
y administración ‘racionalmente calculables’,
tal como las exigen los intereses burgueses, no sirven
a las masas desposeídas... Todo tipo de justicia
popular, así como todo genero de influencia de
la llamada opinión publica sobre la administración,
traban el desarrollo racional de la justicia y de la
administración con una fuerza semejante a la
de los manejos astrológicos de un gobernante
absoluto. En este nivel, es decir, en las condiciones
de una democracia de masas, la opinión publica
se reduce a un comportamiento comunal surgido de sentimientos
irracionales. Por lo general, lo difunden o determinan
los dirigentes de partido y la prensa".
Creo
que las líneas anteriores encajan perfectamente
en la forma y manera como hoy se gobierna en la ciudad
de México y en gran parte del país.
La inseguridad,
valga decir violencia y criminalidad, es el resultado
de una serie de causas. Por lo tanto, es un hecho que
hay que investigar en su etiología; investigar,
clasificar y sistematizar. Solo así se podrá
combatir adecuadamente el delito y prevenirlo. Prevención
inmediata en el sentido de investigación y clasificación
de las causas generadoras de la delincuencia con el
fin de evitar el que subsistan y proliferen.
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Prevención
a futuro que permitirá, también
a futuro, un combate eficiente de la criminalidad,
no improvisado y sin brújula orientadora.
Ahora bien, desde luego es imposible renunciar
a una represión inmediata de la delincuencia,
ya que sería absurdo no hacer nada y cruzarse
de brazos ante su feroz embate. Por eso es necesaria
e imprescindible una política criminal,
que definitivamente no tenemos, con dos vertientes:
la de la represión inmediata (legal y real),
unida o vinculada a la prevención científica.
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Se oye
hablar de un esfuerzo importante para la creación
de un Instituto Nacional de la Inseguridad, hasta donde
entiendo y se sabe, sin el carácter de responsabilidad
directa del Estado y del gobierno. Por mi parte, creo
que es así mismo imprescindible un Centro Nacional
de Investigación y Prevención de la Criminalidad,
dependiente del Estado y del gobierno. Aquí se
determinarían las causas endógenas y exógenas
de la delincuencia.
Como
la sociedad es un cuerpo social, hay que atender las
causas endógenas y exógenas que propician
la que llamamos sociedad criminógena. Por ejemplo,
la sociedad mexicana se ha vuelto cada día más
consumista, absorbiendo e importando valores o desvalores
impropios de nuestra idiosincrasia, lo cual incide en
los índices crecientes de la criminalidad. Adoptamos,
por desgracia y en especial de Allende el Río
Bravo, costumbres, estilos, modos y usos ajenos a nuestro
temperamento. La consecuencia es que la sociedad mexicana
se disgrega en su estructura cultural y se vuelve aceleradamente
inconforme, violenta y agresiva, por haber asimilado
mal aquellos organismos culturales que no son nuestros.
He aquí
un tipo definido de causas exógenas que contribuyen
a la transformación de la sociedad patria en
una sociedad insegura e inestable. Y si hablamos de
la especie de causas endógenas, éstas
corresponden a los resortes de acción, de movilización
de una sociedad que se ha alejado de su conciencia cultural,
(me remito a Samuel Ramos, en "El perfil del hombre
y la cultura en México"). Padecemos una
invasión cultural, o pseudo cultural proveniente,
sobre todo y ya lo dije, de Allende el Río Bravo.
¿Qué
pasaría, me pregunto, si en ese Centro Nacional
de Investigación y Prevención de la Criminalidad
se emitiera un informe para el país, dándole
cuenta de la naturaleza y condición de las causas
exógenas y endógenas de la criminalidad
en la sociedad mexicana? Pues se sabría qué
somos en este sentido y por qué somos eso. Se
tomaría conciencia de los rasgos y aspectos de
la psicología de nuestra sociedad. Los políticos
y los gobernantes no suelen manejar el asunto, porque
seguramente lo consideran exclusivo de los estudiosos
e investigadores, de los intelectuales.
¿No serviría
de algo presentarlo a la República, al menos
para ver con claridad espacios obscuros o ignorados
de nuestra personalidad colectiva? Como no hay personalidad
colectiva posible sin personalidades individuales, tendríamos
a la vista la realidad de lo que somos. Así,
me parece, se podría ofrecer al pueblo una política
criminal represiva y preventiva a seguir, de vasos comunicantes
con los distintos núcleos de la sociedad y de
la administración publica; y convencer al país,
a los gobernados, haciéndolos de alguna manera
partícipes de la factibilidad de tal política,
partícipes de una preocupación que es
mucho más de la mitad del camino a recorrer en
busca de soluciones.
El presidente
de la República, en su último programa
de radio "Fox contigo", se remitió
nada menos que a Santa Teresa, llamada también
Doctora de Avila, egregia figura de la mística
universal y cuyo camino a la perfección es inconcebible
sin la verdad. "Hablar con la verdad", enfatizó
el presidente. Entonces, ¿por qué no hablarle
al pueblo con la verdad de lo que somos, de lo que peligrosamente
estamos siendo en materia de inseguridad, violencia
y criminalidad?, Saber tal verdad serviría, sin
duda, para tomar conciencia de las proporciones del
problema y asumir un grado de responsabilidad en la
búsqueda de las soluciones más convenientes
y adecuadas.
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Estoy
convencido de que hasta el día de hoy se
administra la inseguridad, si cabe el término.
No se le combate con efectividad, seguramente
por la magnitud del problema. Y no es que queramos
que se le combata con efectividad inmediata, lo
que es utópico (en el planteamiento) o
demagógico (en el discurso persistente
de que así se hace). Y sostengo que se
le administra porque todo indica que nos hemos
acostumbrado a vivir con ella. Se le cambia de
sitio, de ubicación, al margen de averiguaciones,
detenciones y procesos que nadie niega aunque
son poco en comparación con las proporciones
del reto.
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Donde
hay focos agudos de inseguridad y delincuencia se les
afronta diseminándolos, desperdigándolos;
se abaten los índices de criminalidad acá
para que luego suba allá. Y en el inter se abarrotan
las cárceles y se apilan las montañas
de papel de averiguaciones y expedientes en las agencias
del ministerio publico, en los juzgados y en los tribunales.
Por eso
sostengo que la inseguridad creciente y alarmante, o
sea, la delincuencia en sus distintas expresiones y
manifestaciones, solo podrá ser combatida y reprimida
con efectividad, si primero se le detecta y determina
para después, con criterio científico,
clasificarla y sistematizarla de acuerdo con sus causas.
Hay inseguridad
que se vuelve criminalidad. La pregunta elemental es
¿Por qué la hay?, ¿A qué se debe que la
haya?. Sin responder esto es un absurdo todo combate
contra ella o toda pretendida solución para desterrarla;
son palos de ciego. ¿Cómo es posible querer eliminar
una enfermedad sin saber exactamente a que se enfrenta
uno, cuál es la etiología de la misma?
Hasta hoy sólo se administra la enfermedad social
de la inseguridad y del delito, por más buena
fe que se tenga en hacerlo.
Ahora
bien, hay cosas a las que uno no se debe acostumbrar.
Y en este sentido me ha llamado mucho la atención
lo que dijo el presidente de la Comisión Nacional
de Derechos Humanos, el Dr. José Luis Soberanes
Fernández, persona por demás respetable
y capaz, al ser entrevistado en la radio pocas horas
después de que rindiera su último informe
de actividades ante el Congreso, al comentar sobre las
recomendaciones que hace la Comisión. Afirmó
textualmente que "es natural" que la Procuraduría
General de la República haya recibido un número
considerable de recomendaciones, habida cuenta de lo
que amerita su función en sí; con lo cual
se da o se daba por descontado, casi por natural, el
frecuente ejercicio extralimitado, constitucionalmente
hablando, de la autoridad ministerial.
Aquí
hay algo muy importante en qué pensar. Nos falta
un amplio margen de maduración en la que se ha
denominado "cultura de la legalidad", (sería
mejor de "aplicación a la legalidad").
Vemos como natural lo que no es o no debe ser; y verlo
así favorece, quiérase que no, el desarrollo
de la inseguridad.
Desde
hace tiempo se vienen analizando varias causas de la
inseguridad en nuestro país y en la ciudad de
México, que es su espejo; y al respecto pocas
veces se le ha prestado atención a la inseguridad
substancial del Estado de Derecho. Es innegable que
material o formalmente hablando tenemos constitución,
leyes, reglamentos, etc., siempre ponderados y ensalzados
en el solemne discurso oficial. Sin embargo, lo cierto
es que no se cumple cabalmente con el Estado de Derecho.
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Ahora
bien, un cumplimiento al cien por ciento, "químicamente
puro", es casi utópico en cualquier
parte del mundo, habida cuenta de la dinámica
del derecho (un "debe ser" en aspiración
permanente a "ser"), y de la transformación
o evolución constante de la sociedad. Sin
embargo, se debe cumplir con el Estado de Derecho;
proponerse cumplir con él a través
de una serie de medidas ad hoc, es lo que sin
duda hace falta. Algunos le llaman voluntad política;
en concreto, voluntad de los políticos.
El
reciente y lamentable espectáculo de la
confrontación entre el jefe de gobierno
de la ciudad de México y el presidente
de la República ha puesto de relieve, aparte
de la ignorancia del derecho, una serie de manipulaciones
que entrañan una señal alarmante.
¿Cómo es posible que en la pasada confrontación
entre López Obrador y Fox ambos hayan concluido
que en aras del bienestar republicano se llegó
a un acuerdo?, ¿acuerdo? Sí, pero al margen
de la ley.
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El bienestar
republicano reclama el acatamiento de la Constitución
y de la ley, y ellos no tuvieron en cuenta que en los
términos de los artículos 87 (para el
presidente en concreto) y 128 constitucionales: "todo
funcionario publico, sin excepción alguna, antes
de tomar posesión de su encargo, prestará
la protesta de guardar la Constitución y las
leyes que de ella emanen". ¿Por qué en aquella
crisis, que lo fue, el presidente no ejerció
las facultades que le corresponden como titular del
mando de la fuerza pública en el Distrito Federal?
La Constitución
es muy clara en la materia que nos ocupa. El artículo
122 (Base segunda, fracción 22, inciso D) y respecto
al jefe de gobierno del Distrito Federal, prescribe
como facultad suya, a la que se sujeta el estatuto de
gobierno del propio Distrito Federal, "nombrar
y remover libremente a los servidores públicos
dependientes del órgano ejecutivo local, cuya
designación o destitución no estén
previstas de manera distinta por esta Constitución
o las leyes correspondientes" (se lee en el texto).
Es de
señalar que la Constitución, en el mismo
artículo 122 (Base quinta, letra E) ordena que
"en el Distrito Federal será aplicable respecto
del presidente de los Estados Unidos Mexicanos, lo dispuesto
en la fracción VII del artículo 115 de
esta Constitución". Añadiendo lo
siguiente: "la designación y remoción
del servidor público que tenga a su cargo el
mando directo de la fuerza pública se hará
en los términos que señale el estatuto
de gobierno.
Así
las cosas veamos la fracción referida y el estatuto
correspondiente. La fracción VII dice a la letra:
"la policía preventiva municipal (léase
del Distrito Federal), estará a mando del presidente
municipal, (léase según mi parecer del
presidente de los Estados Unidos Mexicanos, aunque reconozco
que hay quienes sostienen que se trata del jefe de gobierno
del Distrito Federal), en los términos del reglamento
correspondiente (léase del estatuto de gobierno
del Distrito Federal). Aquella acatará las órdenes
que el gobernador del estado, (léase que el presidente
de la República) le transmita en aquellos casos
que éste juzgue como de fuerza mayor o alteración
grave del orden jurídico. El ejecutivo federal
tendrá el mando (y esto confirma mi parecer de
que se trata del presidente de la República)
de la fuerza pública en los lugares donde resida
habitual o transitoriamente". Y tener el mando
es dirigirla, coordinarla y hacerse responsable de ella;
aunque dicho mando se pueda delegar.
Por su
parte el artículo 34 del estatuto de gobierno
del Distrito Federal ordena en su párrafo primero
que: "corresponde al presidente de la República
el mando de la fuerza pública en el Distrito
Federal y la designación del servidor público
que la tenga a su cargo, a propuesta del jefe de gobierno
del Distrito Federal. El servidor público que
tenga el mando directo de la fuerza pública en
el Distrito Federal podrá ser removido libremente
por el presidente de la República o a solicitud
del jefe de gobierno del Distrito Federal". A su
vez y de manera terminante la fracción XX del
artículo 67 del estatuto faculta y obliga al
jefe de gobierno a "ejercer las funciones de dirección
de los servicios de seguridad pública".
¿Por
qué López Obrador no lo reconoció
desde el primer momento? ¿Por qué tuvieron que
transcurrir 7 días en que la capital del país
careció de titular visible de esa fuerza? Se
actúo al margen de la constitucionalidad y de
la legalidad. Se hace la política sin respeto,
ni conocimiento, ni aplicación de la ley. Política
"de facto" que no "de juré".
¿Adónde nos lleva? La respuesta es evidente:
a la inseguridad jurídica y a la inseguridad
publica; al deterioro del Estado de Derecho.
Esa política
equivocada fomenta la inseguridad, que es una atmósfera
que se respira, es un estado de ánimo que contagia.
Y nada, absolutamente nada, vale la pena dentro de la
dinámica social si la delincuencia sienta sus
reales y se mofa de los principios rectores del estado.
Negocios, quehaceres, trabajos, inversiones económicas,
esfuerzos educativos, etc., se vuelven quimeras que
se lleva el huracán de la furia, de la violencia,
de la agresividad.
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Estamos
hartos de las palabras repetidas, ahítos
de la demagogia incansable que insiste en declarar
que la inseguridad pública es el reto número
uno al que se enfrentan los gobiernos. ¿Y las
soluciones? ¿Y los planes serios? Los pregoneros
del carisma político dan al traste con
la democracia y con la libertad. Por eso hay desilusión,
desencanto, apatía. Uno se pregunta si
quienes nos gobiernan no conocen la Constitución
o, si acaso, conocen otra Constitución
distinta de la nuestra. ¿No la leerán?
Y si no la quieren o no la pueden leer, ¿Por qué
no buscan consejeros o asesores? ¿Qué falta?
¿Qué les falta?.
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Yo someto
a la consideración de ustedes la siguiente reflexión
que juzgo muy importante. Desde las esferas más
altas del gobierno, y si la memoria no me falla desde
que el hoy presidente era candidato, se ha sugerido
la creación de un Consejo Ciudadano en materia
de seguridad y a escala nacional. Un Consejo en sí
es un órgano colegiado con la función
de informar al gobierno o a la administración
sobre determinadas materias. En el caso de la seguridad
o la inseguridad, no es suficiente. Y no sería
constitucional ni legal, como tampoco efectivo, otorgar
al Consejo alguna clase de atribuciones ejecutivas.
Evoco,
por cierto, que la famosa ronda nocturna (el alguacil
mayor y acompañado de varios ayudantes haciendo
su ronda habitual por la ciudad, pero a la caída
de la tarde aunque lleven linternas), obra maestra de
Rembrandt, no es en rigor nocturna aunque se le llame
así; se trata de una ronda vespertina. La nocturnidad,
curiosamente, se la ha dado al lienzo la patina del
tiempo. Es decir, desde la fecha en que fue pintado,
a mediados del siglo XVII, y hasta hoy, la edad lo ha
añejado y obscurecido, como al vino. Y ese caminar
el alguacil mayor en la ciudad, custodiado por ayudantes
y vecinos, era una costumbre de los tiempos. Ciudades
pequeñas, que literalmente cerraban sus puertas
al obscurecer.
¿Casi
medio siglo después se les puede pedir lo mismo
a los habitantes y estantes de las ciudades y capitales
del país? ¿Consejo Ciudadano? De acuerdo, aconsejemos
al gobierno pero sobre bases y fundamentos científicos.
El presidente ha hablado de la participación
de los gobernados para denunciar delitos y no aceptar
en la comunidad a quienes delincan, exigiendo así
mismo de las autoridades que se nos mantenga informados
acerca de la seguridad o inseguridad. Tampoco es suficiente.
Hay pruebas
plenas de que el pueblo no confía en esas denuncias
por no confiar o desconfiar de la autoridad. ¿Y cómo
se instrumentaría la no aceptación en
la comunidad de quienes delinquen? ¿No los delincuentes,
antes de esto, deben ser investigados por el ministerio
público, consignados ante un juez si ello procede,
sentenciados condenatoriamente si ha lugar y, si la
pena es de prisión, readaptados socialmente allí
para que retornen al seno de la sociedad? ¿No hay un
patronato de reos liberados que precisamente les busca
reubicación social y trabajo? ¿No son estos los
principios básicos de nuestro artículo
18 constitucional y del sistema penitenciario nacional?
¿Cómo conciliar lo anterior con la buena fe y
patriotismo del presidente? ¿Que se nos mantenga informados?
La información entraña un diálogo
entre el informante y el informado; pero si no se le
da crédito al informante no hay información
posible.
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Desde
luego asumo que la inseguridad reinante y que,
por ejemplo, padecemos con zozobra en la capital
del país, obedece a diversas causas; pero
no hay la menor duda de que la "burocratización
del derecho y de la ley", en los términos
de Max Weber, ha contribuido de manera casi determinante
a la inseguridad de que se trata. Baste, al efecto,
meditar en algo: la ciudadanía confunde,
y no precisamente por culpa de ella, las respectivas
funciones de la Secretaria de Seguridad Pública
y de la Procuraduría de Justicia. Se supone
(y nos hacen suponer) que esta última es
la encargada de combatir la delincuencia y garantizar
la seguridad. A esto yo lo llamo burocratización
de una política de seguridad publica todavía
indefinida.
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Y hago
tres preguntas al tenor de tal crítica. ¿Cómo
es posible que el jefe de gobierno de la ciudad se atribuyera
facultades en materia de fijación de horarios
para el verano y el invierno cuando la ley, por lo menos,
no era clara? ¿Cómo es posible que su policía
preventiva, que sus cuerpos de policía de seguridad,
se hayan hecho y se hagan de la vista gorda ante acciones
ilícitas a cargo de quienes confunden la autonomía
universitaria con la impunidad? ¿Y cómo es posible
que el empecinamiento (obstinación, aferramiento,
encaprichamiento) del jefe de gobierno de la ciudad
lo impela a desconocer el texto constitucional en lo
que atañe a sus atribuciones?
Es así
como a mi juicio se mantiene y conserva el caldo de
cultivo de la violencia, de la inseguridad, de la criminalidad.
Una clásica concepción del derecho lo
define como una perpetua voluntad. Eso es lo que se
requiere en toda la República y en la ciudad
de México: voluntad política. Somos una
Federación y cada Estado asume su propia responsabilidad,
cierto; lo que no impide en la cuestión de la
seguridad pública una coordinación a cargo
del poder Ejecutivo Federal. Su ausencia, su demérito
en la conciencia popular, favorecen la inseguridad.
No respetar la ley, no acatar su mandato y luego, como
consecuencia inmediata, recurrir a la demagogia burocrática
y a la burocracia demagógica, solivianta el ánimo
de los inconformes y los inclina a la violencia; lo
que aunado a múltiples y diversas causas criminógenas
propicia la inseguridad publica.
Por eso
el primer paso para vivir y convivir en paz es que se
acaten las reglas sociales vertidas en el derecho. Político
que no lo haga es un mal o pésimo político,
aunque recurra a la que llamo política carismática
que rebasa los postulados del derecho.
La cuestión
de la inseguridad pública (en virtud de las condiciones
presentes son confundibles los términos de seguridad
e inseguridad públicas) debe salir, salvo el
espacio de su investigación, del campo del derecho.
En otras palabras, ni la ley, ni el trabajo previo de
los legisladores, ni la impartición de justicia,
o sea, ni el poder Legislativo ni el Judicial, son los
organismos adecuados para enfrentar la inseguridad.
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Al
respecto, tómese nota de que el error político
viene siendo desde hace lustros o, mejor dicho,
desde hace sexenios dejarle a la ley tan delicado
asunto. Líneas atrás aludí
a la represión inmediata legal, o sea,
a la multiplicación y atomización
de los tipos penales, al aumento en la cantidad
de las penas incluida la de muerte. ¿De qué
sirve? De nada o de muy poco. El resultado de
esa errática política lo tenemos
a la vista y añádase la insuficiencia
de recursos humanos, económicos y técnicos.
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Vale
la pena recoger el acertado lamento del Ministro presidente
de la Suprema Corte de Justicia de la Nación,
Don Genaro Góngora Pimentel, quien hace algunos
días declaró ante la prensa que el presupuesto
de la Corte es precario, por la reducción que
le hiciera el Congreso de la Unión, para cumplir
cabalmente con su cometido. Y añadió que
el Procurador General de la República ha dispuesto
que se aumente el número de agentes del ministerio
público federal en determinadas plazas, siendo
que la ley establece que donde las haya debe haber igualmente
defensores de oficio; lo cual es imposible porque no
se tiene con qué pagarles. ¡y esto es tratándose
nada menos que de la justicia de la nación!
No se
sabe a ciencia cierta, o no lo sabemos los gobernados,
si el responsable de tal barbaridad ha sido el Congreso
de la Unión o la Secretaria de Hacienda. Y digo
barbaridad porque es inconcebible que en un país
tan necesitado de justicia no se disponga de un presupuesto
mayor para ella.
En suma,
hay varios capítulos olvidados o deficientemente
tratados en el vasto tema de la seguridad o inseguridad
públicas. No se ha puesto la necesaria atención
en el sistema penitenciario del país. Hay una
manifiesta inseguridad penitencia. Sería ilusorio
pensar siquiera que se cumple con el mandato constitucional
de la readaptación social del delincuente, sometido
con frecuencia a vejaciones que más se identifican
con la venganza que con el propósito defensivo
de la sociedad por medio de la pena.
El mundo
del derecho penal avanza por el derrotero de los substitutivos
penales, de un margen más amplio para las medidas
de seguridad (prácticamente letra muerta en nuestra
legislación), de la sentencia indeterminada y
del perdón judicial. ¿Y nosotros que? Se camina
a tropezones con un presupuesto raquítico en
materia de justicia y seguridad pública, con
una infraestructura ridícula en el entorno de
un Estado de Derecho; y se le da prioridad a la edificación
de un país sobre la arena de la inseguridad pública,
que es incertidumbre para vivir y convivir.
El presidente
Fox, al inaugurar el pasado Lunes 25 las nuevas oficinas
de la Procuraduría General de la República,
convocó a las instituciones que tienen que ver
con la seguridad pública, con la procuración
de justicia, con la impartición de justicia y
con la generación de leyes, a presentar un frente
común ante la delincuencia cerrando todo espacio
y ventaja al que se llama crimen organizado.
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| El
propósito es por demás generoso, debiéndose
añadir la contínua y atenta vigilancia
para que no se coludan narcotraficantes y funcionarios
del gobierno; habida cuenta, en especial, del enorme
poder e influencia que hoy caracteriza a los cárteles
del mundo. Sin embargo el asunto no se resolverá
presentando un frente común. El problema
lo es de seguridad publica, de política en
la materia, de prevención, de vigilancia. |
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En la
procuración de justicia se persiguen los delitos,
se investigan delitos ya cometidos. ¿Qué puede
hacer una Procuraduría para evitarlos? En el
poder Legislativo se generan las leyes, se aprueban.
¿Qué pueden hacer diputados y senadores para
evitar los delitos? ¿Multiplicación de tipos
penales, penas más duras? Ya lo vimos, de nada
sirven.
El problema
es de seguridad pública, de política criminal.
De nueva cuenta es imperativo reclamar que los responsables
del gobierno del país cumplan con lo dispuesto
en el penúltimo y en el último párrafos
del artículo 21 constitucional, cuya letra dice
que: "la seguridad pública es una función
a cargo de la federación, el Distrito Federal,
los estados y los municipios"; y que no confundan
la seguridad pública, única y exclusivamente
a cargo de las instituciones policiales, incluido un
sistema nacional de seguridad pública, con procuración
de justicia, impartición de justicia y elaboración
de leyes.
El frente
común contra la delincuencia debe ser del estado
y del gobierno en las áreas de la vigilancia,
en la prevención y, desde luego, de la represión
inmediata. Pero que no se caiga en el error de suponer
que las procuradurías, las leyes y los tribunales
de justicia tienen una tarea que cumplir en la especie.
Que no se diluya la responsabilidad directa y especifica
del estado y del gobierno. Cuidado, porque si atomizamos
esa responsabilidad nos alejamos de la solución
del problema. Se reconoce la buena voluntad pero que
se aplique el estado de derecho así como las
formulas y principios del derecho.
Yo me
felicito de haber participado con mi verdad, dicha honestamente
y con el afán de servir, en este Foro para analizar
el problema número uno en México, la seguridad
pública equivalente a la inseguridad pública,
convocado y organizado por la Confederación Patronal
de la República Mexicana (COPARMEX) bajo el patrocinio
del Gobierno del Estado libre y soberano de Tlaxcala.
Dicha Confederación reúne lo más
granado de la fuerza productiva del país.
El mensaje
es muy claro, no hay progreso económico sin garantías
de seguridad jurídica y social. No hay democracia
ni cambio democrático en un país donde
impunemente se secuestra, se asalta, se roba, se lesiona,
se mata. No hay nada donde nos tiene en jaque la delincuencia
organizada o desorganizada. ¿Y de qué México
hablamos? ¿Del que esta en constante enfrentamiento
con la delincuencia, librando una batalla desigual en
que el estado y la sociedad sufren golpe tras golpe;
o del que con la participación responsable de
los gobernados y de las fuerzas productivas, de los
universitarios y de los intelectuales, quiere recuperar
el espacio de eficacia, dignidad y vigencia que ha perdido
el derecho? Yo he hablado de este México, del
México nuestro, por encima de partidos políticos
y concesiones al interés personal.
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